¿Por qué Facebook debería pagarnos un ingreso básico universal?

18/08/2017 | John Thornhill (Financial Times)

La idea de garantizar un ingreso básico para todos tiene muchos defectos obvios, pero una virtud abrumadora. Consagra el principio de que todo ciudadano es un miembro valioso de la sociedad que tiene el derecho a participar en su riqueza colectiva.

Esa convicción ha animado a los pensadores radicales durante 500 años desde que el argumento fue esbozado por primera vez en “Utopía” de Sir Thomas More. La idea ha ganado importancia en nuestros tiempos, debido a nuestras preocupaciones por los cambios de los niveles de vida, la concentración de la riqueza y la posible amenaza del desempleo masivo causado por el cambio tecnológico.

Pero durante 500 años el ingreso básico universal ha sido poco más que un sueño utópico porque siempre se ha estrellado contra las rocas de la realidad. Las objeciones principales están encerradas en dos preguntas.

¿Por qué deberíamos pagarle a la gente por no hacer nada? ¿Y cómo podríamos costearlo?

Sin embargo, es posible diseñar un esquema de ingresos básicos que retenga sus principales atractivos al tiempo que minimiza sus defectos. De cierta manera, un buen modelo ha funcionado en Alaska durante más de 30 años.

En 1976 los votantes de Alaska aprobaron una enmienda constitucional para crear un fondo de inversión permanente, financiado por los ingresos del auge inicial petrolero del estado. Unos años más tarde, el Fondo Permanente de Alaska comenzó a pagar un dividendo a cada residente registrado.

Dependiendo del desempeño del fondo, el pago anual ha variado desde 878 dólares a 2.072 dólares por persona durante la última década. Es, en todo excepto el nombre, un ingreso básico universal pagado independientemente de la contribución social o la riqueza.

El esquema no ha causado una amplia indiferencia, como temen los críticos del ingreso básico. La pista está en el adjetivo: básico. El esquema, que ha comandado el apoyo bipartidista, también ha demostrado ser cada vez más popular y se ha descrito como el “tercer riel” de la política estatal porque electrocuta a cualquier político que lo toque. En una reciente encuesta telefónica, los ciudadanos de Alaska describieron las tres principales ventajas del fondo como la igualdad de trato, la imparcialidad en la distribución y la ayuda a las familias en situación de necesidad. Un 58 por ciento de los encuestados dijeron que incluso estarían dispuestos a pagar más impuestos estatales para preservar el fondo, a pesar de que la economía de Alaska ha sido golpeada por la caída de los precios del petróleo.

A pesar de sus recursos naturales, Alaska no figura entre los estados más ricos de EEUU en términos de producto interior bruto por habitante. Sin embargo, en parte como resultado de su dividendo anual, es uno de los estados económicamente más igualitarios y tiene uno de los índices de pobreza más bajos.

El mes pasado, Mark Zuckerberg, presidente ejecutivo de Facebook, visitó Alaska y elogió los programas sociales del estado y sostuvo que proporcionaban “varias buenas lecciones para el resto del país”.

Al igual que otros empresarios de Silicon Valley, el Sr. Zuckerberg cree que miles de empleos desaparecerán con la llegada de las nuevas tecnologías, como los vehículos sin conductor. En este mundo, sostiene, tenemos que inventar un nuevo contrato social. El ingreso básico podría ser parte de la respuesta.

Algunos sostienen que Alaska es un caso especial, ya que únicamente distribuye los frutos de una bonanza del petróleo. Pero podría ser posible encontrar otras fuentes de ingresos para financiar esquemas similares en otros lugares. Algunos han sugerido un impuesto sobre el valor de la tierra. Otros han abogado por un impuesto sobre las transacciones financieras.

Pero hay otra fuente de ingresos potencial que el Sr. Zuckerberg conoce bien: los datos. Si, como dice el refrán, los datos son el nuevo petróleo entonces podríamos haber encontrado un flujo de ingresos para el siglo XXI. Los datos podrían hacer para el mundo lo que el petróleo ha hecho para Alaska.

La preocupación del Sr. Zuckerberg por los sectores marginados en la sociedad es encomiable, así como su compromiso por construir comunidades fuertes. A diferencia de la mayoría de nosotros, él tiene la influencia personal para ayudar a afrontar los problemas de nuestra época. Dirige una de las compañías más valiosas del mundo y tiene ya un púlpito digital, desde el que puede propagar sus ideas a los 2 mil millones de usuarios globales de Facebook.

Ahora debería estar a la altura de su retórica y lanzar un Fondo Permanente de Facebook para cubrir un experimento con respecto a un ingreso básico universal. Debe alentar a otras empresas de datos, como Google, a que también contribuyan.

Los activos más valiosos que Facebook posee son los datos que sus usuarios, a menudo involuntariamente, entregan de forma gratuita antes de que sean vendidos a los anunciantes. Sería justo que Facebook hiciera una contribución social más grande por aprovecharse de este valioso recurso colectivo.

Sus accionistas odiarían la idea. Pero desde los inicios de Facebook, el Sr. Zuckerberg ha sostenido que su propósito es generar un impacto en lugar de construir una empresa. Además, tal gesto filantrópico podría llegar a ser el éxito de marketing del siglo. Los usuarios de Facebook podrían seguir intercambiando fotos de gatos sabiendo que cada clic contribuye a un mayor bien social.

Este intercambio de datos por ingresos básicos es simple y claro. Debe apelar a la mentalidad de solución de problemas de Silicon Valley. Muchos empresarios tecnológicos sospechan de la intervención del gobierno. Pero no hay ninguna regla que diga que sólo los gobiernos pueden participar en el negocio de redistribución de la riqueza.

“Debemos explorar ideas como el ingreso básico universal para darles a todos un colchón para probar cosas nuevas”, dijo el Sr. Zuckerberg a los estudiantes de Harvard en su discurso de graduación en mayo.

Muy bien, Mark. Inténtalo.

Why Facebook should pay us a basic income

18/08/2017 | John Thornhill (Financial Times)

The idea of guaranteeing a basic income for everybody has many obvious flaws but one overwhelming virtue. It enshrines the principle that every citizen is a valued member of society and has a right to share in its collective wealth.

That conviction has animated radical thinkers for 500 years since the argument was first sketched out in Sir Thomas More’s Utopia. The idea has gained renewed resonance in our own times as we fret about the erosion of living standards, the concentration of wealth and the possible threat of mass unemployment caused by technological change.

But for half a millennium universal basic income has remained little more than a utopian dream because it has always crashed up against the rocks of reality. The chief objections are ones of principle and practicality, encapsulated in two questions.

Why should people be paid to do nothing? And how could we possibly afford it?

Yet it is possible to design a basic income scheme that retains its main attractions while minimising its flaws. By default, a good working model has been operating in Alaska for more than 30 years.

In 1976 Alaska’s voters approved a constitutional amendment to create a permanent investment fund, financed by revenues from the state’s incipient oil boom. A few years later, the Alaska Permanent Fund began paying out a dividend to every registered resident.

Depending on the fund’s performance, the annual payout has ranged from $878 to $2,072 a head over the past decade. It is, in all but name, a universal basic income paid irrespective of social contribution or wealth.

The scheme has not led to mass indolence, as the critics of basic income fear. The clue lies in the adjective — basic. The scheme, which has commanded bipartisan support, has also proved increasingly popular and been described as the “third rail” of state politics because it electrocutes any politician who touches it. In a recent telephone survey, Alaskans described the fund’s top three advantages as being its equality of treatment, its fairness of distribution and its assistance to struggling families. Some 58 per cent of respondents said they would even be prepared to pay more state taxes to preserve the fund, although Alaska has been knocked by lower oil prices.

In spite of its natural resources, Alaska does not rank among the richest of US states in terms of gross domestic product per head. Yet, partly as a result of its annual dividend, it is one of the most economically equal states and has one of the lowest poverty rates.

Last month, Mark Zuckerberg, chief executive of Facebook, visited Alaska and praised the state’s social programmes saying they provided “some good lessons for the rest of the country”.

Like other Silicon Valley entrepreneurs, Mr Zuckerberg believes that thousands of jobs are going to be swept away by new technologies, such as driverless cars. In such a world, he says, we need to invent a new social contract. Basic income could be part of the answer.

Some argue that Alaska is a special case as it has just distributed the fruits of an oil bonanza. But it may be possible to find other sources of revenue to fund similar schemes elsewhere. Some have suggested a land value tax.

Others have argued for a financial transactions tax. But there is one other potential source of revenue that Mr Zuckerberg knows all about: data. If, as the saying goes, data are the new oil then we may have found a 21st-century revenue stream. Data could do for the world what oil has done for Alaska.

Mr Zuckerberg’s concern for the marginalised in society is commendable, as is his commitment to building strong communities. Unlike most of the rest of us, he has the personal influence to help tackle the problems of our age. He runs one of the world’s most valuable companies and has a ready-made digital pulpit from which he can make his case to Facebook’s 2bn global users.

He should now live up to his rhetoric and launch a Facebook Permanent Fund to cover a broader universal basic income experiment. He should encourage other data businesses, such as Google, to contribute too.

The most valuable asset that Facebook possesses is the data that its users, often unwittingly, hand over for free before they are in effect sold to advertisers. It seems only fair that Facebook makes a bigger social contribution for profiting from this massively valuable, collectively generated resource.

His shareholders would hate the idea. But from Facebook’s earliest years, Mr Zuckerberg has said his purpose has been to make an impact rather than build a company. Besides, such a philanthropic gesture might even prove to be the marketing coup of the century. Facebook users could continue to swap cat pictures knowing that every click was contributing to a greater social good.

Such a data-for-basic income swap is simple and clear. It should appeal to the solutionist mindset of Silicon Valley. Many tech entrepreneurs are suspicious of government intervention. But there is no rule to say that only governments can be in the wealth redistribution business.

“We should explore ideas like universal basic income to give everyone a cushion to try new things,” Mr Zuckerberg told Harvard graduates in his Commencement address in May.

Quite right, Mark. Give it a go.

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