Beijing no puede controlar ni los bebés ni los bancos

05/11/2015 | David Pilling (Financial Times) – Financial Times Español

El Partido Comunista de China ha hecho dos recientes cambios políticos altamente simbólicos. Ambos apuntan hacia una retirada de importantes áreas de la vida de las personas: sus habitaciones y sus cuentas bancarias. Fue el primer cambio — el eliminar la política de hijo único — el que robó todos los titulares. Pero es el segundo — la eliminación aparentemente oculta de un límite de las tasas de depósitos bancarios — el que probablemente podría augurar un cambio más significativo.

La eliminación de la política de hijo único después de tres brutales décadas realmente representa un hito importante. La política, introducida en 1979, fue el ejemplo más gráfico del instinto controlador del partido comunista. También fue el más odiado. Los millones de funcionarios oficiales encargados de hacer cumplir la política — a través de multas, esterilizaciones e incluso abortos forzados — se encuentran entre los más despreciados. Tan recientemente como en 2012, las fotografías publicadas por los familiares de una mujer que fue forzada a abortar un feto de siete meses de edad, provocaron indignación. Los efectos en la sociedad han sido igualmente grotescos. Debido a la preferencia por los varones, los abortos selectivos han dado lugar a una de las proporciones de los sexos más tergiversadas del mundo. En su peor momento, durante el año 2008, había 120 niños nacidos en China por cada 100 niñas.

Por lo tanto, poner fin a la política es un hecho inequívocamente bueno desde el punto de vista de los derechos humanos. Pero como medida práctica puede que surta un efecto limitado. Para comenzar, todavía no está claro cuánto de dramático ha sido el impacto que tuvo. La mayor caída en la tasa de fecundidad de China (nacimientos por mujer) se produjo en la década anterior a la introducción de la política.

Entre 1970 y 1979, se redujo a la mitad, de 5,8 a 2,8. Desde entonces, ha caído muy por debajo del 2,1 necesario para mantener una población estable. Eso puede deberse más a la creciente prosperidad y urbanización que a la política en sí.

Incluso si la tasa de fertilidad pudiera elevarse de un día para otro, los efectos no serían evidentes sino hasta décadas después. China ya es una de las sociedades de más rápido envejecimiento del planeta. Para el año 2030, China tendrá el mismo perfil de edad que Japón, cuya economía no ha crecido en términos nominales en 20 años. Según la ONU, la población en edad de trabajar de China se reducirá en un 10 por ciento durante los próximos 15 años. Aquellos años durante los que se podía lograr un fácil crecimiento desplazando gente de la granja a la línea de montaje se han acabado. Si China ha de alcanzar su meta de convertirse en un país rico, necesitará innovar. También debe tratar de alcanzar la meta para el año 2030. Después de ese año los vientos demográficos en su contra serán intensos.

Y ¿qué sucede con el otro cambio? Eliminar el límite de las tasas de depósito es el paso más reciente en la desregulación de las tasas de interés internas. Durante muchos años, las tasas de depósito se han mantenido artificialmente bajas. Esto permitió que el estado reciclara los altos ahorros domésticos en industrias favorecidas a través de tasas de interés de préstamos artificialmente bajas. En China, por ejemplo “la supresión financiera” encontró un paralelo en la política de hijo único. En ambos casos, los intereses de los individuos fueron sacrificados para el beneficio de los del Estado.

Así como la política de hijo único hace mucho tiempo se volvió contraproducente, de igual manera los instintos del partido de controlar la economía arriesgan el obstaculizar el reequilibrio que buscan lograr. China necesita actualmente una mejor asignación de su capital. Es necesario invertir menos dinero en la industria pesada, y más en los servicios y en las industrias innovadoras, muchas fuera del control gubernamental. China también necesita que una mayor porción del ingreso permanezca en los bolsillos de la población para que pueda gastar más.

Si dura, el poner fin a la represión financiera es un paso importante hacia la dirección correcta. Éste representa un paso entre un sinnúmero de medidas establecidas después del tercer pleno del Partido Comunista hace dos años. El documento resultante, que previó un “papel decisivo” de los mercados, incluyó menos subsidios a las empresas de propiedad estatal, más énfasis en el consumo y menos intervención por parte del Estado.

El progreso ha tenido altibajos. Cuando el mercado de valores comenzó a derrumbarse y cuando un cambio en el sistema del tipo de cambio causó estragos, los antiguos instintos de intervenir se manifestaron de inmediato. El más reciente plan de cinco años — un concepto con un matiz decididamente soviético — pone la mayoría del énfasis en duplicar la producción de 2010 para el año 2020. Esto implica un crecimiento de un 6,5 por ciento durante el resto de la década. Si el ritmo se desacelera, puede que la tentación sea invertir en el relanzamiento económico de las viejas partes de la economía, precisamente en los sectores que un sistema bancario verdaderamente liberalizado rechazaría o penalizaría con tasas de interés en préstamos más altas. La característica de “parar y comenzar” de las recientes reformas sugiere que existen facciones del Estado que desean retirarse de la planificación económica y facciones que están reacias a abandonarla. La misma tensión debe haber sido responsable de mantener la política de hijo único vigente mucho tiempo después de su “fecha de caducidad”.

Sin embargo, el Partido Comunista sólo tiene que dirigir su mirada al otro lado del Estrecho de Taiwán para ver los límites del control. En Taiwán, donde la gente está en libertad de tener tantos bebés como deseen, la tasa de fecundidad es, precisamente, de 1,0. En la China de “hijo único” es de 1,6. Como Hans Rosling, un académico sueco, dijo, “existen fuerzas en el dormitorio que son más fuertes que el Partido Comunista”. Esto se aplica igualmente a las fuerzas del mercado, por lo cual es que son tan aterradoras.

 

Beijing cannot control babies or banks

11/05/2015 | David Pilling (Financial Times) – Financial Times English

China’s Communist party has made two recent, highly symbolic policy changes. Both signal a retreat from important areas of people’s lives: their bedrooms and their bank accounts. It was the first, the end of the one-child policy, that stole all the headlines. But it is the second, the seemingly obscure removal of a cap on bank deposit rates, that could plausibly augur more significant change.

The scrapping of the one-child policy after three brutal decades is indeed an important milestone. The policy, introduced in 1979, was the most graphic illustration of the Communist party’s instinct to control. It was also the most hated. The millions of state officials charged with enforcing it — through fines, sterilisations and even forced abortions — are among the most despised. As recently as 2012, online photographs posted by the relatives of a woman made to abort a seven-month-old foetus provoked outrage. The effects on society have been equally grotesque. Because of a preference for boys, sex-selective abortions have resulted in one of the world’s most skewed sex ratios. At its worst, in 2008, there were 120 boys born in China for every 100 girls.

From a human rights standpoint, then, ending the policy is unmistakably good. But as a practical measure it may have limited effect. It is not even clear how dramatic an impact it had in the first place. The biggest drop in China’s fertility rate (births per woman) occurred in the decade before the policy was introduced.

From 1970 to 1979, it halved from 5.8 to 2.8. Since then, it has fallen to well below the 2.1 needed to keep a population stable. That may owe more to growing affluence and urbanisation than to the policy itself.

Even if the fertility rate could be raised overnight, the effects would not be seen for decades. China is already one of the fastest-ageing societies on earth. By 2030, it will have the same age profile as Japan, whose economy has not grown in nominal terms for 20 years. Over the next 15 years, China’s working-age population will shrink by 10 per cent, according to the UN. The years when it could achieve easy growth by shifting people from farm to assembly line are over. If China is to reach its goal of becoming a wealthy country, it will need to innovate. It should also aim to get there by 2030. After that the demographic headwinds will be intense.

What then of the other change? The lifting of the cap on deposit rates is the latest step in deregulating domestic interest rates. For many years, deposit rates have been kept artificially low. This allowed the state to recycle high household savings into favoured industries via artificially low lending rates. In China, such “financial suppression” found a parallel in the one-child policy. In both, the interests of the individual were sacrificed to those of the state.

Just as the one-child policy long ago became counter-productive, so the party’s instincts to control the economy risk hampering the very rebalancing that it seeks. China now needs a better allocation of capital. It needs less money to be pushed into heavy industry, and more into services and innovative industries, many of them outside state control. It also needs a greater share of income to stay in people’s pockets so they can spend more.

Ending financial repression is an important step in the right direction — if it lasts. It is one of a plethora of measures laid out after the Communist party’s Third Plenum two years ago. That document, which envisaged a “decisive role” for markets, included fewer subsidies to state-owned enterprises, more emphasis on consumption, and less state intervention.

Progress has been choppy. When the stock market started plummeting and when a change in exchange-rate regime caused havoc, the old instincts to intervene kicked in. The latest five-year plan, a concept with decidedly Soviet overtone, puts most emphasis on doubling 2010 output by 2020. That implies growth of 6.5 per cent for the rest of the decade. If the pace slackens, the temptation may be to pump prime the old parts of the economy, precisely the industries that a truly liberalised banking system would shun or penalise with higher lending rates. The stop-start nature of recent reform suggests there are elements of the state that want to retreat from economic planning and elements that are loath to let go. The same tension must have kept the one-child policy in place long after its sell-by date.

Yet the Communist party only needs to look across the Taiwan Strait to see the limits of control. In Taiwan, where people are free to have as many babies as they wish, the fertility rate is precisely 1.0. In “one-child” China it is 1.6. As Hans Rosling, a Swedish academic, says, “there are forces in the bedroom that are stronger than the Communist party”. That applies equally to market forces — which is why they are so scary.

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Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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