El nuevo edificio de oficinas de Apple está hecho para los adultos

06/07/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times)

Una gigantesca nave espacial acaba de aterrizar en Cupertino. Este verano, 12.000 empleados de Apple comenzarán a trasladarse a este enorme edificio en forma de disco, que ha tardado ocho años en construirse y que según algunos costó 5 mil millones de dólares, convirtiéndolo en el edificio de oficinas más caro del mundo.

Apple Park es el último proyecto póstumo de Steve Jobs; un proyecto de vanidad parecido al Palacio del Pueblo de Nicolae Ceausescu en Bucarest. El Sr. Jobs se encargó de todos los detalles — como un buen fanático del control — insistiendo en los impecables herrajes para puertas y la piedra proveniente de una cantera en Kansas que fue tratada para que se asemejara a las paredes antiguas de su hotel preferido en Yosemite. El nivel de obsesión y grandiosidad hace que el mármol que Jacques Attali alguna vez ordenócuando era director del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (ERBD, por sus siglas en inglés) — parezca poca cosa.

Si yo fuera accionista de Apple, no estaría muy contenta. La exageración del decorado de la sede central de una compañía siempre ha sido una señal de que se cierne la calamidad. La Rumania del Sr. Ceausescu y el EBRD del Sr. Attali son buenos ejemplos de este fenómeno.

Si yo viviera en Cupertino, tampoco estaría contenta. Hay al menos 9.000 plazas de aparcamiento en Apple Park, lo cual indica que habrá demasiados coches en circulación. Yo creo que los edificios deberían estar ubicados en los centros de las ciudades. Así los empleados no tendrían que viajar tanto y tendrían la oportunidad de almorzar y gastar su dinero en las tiendas locales.

Sin embargo, como una observadora de oficinas, estoy encantada. En las últimas dos décadas, han surgido tres tendencias negativas con respecto al diseño de las oficinas y Apple Park las corrige.

Primero, hemos perdido la confianza en las oficinas en general, conforme los empleados nómadas se refugian en cafés y en sus propias habitaciones. El edificio de Jobs es un himno a la importancia de las oficinas. Los críticos se están quejando de que el edificio se podría convertir en un “elefante blanco” si Apple se va a la quiebra, pero ése no es el punto. Apple Park es una declaración: “Estamos aquí para quedarnos y por eso hemos construido un bonito sitio para que nuestros empleados tengan un lugar agradable en el que pueden trabajar todos los días”.

La segunda tendencia negativa es la creciente confusión entre nuestros hogares y nuestras oficinas. A los diseñadores de oficinas de moda les encanta crear espacios de trabajo que parecen horribles apartamentos de “hipsters” imaginarios; la oficina de Airbnb en San Francisco está llena de espacios que parecen extrañas salas de estar, cocinas y hasta una “cueva de nerds”. Por lo que he observado al ver los vídeos en YouTube y después de leer la primera crítica en Wired, la sede de Apple fue creada en base a la idea de que la oficina y la casa son diferentes. Y no hay guarderías en el edificio, que en mi opinión es un avance. Yo nunca he querido que mi empleador cuide a mis niños. Yo siempre he querido conseguir mis propios niñeros y entonces dejar el trabajo a tiempo para relevarlos.

Y con respecto al punto más radical de todos, Apple Park está hecho para adultos. Durante las últimas dos décadas, los espacios de trabajo en las oficinas han sido construidos para ser usados por niños de escuela primaria. Google ha sido el líder mundial en infantilizar su fuerza laboral con toboganes y jardines de croquet hechos de AstroTurf. En su oficina de Tel Aviv, el personal lleva a cabo las reuniones en ridículas estructuras que parecen canastas voladoras con hélices en la parte superior. Esta tendencia perniciosa — fea, tonta y discriminatoria en razón de la edad — se inició en Silicon Valley y se ha extendido. Hasta la nueva oficina del anticuado CBI en Londres está decorada con colores primarios y murales divertidos.

Apple Park ha descartado la diversión y está intentando crear espacios agradables. La belleza es un atributo adulto y serio; el trabajo también debe de serlo.

El edificio además tiene dos atributos positivos adicionales: la democracia y la vegetación. Durante décadas las oficinas han pretendido ser igualitarias, pero mientras estén alojadas en rascacielos, el director ejecutivo siempre se encontrará en la cima. La nave espacial sólo tiene cuatro pisos y todos los que se encuentren en el anillo tendrán la misma vista increíblemente positiva para cualquier trabajador: árboles. Existe la previsión de plantar cerca de 9.000, casi un árbol por persona.

La única pequeña tontería es el intento de Apple de justificar el gasto. Ha afirmado que las personas que se encuentran en un ambiente inmaculado tienden a realizar su trabajo de forma inmaculada. Esto es una tontería porque muchas de las invenciones más brillantes parecen haber sido construidas en garajes.

En todo caso, Apple no necesita justificarse. Tiene dinero para quemar y ha elegido quemarlo en algo espléndido para sus trabajadores. Como accionista tal vez no estaría de acuerdo. Pero si fuera uno de los 12.000 empleados, estaría contando los días que me faltan para trasladarme a mi nueva oficina.

Apple has built an office for grown-ups

06/07/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times)

A giant spaceship has landed in Cupertino. This summer, 12,000 Apple employees will start to move into this great disc of a building, which has been eight years coming and is said to have cost $5bn — making it the world’s most expensive office.

Apple Park is Steve Jobs’s last, posthumous hurrah; as a vanity project it is roughly on a par with Nicolae Ceausescu’s People’s Palace in Bucharest. Jobs managed the spec as the control freak he was, insisting on irreproachable door furniture and stone from a Kansas quarry that was distressed to make it look like the walls of a Yosemite hotel he was fond of. The obsessiveness and the grandiosity make the marble that Jacques Attali once ordered when he was head of the European Bank for Reconstruction and Development look slipshod.

If I were an Apple shareholder, I would not be happy. Overdoing it on the decor of the HQ is a sure sign that calamity is on its way. It did not end well for Ceausescu’s Romania, nor for Mr Attali’s EBRD.

If I lived in Cupertino I would not be happy either. There are at least 9,000 car parking spaces at Apple Park, which means too much driving. It is better for cities to have offices in the centre, so people do not have to travel so far, and can nip out at lunchtime to spend money in local shops.

Yet as an observer of offices, I am dancing a jig. Over the past two decades, three bad things have been happening with office design, and Apple Park puts all of them right.

First we have lost confidence in offices altogether as nomadic workers huddle in cafés and in their own bedrooms. Jobs’s edifice is a hymn to the importance of offices in general. Critics are grumbling about the white elephant the building would become should Apple go bust — but that misses the point. Apple Park screams: “We are here to stay and, given that, we’ve built somewhere beautiful for our staff to work in every day.”

The second bad thing is the confusion between home and work. Fashionable office designers delight in making work spaces look like the hideous apartments of imaginary hipsters — Airbnb’s office in San Francisco is filled with spaces that look like funky sitting rooms, kitchens and even a “nerd cave”. As far as I can tell from looking at it on You Tube and reading the first review in Wired, the Apple HQ is built on the idea that work and home are distinct. There is not even any childcare on site, which is also progress. I have never wanted my employer to look after my children. I wanted to hire my own childminders and leave work in time to relieve them.

Most radical of all, Apple Park is made for grown-ups. For the past two decades office spaces have been built as if for primary school children. Google has been a world leader in infantilising its workforce with AstroTurf croquet lawns and slides. In its Tel Aviv office staff have meetings in ridiculous flying pods — baskets with propellers on top. This pernicious trend — ugly, stupid and ageist — started in Silicon Valley and has spread. Even at the frumpy CBI’s new office in London, it is all primary colours, pods and fun murals.

Apple Park has turned its back on fun and is going for beauty instead. Beauty is serious and grown-up; work should be too.

The building has two other big things going for it: democracy and greenery. Offices have been pretending to be egalitarian for decades, but as long as they are housed in skyscrapers, the chief executive is always at the top. The spaceship has only four floors and everyone in the ring will get the same view of the best thing for any worker to gaze upon — trees. About 9,000 of them are to be planted — almost one tree per person.

The only bit of hokum is Apple’s attempt to justify the expenditure. It claims that in immaculate surroundings people are more likely to do immaculate work. This is nonsense, many of the world’s finest inventions seem to have been built in garden sheds.

In any case, Apple does not need any such justification. It has money to burn and has chosen to burn it on something splendid for its workers. As a shareholder I may not like it. But if I were one of the 12,000 I would be counting the days until I moved in.

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