Los precios de los medicamentos se examinan bajo el microscopio

17/08/2015 | Jonathan Ford (Financial Times) – Financial Times Español

¿Cuál es el valor de los “medicamentos de precisión” que salvan vidas?

Si creas un medicamento que cura una enfermedad anteriormente difícil y cara de curar, ¿cuánto deberías cobrar por tu invento?

¿Deberías fijar el precio a un nivel relacionado con el coste de desarrollo y fabricación? O ¿deberías elevar el precio de acuerdo con el “valor” que consideras le estás ofreciendo al paciente — aun si sobrepasa por mucho lo que el mercado pueda soportar?

A la industria farmacéutica le cuesta poco trabajo responder a esta pregunta. Cada vez más adopta de una manera agresiva la opción basada en el valor.

Tal vez el mejor ejemplo sea Sovaldi, un exitoso tratamiento recientemente lanzado para el potencialmente fatal virus que daña al hígado: la hepatitis C. A diferencia de medicamentos anteriores que tienen efectos secundarios desagradables y sólo curan a una tercera parte de los pacientes, elimina el virus en cerca del 95 por ciento de aquellos que se someten a un tratamiento de doce semanas con muy pocos efectos secundarios.

El problema es el coste. El fabricante de Sovaldi, Gilead Sciences, ha puesto un precio de 84.000 dólares. La compañía lo justifica pues se compara favorablemente con el coste de un trasplante de hígado para aquellos pacientes cuya condición ha degenerado en cirrosis. Pero éste es un tratamiento que se hace como un último intento para sólo una minoría de casos.

Más de tres millones de estadounidenses tienen hepatitis C, y en el mundo hay una estimación de 150 millones que la padecen. El tratamiento de esos pacientes en EEUU costaría casi 300 mil millones de dólares — una cantidad que rompe cualquier presupuesto de los ya abrumados sistemas sanitarios.

El precio de Sovaldi, por supuesto, ha encantado a Wall Street y Gilead, que ahora está valorada en 170 mil millones de dólares, más que Merck, la quinta compañía farmacéutica en el mundo de acuerdo a las ventas. Pero ha creado considerable animadversión entre los sistemas de salud que ahora tienen que pagarlo. Medicare y Medicaid, dos programas públicos estadounidenses de seguro médico, pagaron hasta 6 mil millones de dólares a Sovaldi el año pasado (de un total de 12 mil millones de dólares de ventas mundiales). Ahora Medicaid dice que no tiene otra opción más que racionar el acceso a los casos más serios.

Jeff Myers, jefe de Medicaid, compara la conducta de Gilead de manera desfavorable con la de otros inventores de medicamentos en el pasado. “Si Jonas Salk hubiera cobrado por la vacuna de la polio como Gilead, aun tendríamos polio”, refunfuña. El economista Jeffrey Sachs es aún más sarcástico: “Este margen de beneficios sobre el coste de Gilead está cerca del 1000 por 1, probablemente un récord mundial”.

Gilead no está sólo en el hecho de poner precios muy altos a los ‘medicamentos de precisión’. Vertex, otro grupo farmacéutico prometedor, recientemente lanzó Kalydeco, una píldora contra la fibrosis cística que cuesta 300.000 dólares al año. Praluent, de Sanofi, un nuevo tratamiento para el colesterol, se va a vender a 14.600 dólares, comparado con las estatinas que cuestan unos cuantos cientos de dólares al año. Estos precios ayudan a explicar por qué la cuenta total de medicamentos de EEUU subió un 14 por ciento en 2014.

Establecer el precio basado en el valor puede sonar factible. Después de todo, muchos sistemas sanitarios tienen un tipo de contabilidad que les confiere un coste a la vida — por más que suene poco moral. El Servicio Nacional de Salud del Reino Unido ha creado cifras complejas para calcular los “años de vida de calidad ajustada” — la cantidad que podría pagar por un año de vida adicional que de otra forma el paciente hubiera perdido.

Pero es muy cuestionable si éste debe ser el modelo correcto para ser usado por las compañías. Pensemos en los negocios en que el uso del modelo basado en el valor es común. Las líneas aéreas lo utilizan para vender los escasos asientos de los vuelos más demandados. Los fabricantes de artículos de lujo lo usan para justificar los precios para bienes que están fuera de toda proporción con el coste de producción. Como dice el economista del cuidado de la salud Jack Scannell, es una manera de cobrar más.

El público acepta todo esto pues puede responder perfectamente yendo a otro lado — no tomando ese vuelo a Bali, por ejemplo, o rechazando esa bolsa de Chanel. Pero ése no es el caso con los remedios que salvan vidas, especialmente cuando la alternativa no existe o es mucho menos efectiva. Esta maximización agresiva del valor también cae mal en un sistema de patentes que suprime la competencia al conceder a una compañía farmacéutica un monopolio legal por cierto tiempo para vender un medicamento que ha descubierto.

El racionamiento es la última consecuencia de los altos precios de los medicamentos. Esto resulta poco sorprendente, no es popular y causa una reacción. En algunos estados en EEUU, hay políticos que buscan promulgar leyes para forzar a las farmacéuticas a revelar más información acerca del coste de producción de sus remedios excepcionalmente caros. Inclusive se habla de poner límites a los precios.

La industria dice que esos límites sólo provocarían una fuga de capitales, recortando la innovación y eventualmente dañando a pacientes. Pero es un argumento difícil de mantener cuando compañías como Gilead y Vertex están logrando márgenes brutos del 90 por ciento y el precio de las acciones está por los cielos. La innovación farmacéutica ha sido uno de los grandes éxitos del siglo pasado, mejorando las vidas de las personas en una forma importante alrededor del mundo. Pero si seguimos en este camino, la industria deberá aprender a fijar sus precios con más cuidado.

 

Drug pricing comes under the microscope

08/17/2015 | Jonathan Ford (Financial Times) – Financial Times English

How do you value life-saving, ‘precision’ drugs?

You create a drug that cures a hitherto difficult and expensive-to-treat killer disease. How much should you charge for your invention?

Do you price it at a level linked in some way to the cost of development and manufacture? Or should you mark it up for the “value” you believe you are offering the patient — even if that far exceeds what the market may be able to bear?

The drugs industry has little difficulty answering this question. Increasingly it opts aggressively for the value-based approach.

Perhaps the best example is Sovaldi, a recently launched blockbusting treatment for the potentially fatal liver-wasting virus, hepatitis C. Unlike previous drugs, which have nasty side effects and cure only one-third of patients, it eliminates the virus in about 95 per cent of those who take a largely uneventful 12-week regimen.

The snag is the cost. Sovaldi’s manufacturer, Gilead Sciences, has set a list price for that regimen of $84,000. The company says this is justified because it compares favourably with the cost of liver transplants for patients whose condition has degenerated into cirrhosis. But this is a last-ditch treatment applying to only a minority of cases.

More than 3m Americans suffer from hepatitis C, out of an estimated 150m worldwide. Just treating those US patients would cost almost $300bn — a budget-busting sum for creaking healthcare systems.

Sovaldi’s price has of course thrilled Wall Street, and Gilead is now valued at $170bn: more than Merck, the world’s fifth-largest pharmaceutical company by sales. But it has incurred considerable odium among the healthcare systems that must pay. Medicare and Medicaid, two US public insurance programmes, stumped up $6bn for Sovaldi last year (out of the drug’s total $12bn of sales worldwide). The latter now says it has no option but to ration access to the most serious sufferers.

Medicaid’s boss, Jeff Myers, compares Gilead’s conduct unfavourably with those of past drug inventors. “If Jonas Salk had priced the polio vaccine like Gilead, we’d still have polio,” he grumbles. The economist Jeffrey Sachs is even more scathing: “Gilead’s mark-up over costs may be close to 1,000-to-1, probably a world record.”

Gilead isn’t alone in setting very high prices for new “precision” drugs. Vertex, another up-and-coming pharma group, recently launched Kalydeco, a cystic fibrosis pill that costs $300,000 a year. Sanofi’s Praluent, a new cholesterol treatment, will retail at $14,600, against statins that cost a few hundred dollars a year. These prices help to explain why the total US drug bill rose 14 per cent in 2014.

Value-based pricing may sound plausible. After all, many healthcare systems have some sort of accounting measure that ascribes a cost to a life — however morally queasy that may sound. Britain’s National Health Service does some complicated sums to calculate “quality adjusted life years” — the amount it might pay for an additional year of life a patient would otherwise have missed.

But it is very questionable whether this is the right model for drugs companies to employ. Think of the businesses where value-based models are common. Airlines use it to allocate scarce seats on popular flights. Manufacturers of luxury goods use it to justify prices for goods that are out of all proportion to the cost of production. As the healthcare economist Jack Scannell points out, it is a way of charging more.

The public accepts all this because it can respond by walking away; by not taking that flight to Bali, for instance, or spurning that Chanel handbag. That is not the case, however, with life-saving remedies, especially when alternatives are non-existent — or far less effective. Aggressive value maximisation also sits ill with a patent system that suppresses competition by awarding a drug company a legal monopoly for a time to sell a drug it has discovered.

Rationing is the ultimate consequence of high drug prices. Unsurprisingly, this is unpopular and is causing a backlash. In a number of US states, politicians are seeking to pass legislation forcing drug companies to disclose more information about the cost of producing their high-priced remedies. There is even talk of capping prices.

The industry argues that such caps would drive capital out of the industry, cutting innovation and ultimately harming patients. But that is a hard argument to sustain when companies such as Gilead and Vertex are earning gross margins of 90 per cent and share prices are sky high. Pharmaceutical innovation has been one of the great successes of the past century, improving the lives of people immeasurably round the globe. But if the current dispensation is to continue, the industry must learn to price with greater restraint.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
  Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
¿Te ha resultado interesante? ¡Compártelo!