La moda de muebles está cambiando: guarden sus antigüedades

15/06/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times)

Recientemente vendí un par de las mesas georgianas demilune de mi madre en una subasta semanal en Londres. Hechas de caoba, con marquetería en los bordes y con patas sencillas y rectas, no tuvieron ningún interés en tres semanas consecutivas. En la cuarta semana, acepté la primera oferta, de sólo 42 libras.

Las mesas eran una constante de mi juventud, pero aunque comí innumerables comidas en ellas casi nunca noté su apariencia. Mi madre, que las había heredado de su tía, las consideraba tan valiosas que siempre estaban cubiertas por varias capas de manteles, que sólo se quitaban en ocasiones solemnes.

Un par de días después de la venta, IKEA, el mayor vendedor a nivel mundial de mesas y otros muebles, anunció el nombramiento de un nuevo jefe ejecutivo, y reafirmó su intención de seguir siendo líderes a nivel mundial.

Los dos eventos se han unido en mi mente y he decidido que las cosas están cambiando. El mercado para muebles antiguos debe haber tocado fondo. Mi apuesta es que durante el reinado de Jesper Brodin sobre el imperio de libreros Billy y sofás Ektorp, el crecimiento de su empresa comenzará a caer. No alcanzará la meta empresarial de vender 50 mil millones de euros en muebles de estilo escandinavo a finales de esta década. La moda de la modernidad alcanzará su pico. Todos lamentaremos el día que obedecimos la orden de IKEA de desechar nuestras pertenencias anticuadas y desearemos tenerlas de nuevo.

Ya hay indicios de este cambio. En la radio, el otro día escuché al diseñador Lawrence Llewelyn-Bowen burlándose de la insistencia mundial en que nuestros hogares son prácticos. No deseamos sentido práctico en el sexo o la comida, argumentó. ¿Entonces, por qué se lo pedimos a los muebles? Miré con tristeza a mi mesa y mis sillas Ercol, compradas recientemente por una considerable suma de dinero, y me puse a pensar: ese hombre tiene razón.

Mientras tanto el mercado para muebles antiguos debe repuntar, por la sencilla razón de que los precios están tan bajos que ya no tienen dónde caer. Hasta lo más barato de lo más barato de IKEA es caro en comparación.

Acabo de consultar el catálogo, y encontré una mesa de comedor por 55 libras llamada Olov. No está hecha de la madera más fina por ebanistas que aprendieron el arte de la marquetería durante siete años, sino de fibra vulcanizada y plástico, y tú mismo tienes que atornillarle las patas metálicas.

Cuando vendí las mesas de mi madre, también vendí su hermosa cajonera de caoba, forrado de cuero, con pies de garra, cajones secretos y el brillo que viene de un par de siglos de pulir a mano. Se vendió por 120 dólares. IKEA no vende tal cosa, pero sí una la cajonera común y corriente Hurdal —hecha de pino barato, que no viene con un artesano que te ayude mientras usas torpemente una llave Allen — que cuesta 250 libras.

Existen buenas razones que explican la caída del precio de los muebles antiguos. Todo el mundo vive con multitud de cosas en pequeños apartamentos y no hay espacio para nada grande. Y ya que nadie escribe cartas, no hay mucho uso para un escritorio, ni siquiera para uno forrado de cuero. ¿Y quién necesita cajones secretos, cuando actualmente los secretos se guardan en la nube?

Pero la gente todavía necesita mesas y sillas, y donde guardar los pantalones de yoga. Yo sé que el consumidor se supone que siempre tenga la razón. Pero según estos precios relativos, el consumidor se está comportando como un tonto.

La constante impopularidad de los muebles antiguos demuestra que todos esos expertos que hablan sobre el comportamiento del consumidor están hablando tonterías. Una de las mayores tendencias de los últimos años se supone que sea la autenticidad. Se supone que amemos las cosas hechas a mano, construidas de materiales naturales y que vienen acompañadas de historias.

No hay nada más auténtico, hecho a mano o natural que una mesa demilune de caoba, y en cuanto a historias, después de 250 años se han coleccionado algunas. Sin embargo, no amamos esas mesas. Las odiamos.

Lo que los consumidores aman en realidad, y lo que siempre han amado, son las cosas que están de moda. Nadie estima la autenticidad o las historias en el abstracto. Sólo nos gustan si podemos adjuntarlas a algo que ya deseamos porque todas nuestras amistades también lo desean.

La moda cambiará, como siempre, y los muebles antiguos volverán a estar de moda. Y eso será una mala noticia para el Sr. Brodin y su equipo en IKEA, pero muy buena noticia para los nuevos dueños de los queridos muebles de mi madre, los cuales consiguieron una ganga.

You heard it here first: hold fast to your antiques

15/06/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times)

Recently I sold a pair of my mother’s Georgian demi lune tables at a weekly auction in London. Made of mahogany, with marquetry around the edges and with simple straight legs, they received no interest at all for three consecutive weeks. In the fourth the hammer fell after a maiden bid — for just £42.

The tables were a permanent feature of my youth, but though I ate countless meals off them I hardly ever got to see what they looked like. Mum, who had inherited them from her aunt, considered them so precious that they were covered in several layers of tablecloth that only came off on state occasions.

A couple of days after the sale, Ikea, the world’s biggest seller of tables and other furniture, announced the appointment of a new chief executive, and reasserted its intention of world domination.

The two events have fused in my mind and I have decided that the tables are turning. The market for brown furniture must have reached its bottom. My bet is that during Jesper Brodin’s rule of the kingdom of Billy bookcases and Ektorp sofas, growth will falter. He will not achieve the company’s goal of selling €50bn of Skandi tat by the end of the decade. The trend for modernity will peak. We will all rue the day we followed Ikea’s order to “chuck out your chintz” — and we will want it back again.

Already there are signs. On the radio the other day I heard Laurence Llewelyn-Bowen, the designer, mocking the world’s insistence that our homes are practical.We do not desire practicality from sex or food, he argued, so why do we demand it from our furniture? I looked gloomily at my Ercol tables and chairs, bought recently for a considerable sum, I found myself thinking: he is on to something.

Meanwhile the market for brown furniture is due a bounce, if for no other reason than prices are so low that there is no further space to fall. Even the very cheapest of the cheap Ikea ranges is expensive by comparison.

I have just consulted the catalogue, and found a dining table for £55 called Olov. It is not made of the finest wood by cabinet makers who learnt marquetry during a seven-year apprenticeship, but of fibreboard and plastic, and you have to screw on the metal legs yourself.

When I sold Mum’s tables, I also sold her handsome mahogany secretaire, leather-lined with claw feet, secret drawers and the gleam that comes from a couple of centuries of elbow grease. It fetched £120. Ikea sells no such item, but an undistinguished Hurdal chest of drawers, made of cheap pine, and again with no craftsman to help as you flail about with an Allen key, costs £250.

There are decent reasons why the price of antique furniture has fallen. With everyone crammed into tiny flats, there is no space for anything big. And as no one writes letters any more there is not much use for a writing desk, even one lined in leather. And who needs secret drawers, when all secrets are now guarded by the cloud?

But people still need tables and chairs, and somewhere to store their yoga pants. I know that the consumer is supposed to be always right. But in according these relative prices, the consumer is behaving like a ninny.

The continued unpopularity of brown furniture proves all those experts who talk about consumer behaviour are talking rot. One of the biggest trends for the past few years is meant to be authenticity. We are meant to love things that are hand made, constructed from natural materials and which come with stories attached.

There is nothing more authentic, hand made, or natural than a mahogany demi lune table, and when it comes to stories, being 250 years old means you have collected a few. Yet we do not love those tables. We hate them.

What consumers actually love, and always have loved, are things that are fashionable. No one values authenticity or stories in the abstract. We only like them if we can attach them to something that we already desire because all our friends desire it too.

Fashion will turn, as it always does, and brown furniture will come back in. And then it will be bad news for Mr Brodin and his team at Ikea, but jolly good news for the new owners of Mum’s beloved furniture, who got themselves a bargain.

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