El lado oscuro de los bonos verdes pro-clima

15/06/2015 | Sophia Grene – Financial Times Español

Los bonos verdes parecen algo puro y bueno. Estos bonos sirven para recaudar fondos que se utilizan de manera positiva para el medio ambiente, así que son ideales para el inversor que quiere ser sostenible. Mejor aún, a menudo tienen rendimientos similares a los bonos convencionales, así que los inversores no tienen que pagar por sus principios.

Por ello se han recibido con gran entusiasmo y su emisión crece rápidamente. Se ha triplicado del 2013 al 2014 y van en camino de repetir la hazaña en 2015, con una emisión prevista de 100 mil millones de dólares.

Pero una cuantas voces escépticas empiezan a cuestionar el valor de esta innovación, preguntando en particular si los bonos verdes constituyen una diferencia real o si sólo son otro caso de “verde lavado de conciencia”.

Hay un par de puntos a debatir. Primero, hay un gran margen en la definición de bono verde, porque no hay un estándar aceptado que sea universal e independiente.

Cualquier empresa o municipalidad que quiere recaudar dinero a través de un bono verde lo puede hacer, y todo lo que tiene que hacer es convencer a los compradores de que es verde. Si esos compradores son administradores de fondos que intentan cubrir su cuota de inversión sostenible, puede que no estén motivados para ser hipercríticos. Después de todo, construir una autovía puede justificarse como “verde” si la intención es reducir los atascos.

Por supuesto esto no ha pasado desapercibido para aquellos que intentan desarrollar el mercado. Los Principios de los Bonos Verdes, publicados en enero de 2014 por un grupo de bancos apoyados por Ceres, el grupo de inversión, es un esquema voluntario cuya intención es estandarizar la reputación de la emisión de bonos verdes.

La iniciativa Bonos Climáticos promovida desde Londres fue establecida con la finalidad de crear estándares verificables, y ha desarrollado tanto estándares como una lista de verificadores independientes capaces de certificar un producto como verde.

El Banco Mundial y otros organismos supranacionales, que fueron quienes crearon los bonos verdes, también están trabajando juntos en el desarrollo de los estándares.

Pero hasta ahora, esto es sólo un trabajo en marcha y hacer visibles estos estándares a los inversores es algo muy a futuro, especialmente entre los inversores minoristas.

Incluso si los proyectos financiados por bonos verdes son tan verdes como uno desearía, se plantea la cuestión de si el dinero se destina a la inversión medio ambiental, o si estos proyectos habrían sido financiados de cualquier manera.

En un mundo donde Lloyds Bank recibió alabanzas por un bono con impacto social que admitió era solamente un empaquetado en sus libros de préstamos ya existentes, es necesario ver más allá de una envoltura brillante para establecer el verdadero impacto de tales instrumentos.

El atributo específico de los bonos verdes que muchos de quienes los apoyan señalan como una ventaja – que tienen rendimientos similares a los bonos convencionales – puede ser una señal de que no hacen diferencia alguna.

El término utilizado aquí es “adicionalidad”. ¿La existencia de bonos verdes agrega valor a la cantidad de capital dedicado a los proyectos verdes? Si hubiese un rendimiento menor, implicando que los emisores obtuvieran capital a menor coste, uno podría deducir que los proyectos estuviesen siendo financiados de la única manera en que pudieran serlo.

Sin ventaja de coste de capital, uno podría asumir que el beneficio principal para los emisores es la mejora en las relaciones públicas por los bonos verdes. Para los inversores es el vago sentimiento de tener inversiones verdes sin dolor.

Hay señales de que esto pudiera estar cambiando, ya que la demanda de bonos verdes significa que se están comercializando con un Premium en los mercados secundarios. La multitud de estándares de bonos verdes pudiera convertirse en código único y verificable, pero por el momento no está claro que sean más que un gesto simbólico.

Nada de esto debería socavar el valor de invertir para limitar o mitigar el cambio climático, una tendencia necesaria y laudable. Pero vale la pena preguntarse si los bonos verdes son una manera útil de alcanzar esto, aunque sea sólo para animar a los emisores e inversores a subir el listón.

 

The dark side of climate-friendly green bonds

06/15/2015 | Sophia Grene – Financial Times English

Green bonds seem like an unalloyed good thing. These bonds raise money to be used in environmentally positive ways, so are ideal for the would-be sustainable investor. Even better, they usually have similar yields to comparable conventional bonds, so investors do not have to pay for their principles.

As a result they have been received with great enthusiasm and issuance is growing rapidly. It tripled from 2013 to 2014 and is set to repeat this feat in 2015, with predicted issuance of $100bn.

But a few sceptical voices are starting to question the value of this innovation, asking in particular whether green bonds make any real difference or whether they are just another case of “greenwashing”.

There are a couple of points to argue. First, there is a great deal of latitude in the definition of a green bond, because there is no independent, universally agreed standard.

Any company or municipality that wants to raise money by means of a green bond can do so, and all it has to do is convince the buyers it is justified. If those buyers are fund managers attempting to fill up their sustainable investment quota, they may not be motivated to be hypercritical. After all, building a motorway could be justified as “green” if it is intended to cut congestion.

Of course this has not gone unnoticed by those attempting to develop the market. The Green Bond Principles, issued in January 2014 by a group of banks supported by Ceres, the investor group, is a voluntary framework intended to standardise reputable green-bond issuance.

The London-based Climate Bonds Initiative was set up with the aim of creating verifiable standards, and has developed both standards and a list of independent verifiers capable of certifying a product as green.

The World Bank and other supranational bodies, who were the originators of green bonds, are also working together to develop standards.

But so far, this is all work in progress and awareness of these standards has a long way to go among investors, particularly retail investors.

Even if the projects funded by green bonds are as green as one would wish, there is the question of whether any new money is being channelled to environmental investment, or if these projects would have been funded anyway.

In a world where Lloyds Bank received kudos for a social impact bond that it admitted was just a repackaging of loans that were already on its books, looking beneath the fancy wrapping is necessary to establish the true impact of such instruments.

The very attribute of green bonds that many supporters tout as an advantage – that they have similar yields to their conventional peers – may be a sign that they are not really making a difference.

The jargon term here is “additionality”. Does the existence of green bonds add to the amount of capital allocated to green projects? If there were a lower yield, implying the issuers were getting their capital at a lower cost, one might infer that projects were being funded that otherwise would not get off the ground.

With no advantage of cost of capital, one may assume the main benefit for issuers is the public relations boost of green bonds. For investors this is the fuzzy feeling of having green investments without any pain.

There are signs that this may be changing, as demand for green bonds means they are trading at a premium on secondary markets. The multitude of green-bond standards may well coalesce into a single, verifiable code, but at the moment it is not clear that they are more than a symbolic gesture.

None of this should undermine the value of investing to limit or mitigate climate change, a necessary and laudable trend. But the question of whether green bonds are a useful way to achieve this is worth asking, if only to encourage issuers and investors to up their game.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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