North: las instituciones y la eficiencia

Le encantaba la caza y la pesca, tenía dos ranchos y pilotó un avión propio durante los sesenta. Se “tomo siempre en serio la buena comida y el vino” y, por supuesto, la música y la fotografía le acompañaron durante toda su vida. Además, tuvo tiempo para escribir sobre economía y ello le llevó al Nobel en 1993. Se llamaba Douglass Cecil North, acaba de irse (a los 95 años) y conviene que veamos lo que nos ha dejado. Contaré algo de su vida y obra y me centraré posteriormente en algunas de sus ideas sobre las instituciones.

Vida y obra

Realizó los estudios universitarios en la Universidad de California en Berkeley, con resultados “mediocres”, pero con un perfil polimorfo (políticas, filosofía y economía), que posteriormente se terminó reflejando en su obra. Cuando se graduó estaba la Segunda Guerra Mundial en marcha y “debido a que no quería matar a nadie” se fue a la marina mercante. La guerra le dio la oportunidad de tener “tres años de lecturas continuadas” y fue entonces cuando se convenció de que debía convertirse en un economista. Realmente, aprendió poca teoría económica en Berkeley y empezó a aprenderla en su primer trabajo, ya en la Universidad de Washington en Seattle, gracias a su compañero del ajedrez (Don Gordon), un “brillante y joven teórico”: “en los tres años en los que jugamos al ajedrez cada día desde las doce a las dos, puede que le haya ganado a Don en el ajedrez, pero él me enseñó economía; y, lo que es más importante, me enseñó a razonar como un economista”.

Entre sus libros dedicados a las instituciones están “Cambio institucional y crecimiento económico de los Estados Unidos” (1971, con Lance Davis), “El nacimiento del mundo occidental: una Nueva Historia Económica” (1973, con Robert Thomas), “ambos libros fueron intentos tentativos de desarrollar algunas herramientas del análisis institucional y aplicarlas a la historia económica”. A continuación, deben destacarse su “Estructura y cambio en la historia económica” (1981), en el que, “abandono la idea de que las instituciones eran eficientes y trato de explicar por que las reglas “ineficientes” tenderían a existir y perpetuarse”, y su “Instituciones, cambio institucional y desempeño económico” (1990), en el que “comencé a cavilar seriamente sobre el postulado de racionalidad”.

Instituciones

Según North, el cambio económico es el objetivo de la historia económica, objetivo para el que la “teoría (económica) neoclásica es sencillamente una herramienta inapropiada”, ya que dicha teoría se basa en “dos supuestos erróneos: uno, que las instituciones no importan y, dos, que el tiempo no importa”. Por todo ello, North considera que se precisa otro marco analítico, que es “una modificación de la teoría neoclásica”, marco en el que, por un lado, “se mantiene el supuesto fundamental de la escasez y, consecuentemente, la competición, y las herramientas analíticas de la teoría microeconómica”, y, por otro, “se modifica el supuesto de racionalidad” y, finalmente, “se añade la dimensión tiempo”.

Las instituciones son “las restricciones creadas por los humanos que estructuran la interacción humana” y, al formar “la estructura de incentivos de la sociedad” vía su efecto sobre los costes de transformación y de transacción que se añaden a los costes de producción, son los “determinantes subyacentes tras el desempeño económico”.

Las instituciones están formadas por tres componentes: las restricciones formales (por ejemplo, las leyes), las restricciones informales (por ejemplo, las convenciones o los códigos autoimpuestos de comportamiento) y las características que las hacen cumplir

Al decir de North, la teoría económica neoclásica no se preocupa por las instituciones porque entiende que “no tienen un papel independiente en el desempeño económico”. Ello es así porque en dicha teoría se supone que, “aunque la gente pueda tener inicialmente modelos erróneos y diversos, la retroalimentación del proceso informacional y los agentes que actúan de árbitros corregirán los modelos inicialmente incorrectos”. Además, en la teoría neoclásica se supone implícitamente que “cuando hay costes de transacción importantes, se diseñarán las consecuentes instituciones del mercado para inducir a los agentes a hacerse con la información esencial que les llevará a corregir sus modelos”. Esto es, en clave de Alchian, sólo sobrevivirán los que sean eficientes en el contexto de la teoría neoclásica, esto es, en un mundo de información perfecta y costes de transacción nulos, aunque realmente el mundo no sea así. Consecuentemente, no es preciso analizar las instituciones distintas del mercado, pues el deus ex machina que es el mercado “limpia, fija y da esplendor” siempre, incluso en mundos “erróneos” (con información imperfecta) y en mundos con costes de transacción no nulos.

Frente a este planteamiento neoclásico estándar, North señala, por una parte, que “la retroalimentación informacional es normalmente insuficiente” y, por otra, que “las instituciones no se crean necesariamente o incluso normalmente para ser socialmente eficientes, más bien, se crean, al menos las reglas formales, para servir a los intereses de aquellos que cuentan con el poder de negociación necesario para crear nuevas reglas”. En síntesis, North considera que los supuestos de la teoría neoclásica antes mencionados sólo se cumplen en raras ocasiones, en casos “excepcionales”, en los mercados económicos y nunca, pues son “imposibles”, en los mercados políticos. De ahí que proponga un cambio de perspectiva (un enfoque neo-institucional).

North nos indica que este cambio de perspectiva puede darnos explicaciones alternativas de, por ejemplo, el cambio del comunismo al capitalismo. Así, empezando por el caso de la antigua URSS, “la privatización no es una panacea para resolver el bajo desempeño económico” porque “lo que moldea el desempeño económico es la adicción de las reglas formales, las reglas informales y las características que las hacen cumplir” (los tres componentes de las instituciones) y la privatización es sólo una parte de este conjunto (las reglas formales). Por esta razón, el tiro formal puede salir, por ejemplo, por la culata informal: “mientras que las reglas se pueden cambiar rápidamente, normalmente las normas informales solo cambian gradualmente”. Además, “en la medida en que son las normas las que proporcionan “legitimidad” a un conjunto de reglas, el cambio revolucionario nunca es tan revolucionario como desean los que lo apoyan y el desempeño será diferente del anticipado”. En el mismo sentido, y siguiendo con el caso de China, “las restricciones informales (normas, convenciones y códigos de conducta) favorables al crecimiento pueden llevar a veces al crecimiento, aunque haya reglas de política desfavorables o inestables. La clave es el grado en el que se hacen cumplir tales reglas desfavorables”.

Termino ya con otro resultado que se deriva del enfoque neo-institucional de North, sobre el que insiste en su libro de 2005 “Comprendiendo el proceso de cambio económico”, cual es la importancia de lo que denomina la “eficiencia adaptativa”. Y es que, a su juicio, “es la eficiencia adaptativa más que la eficiencia asignativa la que es clave para el crecimiento a largo plazo”. La eficiencia adaptativa es “la capacidad de algunas sociedades para ajustarse flexiblemente a las perturbaciones y para desarrollar instituciones que se enfrenten eficazmente a dicha “realidad” alterada”. En definitiva, lo importante no es la capacidad para negarse al cambio (tantas veces inevitable) sino la capacidad para adaptarse al mismo.

Cándido Pañeda, Universidad de Oviedo. LNE, diciembre 2015.

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