Airbnb es como un cajero automático mágico que te paga por tomar vacaciones

29/06/2018 | Simon Kuper (Financial Times)

 

“Airbnb nos cambió la vida”, dice Julien Karyofyllidis, conocido como Karyo. El empresario vive con su esposa y sus tres hijos en el Marais, uno de los barrios más pintorescos de París. Ha dedicado los últimos años a lanzar su propia compañía. Mientras esperaba que fluyera el dinero, alquilar su apartamento en Airbnb le permitió hacer todo lo demás. Cuando aparece el primer pago de Airbnb en tu cuenta bancaria, dice, todo cambia. “Mira, es un cajero automático. Es mágico. ¡Te pagan por tomar vacaciones!” Ganó 18.000 euros el año pasado (alrededor de 250 euros por noche de alquiler) de la plataforma. Algunos de sus amigos están celosos. Otros se han convertido también en anfitriones de Airbnb. “De repente te das cuenta de que tienen cierta flexibilidad financiera; ves que están más relajados. Airbnb ha salvado a varias personas”, dice.

Pero también hay personas que se han visto perjudicadas. Airbnb ha sido acusada de ayudar a convertir bonitas ciudades en lugares que funcionan para los turistas, pero que han aumentado los alquileres y los precios de las viviendas para sus propios habitantes, lo cual ha obligado a los residentes a abandonar sus hogares.

El asunto ha alcanzado un punto crítico en París. La capital francesa es el destino número uno de Airbnb, con aproximadamente 65.000 hogares registrados. También resulta ser un líder en la batalla mundial entre las ciudades y las compañías tecnológicas. Ahora París está demandando a Airbnb y otras plataformas. Las acusa de no cumplir con una nueva ley que dice que todos los anfitriones parisinos deben registrarse ante las autoridades de la ciudad, para garantizar que paguen impuestos y no alquilen sus apartamentos por más de 120 noches al año. El juicio está programado para el 12 de junio.

Airbnb no va a desaparecer. Pero, ¿pueden las ciudades domarla, e incluso hacer que la plataforma funcione para ellas?

El próximo mes de agosto, Airbnb cumplirá 10 años. Los primeros tres huéspedes — Kat, Amol y Michael — eran viajeros de negocios que llegaron a San Francisco justo cuando quienes participaban en el Congreso Mundial de Diseño habían ocupado hasta la última habitación de hotel disponible. Durmieron en colchones inflables en el apartamento de Brian Chesky y Joe Gebbia, los fundadores de Airbnb. En unos pocos años, Airbnb ya se había globalizado.

Al principio, las ciudades apenas lo notaron. Las compañías tecnológicas suelen lanzar sus productos sin decírselo a nadie. Normalmente, pasan años antes de que las autoridades se den cuenta de lo que está sucediendo, y luego pasan más años antes de que empiecen a tomar medidas para regularlas.

En París, Airbnb se sumó a una oleada de compañías tecnológicas — la mayoría de ellas estadounidenses — que están transformando la ciudad. En principio, las autoridades francesas (hasta el presidente Emmanuel Macron) son tecnófilas. Incluso tienen la ambición de convertir a París en un polo de empresasstartup” de tecnología. En los últimos años, Uber, el uso compartido de bicicletas y de coches han cambiado el transporte de la ciudad. Amazon está cambiando las compras: los parisinos compran tantos productos online que, incluso en las calles residenciales, cada vidriera ahora parece ser un templo de comida o un espacio de colaboración de trabajadores o una combinación de ambos. Los servicios de entrega de comidas han trastocado la gastronomía en una ciudad que prácticamente se había saltado la era de la comida para llevar. Además de los efectos inmediatos están los de largo plazo: estas compañías poseen datos sobre los parisinos con los cuales el gobierno de la ciudad sólo puede soñar.

Airbnb, que apenas existía en París hace cinco años, podría tener también un enorme impacto. Coincide con una nueva mentalidad parisina que sostiene que, en esta ciudad superpoblada y cara, compartir bienes tiene más sentido que poseerlos en su totalidad.

“Somos una bendición para Francia”, dice Emmanuel Marill, director de Airbnb para Francia y Bélgica, y cuenta con los dedos las razones. “Francia es un gran destino turístico, un país de propietarios, con un problema de poder adquisitivo a largo plazo, con largas vacaciones, y un país que — a pesar de todas las críticas — está muy conectado”. Dice que 12 millones de franceses tienen cuentas de Airbnb, alrededor de 400.000 de ellos como anfitriones, el resto como huéspedes.

El Sr. Marill añade: “No somos como Facebook, porque redistribuimos el poder adquisitivo. Airbnb ha ayudado a mucha gente a seguir viviendo en París, especialmente a las personas menores de 30 años, que son casi el 40% de nuestros anfitriones”. Airbnb dice que el anfitrión parisino promedio sólo alquila 33 noches al año. Eso brinda un ingreso complementario útil, no una vida a tiempo completo. Pocos anfitriones son muy ricos, en parte porque París prohíbe de forma efectiva el alquiler de segundos hogares. Más bien, muchos anfitriones son personas como Karyo, quienes tienen hogares costosos, pero necesitan dinero extra. Por otra parte, Airbnb crea empleos para los limpiadores y las personas que reciben a los huéspedes y están encargadas de entregar las llaves.

Airbnb dice que quiere que se le regule. El 24 de mayo, antes del caso judicial en París, la compañía y otras plataformas de alojamiento que operan en la ciudad ofrecieron concesiones, incluyendo “la limitación automática a 120 días por año del alquiler de las residencias principales”. Sin embargo, la compañía considera el esquema de registro de París “complejo” y “confuso”. El Sr. Marill dice: “Se necesita una hora para comprender la ley de la vivienda”. Sólo el 5% de los anfitriones de Airbnb que alquilan 30 noches o menos se han registrado, dice. El resto abandonó la plataforma, pues decidieron que no valía la pena la molestia (o tal vez el riesgo de ser descubiertos y multados). Airbnb dice que la mayoría de las ciudades europeas no restringen a los anfitriones en lo absoluto.

Jean-Louis Missika, subalcalde de París, trabaja en una magnífica oficina en el ayuntamiento del siglo XIV que sería un gran atractivo para la nueva selección de lujo de Airbnb, “Beyond by Airbnb”. Cuando lo visité para preguntarle si las autoridades de París eran más estrictas que la mayoría de los gobiernos con las compañías de tecnología, sonrió y dijo: “Al menos verbalmente, sí. Tenemos el mismo problema con Airbnb que con Uber, aunque menos malo, porque son, por así decirlo, más receptivos al diálogo”.

El Sr. Missika considera ambas compañías como operadores globales que desestabilizan las áreas locales. Un día, cuando estaba de compras en un mercado de Saint Germain, notó la cantidad de tiendas del barrio que habían sido reemplazadas por restaurantes. Un comerciante le dijo: “Hay menos lugareños y más turistas”. El Sr. Missika dice: “El centro de la ciudad necesita una cierta cifra mínima de residentes. Se dice que el 25% de los apartamentos en Île Saint Louis, en el centro de París, se dedican al alquiler turístico”.

Las autoridades de la ciudad dicen que el 84% de los listados parisinos de Airbnb infringen la ley de registro. Además, los anfitriones no registrados también pueden registrar sus hogares en otros sitios sin que nadie lo note. Muchos parisinos comparten la irritación del ayuntamiento. El edificio de mi apartamento en París está lleno de letreros en un inglés imperfecto que dicen: “el conserje de este edificio no está autorizado para entregar o recibir ninguna llave o paquete destinado a inquilinos a corto plazo“. El ministro de finanzas de Francia, Bruno Le Maire, también está molesto: ha preguntado por qué Airbnb genera decenas de millones de euros en ingresos, pero paga sólo decenas de miles en impuestos.

Otras ciudades europeas tienen quejas similares. Algunas — como Florencia, Atenas o Lisboa — son demasiado pobres como para defenderse. Si sus habitantes se convierten en una clase de servicio que vive en los destartalados suburbios, al menos viven. Stephen Hodes, un arquitecto en Ámsterdam que analiza el turismo, dice que el caso extremo es Florencia: un centro de ciudad peatonalizado, con muy escasos residentes permanentes, que existe sólo para los turistas.

Pero los lugares más ricos como París, Nueva York y Ámsterdam tienen opciones. Pueden sobrevivir sin más turismo. Ya casi no tienen lugares dónde colocar a los turistas, ni siquiera a los residentes. Los precios de sus viviendas siguen aumentando. La economía de una ciudad sufre cuando sus trabajadores no pueden permitirse vivir a nivel local. Nadie dice que Airbnb sea el principal culpable, pero varios académicos han demostrado que existe un ligero efecto alcista sobre los alquileres en ciudades donde Airbnb quita propiedades del mercado residencial. Eso se cumple especialmente cuando los propietarios alquilan propiedades múltiples que no tienen residentes permanentes.

Los anfitriones que tienen sus pisos en varias plataformas representan la quinta parte de los alquileres parisinos en Airbnb, según estima el sitio de investigación Insideairbnb (aunque eso incluye personas que alquilan varias habitaciones en un solo apartamento). Karyo cuenta de un amigo que alquila ilegalmente un apartamento a tiempo completo en Airbnb: “Afecta a las personas que quieren vivir en el vecindario y daña la industria hotelera”. El Sr. Marill admite: “Quizás algunas propiedades han sido retiradas del mercado de la vivienda. Pero creo que la inmensa mayoría del uso compartido de hogares en París ha sido positiva. Somos más una solución para el turismo masivo”.

El Sr. Missika no está en total desacuerdo: “Airbnb ha cambiado París para bien y para mal. No queremos impedir la innovación“. Dice que está feliz si los visitantes que se alojan en los apartamentos de los lugareños experimentan una “relación más íntima” con la ciudad, y le gusta el potencial de Airbnb para llevar a los turistas a las zonas más pobres y menos visitadas. El Sr. Missika dice: “Es posible ganar la batalla. Mire el atractivo turístico de Brooklyn ahora”.

Es cierto que Airbnb parece estar atrayendo categorías subrepresentadas de turistas y luego enviándolas por rutas poco frecuentadas. El sitio ha tenido éxito en distritos parisinos menos turísticos como el XI y el XV. Se necesita urgentemente una mayor expansión de los turistas: el año pasado, el área metropolitana de París recibió una cifra histórica de más de 40 millones de visitantes, gran parte de ellos en las 41 millas cuadradas dentro de la circunvalación del Bulevar Periférico.

Karyo ha puesto un mapa en su apartamento con sugerencias de restaurantes del barrio. “Mis invitados muy rara vez comen en casa”, dice. “La mayoría ni siquiera saca un tenedor del cajón”. Sólo alquila a familias, nunca a solteros (las fiestas ruidosas en los atestados edificios de apartamentos de París están mal vistas) y comenta: “Yo prefiero hospedarme en hoteles. No me alojaría en un Airbnb. Pero si tienes un bebé y no hay un Airbnb, no viajas. Me gustaría saber si los propios hoteleros se alojan en hoteles si vienen a París con sus hijos”. El Sr. Marill confirma que, mientras los hoteles parisinos atienden principalmente a parejas y viajeros de negocios, Airbnb atrae a personas jóvenes y familias.

París lucha por adaptar Airbnb a las necesidades de la ciudad. Eso puede tardar años. Mientras tanto, un nuevo sitio web en Silicon Valley, que hasta ahora ha pasado inadvertido por las autoridades de la ciudad, probablemente ya ha comenzado a transformar la vida urbana en Europa y en otros lugares.

Airbnb: It’s a cash machine. It’s magical. You are paid to go on holiday

29/06/2018 | Simon Kuper (Financial Times)

 

“Airbnb changed our lives,” says Julien Karyofyllidis (who goes by the name of Karyo). The entrepreneur lives with his wife and three children in the Marais, one of Paris’s most picturesque neighbourhoods. He has spent the past few years starting his company. While he waited for the money to flow, renting out his flat on Airbnb made everything else possible. When the first Airbnb payment appears in your bank account, he grins, “You see, it’s a cash machine. It’s magical. You are paid to go on holiday!” He made €18,000 last year (about €250 per rental night) from the platform. Some of his friends are jealous. Others have become Airbnb hosts themselves. “Suddenly you notice that they have a bit of financial space, they’re more relaxed. There are people who are saved by it,” he says.

But there are also people who are damaged by it. Airbnb has been accused of helping to turn beautiful cities into places that work for tourists but drive up local rents and house prices, forcing out residents.

The issue has come to a head in Paris. The French capital is Airbnb’s number one destination, with about 65,000 listings. It also happens to be a leader in the worldwide battle between cities and tech companies. Now Paris is suing Airbnb and other platforms. It accuses them of failing to comply with a new law that says all Parisian hosts must register with the city, so as to ensure they pay tax and don’t rent out their apartments for more than 120 nights a year. The court case is scheduled for June 12. Airbnb won’t go away. But can cities tame it, and even make the platform work for them?

Airbnb launched 10 years ago this August. The first three guests — Kat, Amol and Michael — were business travellers who came to San Francisco just when the World Design Congress had swallowed every last hotel room. They slept on airbeds in the apartment of Brian Chesky and Joe Gebbia, Airbnb’s founders. Within a few years, Airbnb had gone global.

At first, cities scarcely noticed. Tech companies usually launch their products without telling anyone. Typically, it’s years before the authorities even realise what is happening, and then years more before they start to regulate.

In Paris, Airbnb joined a wave of tech companies — most of them American — that are transforming the city. In principle, the French authorities (right up to President Emmanuel Macron) are technophiles. They even have ambitions of turning Paris into a tech start-up hub. In recent years, Uber, bike-sharing and carsharing have changed the city’s transport. Amazon is changing shopping: Parisians buy so much of their stuff online that even on residential streets, every shopfront now seems to be a food temple or a co-working space or a mix of both. Meal delivery services have upended dining in a city that had practically skipped the takeout era. Quite apart from the immediate effects are the long-term ones: these companies possess data on Parisians of which the city government can only dream.

Airbnb, which barely existed in Paris five years ago, could have an equally big impact. It chimes with a new Parisian mindset which says that in this overcrowded expensive city, sharing goods makes more sense than fully owning them.

“We are a benediction for France,” says Emmanuel Marill, head of Airbnb for France and Belgium, and he ticks off on his fingers the reasons why. “France is a very big tourist destination, a country of proprietors, with a long-term problem of purchasing power, with long holidays, and a country that is — despite the France-bashing — very connected.” He says 12m French people have Airbnb accounts, about 400,000 of them as hosts, the rest as guests.

Marill adds: “We are nothing like Facebook, because we redistribute purchasing power. Airbnb has helped quite a lot of people to keep living in Paris — especially people under 30, who are nearly 40 per cent of our hosts.”Airbnb says the median Parisian host only rents for 33 nights a year. That provides a handy supplemental income, not a full-time living. Few of the hosts are very rich partly as Paris effectively bans rentals of second homes. Rather, many hosts are people like Karyo, who have valuable homes but need extra cash. Moreover, Airbnb creates jobs for cleaners and the greeters who hand over keys.

Airbnb says it wants to be regulated. On May 24, ahead of the Parisian court case, it and other accommodation platforms operating in the city offered concessions, including “the automatic capping at 120 days per year of the rental of the main residences”. However, the company calls Paris’s registration scheme “complex” and “confused”. Marill says: “You need an hour to understand the law on housing.” Only 5 per cent of Airbnb hosts renting 30 nights or fewer have registered, he says. The rest dropped out, deciding it wasn’t worth the bother (or perhaps the risk of being caught out). Airbnb says most European cities don’t restrict hosts at all.

Jean-Louis Missika, Paris’s deputy mayor, sits in a magnificent office in the 14th-century town hall that would be a great draw on Airbnb’s new luxury selection, “Beyond by Airbnb”. When I visited him there to ask whether Paris was tougher than most governments on technology companies, he chuckled: “Verbally, anyway, yes. We have the same problem with Airbnb as with Uber, though less bad, because they are, let’s say, less indifferent to dialogue.”

Missika sees both companies as global operators that destabilise local areas. One day, when he was shopping at a market in St Germain, he noticed how many of the neighbourhood shops had been replaced by restaurants. A shopkeeper told him: “There are fewer locals, and more tourists.” Missika says: “A city centre needs a certain minimum of residents. It’s said that 25 per cent of flats on the Ile St Louis [in central Paris] are devoted to tourist rental.”

The city authorities say that 84 per cent of Airbnb’s Parisian listings break the registration law. Moreover, unregistered hosts can list their homes on other sites as well without anyone noticing. Many Parisians share the town hall’s irritation. My apartment building in Paris is plastered with signs in imperfect English saying: “THE CARETAKER OF THIS BUILDING IS NOT AUTHORIZED TO DELIVER OR RECEIVE ANY KEYS OR PARCELS INTENDED TO SHORT TERM TENANTS.” France’s finance minister Bruno Le Maire is irritated too: he has asked why Airbnb generates tens of millions of euros in revenues yet pays only tens of thousands in taxes.

Other pretty European cities have similar grievances. Some — such as Florence, Athens or Lisbon — are too poor to fight back. If their inhabitants become a service class living in shabby suburbs, at least it’s a living. Stephen Hodes, an architect in Amsterdam who analyses tourism, says the extreme case is Florence: a pedestrianised city centre, with hardly any permanent residents, which exists for tourists.

But richer places like Paris, New York and Amsterdam have a choice. They can survive without more tourism. Already they have almost nowhere to put tourists — or even residents. Their house prices keep soaring. A city’s economy suffers when workers can’t afford to live locally. Nobody claims Airbnb is the main culprit, but various academics have shown slight upward effects on rents in cities where Airbnb takes properties off the residential market. That’s especially true when landlords rent out multiple properties that have no permanent residents.

Hosts with multiple listings account for a fifth of Parisian rentals on Airbnb, estimates the investigative site Insideairbnb (though that includes people listing multiple rooms in one flat). Karyo says of a friend who illegally rents an apartment full-time on Airbnb: “He deprives people who want to live in the neighbourhood, and he damages the hotel industry.” Marill acknowledges: “Some properties may have been taken off the housing market. But I think the immense majority of home-sharing in Paris has been positive. We are more a solution for mass tourism.”

Missika doesn’t totally disagree: “Airbnb has changed Paris for good and bad. We don’t want to prevent innovation.” He says he’s happy if visitors who stay in locals’ apartments experience a “more intimate relationship” with the city, and he likes Airbnb’s potential to spread tourists to poorer, less visited areas. Missika says: “It’s a winnable battle. Look at the touristic attraction of Brooklyn now.”

Airbnb does seem to be drawing under-represented categories of tourists, and then sending them off the beaten track. The site has taken off in less touristy Parisian arrondissements such as the 11th and 15th. A better spread of tourists is urgently needed: last year Greater Paris drew an all-time record of over 40m visitors, a vast share of them in the 41 square miles inside the Périphérique ring road.

Karyo has put up a map in his apartment with neighbourhood restaurant suggestions. “My guests very rarely eat at home,” he says. “Most don’t even take a fork out of the drawer.” He only rents to families, never to singles (loud parties in packed apartment blocks are a Parisian no-no) and he remarks: “I myself prefer staying in hotels. I wouldn’t stay in an Airbnb. But if you have a baby and there isn’t an Airbnb, you won’t travel. I’d like to know if hoteliers themselves stay in hotels if they come to Paris with their kids.” Marill confirms that whereas Parisian hotels cater more to couples and business travellers, Airbnb attracts young people and families.

Paris is fighting to format Airbnb to the city’s needs. That may take years. Meanwhile, some new website in Silicon Valley, as yet unnoticed by city officials, has probably already started to transform European urban life.

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