Necesitamos productos inteligentes porque somos tontos

07/07/2016 | Lucy Kellaway – Financial Times Español

Hace veinte años me dijeron que si no me esmeraba en cepillarme los dientes dentro de poco me quedaría sin dientes. Desde entonces he sido una campeona del cepillo de dientes, el hilo dental y los cepillos interdentales en tres tamaños diferentes, lo cual me distingue como la consumidora ideal para el más inteligente de todos los cepillos dentales inteligentes, el nuevo Oral B Genius 9000.

Para utilizar el cepillo de dientes, hay que pegar el móvil al espejo del baño al nivel de la boca para que la cámara pueda observarte mientras te lleva en un “viaje a través de placa dental en 28 días”.

Mientras me cepillaba los dientes, la pantalla se iluminó indicándome en qué sector de la boca estaba trabajando. Esto pudiera haber sido inteligente, excepto que yo ya sabía cuál era la respuesta. También midió cuánto tiempo le estaba dedicando a cada diente, algo que mi propio cepillo eléctrico hace eficientemente, y mientras lo hacía me distrajo de mi operación diciéndome (incorrectamente) el pronóstico del tiempo afuera, y lo que acontecía en el mundo.

“¡Impresionante!” me dijo cuando terminé. De nuevo, esto pudiera haber sido agradable, sólo que soy un adulto y por lo tanto ya no necesito que me feliciten por haberme cepillado los dientes.

Los datos de mi cepillado de dientes fueron debidamente anotados, con los cuales cualquier futuro acto de cepillar podrían compararse, convirtiendo la higiene oral en una divertida competiciópn conmigo misma. No volveré a usar esta aplicación. Los cinco minutos al día que paso cepillándome los dientes son un momento de relativa calma, un oasis libre de teléfonos. Voy a mantenerlos así.

Sin embargo, es casi seguro que este cepillo inteligente será un éxito, al igual que lo han sido las versiones previas. Según Procter & Gamble, 250,000 personas usan la aplicación Oral B, evidentemente creyendo que Bluetooth conduce a una dentadura blanca.

Este cepillo de dientes inteligente no es el único dispositivo que está atrayendo a la gente. Una amiga me contó con mucho entusiasmo cómo su artefacto inteligente Elvie para el piso pélvicoconocido como “tu entrenador más personal” — había cambiado su vida. Ella hace los ejercicios mientras que su aplicación le dice cómo los está haciendo y le permite competir con tus amistades online. Fitbit y Jawbone ya han convertido a mitad de la población en caminantes aburridos y competitivos. Oral B y Elvie llevan esto aún más lejos.

El gancho de ropa inteligente es menos indecente, pero no menos inexplicable, y posiblemente es el dispositivo inteligente más tonto que he visto hasta la fecha. Peggy, que Unilever está probando en Australia, es un gancho de plástico que contiene un termómetro y un higrómetro y envía mensajes al móvil que dicen: “Hola, Lucy, va a llover hoy, vamos a secar la ropa mañana”.

Heroicamente, la empresa pretende que Peggy permitirá que los padres pasen más tiempo con sus hijos. Esto no tiene ningún sentido, ya que lo que separa a los padres de sus niños no es colgar ropa lavada en días lluviosos; es estar pegados a sus teléfonos móviles.

Los paraguas y las carteras inteligentes son superficialmente más prometedores, ya que impiden que los pierdas, enviando un recordatorio cada vez que se han alejado del teléfono. Pero también pueden ser una pesadez; cada vez que dejas el paraguas en la puerta de tu casa y te sientas en el sofá, el teléfono te dice que el paraguas está fuera del rango.

El más indeseable “avance” de todos es el tampón inteligente. Éste es un tampón normal fijado a un alambre que se conecta a un sensor sujeto a la ropa interior. Cada vez que el sensor cree que es hora de cambiarlo alerta al teléfono. No puedo imaginar por qué alguien quisiera tener el cuerpo conectado de esta forma y, además, no hace falta. Las mujeres ya tienen dos métodos para saber cuándo hay que cambiar los tampones: mirar el reloj y escuchar a sus propios cuerpos.

Cuanto más aprendo sobre el Internet de las Cosas, más pienso que he caído en un mundo imaginario. Acabo de ver un vídeo bien astuto sobre NotiFly, un “interface de usuario invisible” que indica cuándo uno lleva la bragueta abierta, y que yo hubiera jurado se trataba de un chiste.

El desorientador crecimiento de la tecnología inteligente es a la vez fácil de comprender y un enigma. La creciente oferta no sorprende. Los fabricantes inventan estas cosas porque pueden hacerlo. La tecnología existe. Es bastante barata. Y gracias a Kickstarter, etc., no hay escasez de bobos felices para financiar estos dispositivos.

El lado de la demanda sigue siendo un enigma. El hecho de que haya gente dispuesta a pagar por soluciones inexistentes a problemas inexistentes es la mejor prueba de la irracionalidad del consumidor que nos ha dado el mercado hasta ahora.

La razón por la cual queremos tales artilugios inteligentes es que somos tontos. Y no sólo eso: la tecnología inteligente nos está volviendo aún más tontos. Si ya no tenemos que acordamos de cerrar nuestras braguetas, o mirar al cielo antes de colgar la ropa, y nuestra conversación favorita es sobre quién caminó/se cepilló/apretó por más tiempo, nuestros cerebros van a necesitar ejercitarse con más urgencia que los músculos del suelo pélvico.

We need smart products because we are stupid

07/07/2016 | Lucy Kellaway – Financial Times English

Twenty years ago I was told that if I didn’t do a better job cleaning my teeth I soon wouldn’t have any. Since then I have been a champion brusher and flosser and user of interdental brushes in three different sizes — which must make me the ideal customer for the smartest of all smart toothbrushes, the new Oral B Genius 9000.

To use the toothbrush you have to attach your phone to your bathroom mirror at mouth level so that its camera can keep an eye on you as it takes you on a “28 day plaque journey”.

As I brushed, the screen lit up telling me which bit of my mouth I was working on. This might have been smart, only I knew the answer already. It timed my brushing (a task my own electric toothbrush does efficiently) and while it did so distracted me from the job by telling me (incorrectly) what the weather was like outside, and what was happening in the world.

“Impressive!” it said when I was done. Again, this might have been nice, only I’m an adult, and therefore no longer need congratulating on having brushed my teeth.

The data from my brushing were duly logged, against which every future act of brushing could be compared — turning the oral hygiene routine into a fun competition against myself. I shall not use the app again. The five minutes a day I spend cleaning teeth are a time of relative calm, a phone-free oasis. I am going to keep them that way.

Yet this smart brush is almost certain to be a success, just as the previous versions have been. According to Procter & Gamble, 250,000 people use its Oral B app, evidently believing that Bluetooth leads to white teeth.

It is not just the smart toothbrush that people are falling for. A friend tells me rapturously how her smartElvie pelvic floor contraption, which calls itself “your most personal trainer”, has changed her life. You do the exercises, while the matching phone app tells you how you are doing and allows you to compete online with your friends. Fitbit and Jawbone have already turned half the population into competitive walking bores. Oral B and Elvie take it one step beyond.

Less indelicate but no less inexplicable is the smart clothes peg, possibly the dumbest bit of smartness so far. Peggy, being tested in Australia by Unilever, is a plastic peg containing a thermometer and a hygrometer that sends messages to your phone that say: “Hi Lucy, rain clouds are on the way, let’s dry the washing tomorrow.”

The company is heroically pretending that Peggy will allow parents to spend more time with children. This makes no sense as the main thing that keeps parents from children is not pinning out the washing on rainy days — it’s staring at their smartphones.

Superficially more promising are smart umbrellas and smart wallets that discourage you from losing them by reminding you every time they stray too far from your phone. Yet these sound like a damned nuisance — whenever you leave your umbrella inside your own front door and go to sit on the sofa, your phone tells you your brolly is out of radius.

The most unwelcome “advance” of all is the smart tampon. This is a normal tampon attached to a wire that connects to a sensor clipped to your underpants. Every time the sensor thinks it’s time for a new one it alerts your phone. I can’t imagine why anyone would want their body to be wired up in this way and, in any case, there is no need. Women already have two methods of knowing when to change tampons: looking at their watches and listening to their bodies.

The more of I learn about the internet of things, the more I think I’ve slipped into a world of make-believe. I’ve just watched a slick video about NotiFly, an “invisible user interface” that will tell you when your flies are undone, which I would have sworn was a spoof. Yet the credit at the end said Accenture Interactive — and they are not best known for their sense of humour.

The giddy growth of smart technology is both easy to understand and a mystery. The growing supply is no surprise. Manufacturers make this stuff because they can. The technology exists. It is quite cheap. And thanks to Kickstarter etc, there is no shortage of suckers happy to finance it.

The demand for such products remains a puzzle. The fact that people are so willing to pay over the odds for non-solutions to non-problems is the best evidence of the irrationality of the consumer the market has yet provided.

If we want such smart gadgets we must be dumb. And not only that: smart technology is making us dumber. If we no longer have to remember to do up our flies, or look at the sky before putting the washing out, and if our favourite conversation is who walked/brushed/squeezed for longest, our brains will soon become in far more urgent need of exercise than our pelvic floor muscles.


Copyright &copy “The Financial Times Limited“.

“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.


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