La ventaja genética de los genios

15/09/2016 | Anjana Ahuja – Financial Times Español

La sociedad tiene diversos nombres para ellos: el 1 por ciento, los excepcionales, los genios, los superinteligentes, y los dotados y talentosos. Ellos son los niños que superan de manera extraordinaria a sus compañeros en los exámenes escolares.

En EEUU, numerosos programas universitarios para “identificar el talento” han estado siguiendo la trayectoria de adolescentes de altos logros para descubrir a dónde van a parar, y los resultados desafían la noción de moda de que la grandeza procede simplemente de la dedicación y de la práctica. En lugar de que la evidencia demuestre que los que tienen éxito “no nacen sino que se hacen”, más bien indica que los niveles más altos de la sociedad están repletos de personas exitosas que “nacieron y luego se hicieron”. Esto indica que el éxito es el resultado del trabajo duro incorporado a una pequeña porción de ventaja cognitiva temprana.

Uno de los estudios longitudinales de más larga duración de niños de alta inteligencia es el Estudio de Jóvenes Matemáticamente Precoces, originalmente iniciado en la Universidad Johns Hopkins. El estudio — ahora con 45 años y con sede en la Universidad Vanderbilt — ha sacado a la luz a unos 5.000 individuos que demostraron un talento precoz para el razonamiento numérico y/o el razonamiento verbal.

Johns Hopkins también abrió un programa de talento para los jóvenes adolescentes que calificaron dentro del 1 por ciento en matemáticas e inglés a nivel universitario: sus ex alumnos, según Nature, incluyen al matemático Terence Tao (quien al parecer comenzó a estudiar álgebra de Boole a los siete años); a las estrellas de la tecnología Mark Zuckerberg de Facebook y Sergey Brin de Google; y a la música Lady Gaga.

Pero esta ilustre lista de asistencia pudiera simplemente representar a personas de valores atípicos entre personas de valores típicos. ¿Cómo podemos medir con mayor generalidad si la aptitud de la infancia representa una guía hacia el éxito? Ésa es la pregunta que Jonathan Waiun psicólogo en el Programa de Identificación de Talento de la Universidad de Duke — se propuso contestar. Él consideró a cinco grupos de la élite estadounidense: directores ejecutivos de compañías Fortune 500, jueces federales, multimillonarios y miembros del Senado y de la Cámara de Representantes. El Dr. Wai descubrió que, en cada grupo, los que se encontraban en la parte superior del 1 por ciento de habilidad — calificados según los resultados de los exámenes escolares — estaban sobrerrepresentados. Es probable que algunos se hubieran favorecido de asistir a destacadas escuelas o de tener “padres tigre”. Aun así, el Dr. Wai sostiene que el medio ambiente por sí solo no puede justificar las estadísticas sobre el éxito; es por eso que él sugiere que los expertos “nacen, luego se hacen”.

Lo que nos lleva a una pregunta polémica: si las personas exitosas comienzan su ascenso en la cuna, ¿qué papel juegan los genes? Robert Plomin, un profesor de genética en el King’s College de Londres, ha correlacionado las calificaciones de los exámenes con las “calificaciones poligénicas” de los individuos. En julio, él reveló que estas calificaciones — obtenidas examinando a 20.000 genes — podían ser responsables de un 10 por ciento de la variación en el logro académico a los 16 años de edad. Las calificaciones poligénicas altas estaban asociadas con notas elevadas (A y B) y con una gran posibilidad de continuar estudiando; los estudiantes con bajas calificaciones obtuvieron B y C, y tenían menos probabilidades de permanecer en la escuela.

Ese estudio — descrito por el profesor Plomin como un “punto de inflexión” en el pensamiento sobre cómo los genes afectan al aprendizaje — fue en gran parte ignorado por los legisladores, quienes constantemente argumentan que deberíamos hacer que nuestras economías estuvieran perfectamente preparadas para enfrentarse al futuro fomentando el florecimiento de los mejores y más brillantes intelectos. El dilema para los políticos, y para la sociedad, es el siguiente: la ciencia indica que no somos una “tabula rasa” al nacer y, por mucho que quisiéramos que así fuese, no parece que los dones y los talentos estén igualmente repartidos.

Esto no quiere decir que haya que darse por vencido, ni sugiere que sólo quienes han sido genéticamente bendecidos merecen tener éxito. Esas pequeñas diferencias académicas arraigadas en nuestros genes — una mala calificación, por ejemplo, que conduce a un trabajo mal pagado en lugar de a la universidad y, por lo tanto, a una salida de la trayectoria educativa — con demasiada frecuencia se convierten en las bifurcaciones en el camino que conducen a diferentes resultados a lo largo de la vida. Los educadores y los políticos no tienen el don de poder cambiar nuestros genes, pero sí está en su poder, a través de proporcionar educación y oportunidades, construir más caminos hacia el éxito para el 99 por ciento.

The genetic advantage of the (other) 1 percenters

15/09/2016 | Anjana Ahuja – Financial Times English

Society has various names for them: the 1 per cent, the outliers, the geniuses, the super-smart and the gifted and talented. They are the kids who impressively outperform their peers in school tests.

Several “talent-spotting” university programmes in the US have been tracking where high-achieving teenagers end up — and the results challenge the fashionable notion that greatness comes merely through dedication and practice. Instead of the evidence showing that those who succeed are made not born, it suggests the upper tiers of society are stuffed with achievers who were born then made. This points to success as the result of hard work built on a nugget of early cognitive advantage.

One of the longest-running longitudinal studies of clever children is the Study of Mathematically Precocious Youth, initially based at Johns Hopkins University. The 45-year old study, now based at Vanderbilt University, has unearthed about 5,000 individuals who showed an early talent for numerical reasoning and/or verbal reasoning.

Johns Hopkins also opened a talent programme to young adolescents who scored in the top 1 per cent in university maths and English: its alumni, Nature reports, include mathematician Terence Tao (who reportedly started studying Boolean algebra aged seven), tech stars Mark Zuckerberg of Facebook and Sergey Brin of Google and the musician Lady Gaga.

But this illustrious roll call might simply represent outliers among outliers. How can we gauge more generally whether childhood aptitude is a guide to success? That is the question that Jonathan Wai, a psychologist in the Talent Identification Program at Duke University, set out to answer. He looked at five subsets of the US elite: Fortune 500 chief executives, federal judges, billionaires and members of the Senate and House of Representatives. He discovered that in each group those in the top 1 per cent of ability, ranked by school test scores, were over-represented. Some might have been advantaged by attending leading schools or by tiger parents. Still, Mr Wai argues that environment alone cannot account for the statistics on success; that is why he suggests that experts are “born, then made”.

Which brings us to a controversial question: if high achievers begin their ascent in the cradle, what role do genes play? Robert Plomin, a professor of genetics at King’s College London, has cross-correlated exam scores with individuals’ “polygenic scores”. In July, he revealed that these scores — obtained by looking at 20,000 genes — could account for 10 per cent of the variation in academic attainment at 16. High polygenic scores were associated with top grades (As and Bs) and a strong chance of continued education; students with low scores attained Bs and Cs and were less likely to stay on at school.

That study, described by Prof Plomin as a “tipping point” in thinking about how genes affect learning, was largely ignored by policymakers, who constantly argue that we should future-proof our economies by encouraging the best and brightest intellects to flourish. The dilemma for politicians, and society, is this: the science suggests that we are not born blank slates and, however much we wish it were otherwise, giftedness and talent do not seem to be equally apportioned.

That is not to throw up our hands and suggest that only the genetically blessed deserve to succeed. Those small academic differences rooted in our genes — a missed grade, say, which leads to a low-paid job instead of college and thus an exit from education — too often become the forks in the road that lead to different outcomes in life. It is not in the gift of educators and politicians to change our genes, but it is in their power, through providing education and opportunity, to build more roads to success for the 99 per cent.


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“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.


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