Políticos pagan el precio de la crisis económica

18/12/2015 | Philip Stephens (Financial Times) – Financial Times Español

En las democracias ricas del mundo, la palabra que captura el estado de ánimo del momento es “inseguridad”. El monstruo es la globalización. Las lealtades fragmentadas, el populismo y la xenofobia — el aumento en casi todas partes de una actitud “anti todo” — son, de un modo u otro, resultantes de una reacción a los temores de que los gobiernos ya no son guardianes confiables de la seguridad de sus ciudadanos.

Esta semana la Reserva Federal de EEUU (FED) elevó las tasas de interés por primera vez desde 2006. La opinión era que la economía mundial estaba pasando la página. El aumento marcó el final de un excepcional periodo en los asuntos financieros mundiales posterior a la crisis económica de 2008. Es cierto que el crecimiento en muchas partes del mundo continúa siendo anémico. Y sí, el Banco Central Europeoa (BCE) puede estar encaminándose en la dirección opuesta. Sin embargo, la medida de la FED marcó un paso de vuelta hacia la normalidad.

Los economistas pueden discutir acerca de si tal decisión es prematura. Lo que no se toma en cuenta es el profundo efecto que la crisis ha tenido en la estructura política. Las economías tal vez estén cojeando hacia la recuperación, pero las élites políticas todavía están tambaleándose. Pregúntale a quienes están en contra de Donald Trump en EEUU y de Marine Le Pen en Francia, o a quienes se enfrentan a un aumento de la xenofobia en los estados ex comunistas de Europa. La política tiene la apariencia de ser todo menos normal.

La crisis y la depresión subsiguiente acabaron con la confianza de una generación de líderes políticos. Todos los disparates que habían aprendido acerca de un nuevo capitalismo financiero, de los mercados autoequilibrados y del fin del auge y caída han demostrado ser simplemente eso: disparates. Siete años después, los banqueros están brindando una vez más con sus copas de champán. En general, salieron ilesos. No así los políticos que creyeron su propia propaganda y aceptaron el “laissez faire” del Consenso de Washington como el fin de la crisis. El capitalismo sobrevivió a la crisis, pero a costa de un colapso de confianza por parte de las élites gobernantes.

El Pew Research Center en EEUU informó que menos de una quinta parte de los estadounidenses confía en que el gobierno en Washington “hará lo correcto” todas o la mayoría de las veces. Cuando el Pew primero incluyó la pregunta en 1958, tres cuartas partes de los encuestados tenían fe en los políticos. El debilitamiento de la confianza ha sido más marcado entre los votantes con tendencias republicanas. Allí se encuentra la mayor parte de la explicación del atractivo, de otro modo inexplicable, de alguien como el Sr. Trump.

Los europeos siempre han estado más inclinados que sus “primos” estadounidenses a tener fe en el gobierno, pero la proporción en la Unión Europea (UE) que “tiende a confiar” en sus líderes y parlamentos nacionales se sitúa en menos de un tercio. Dicho de otra manera, las encuestas regulares del Eurobarómetro demuestran que más de dos tercios son escépticos de lo que escuchan de la clase política establecida. Tal vez porque se consideran como gestores más competentes de la economía de mercado, a los de centro derecha les ha ido un poco mejor que a los que tienen tendencias izquierdistas.

Durante mucho tiempo la globalización ha sido fuente de una creciente desigualdad. Sus recompensas se han concentrado desproporcionadamente en la parte superior del 1 por ciento. Los ingresos promedio a ambos lados del Atlántico se han estancado desde la década de 1980. Mientras que las economías estuvieran en auge, era políticamente soportable que los banqueros hicieran millones por medio de transacciones socialmente inútiles y que los ejecutivos empresariales se pagaran a sí mismos lo que quisieran. La crisis se deshizo de los misterios para mostrar que, para la mayoría de la gente, una globalización en la que todo se vale es una severa fuente de inseguridad.

En Europa, las tensiones se han intensificado por el fracaso en el logro de un equilibrio entre la austeridad y la solidaridad dentro del proyecto a medio terminar de la unión económica y, más recientemente, por la marea de refugiados que huye de los horrores de Oriente Medio. Las atrocidades terroristas en París han evocado los mismos temores. Nadie debería sorprenderse de que los populistas de izquierda y de derecha tengan un público receptivo cuando prometen cerrarle las puertas al mundo exterior.

La xenofobia de la Sra. Le Pen y de otros como ella no es menos desagradable por eso. Tampoco son las soluciones prometidas más que aceite de serpiente. Incluso los estados más poderosos no pueden ser los únicos encargados de la seguridad económica y física de sus ciudadanos.

Angela Merkel se ha dado cuenta de que no existe mucho mercado para el realismo valiente. La canciller alemana es la única líder que ha dado la talla en Europa. Pero su invocación de los valores europeos al acoger a los refugiados sirios ha resultado en intrigas en lugar de en aplausos entre sus colegas democratacristianos.

La mayoría de los líderes de la clase dirigente están cruzando los dedos con la esperanza de que el retorno de un crecimiento sostenido y una reducción del desempleo finalmente logren que la economía y la política vuelvan a una alineación aproximada. El aumento de los estándares de vida sin duda ayudará. Pero el descontento es aún más profundo. Los políticos todavía tienen que explicar cómo la interdependencia económica funcionará en pro de la clase media. El nacionalismo está prosperando como consecuencia de la incertidumbre.

A mediados del siglo XIX, cuando Karl Marx y Friedrich Engels se sentaron a escribir el Manifiesto Comunista, ellos también tenían grandes esperanzas de la llegada de la globalización. El desmantelamiento de las fronteras nacionales, presumieron, abriría el camino a la revolución mundial. Ellos hubieran estado profundamente decepcionados. La globalización puede también servir como la partera del nacionalismo.

 

Politicians are paying bill for the crash

12/18/2015 | Philip Stephens (Financial Times) – Financial Times English

In the world’s rich democracies, the word that captures the temper of the times is insecurity. The bogey is globalisation. Fragmenting allegiances, populism, xenophobia — the rise almost everywhere of the “antis” — are all one way or another a reaction to fears that states are no longer reliable guardians of the security of their citizens.

This week the US Federal Reserve raised interest rates for the first time since 2006. The talk was of the world economy turning a page. The rise brought down the curtain on the exceptional period in global financial affairs that followed the 2008 crash. True, growth in many parts of the world remains anaemic. And yes, the European Central bank may be heading in the other direction. But the FED move marked a step back to normality.

Economists can argue as to whether such a judgment is premature. What it misses is the profound effect that the crisis has had on the political fabric. economies may be limping back to health, but the political elites are still reeling. Ask those up against Donald Trump in the US and Marine Le Pen in France or facing rising xenophobia in Europe’s formerly communist states. Politics looks anything but normal.

The crash and the subsequent depression broke the confidence of a generation of political leaders. All the guff they had learnt about a new financial capitalism, self-equilibrating markets and the end of boom and bust was shown to be, well, guff. Seven years on, bankers are once again clinking champagne glasses. By and large, they got off scot free. Not so politicians who believed their own propaganda and embraced the laissez faire Washington Consensus as the end of history. Capitalism survived the crash, but at the expense of a collapse of trust in ruling elites.

The Pew Research Center in the US reports that fewer than a fifth of Americans trust the government in Washington to “do the right thing” all or most of the time. When Pew first asked the question in 1958 three-quarters put their faith in the politicians. The shrivelling of confidence has been most marked among Republican-leaning voters. There lies most of the explanation for the otherwise inexplicable appeal of someone like Mr Trump.

Europeans have always been more inclined than their American cousins to put faith in government, but the proportion in the EU who “tend to trust” their national leaders and parliaments stands at less than a third. Put another way, the regular Eurobarometer surveys show more than two-thirds are sceptical, many deeply so, of what they hear from the established political class. Politics has splintered, putting centrist parties under pressure. Perhaps because they are seen as the more competent managers of the market economy, those on the centre right have fared somewhat better than those leaning left.

Globalisation has long been a source of rising inequality. Its rewards have accrued disproportionately to the top 1 per cent. Middling incomes on both sides of the Atlantic have been stagnating since the 1980s. Politically, bankers making millions from socially useless transactions and corporate executives paying themselves whatever they liked was bearable while economies were booming. The crash stripped away the mysteries to show that, for most people, anything-goes-globalisation is a source of acute insecurity.

In Europe, the stresses have been amplified by the failure to strike a balance between austerity and solidarity within the half-finished project of economic union and, more recently, by the tide of refugees fleeing the horrors of the Middle East. The terrorist outrages in Paris have played to the same fears. No one should be surprised that populists of left and right have a receptive audience when they promise to slam the doors against the outside world.

The xenophobia of Ms Le Pen and her like is no less obnoxious for that. Nor are the promised remedies anything but snake oil. Even the most powerful states cannot be sole masters of the economic and physical security of their citizens.

Angela Merkel has learnt there is not much of a market for courageous realism. The German chancellor is the only leader of stature in Europe. But her invocation of European values in welcoming Syrian refugees has brought plotting rather than plaudits among her Christian Democrat colleagues.

Most establishment leaders are crossing their fingers in hope that a return of sustained growth and falling unemployment will eventually see economics and politics fall back into rough alignment. Rising living standards would certainly help. But the disaffection runs deeper. Politicians have still to explain how economic interdependence can be made to work for the middle classes. Nationalism is thriving on the uncertainty.

Back in the middle of the 19th century when Karl Marx and Friedrich Engels sat down to write the Communist Manifesto they too had high hopes of globalisation. The dismantling of national frontiers, they imagined, would open the way to world revolution. They were sorely disappointed. Globalisation can just as likely serve as the midwife to nationalism.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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