Deaton: la felicidad y el sistema

Angus S. Deaton nació en 1945, en Edimburgo. Su padre “deseaba medir las cosas” y “creía en la enseñanza” y, consecuentemente, se empeñó en que su hijo tuviera la mejor formación posible. En 1964, ya en Cambridge, en el tiempo libre que le dejaba el rugby, se suponía que Deaton se dedicaba a las matemáticas, pero en realidad “no tenía idea de lo que quería ser o hacer” e intentó, sin éxito (no le dejó su tutor), perderse por los caminos de la filosofía de la ciencia. Como reacción ante esta negativa, optó durante un tiempo por las cartas (de la baraja) y la bebida. Al final, la universidad le obligó a optar entre largarse o estudiar algo que no fueran las matemáticas, y le dijeron “sólo hay una cosa para gente como tú… la economía”. Aunque le apetecía dejarlo, “aceptó lo inevitable” y “estudió economía sólo para librarse de las matemáticas”. Posteriormente, terminó trabajando en el Departamento de Economía Aplicada de Cambridge, en un proyecto dirigido por Richard Stone (Premio Nobel en 1984), en el que le tocó la parte relacionada con el consumo y la demanda. En esta época, Deaton entra en un círculo virtuoso: el formado por Dan (McFadden; Nobel en el año 2000), quien enseño una cosa llamada “dualidad” a Bob (Hall) en Berkeley, quien, a su vez, dirigió la tesis de John (Muellbauer; en palabras de Deaton, su “complemento ideal”), con quien terminó realizando su artículo clave: el de la demanda casi ideal (1980), que ha sido incluido entre los veinte mejores publicados en la American Economic Review en 100 años y que es el principal culpable de que este año Angus Deaton haya logrado el Premio del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel (el Nobel de Economía).

En 1983, tras su paso por Bristol, Deaton cruza el Atlántico y se incorpora a la Universidad de Princeton, un “entorno maravilloso”, en el que enseñó econometría y en el que, “en los últimos años, ha tenido la gran fortuna de tener el despacho cerca del de Danny Kahneman”, una compañía (la del psicólogo Kahneman, galardonado también con el Nobel de Economía en el año 2002) muy gratificante (“trabajar con alguien de una tribu diferente puede ser … inmensamente gratificante, como cuando uno se da cuenta de que hay caminos completamente diferentes a la hora de pensar sobre fenómenos en los que yo pensaba que mi visión estaba muy asentada”). Otra experiencia muy importante es la que le da su destacada participación en las iniciativas del Banco Mundial (“hablar con la gente del banco me ayudó a mantenerme con los pies en la tierra, como un economista aplicado”). En sus colaboraciones con el Banco Mundial se centra en el análisis de la pobreza, tema al que se dedica, en parte, porque “sus primeros pasos en la economía del desarrollo” los da con un profesor que, aunque se acababa de retirar, todavía andaba por Princeton: Arthur Lewis, Premio Nobel de Economía en 1979, quien insistía en la importancia de analizar el hecho de que “la mayor parte del mundo se mantuviera tan desesperadamente pobre”.

Para terminar este perfil introductorio, Deaton tiene una gran afición y una gran pasión. La afición le viene de su padre y es la de “medir”. A este respecto, en 2014 señalaba que no corren buenos tiempos para la “buena medición”: “los economistas académicos pasan mucho menos tiempo del que solían pasar antes con los creadores y productores de datos, en detrimento de ambos grupos; los economistas a menudo no entienden los datos con los que trabajan… y sin embargo gran parte de lo que pensamos que conocemos acerca del mundo depende de datos que puede que no signifiquen lo que pensamos que significan”. Respecto a la pasión, “India ha sido una continua fuente de fascinación”, el “reino tropical mágico”, pero, simultáneamente, el ejemplo paradigmático de la “pobreza global”, tema al que también se ha dedicado Deaton.

La felicidad y el dinero

Uno de los frutos de las proximidad de Deaton y Kahneman en Princeton es un artículo corto (menos de 5 páginas) publicado en los Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos en el año 2010 y cuya tesis es, tal como indica su título, que “Una renta elevada mejora la evaluación de la vida pero no el bienestar emocional”. Este artículo, que no tiene nada que ver con lo que le llevó al Nobel, es, a mi juicio, una buena muestra de la forma de trabajar de Deaton, pues aporta una buena medición y desagrega un agregado confuso cual es el de la felicidad. El artículo se centra en el “bienestar subjetivo” que se desagrega en dos componentes: por una parte, el “bienestar emocional”, esto es la calidad emocional de la experiencia de cada día de un individuo, que se manifiesta en la frecuencia e intensidad de las experiencias relacionadas, entre otros aspectos, con la tristeza y la alegría que hacen que la vida de uno sea más o menos placentera; por otra, la “evaluación de la vida”, esto es, lo que la gente piensa sobre su vida. Estos dos componentes se analizan en un estudio realizado vía Gallup a mil residentes en los Estados Unidos en los años 2008-2009 (más de 450.000 respuestas, pues es diario), estudio en el que se analiza el bienestar emocional relacionado con la salud, los cuidados, la soledad y el fumar. Los resultados del estudio se muestran relacionando la renta (los ingresos) per cápita (eje horizontal; en logaritmos, para lograr una “buena medición”) y la parte de la población que experimenta el resultado medido (eje vertical). Lo que se observa al aumentar la renta es, por una parte, que aumenta la parte de la población que experimenta el bienestar subjetivo relacionado con la evaluación de la vida y, por otra, que al principio también aumenta el bienestar emocional, pero que, una vez que se llega a cierto nivel de renta per cápita, el bienestar emocional se estanca. De ello se deducen tres conclusiones: primera, que más dinero (más renta per cápita) no da necesariamente más felicidad en el sentido de bienestar emocional (esto es, no mejora la capacidad de la gente para hacer lo más importante para su bienestar emocional como pasar el tiempo con amigos, evitar el dolor y la enfermedad o disfrutar del ocio); segunda, que menos dinero viene asociado a menos bienestar emocional, y, tercera, que todo ello es compatible con una relación siempre creciente cuando el análisis se centra en el otro componente del bienestar subjetivo, cual es la evaluación de la vida.

El sistema casi ideal
La economía se basa en dos “leyes”: la de la oferta (relacionada con la producción) y la de la demanda (relacionada con el consumo) y Deaton se centra en esta última. Concretamente, en su artículo de 1980 con Muellbauer, titulado “Un sistema casi ideal de demanda” lo que hace es estimar un “sistema” (de ecuaciones) de demanda, en el que, de acuerdo con la ley de la demanda, se trata de medir la relación existente entre las cantidades demandadas, los precios y los gastos totales. Esto se puede hacer con y sin teoría y lo que hace Deaton es lo que se debe hacer: una “medición con teoría”, esto es, una medición basada en la teoría económica, teoría que, a su vez, se basa en agentes (en este caso consumidores) “racionales”, que, por serlo, cumplen determinadas propiedades. Richard Stone había intentado resolver este problema con su “Sistema Lineal de Gasto” (1954), pero aquello no era suficiente, pues en el mismo se cumplían, por definición, las propiedades, con lo que no se podía emplear para ver si se cumplían realmente. Dicho en clave de Popper, era imposible que apareciera un cisne negro pues, por definición, todos los que salían eran blancos, con lo que no había posibilidad de “falsar” (encontrar, al menos potencialmente, pruebas en contra) dicho sistema. En definitiva, se precisaba otro modelo más general y esto es lo que hace Barten en lo que se denominó el “modelo de Rotterdam”, cuya conclusión era que se podían rechazar las propiedades. En definitiva, una vez que se abrió la posibilidad de que los cisnes pudieran ser negros, resultó que ninguno salió blanco. Esto era muy grave, pues sugería que los agentes no eran racionales, esto es, que, contra lo que señalaba una ya vieja canción, los consumidores “sí estamos locos, no sabemos lo que queremos”. Aquí es donde entra Deaton, quien estimó en los setenta funciones alternativas a la de Barten con datos del Reino Unido y, aunque llegó a resultados similares, señaló que la no racionalidad observada por Barten podía deberse a que los consumidores no somos realmente racionales (y esto era muy problemático para la teoría económica) o a que realmente somos racionales pero aquello estaba mal especificado (y esto no era problemático y lo único que requería era reformar el edificio y no tirarlo). Tras esta última alternativa (gente racional pero modelo mal especificado) había, a su vez, dos posibilidades: una, que la forma funcional no estuviera bien construida y, otra, que el salto de la parte al todo (del individuo al mercado) fuera mortal en el sentido de que la teoría no se cumpliese en el caso agregado, aunque los individuos fueran racionales. Pues bien, todos estos problemas se resolvieron con el artículo de 1980 y de ahí que se haya convertido en un clásico y en un sistema casi ideal.

Deaton ha publicado también artículos muy importantes sobre el análisis de la evolución del consumo en el tiempo. En este caso la decisión no se relaciona con el consumo de cada bien en un momento determinado (el objeto del artículo sobre el sistema casi ideal), sino que es una decisión previa respecto a cuanto consumir (y por lo tanto no ahorrar y no invertir) de la renta conforme pasa el tiempo. Por razones de espacio, no entraré en este tema, que enlaza con la función de consumo de la macroeconomía, pero es importante resaltar una conclusión que obtuvo de toda esta línea de investigación, cual es que “el progreso es más probable que llegue cuando se toma en serio la agregación”, en definitiva, cuando se estudia lo agregado (lo macro) en clave desagregada, individual (lo micro). Esta filosofía le ha acompañado en toda su labor investigadora y, aunque aquí no se aborda, afecta también a su investigación sobre el desarrollo y la pobreza.

Cándido Pañeda

Catedrático de Economía Aplicada Universidad de Oviedo

LNE, 18 de octubre de 2015

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