Daniel Kahneman

Cándido Pañeda. Catedrático de la Universidad de Oviedo.

A veces se considera que los economistas somos prepotentes en el sentido de que despreciamos a las demás ciencias que se dedican al análisis de la sociedad y, encima, pretendemos exterminarlas con nuestro “imperialismo económico” (el intento de explicar con razonamientos económicos cuestiones que, aparentemente, no tienen nada que ver con la economía como, por ejemplo, las decisiones respecto al número de hijos). Es posible que haya una parte de verdad es esta apreciación, pero, como siempre pasa, se puede matizar. Por ejemplo, el hecho de que el Nobel de Economía del año 2002 haya sido dado a un psicólogo (Daniel Kahneman, premio compartido con Vernon Smith) casa poco con dicha imagen prepotente e imperial. En lo que sigue trataré de mostrar alguna de las razones por las que la Fundación Nobel le ha dado el premio. Me centraré en dos aspectos que pueden servir para hacerse una idea de lo que plantea Kahneman en su conferencia Nobel.

EL COLOR DEL CRISTAL DE KAHNEMAN (UN PSICÓLOGO EN LA CORTE DE LOS NOBEL DE ECONOMÍA). Por Cándido Pañeda, Catedrático de la Universidad de Oviedo

La intuición es importante

La primera idea que nos transmite Kahneman es que la intuición es importante en la toma de decisiones. El pensamiento intuitivo es el que nos lleva a leer la frase “Bill Clinton es un hombre tímido” con un tono levemente gracioso. Es, también, el que nos lleva a equivocarnos cuando nos enfrentamos a un caso en el que sabemos que un bate y una bola cuestan en su conjunto 1,1 euros y que el bate cuesta 1 euro más que la bola y nos preguntamos ¿cuánto cuesta la bola?. Frente al pensamiento intuitivo, la razón es la que opera cuando, por ejemplo, consultamos un mapa a la búsqueda de una dirección perdida. Dicho de otra manera, de acuerdo con el significado habitual de ambos términos, “el razonamiento se hace deliberadamente y con mucho esfuerzo, mientras que el pensamiento intuitivo parece que se presenta de forma espontánea en la mente, sin cálculo o búsqueda consciente, y sin esfuerzo”. Pues bien, Kahneman nos dice que “La observación superficial y la investigación sistemática indican que la mayor parte de los pensamientos y las acciones son normalmente intuitivos en este sentido”. Esto va totalmente en contra del agente perfectamente racional de la ciencia económica.

El planteamiento de Kahneman nos permite entender cosas que no tienen una explicación sencilla desde un enfoque puramente racional. Por ejemplo, el 3 de enero se produjo un accidente en Bilbao en el que murieron una niña y un niño al ser arrollados en un paso cebra. Según indican los medios de comunicación, no parece que se tratara de un caso de conducción temeraria y, por otra parte, la prueba de la alcoholemia dio resultado negativo. Por ello, cabe la posibilidad de pensar que el accidente pudo estar relacionado con esa norma “cultural” tan española cual es la de que los pasos cebra se respetan más bien poco. Si ello fuera así, habría que insistir en el “cambio de mentalidad” a este respecto. Cabe también una interpretación alternativa, en el sentido planteado por Kahneman. Así, el hecho de que una furgoneta estuviera aparcada justamente antes del paso cebra e impidiera ver a los niños, unido al hecho de que estuvieran en verde dos semáforos situados cincuenta metros antes y cincuenta metros después del paso cebra podrían haber llevado a una conducta intuitiva tipo: “adelante”, no calculada. Desde esta perspectiva (que puede ser complementaria de la relacionada con el “cambio de mentalidad” respecto a los pasos cebra) lo que habría que hacer es evitar todas las situaciones que vayan contra la intuición y, concretamente, habría que revisar, en clave intuitiva, todos esos puntos negros en los que se repiten continuamente los accidentes, pues es posible que los diseños correctos pero contra-intuitivos sean una de las claves del asunto. Efectivamente, dichos diseños correctos valen para el sujeto perfectamente racional de la ciencia económica, que todo lo calcula (en el caso considerado, ante la falta de visibilidad, el automovilista tenía que haber parado en el paso cebra), pero es posible que no sirvan para el imperfecto sujeto real (que se guía por los dos semáforos abiertos y la ausencia de personas en la parte visible del paso cebra) y llevan a accidentes irreparables o a golpes reparables a gran coste. Así, en los últimos años ha estado de moda en algunos sitios el diseño de “glorietas con semáforos” (en el interior de la glorieta). Este diseño tan poco intuitivo llevó a que hubiera accidentes continuamente; accidentes que disminuyeron de manera brusca cuando se impuso lo que podríamos denominar la lógica de la intuición, materializada en forma de glorietas puras.

El marco importa
Los economistas tenemos el corazón “partío”. Así, simplificando y radicalizando las posturas, los de la licenciatura de “economía” pensamos que los efectos de la publicidad son poco relevantes. Básicamente, razonamos así: dado que nuestro sujeto es bastante racional y cuenta con casi toda la información, prácticamente no hay forma de venderle ninguna moto, con lo que la publicidad termina vendiendo lo que se iba a vender de todos modos. En abierto contraste, los de la licenciatura de “empresa” (ADE) insisten en la importancia de la publicidad, que parece ser capaz de vender casi cualquier cosa. Efectivamente, hay ejemplos preciosos de campañas publicitarias que han vendido lo que parecía invendible y ello nos debería llevar a los economistas de la licenciatura de “economía” a pensar que procede matizar nuestra posición en el sentido de que, si bien puede ser válido el dicho “el buen paño en arca se vende”, también cabe la posibilidad de que el envoltorio del arca importe más de lo se piensa. Pues bien, esto es, de alguna manera, lo que nos plantea Kahneman con sus “efectos marco”. Así, un supuesto básico de la racionalidad tal y como se define en la ciencia económica es el de que “las preferencias no se ven afectadas por las variaciones intrascendentes respecto a la descripción de los resultados”. Esto es lo que, en términos del Premio Nobel Arrow, se denomina “extensionalidad”: el elemento elegido depende del conjunto en el que se basa la elección (el que) y no depende de cómo se describa dicho conjunto (el cómo). Dicho de otra manera, la forma en la que se presenten las cosas (el cómo) no es relevante. En caso contrario, si la forma alterara nuestras preferencias, no seríamos racionales. El ejemplo que se incluye en el recuadro puede servirnos para ver los racionales que somos (las personas que acepten el reto deberían intentar responder a las preguntas planteadas en dicho recuadro antes de seguir leyendo).

INICIO DEL RECUADRO
Suponga que la Unión Europea se están preparando frente al brote de una enfermedad que se prevé que matará a 60 mil personas. Se proponen dos programas alternativos para combatirla y usted debe elegir uno de los dos disponibles, tanto en la “descripción inicial” como en la “descripción alternativa”.

Descripción inicial:
– Si se elige el Programa A, se salvarán 20 mil personas
– Si se elige el Programa B, hay una probabilidad de un tercio de que se salven 60 mil personas y una probabilidad de dos tercios de que no se salve ninguna
¿Qué Programa elegiría?

Descripción alternativa:
– Si se elige el Programa A´, morirán 40 mil personas
– Si se elige el Programa B´, hay una probabilidad de un tercio de que no muera nadie y una probabilidad de dos tercios de que mueran 60 mil personas
¿Qué Programa elegiría?

FIN DEL RECUADRO
En general, la mayoría de los encuestados sometidos a la descripción inicial está a favor de la opción A (es decir, tienen aversión al riesgo), mientras que ocurre lo contrario en el caso de la descripción alternativa (la mayoría de los encuestados elige el Programa B´, la opción de búsqueda de riesgo). Es decir, la forma de describir los hechos (el cómo) lleva a preferencias opuestas respecto al riesgo, con lo que no se está actuando racionalmente en términos económicos. Dicho de otra manera, la forma de presentar las cosas cambia el rasero con el que las medimos: en este caso “la certeza de ahorrar vidas es desproporcionadamente atractiva, mientras que se tiene una desproporcionada aversión al hecho de aceptar la muerte segura de gente”. De ahí que estas respuestas afectivas inmediatas favorezcan a A respecto a B y a B´ respecto a A´. Kahneman nos dice, además, que “los efectos marco no son una curiosidad de laboratorio, sino una realidad omnipresente”, y que, por otra parte, favorecen a lo establecido: “el principio básico del efecto marco es la aceptación pasiva de la formulación dada”. Ello explica el que, por ejemplo, el porcentaje de donaciones de órganos se sitúe en el 97,4 por ciento en determinados países europeos en los que hay donación automática (a falta de negativa explícita, uno es donante) y sólo el 18 por ciento en determinados países en los que no es automática (se precisa permiso del donante o de su familia).

La gente no razona mal, pero actúa intuitivamente y en función del cristal con el que mira
Terminemos ya con una aclaración que puede ser importante, cual es que Kahneman en ningún momento dice que la gente razone mal: “la característica fundamental de los agentes no es la de que razonan mal sino la de que actúan a menudo intuitivamente”, con una “extremada dependencia del contexto”. Ello quizás explique el hecho de que nos vendan tantas motos y las terminemos comprando. Dicho de otra manera, Según Kahneman, “no estamos locos”, pero, en contra de lo que dice la canción, no “sabemos lo que queremos”.

LNE, 15 de enero de 2006

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