El argumento a favor de una jornada laboral de cinco horas

11/05/2018 | Pilita Clark (Financial Times)

El otro día escuché algo tan extraño pero convincente, que no he podido dejar de pensar en ello.

Sucedió en la ciudad australiana de Hobart donde el director de una empresa de asesoramiento financiero empezó a trabajar a tiempo parcial cuando su esposa — que acababa de tener un hijo — comenzó a recibir tratamiento para el cáncer.

Jonathan Elliot descubrió que en cinco horas podía completar el mismo trabajo que antes completaba en ocho, y se le ocurrió: ¿por qué no ver si todos los demás en la empresa podían hacer lo mismo?

A principios del año pasado los cerca de 30 empleados de su firma, Collins SBA, comenzaron la prueba de una jornada de cinco horas, sin reducción de sueldo. Todos tenían que comenzar a trabajar entre las 8 y las 9 de la mañana y completar su trabajo entre la 1 y las 2 del mediodía. Después, la mayoría estaban libres para irse al campo de golf, jugar con sus hijos o lo que quisieran. La recepción de las oficinas estuvo abierta durante todo el día y se atendieron todas las necesidades urgentes de los clientes.

A pesar del temor de que el cambio destruiría el negocio, ha funcionado tan bien que no hay planes para ponerlo fin, dice Claudia Parsons, la directora de operaciones de la firma.

“Ha sido un cambio radical”, me dijo la semana pasada. El ausentismo por enfermedad se ha reducido. Han contratado a nuevos empleados con talento. Algunos asesores han logrado niveles sin precedentes de nuevos negocios. A los clientes no les molesta esperar unas horas para ver un asesor. Las ganancias de la firma no se han visto afectadas.

Ésta es una firma relativamente pequeña llena de contables y planificadores financieros. No obstante, me gusta la idea de una jornada de trabajo de cinco horas por tantas razones que no sé por dónde empezar. Primero, ofrece el fin de algunos de los aspectos más deprimentes de la vida de oficina, como las largas e innecesarias reuniones.

En Collins SBA se han eliminado las reuniones de una hora. Ahora hay un encuentro semanal de la oficina de sólo 10 minutos en la que todos permanecen de pie y hay reuniones más pequeñas y breves si se necesitan.

La jornada de trabajo de cinco horas también acaba con otra tontería del trabajo de oficina: quedarte hasta las 5 de la tarde cuando ya has completado todo tu trabajo, o porque el jefe todavía no se ha marchado. Según la Sra. Parsons, ahora si los empleados de Collins SBA siguen trabajando en sus puestos a las 5 de la tarde, “ya no se considera admirable”.

Otra ventaja de la jornada laboral de cinco horas es que reconoce una verdad secreta de la vida de oficina: algunas personas logran más en tres horas que otras en diez; sin embargo, nunca son recompensadas.

Pienso en los muchos padres trabajadores que conozco (la mayoría mujeres) que hacen su trabajo deprisa, comen su comida en su puesto de trabajo y se escapan como prófugos en cuanto pueden para recoger a sus hijos.

Sospecho que muchos hombres pasarían más tiempo con su familia si pudieran y la Sra. Parsons dice que muchos han comenzado a hacerlo desde que iniciaron la jornada de trabajo de cinco horas.

Pero no hay que ser padre para ver los beneficios de una jornada de trabajo reducida. Sólo hay que estar entre las una de cada ocho personas en países de la OCDE que trabajan 50 horas o más por semana.

El fin de los almuerzos relajados y la necesidad de trabajar eficientemente no les ha gustado a todos en Collins SBA. Un par de personas dejaron el trabajo. Otras se mostraron preocupadas por la eliminación de las charlas y la cooperación. La empresa ahora patrocina excursiones para sus trabajadores por las tardes cada dos meses.

Por supuesto, la jornada de trabajo de cinco horas no funcionaría en todas partes. Cualquier firma que cobre por hora la vería con terror (aunque apuesto que sus clientes no). No tendría sentido para la mayoría de las personas en mi gremio. El mundo produce noticias todo el día y los periodistas tienen que estar listos para redactarlas. Hasta los primeros promotores de la jornada laboral de cinco horas han tenido que hacer ajustes.

El Sr. Elliot se inspiró inspirado en un libro de un empresario estadounidense, Stephan Aarstol, quien introdujo las jornadas de trabajo cinco horas en Tower, su empresa de “paddle surf” en San Diego, en 2015.

Les ofreció a sus empleados el mismo sueldo y el 5% de las ganancias, pero les advirtió que aquellos que no se comprometieran con el programa de cinco horas se tendrían que marchar, y varios lo hicieron. “Estás poniendo a las personas bajo la luz”, me dice. “Quedó bien claro quiénes no estaban haciendo nada”.

Ahora ha decidido limitar la jornada de trabajo de cinco horas a los meses de verano y regresar a la de ocho el resto del año. “Nuestro experimento sigue en pie”, dice.

Le deseo lo mejor. La idea de una jornada de trabajo de ocho horas tiene más de un siglo y hay algo extraño en nuestra fijación con ese concepto. La jornada de trabajo de cinco horas tal vez no sea la respuesta que todos buscan. Pero creo que podría funcionar mucho mejor de lo que pensamos.

The case for a five-hour working day

11/05/2018 | Pilita Clark (Financial Times)

The other day I heard a story about something so odd yet compelling that I have not been able to stop thinking about it.
It happened in the Australian city of Hobart where the boss of a financial advice firm started working part-time after his wife — a new mother — began treatment for cancer.

Jonathan Elliot found he could get as much work done in five hours as he had in his previous eight, so he had a thought: why not see if everyone else in the company could do the same?

At the start of last year, the 30-odd staff at his firm, Collins SBA, began a trial of a five-hour day, with no cut in their pay. They had to start between 8am and 9am and get their work done by 1pm or 2pm. After that, most were free to hit the golf course, play with their children or whatever else they felt like. The reception desk stayed open all day and urgent client needs were met.

Despite fears the move could blow up the business, it has worked so well to date that there are no plans to end it, says Claudia Parsons, the firm’s operations director.

“It’s been life-changing,” she told me last week. Sick days have plunged. Talented recruits have been hired. Some advisers have done record levels of new business. Clients did not mind waiting a few hours to see an adviser. The firm’s bottom line seems unaffected.

This is just one, smallish firm full of accountants and financial planners. Yet I like the five-hour day idea for so many reasons it is hard to know where to start. First, it offers an end to some of the dreariest bits of office life, like the long or pointless meeting.

Hour-long meetings have been ditched at Collins SBA. There is now a 10-minute weekly office-wide huddle, where everyone stands, and smaller, brief get-togethers if needed.

A five-hour day should also end another office idiocy: hanging around until 5pm when you have done all your work, or because the boss is still there. If people at Collins SBA are still at their desks at 5pm, Ms Parsons says it is “no longer considered admirable”.

Another plus of the five-hour day is that it recognises a hidden truth of working life: some people get more done in three hours than others do in 10, yet are never rewarded for it.

I am thinking here of the many working parents I know (mostly women) who barrel through their work, scoff lunch at their desk and sneak off guiltily as soon as they can to collect their children.

I suspect a lot of men would see more of their family if they could and Ms Parsons says many have begun to do so since the five-hour day began.

Yet you do not have to be a parent to see the benefits of a shrunken work day. You only need to be among the one-in-eight people in OECD countries who work 50 hours or more each week.

The end of leisurely lunches and the need to work efficiently did not suit everyone at Collins SBA. A couple of people left. Others worried about the dearth of office chat and collaboration. The firm now has afternoon staff outings every two months.

Obviously, a five-hour day would not work everywhere. Any firm billing by the hour would find it appalling (though I bet their clients would not). It would be hopeless for most people in my trade. The world makes news all day and journalists have to be ready to report it. Even early proponents of the five-hour day have made adjustments.

Mr Elliot was influenced by a book by a US entrepreneur, Stephan Aarstol, who introduced five-hour days at his San Diego paddle board company, Tower, in 2015.

He offered his employees the same pay and a 5 per cent profit share but warned that anyone who couldn’t get with the five-hour programme would have to leave, and several did. “You’re putting people under the spotlight,” he tells me. “It became very obvious which people were getting nothing done.”

He has now decided to limit the five-hour day to summer months and go back to eight hours the rest of the year. “Our experiment is still going,” he says.

I wish him well. The idea of the eight-hour working day is more than a century old and there is something strange about our attachment to it. A five-hour day may not be the answer for all. But I think it could work in many more places than a lot of us imagine.

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