Las cuentas también se disfrazan

Arrancan los carnavales, una de las fiestas más espectaculares del mundo y que, en algunas ciudades, han adquirido un carácter y sabor tan especiales que se han hecho merecedores de interés turístico o patrimonial. Río de Janeiro, Venecia, Nueva Orleans o los españoles de Santa Cruz de Tenerife y Cádiz son los más conocidos. Todas ellas son ciudades que viven del y por el carnaval. Con una duración de diez días, se calcula que, proporcionalmente, sus beneficios son superiores a los que genera el fútbol y su repercusión, cultural y turística, se ha visto multiplicada por la televisión y las redes sociales.

En términos económicos, los carnavales son sin duda una gran oportunidad de negocio y una actividad que genera empleo. Se han convertido en destino turístico de miles de personas que, por lo general, han reservado sus plazas hoteleras unos meses antes y que, metidos en harina, gastan una media de 100 euros diarios. A los ingresos percibidos por el turismo, se añade el que realizan los habitantes locales, auténticos disfrutadores del evento.

Los preparativos abarcan prácticamente el año entero: en cuanto se terminan, se empiezan a preparar los siguientes, de forma que ya hay empresas especializadas que viven todo el año con los beneficios que les aportan los carnavales, especialmente en los últimos cuatro meses. Podría hablarse de una tímida industria del carnaval que genera trabajo temporal para carpinteros, pintores, diseñadores, tiendas de telas y fantasía, costureros, artistas, publicistas, músicos, coreógrafos y escuelas de baile.

El más popular y multitudinario de todos los carnavales es, sin duda, el de Río de Janeiro, que genera 7.000 puestos de trabajo. Protagonizado por el desfile de carrozas, comparsas de hasta cinco mil integrantes, disfraces, color y música, reúne a cinco millones de personas de las que cerca de un millón y medio son turistas. Debido a la crisis que atraviesa el país, este año el gobierno ha recortado gastos y a pesar de que llegarán más turistas que en la edición anterior, los ingresos serán similares a los de 2017, en torno a los mil millones de dólares. Solo las entradas al sambódromo (entre 3 y 2.000 dólares), generan unos ingresos de 35 millones de dólares diarios. Caben 70.000 personas.

El carnaval de Venecia es el más glamuroso y enigmático con sus máscaras y trajes de época que nos remontan a la Edad media. Todo un espectáculo en una ciudad ya de por sí bellísima que se inicia con el vuelo del ángel sobre la plaza de San Marcos, donde solo se permite la entrada a 20.000 personas, aunque se calcula en 70.000 más el número de visitantes que inundan calles y canales durante estos días.

Otro menos conocido, pero igualmente espectacular es el carnaval de Oruro, una pequeña ciudad boliviana de apenas 270.000 habitantes que durante la fiesta recibe a medio millón de turistas, generando una actividad económica cercana a los 20 millones de dólares. Mitad religiosa, mitad pagana, la fiesta mezcla tradiciones indígenas y españolas honrando a la Pachamama, la madre tierra, y culmina con la gran peregrinación de danzarines al Santuario de la Virgen del Socavón. En 2001 fue declarado Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la Unesco.

No podemos olvidarnos del carnaval de Barranquilla, Patrimonio de la Humanidad desde 2003, que reúne a miles de personas al ritmo de la cumbia colombiana. Su impacto económico el año pasado alcanzó los 16 millones de dólares en beneficios y creó 12.000 empleos temporales, según la Cámara de Comercio de la ciudad.

El famoso Mardi Gras, el carnaval que se celebra en Nueva Orleans, no se queda atrás. Con claras influencias francesas del siglo XVII, sus calles se tiñen de púrpura, verde y dorado, colores que simbolizan la justicia, la fe y el poder. Durante unos días, su población -mermada a raíz del huracán Katrina en 2005- se triplica.

En Europa, además del carnaval de Venecia, destaca el peculiar del barrio londinense de Notting Hill que los inmigrantes caribeños iniciaron en la década de los 60. Aunque se celebra a finales de agosto, se ha convertido en el carnaval más grande de Europa y el segundo del mundo después del de Río de Janeiro.

En la misma onda, están los carnavales españoles de Tenerife y Cádiz que nada tienen que envidiar a los citados. Ambos están declarados como Fiesta de Interés Turístico Internacional y, además, el segundo aspira a convertirse en Patrimonio de la Humanidad. El ingenio, el sentido del humor y la ironía se proyectan en desfiles, carrozas, comparsas y murgas que los convierten en acontecimientos espectaculares. El tinerfeño encuentra su apoteosis en el desfile del Gran Coso con las reinas como principales protagonistas y el gaditano, con el concurso de chirigotas en el Gran Teatro Falla.

El carnaval de Santa Cruz de Tenerife genera más de 15 millones de euros de beneficios en un mes, según el Consejo Económico de la isla, de los que una cuarta parte proceden de los propios tinerfeños. Solo en la confección del disfraz, el gasto medio se sitúa en los 45 euros, cantidad que se eleva a 2.000 y 12.000 euros en el caso de los trajes de fantasía de las reinas, infantiles y adultas respectivamente. En cuanto a las comparsas (hay más de 150), se calcula que invierten entre 15.000 y 20.000 euros. La fiesta tiene impacto en el comercio textil, pero también en restaurantes, bares, supermercados y hoteles que durante esos días se aseguran el lleno total y facturan entre el 10 y el 20% del total anual.

Autora: Elvira Calvo (12 febrero 2018)

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