Economía y felicidad

23/10/2015 | Borja López Noval

Salud, dinero y amor, reza la célebre canción de Rodolfo Sciammarella. Aunque por otro lado el dicho señala que el dinero no puede comprar la felicidad… Precisamente la compleja relación entre el dinero y el bienestar subjetivo está en el origen de la que hoy conocemos como economía de la felicidad. (En concreto el texto de Richard Easterlin de 1974: Does economic growth improve the human lot? Some Empirical Evidence [¿Mejora el crecimiento económico el destino humano? Alguna evidencia empírica], primera de una larga serie de investigaciones sobre la relación entre el nivel de renta y el bienestar subjetivo.) Posteriormente la economía de la felicidad se ocuparía también de otras cuestiones, aunque obviamente la controvertida relación entre el dinero y la felicidad ha conservado siempre un lugar central dentro de este campo de investigación, y, por otra parte, los nuevos rumbos que ha tomado parte de la investigación también están arrojando luz sobre la cuestión original.

En cualquier caso, se puede considerar que la primera gran contribución de la economía de la felicidad ha sido generalizar el reconocimiento de los fenómenos psicológicos asociados al bienestar dentro de la disciplina económica, y, a través de ella, en los foros donde se discuten las políticas públicas. Quizá uno de los mayores méritos en este sentido lo tenga un trabajo de Andrew Clark y Andrew Oswald de principios de los 90 del pasado siglo en el que se analiza la relación entre el desempleo y la infelicidad. La evidencia respecto al enorme coste psicológico del desempleo dejó en muy mal lugar la tesis de que éste era voluntario y fruto de unas prestaciones por desempleo demasiado generosas. Resultados tan poderosos como éste, que por lo demás respaldan la intuición de una mayoría, popularizaron las medidas de bienestar subjetivo.

Hoy proliferan las investigaciones sobre la naturaleza, distribución y determinantes de las distintas emociones, la felicidad, la satisfacción vital y otras evaluaciones subjetivas sobre aspectos determinados y sobre el conjunto de la vida de los individuos. Y la tendencia coincide con una fuerte influencia dentro de las ciencias sociales de algunas teorías psicológicas sobre la motivación y el bienestar. Destaca, en particular, la tesis de las tres necesidades psicológicas básicas de Edward Deci y Richard Ryan, que establece que el bienestar subjetivo genuino se alcanza cuando el individuo, en un conjunto significativo de sus decisiones y actividades, se siente autónomo, competente y dentro de un marco de relaciones sociales significativas.

Precisamente, otra de las grandes contribuciones de la economía de la felicidad ha sido la acumulación de evidencia empírica que confirma la importancia de la calidad de las relaciones sociales como determinante del bienestar subjetivo de las personas. En este sentido, y volviendo a la cuestión del dinero, resulta de gran relevancia la evidencia mostrada por algunos autores de que en algunos casos el crecimiento económico ha venido acompañado de una pérdida de calidad en dichas relaciones.

La posibilidad de que haya fenómenos que impulsen el crecimiento económico a la vez que reducen la calidad de las relaciones sociales, y en consecuencia nuestra sensación de bienestar, se suma a otros argumentos críticos con la identificación de crecimiento económico y bienestar. El argumento parece inspirarse en el dicho de que el dinero no puede comprar la felicidad. Aunque la canción de Rodolfo Sciammarella, que afirma que el dinero basta con no tirarlo mientras que el amor hay que cuidarlo, también le sirve de inspiración.

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