El ascenso de las empresas superestrella

18/01/2018 | Rana Foroohar

Parece inevitable que Oprah Winfrey — la reina de la empatía de EEUU — surgiera como la candidata perfecta para los demócratas para derrotar a Donald Trump en 2020. Como mujer afroamericana, ella atrae a los diferentes grupos de interés y se identifica con varios temas políticos relacionados con cuestiones de identidad, desde el #MeToo hasta el Black Lives Matter.

Sin embargo, al ser la estrella estadounidense más popular de las últimas décadas, con un imperio televisivo, periodístico y de cine, también atrae a los votantes de la clase media. Oprah es, al igual que nuestro actual presidente, una marca global, lo cual es significativo. Estamos viviendo en una economía de superestrellas, en la que los individuos y las compañías de más alto nivel obtienen poder, riqueza y atención de una manera totalmente desproporcionada.

Desde finales de la década de 1990, hemos visto el ascenso de las compañías superestrella. Según el McKinsey Global Institute, tres industrias (tecnología, finanzas y salud y farmacéutica) han triplicado sus ganancias desde entonces, acaparando el 45% de todas las ganancias corporativas en EEUU (y en menor medida en otros países ricos).

Sin embargo, cada vez más en EEUU, esto no se refleja sólo en los sectores ricos en propiedad intelectual, sino también en toda la economía. Como explicó un reciente documento de la Institución Brookings, en las últimas dos décadas, más del 75% de las industrias estadounidenses han visto un aumento en la concentración tanto de riqueza como de influencia. Si comparamos los números con el periodo posterior a la segunda guerra mundial, cuando el crecimiento de EEUU tuve su auge, el contraste es sorprendente. En 1954, las 60 principales empresas representaron menos del 20% del PIB de EEUU. Actualmente, las 20 principales empresas representan más del 20%.

¿Por qué está sucediendo esto? Una razón, por supuesto, es la competencia global, que ha ejercido más presión sobre las empresas estadounidenses, y ha alejado a las empresas del reparto más equitativo de la postguerra entre trabajadores, empresas y comunidades locales. Otra es el cambio en la ley antimonopolio. No fue casualidad que los cambios a la regulación de monopolios supervisados por el juez de la Corte de Apelaciones de EEUU, Robert Bork, ocurrieran en la década de 1980 cuando la competencia extranjera estaba en aumento. La filosofía del Sr. Bork — que sostenía que mientras los precios al consumidor bajaran, no había problemas de competencia — ha impedido a las autoridades controlar la concentración corporativa tanto como lo hicieron durante la época dorada de finales del siglo XIX y justo después de la segunda guerra mundial.

Sin embargo, las industrias más grandes y poderosas de la actualidad no funcionan como las industrias del pasado. Sus productos suelen ser baratos o gratuitos, por lo que los precios al consumidor no deberían ser la medida de la competencia. Los efectos de red permiten que los actores que pueden obtener la mayor parte del mercado, también puedan rápidamente dominar industrias enteras al parecer de la noche a la mañana (Amazon, por ejemplo, abarcó el 44% de las ventas del comercio electrónico en EEUU en 2017). Sus enormes ganancias les permiten capturar y absorber a sus potenciales competidores. Monsanto, la compañía agroquímica de EEUU, compró más de 30 empresas en la última década; el fabricante de software empresarial Oracle adquirió más de 80; y Google más de 120.

Casi todas las demás industrias, desde alimentos y bebidas hasta la banca, productos envasados y medios, se están fusionando en respuesta, para ganar el peso que necesitan para tener éxito frente a los mayores jugadores tecnológicos. Parece bastante claro que el declive generalizado sufrido por las empresas “startup” y del impulso empresarial en EEUU tiene mucho que ver con la concentración del poder por un puñado de rapaces actores clave.

En torno a las compañías superestrella, hay grupos de inversores y trabajadores superestrella. Nótese, en particular, el auge de las “pass-through entities” (entidades transparentes), a las que se les otorgó una preferencia impositiva aún más especial en virtud del plan tributario de Trump. Las entidades transparentes son negocios gravados a la tasa impositiva personal del propietario individual. Constituyen el 50% de los ingresos corporativos totales de EEUU (el doble que en 1980) y representan principalmente a personas que trabajan en áreas ricas en propiedad intelectual como la tecnología, el derecho y las finanzas. También representan alrededor del 40% del aumento en la desigualdad de ingresos registrado por académicos como Thomas Piketty.

Por eso, por mucho que ame a Oprah y el contraste emocional que presenta ante nuestro actual presidente, no estoy tan segura de que quiero que asuma la presidencia. Los demócratas pasan mucho de su tiempo preocupándose por las concentraciones de poder con respecto a la raza y el género. Y, aunque corra el riesgo de parecer una marxista, yo creo que el tema clave es la desigualdad de clases. Me encantaría que nuestro próximo presidente sea alguien que se dedique a entender y deconstruir la economía de superestrellas, que está sofocando una recuperación económica que podría ser más compartida y sostenible.

Simplemente no estoy convencida de que la cabeza de un imperio multimillonario de medios sea la persona para hacerlo.

The rise of the superstar company

18/01/2018 | Rana Foroohar

It seems inevitable that Oprah Winfrey, America’s empathiser-in-chief, would emerge as the Democratic dream of a candidate to beat Donald Trump in 2020. As an African-American woman, she speaks to any number of interest groups and political issues around identity, from #MeToo to Black Lives Matter.

But as the most popular all-round female media star in the US over the past several decades, with a television, movie and magazine empire, she also talks to the middle. Oprah is, like our current president, a global brand, which is telling. We are living in a superstar economy in which the top individuals, companies and even geographic regions command hugely disproportionate power, wealth and attention.

Since the late 1990s, we’ve seen the rise of the superstar company. According to the McKinsey Global Institute, three industries — tech, finance, and healthcare and pharma — have seen their share of profits nearly triple since then, to about 45 per cent of all corporate profits in the US (the concentration in these industries is also increasing, albeit to a lesser extent in other rich countries).

Yet increasingly in the US, this isn’t reflected just in the intellectual property-rich sectors, but throughout the entire economy. As a recent Brookings Institution paper explained, over the past two decades, more than 75 per cent of US industries have seen an increase in concentration of both wealth and influence. If you compare the numbers with the post-second world war period, when US growth was strongest, the contrast is striking. In 1954, the top 60 companies accounted for less than 20 per cent of US GDP. Today, the top 20 companies make up more than 20 per cent.

Why is this happening? One reason, of course, is global competition, which has put more pressure on US businesses and pushed companies away from the more equitable postwar pie sharing between workers, corporations and local communities. Another is the shift in antitrust law. It’s no accident that the changes to monopoly regulation advocated by federal judge Robert Bork spread in the 1980s when foreign competition was rising. The Bork ethos, which held that as long as consumer prices were declining, there was no competition problem, has prevented authorities from checking corporate concentration as much as they did both during the Gilded Era of the late 19th century and just after the second world war.

Yet the largest and most powerful industries today don’t function like industries of the past. Their products are often cheap or free, so consumer prices should not be the measure of competition. Network effects allow the players that can grab the most market share quickly to dominate entire industries seemingly overnight (Amazon, for example, took 44 per cent of ecommerce sales in the US in 2017). Their huge cash hoards allow them to snap up potential competitors. Monsanto, the US agrochemical company, purchased more than 30 companies over the past decade; business software maker Oracle snapped up over 80; and Google more than 120.

Nearly every other industry — from food and beverages, to banking, to packaged goods, to media — is merging in response, to gain the heft they need to have a chance of success against the largest tech players. It seems quite clear that the well-reported decline in start-ups and entrepreneurial zeal in the US has much to do with the concentration of power among a handful of rapacious players.

Around superstar companies, there are clusters of superstar investors and workers. Note, in particular, the rise of “pass-through” corporations, which were given even more special tax preference under the Trump tax plan. Pass-through corporations are businesses that are taxed at the individual owner’s personal tax rate. They make up 50 per cent of all total US corporate income (twice the share than in 1980) and mostly represent people working in those intellectual property-rich areas such as tech, law and finance. They also represent about 40 per cent of the rise in income inequality recorded by academics such as Thomas Piketty.

That’s why, as much as I love Oprah and the emotional contrast she presents to our current president, I’m not so sure I’d want her in the White House. Democrats spend a lot of time worrying about concentrations of power in race and gender. But at the risk of sounding like a Marxist, the real action is in class. I’d love to see our next president be someone who cares deeply about understanding and deconstructing the superstar economy, which is suffocating a more shared and sustainable economic recovery.

I’m just not convinced a media billionaire is the person to do it.

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