Mark Zuckerberg no puede controlar su propia creación

19/04/2018 | John Gapper (Financial Times)

En la película Fantasía de Walt Disney, el aprendiz Mickey Mouse devuelve el sombrero de hechicero de forma tímida después de no haber podido evitar que un grupo de escobas mágicas provocara una inundación. Mark Zuckerberg hizo su propia versión de tal reverencia ante el Congreso estadounidense el martes pidiendo disculpas por los estragos que ha desencadenado a través de Facebook.

En el pasado, el Sr. Zuckerberg daba la impresión de estar absolutamente a cargo de su compañía, incluyendo hasta del control de las acciones con derecho a voto. Incluso cuando algo salía mal y él tenía que dar marcha atrás, parecía más bien un mero ajuste a su plan maestro. Últimamente, él ha parecido ser más un aprendiz que un hechicero.

“Las redes sociales pueden tener propiedades que no están controladas, y que ni siquiera son percibidas, por las personas dentro de ellas”, observaron Nicholas Christakis y James Fowler en su libro “Conectados”. O por los que están a cargo. Lo preocupante no es que el Sr. Zuckerberg en un principio haya minimizado los esfuerzos de Rusia por influir en las elecciones presidenciales estadounidenses, sino que no los haya entendido.

Con más esfuerzo y más honestidad, Facebook puede corregir la permisividad con la que ha manejado los datos personales. El escándalo de Cambridge Analytica ha demostrado que era demasiado flexible en permitir a las personas y a las organizaciones que se conectaran a su “gráfica social” y que extrajeran datos sobre millones de usuarios. Facebook ya ha ajustado sus controles sobre los datos y debe ajustarlos más, pero esa tarea es factible.

Sin embargo, otros aspectos no se pueden arreglar porque ya están más allá del control del Sr. Zuckerberg, perdidos en los innumerables encuentros entre los 2 mil millones de usuarios de Facebook. El término técnico es “surgimiento”, el poderoso e impredecible resultado de millones de usuarios que interactúan libremente con otros. Cualquier cosa — desde vídeos de chistes hasta noticias falsas — puede propagarse como un virus, cambiando la forma en que las personas se sienten y actúan.

El Sr. Zuckerberg se ha desanimado al presenciar cómo su creación ocasiona el caos. Los budistas antirohinyá en Myanmar y las fábricas de noticias falsas rusas explotaron a Facebook. Ninguna autoridad superior tiene la solución. La Unión Europea (UE) y EEUU pueden imponer reglas más estrictas a las redes sociales, pero los políticos y los reguladores no tienen una visión más profunda del funcionamiento de Facebook que su fundador.

Facebook cada vez con más frecuencia habla de tratar de limitar la cantidad de consumo pasivo por parte de los usuarios, desde leer noticias (falsas o no) hasta mirar vídeos. En su lugar, Facebook quiere estimularlos para que vuelvan al tipo de interacciones con las que comenzó la plataforma: “para mantenerse conectados con las personas que aman, para expresar sus opiniones y para construir comunidades y negocios“, ha dicho el Sr. Zuckerberg.

Es probable que eso sea prudente, pero no llega al meollo del asunto: Facebook creció mezclando intencionadamente lo que Mark Granovetter, el sociólogo estadounidense, llamó “fuertes lazos” con los débiles. Los primeros están representados por las relaciones cercanas entre familias, amigos y colegas; los segundos son vínculos con conocidos distantes y personas de otras comunidades. En Facebook, todos los “amigos” son iguales.

Esto no puede criticarse como estrategia comercial, ya que permitió la rápida expansión de una red social para universidades estadounidenses y se convirtió en una corporación global. La patente de base de datos de “seis grados” adquirida conjuntamente en 2003 por Reid Hoffman, el fundador de LinkedIn, imaginaba una red social que atraería “cientos de miles, si no millones de individuos” con este método. Fue un cálculo demasiado modesto.

Pero había una filosofía detrás de la estrategia. El Prof. Granovetter señaló que los lazos, en ocasiones débiles, conllevan mayores beneficios que los fuertes. Su ejemplo original fue respecto a encontrar un empleo: ayuda más involucrar a una extensa red de contactos que simplemente quedarse entre los más cercanos. Del mismo modo, los grupos de Facebook dedicados a la donación de órganos pueden ser extremadamente útiles para los pacientes que los necesitan.

El tamaño de Facebook la hace más débil que las redes sociales que se enfocan en comunidades más pequeñas. Un análisis de 957.000 usuarios de Facebook y de 59 millones de conexiones (reunidas antes de que se limitara el “data scraping”, o raspado de datos) descubrió que “la mayoría de las conexiones son débiles, con pocos contactos y con interacciones infrecuentes”. Eso la convirtió en “una forma poderosa de transferir información a través de enormes distancias sociales y a amplios segmentos”.

Cientos de millones de lazos débiles también hacen que sea una poderosa forma de ejercer influencia. Algunos estudios han demostrado que el estado de ánimo, el comportamiento e incluso el peso de las personas se ven afectados por otros que están débilmente conectados en una red social. Los profesores Christakis y Fowler se refieren a esto como los “tres grados de influencia” que los amigos de los amigos de los amigos pueden ejercer de forma invisible.

Éste es el problema con la eliminación de familias y de conocidos y de los lazos fuertes y débiles de Facebook. Estos últimos pueden hacer felices o tristes a los usuarios; pueden ayudarlos a perder peso o a ganarlo; pueden dar información extra o una información errónea. El bien y el mal se multiplican en su emergente y desobediente red.

El Sr. Hoffman limitó esto en LinkedIn al hacer que los grados de separación entre los usuarios sean explícitos en lugar de llamarlos a todos “amigos”, pero el Sr. Zuckerberg fue menos cauteloso. También lo fue Mickey Mouse, quien soñó con controlar las estrellas, pero se despertó ante un total desorden.

El mago pudo arreglar el desastre de Mickey, pero el Sr. Zuckerberg aún no ha entregado su sombrero de hechicero. “No es suficiente conectar a las personas, tenemos que asegurarnos de que esas conexiones sean positivas”, les dijo a los miembros del Congreso el martes. Ése es un excelente compromiso, pero requeriría magia cumplirlo.

Mark Zuckerberg cannot control his own creation

19/04/2018 | John Gapper (Financial Times)

In Walt Disney’s Fantasia, the apprentice Mickey Mouse bashfully hands back the sorcerer’s hat after failing to stop a troupe of magic broomsticks from causing a flood. Mark Zuckerberg made his own bow to the US Congress on Tuesday by apologising for the havoc that he has unleashed at Facebook.

Mr Zuckerberg once gave the impression of being supremely in charge of his company, down to his control of its voting shares. Even when something went wrong and he had to backtrack, it felt like a mere adjustment to his master plan. Lately, he has looked more apprentice than sorcerer.

“Social networks can have properties that are neither controlled nor even perceived by the people within them,” Nicholas Christakis and James Fowler observe in their book Connected. Or by those in charge. The troubling thing is not that Mr Zuckerberg at first downplayed Russian efforts to affect the US presidential election, but that he did not understand them.

With greater effort and honesty, Facebook can fix the laxity with which it has handled personal data. The Cambridge Analytica scandal showed that it was far too loose in allowing people and organisations to plug into its “social graph” and extract data about millions of users. It has already tightened its data controls and must tighten them more, but the task is achievable.

But other things cannot be fixed because they are beyond Mr Zuckerberg’s control, lost in myriad encounters among Facebook’s 2bn users. The technical term is emergence, the powerful and unpredictable outcome of millions of users interacting freely with others. Anything from joke videos to fake news can spread like a virus, changing how people feel and act.

Mr Zuckerberg has been subdued by witnessing his creation cause chaos. Facebook was tapped by anti-Rohingya Buddhists in Myanmar and Russian fake news factories. No higher authority holds the solution. The EU and the US may impose stricter rules on social networks, but politicians and regulators have no deeper insight into Facebook’s workings than its founder.

Facebook increasingly talks of trying to limit the amount of passive consumption by users, from reading news (fake and otherwise) to watching videos. Instead, it wants to nudge them back to the kind of interactions with which it started — “to stay connected to the people they love, make their voices heard, and build communities and businesses”, Mr Zuckerberg says.

That may be prudent, but it does not get to the heart of the matter: Facebook grew by intentionally mixing up what Mark Granovetter, the US sociologist, called “strong ties” with weak ones. The former are close relationships among families, friends and colleagues; the latter are links to distant acquaintances and people in other communities. On Facebook, all “friends” are equal.

This could not be faulted as a business strategy, for it enabled rapid expansion from a social network for US colleges to a global corporation. The “six degrees” database patent jointly acquired in 2003 by Reid Hoffman, LinkedIn’s founder, imagined a social network gaining “hundreds of thousands, if not millions, of individuals” with this method. It was far too modest.

There was a philosophy behind the strategy. Prof Granovetter pointed out that weak ties sometimes have greater benefits than strong ones. His original example was finding a job: it helps to engage an extensive network of contacts rather simply sticking close to home. Similarly, Facebook groups devoted to organ donation can be extremely useful for patients who need one.

Facebook’s size makes it more weakly tied than social networks that focus on smaller communities. One analysis of 957,000 Facebook users and 59m connections (gathered before it limited data scraping) found that “most connections are weak…?with few contacts and infrequent interactions”. That made it “a powerful way to transfer information across large social distances and to wide segments”.

Hundreds of millions of weak ties also make it a powerful way to wield influence. Studies show that people’s mood, behaviour, and even weight are affected by others who are fairly weakly connected in a social network — Profs Christakis and Fowler refer to the “three degrees of influence” that friends of friends of friends can invisibly exert.

This is the trouble with Facebook’s elision of families and acquaintances, of strong and weak ties. The latter can make users happy or depressed; can help them to lose weight or gain it; can deliver insight or misinformation. Good and ill both multiply across its emergent, disobedient network.

Mr Hoffman limited this at LinkedIn by making explicit the degrees of separation among users rather than calling them all “friends”, but Mr Zuckerberg was less cautious. So was Mickey Mouse, who dreamt of controlling the stars but awoke to complete disorder.

The sorcerer cleaned up Mickey’s mess but Mr Zuckerberg has not yet handed in his wizard’s hat. “It’s not enough to connect people, we have to make sure those connections are positive,” he told members of Congress on Tuesday. That is a fine pledge, but it would take magic to fulfil it.

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