Las gafas de sol compiten con las tarjetas de débito como forma de pago

22/06/2017 | Jude Webber (Financial Times)

No dejes que el moderno mundo digital te distraiga de la realidad del sistema económico de México, que sigue mayoritariamente basado en los pagos en efectivo. Yo aprendí esta lección a la fuerza recientemente, cuando me embarqué en un viaje de negocios rumbo al Estado de México, que queda a una hora en coche de la capital.

Era mediodía. Casi no había tráfico y parecía que mi viaje iba a ser fácil y rápido. Entonces me di cuenta que no había actualizado mi saldo a través de internet para pagar los peajes de las autopistas. Así que llamé a mi casa y le pedí a mi pareja que lo hiciera. Sin embargo cuando llegué a la caseta de peaje, la pantalla decía “pago denegado”.

“Pero si acabo de llenar la tarjeta”, le dije al hombre de la cabina. Él me contestó que los pagos necesitan hasta tres horas para registrarse. Eso me pareció tan absurdo como el hecho de que mi banco sólo me deja realizar transacciones online durante las horas de oficina.

No tenía efectivo porque me he acostumbrado a usar mi tarjeta de débito para hacer las compras y trasladarme en Uber.

Sin embargo, la compañía de peaje no acepta tarjetas, aun con el auge del sector de la tecnología financiera en México que ha diseñado un exitoso dispositivo de elevado perfil que se conecta a los teléfonos inteligentes y tablets, y que permite el uso de tarjetas en lugares inusuales.

En lugar de esto, Pinfra, la operadora de infraestructura y autopistas en México, ofrece lo que solamente se puede describir como un servicio de empeños. Me dijeron que podía dejar mi anillo — una antigua pieza que le perteneció a mi abuela — como garantía del pago de los 36 pesos que aún les debía. ¡De ninguna manera!

Entonces comenzó el regateo. ¿Qué tal su teléfono? No, especialmente porque en esta era tecnológica me hacía falta Waze, la aplicación de navegación para llegar a mi destino. Les ofrecí una pulsera de plata. Los operadores lo consideraron. No, aparentemente no podían aceptar la pulsera. ¿Qué tal las herramientas de su coche? No. ¿Entonces quiere dejar su pulsera y sus gafas de sol, señora? Está bien. Sólo déjenme pasar.

Continué mi camino de nuevo un poco desanimada — aunque ésta no es la única vez que me he enfrentado a unos serios funcionarios mexicanos aplicando leyes kafkianas — con mi recibo de la transacción. Pero tomé el camino equivocado. El desvío me condujo a una autopista diferente, con más peajes (pero la tarjeta de peaje ya estaba funcionando), y llegué justo a tiempo a mi cita.

Cuando llegó el momento de regresar estaba segura de que tenía crédito en la tarjeta para pagar el peaje. Entré en la autopista y llegué de nuevo a la caseta. Y me negaron de nuevo el pago.

Les presenté el recibo de mis artículos empeñados y les pregunté si podían añadir la nueva cuota de 36 pesos a mi cuenta. Los operadores me dijeron que no, pero que yo podía estacionar mi vehículo, cruzar la autopista y acudir a la tienda Oxxo para sacar dinero de un cajero automático.

Oxxo, propiedad de Femsa — el principal accionista de la embotelladora más grande de Coca-Cola en el mundo — es el tercer minorista más grande por concepto de ingresos en México. Tiene 15.300 tiendas, casi el mismo número que las 16.400 sucursales bancarias en México. En Oxxo puedes pagar tus facturas, pagar tus tarjetas de crédito, hacer depósitos bancarios, realizar transferencias de dinero y hasta comprar billetes de avión. Pero el hombre en el mostrador me dijo que no podía usar mi tarjeta de HSBC para sacar dinero; y que aun si tuviera otra tarjeta el sistema no estaba funcionando.

La siguiente gasolinera tenía un cajero automático, pero tampoco funcionaba. Me pasó lo mismo en la siguiente gasolinera. Caminé 1,5km cuesta arriba de regreso a mi coche.

En este punto, me di cuenta que los peajes que había pagado durante el desvío habían agotado todo mi crédito, así que añadí más dinero. Pero de nuevo el sistema tardó en reconocer el pago. Así que esperé durante dos horas sentada en mi coche a oscuras y en medio de la lluvia, maldiciendo un país que produce más ingenieros al año que Alemania pero que se aferra obstinadamente a una economía de baja tecnología. Esto sucedió a un paso de la capital de la segunda economía más grande de América Latina, no en un rincón perdido en el sur de México.

En medio de los rascacielos de la Ciudad de México, la élite empresarial de Monterrey o la sofisticada escena de alta tecnología en Guadalajara, es fácil olvidar que en este país de 120 millones de personas, sólo el 39 por ciento de la población tiene una cuenta bancaria y el 18 por ciento tiene una tarjeta de débito.

Pero no es difícil entender que un concurso del gobierno para identificar el obstáculo más absurdo al que se enfrentan los empresarios ya haya recopilado 600 entradas y haya tenido que extender la fecha límite para participar.

In Mexico, where pawned sunglasses can trump debit cards

22/06/2017 | Jude Webber (Financial Times)

Don’t let the modern digital world lull you into forgetting about Mexico’s still overwhelmingly cash-based economy. I learnt this the hard way when I recently set off on a reporting trip to Mexico state, an hour’s drive outside the capital.

It was lunchtime. Traffic was mercifully light and the journey looked as though it was going to be quick and easy. Then I suddenly realised I had forgotten to top up my online credit for the motorway tolls. So I called home and asked my partner to add some. Yet when I reached the barrier the display said “denied”.

“But, I’ve just topped it up,” I told the man in the booth. payments take up to three hours to register on the system, he replied. That seemed as farcical as the fact that my bank allows me to perform certain online operations, like transfers, only during office hours.

It was then that I realised I had no cash on me since I have become accustomed to relying on my debit card for shopping and riding in Uber cars.

The toll company, however, does not take plastic — even though Mexico’s fintech scene is booming and one of its highest-profile successes is a device that plugs into a smartphone or tablet, enabling cards to be swiped in unlikely places.

Instead, the motorway, run by Pinfra, the highways operator, offers what can only be described as a pawn broking service. The man assured me that I could leave my ring — an antique that belonged to my grandmother — as collateral for the 36 pesos ($2) I still owed. Not on your life.

Then the haggling began. How about leaving my phone? Er, no — not least because in this technological age, I needed Waze, the navigation app, to get to where I was going. I offered a silver bracelet. The officials consulted. No, they could not, inexplicably, accept it. How about if I left all my bracelets? No. Tools from your car? No. OK then, what about a bracelet and your sunglasses, madam? Fine. Just let me go.

Flabbergasted — not for the first time, in Mexico — by straight-faced officials enforcing Kafkaesque rules, and by now running very late, I set off again with my receipt for the exchange. But then I took a wrong turn, and ended up on a different motorway. A 25-km detour, involving more tolls (the toll card worked by now), and I just made it to my destination on time.

When the time came to head back home I was certain by now I had some credit on my card for the toll. I got back on the motorway and arrived back at the barrier. Denied again.

I took the receipt for my pawned objects and asked if they could add the new 36 peso fee to my tab. The officials said no, because the form had been issued by a different shift. But, I was told, I could park, cross over the motorway, go to the Oxxoconvenience store and withdraw cash.

Owned by Femsa, the biggest shareholder in the world’s largest bottler of Coca-Cola, Oxxo is Mexico’s third biggest retailer by revenues. Leveraging its ubiquity — it has 15,300 outlets, almost as many as the 16,400 bank branches in Mexico, where it the biggest provider of correspondent banking services. You can pay your bills, make payments to your credit card account. You can make bank deposits, send money transfers and even buy plane tickets at the till. But the man on the till said I could not use my HSBC card to withdraw money, and even if I had the right sort of card, the system was down.

I begged a lift to a nearby petrol station which had a cash machine. It was out of order. It was the same story at the next station. I trudged back the 1.5km back uphill to my car.

By now, I had belatedly realised that the tolls on my unexpected detour had gobbled up all the online credit, so I added more. But the system was again slow to recognise payments. Which is how I came to sit in my car on the motorway for more than two hours in the dark and the rain, cursing a country that produces more engineering graduates a year than Germany but sometimes remains obstinately low-tech. This happened on the doorstep of the capital city in Latin America’s second-biggest economy, not in a lost corner of Mexico’s poor south.

Amid Mexico City’s skyscrapers, the business elite in Monterrey or the sophisticated tech scene in Guadalajara, it is easy to forget that, in this country of 120m people, only 39 per cent have bank accounts and 18 per cent have debit cards.

But it is not at all difficult to see why a government competition to identify the most absurd obstacle for entrepreneurs has already garnered some 600 entries, and has had its deadline extended.

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