¿Qué tipo de error se necesita para mellar la confianza del Tesoro británico?

15/12/2013 | Philip Stephens – Financial Times Español

Cuando me uní al Financial Times, el Tesoro británico estaba convencido que había encontrado el Santo Grial de la política económica. Mientras la tasa de crecimiento de algo llamado base monetaria se mantuviera dentro de márgenes estrictos, el resto se cuidaría solo. La economía se elevaría sin esfuerzo más allá de las nubes. Desde entonces ha habido media docena de Santos Griales. Ahora George Osborne, el ministro de Hacienda, ha puesto su fe en un presupuesto equilibrado. Cada vez se comete el mismo error. Los medios son confundidos con los fines.

Orar ante el altar de la medición de dinero (narrow money) – que es contabilizar los billetes y monedas en circulación– no duró mucho. El indicador dejó de ser confiable tan pronto el Tesoro estableció ese objetivo. Esta doctrina se intentó arreglar con algo llamado sterling M3, que también incluía los depósitos bancarios. Cuando esto no funcionó, los funcionarios lo cambiaron por algo llamado liquidez del sector público 2, antes de ser forzados definitivamente a abandonar por completo el credo monetarista.

Durante la segunda mitad de los 80’s, Nigel Lawson, el entonces ministro de Hacienda, decidió enfocarse en la tasa de cambio. Esto terminó en la humillación de la libra al ser echada del mecanismo europeo de cambios. Luego llegó un objetivo de inflación y, luego, la independencia del Banco de Inglaterra. Nada de esto pudo evitar que la más reciente burbuja se convirtiera en una crisis financiera. Recientemente escuché a un grupo de funcionarios del Tesoro ahora retirados rumiar sobre la época más improductiva de su paso por el gobierno. Controlar el suministro de dinero se llevó el primer lugar.

Lo extraño de estos episodios es que cuando un objetivo se descartaba al siguiente se le seguía con un mayor fervor religioso. Cuando fracasó el intento de restringir el suministro de dinero, parecía demasiado obvio que equiparar a la libra con el marco alemán lograría el objetivo. Cuando esa política falló, el Tesoro cambió ese objetivo por el de la inflación. Que no se diga que a los mandarines les falta audacia.

La misma convicción errónea es aparente en el muy anunciado objetivo de balance presupuestario del Sr. Osborne. Por supuesto que el 10 por ciento extra del déficit dejado por la crisis financiera era insostenible, aunque había una legítima discusión a tener acerca de lograr el balance correcto entre austeridad y crecimiento. El error del ministro de Hacienda está en la propagación de la doctrina que dice que la eliminación permanente de los déficits garantizará la prosperidad futura.

Hay tanta magia celestial en un presupuesto equilibrado como la que hay en los agregados monetarios. Los políticos necesitan mantener vigilados a los dos, pero una economía con una inversión productiva robusta y un déficit de, digamos, del 3 por ciento del ingreso nacional generará más riqueza que una que elimine los préstamos al precio de dejar decaer a la infraestructura.

Lo que une todos estos intentos de llegar a una sola estrategia es el error de políticos y legisladores para separar los medios de los fines. El suministro de dinero, la tasa de cambio, la inflación y el equilibrio fiscal son todos objetivos intermedios. El fin que importa es hacer que una economía que funciona bien eleve el nivel de vida del mayor número de gente.

Lograr el objetivo implica un amplio conjunto de decisiones políticas – algunas macroeconómicas, pero muchas microeconómicas. En el caso del Reino Unido significa quitar los controles de planeación que condenan a la mayor parte del país a tener un mercado inmobiliario peligrosamente al alza; asegurar que los recortes en gasto público recaen en presupuestos corrientes más que en presupuestos de capital; invertir en ciencia e investigación; nutrir a la empresa y a la tecnología; tomar decisiones oportunas acerca de nuevos aeropuertos y plantas de energía; reconocer las imperfecciones tanto como las fortalezas del mercado; entender que la educación trata de algo más que recitar listas de reyes y reinas medievales.

El meollo del asunto es que estas decisiones no siempre son populares y requieren por parte de los responsables admitir que no hay soluciones económicas ni rápidas ni inmediatas. Se requiere aceptar que la vida real es compleja, y admitir que el resultado de una u otra opción política no serán percibidas hasta después de 10 o 20 años. Sobre todo, demandan humildad del Tesoro y de un ministro de Hacienda seguro de sí mismo. Dado el triste historial de la mala administración económica de las recientes décadas, uno pudiera haber pensado que no era mucho pedir. El Sr. Osborne, al igual que sus predecesores, prefiere creer que ha encontrado el Santo Grial.

What kind of error would it take to dent the Treasury´s confidence?

12/15/2013 | Philip Stephens – Financial Times English

When I joined the Financial Times, Britain’s Treasury was convinced it had found the holy grail of economic policy. As long as it kept within strict bounds the growth rate of something called the monetary base, everything else would look after itself. The economy would rise effortlessly above the clouds. There have been half-a-dozen holy grails since. Now George Osborne, the chancellor, has put his faith in a balanced budget. Each time, the same mistake is repeated. Means are confused with ends.

Worship at the altar of narrow money – essentially the measure of notes and coins in the economy – did not last long. The indicator went haywire as soon as the Treasury set a target. The doctrine was amended to track something called sterling M3, which also included bank deposits. When this misbehaved, officials alighted upon something called public sector liquidity 2, before being forced at last to abandon the entire monetarist creed.

By the second half of the 1980s Nigel Lawson, the then chancellor, had decided to focus on the exchange rate instead. That ended in the humiliation of the pound’s ejection from the European exchange rate mechanism. In came an official inflation target and, later, independence for the Bank of England. Neither did anything to prevent the latest boom from turning to financial bust. I recently heard a group of retired Treasury officials ruminate on the most futile period of their time in government. Chasing the money supply came out top.

The strange thing about all these episodes is that even as one objective was discarded the next was embraced with still greater religious fervour. When the attempt to restrain the money supply failed, it was deemed blindingly obvious that fixing the pound against the D-Mark would do the trick. When that policy blew up, the Treasury alighted upon the inflation target. Let no one say the mandarins lack chutzpah.

The same misguided conviction is apparent in Mr Osborne’s much-trumpeted goal of balancing the budget. Of course the 10 per cent-plus deficit left behind by the financial crash was unsustainable, though there was a legitimate argument to be had about striking the right balance between austerity and growth. The chancellor’s error lies in the propagation of a doctrine that says permanent elimination of deficits will guarantee future prosperity.

There is as about as much celestial magic in a balanced budget as there was in the monetary aggregates. Policy makers need to keep an eye on both, but an economy with strong productive investment and a deficit of, say, 3 per cent of national income will generate more wealth than one that eliminates borrowing at the cost of crumbling infrastructure.

What links all these attempts to alight on a single policy objective is the failure of politicians and policy makers to separate means from ends. The money supply, exchange rate, inflation and fiscal balance are all intermediate targets. The goal that matters is that of a well-functioning economy that raises living standards for the greatest number of people.

Hitting that target involves a wide array of policy decisions – some macroeconomic, but as many microeconomic. In Britain’s case it means scrapping the planning controls that condemn much of the country to a dangerously overheated housing market; ensuring that cutbacks in public spending fall on current rather than capital budgets; investing in science and research; nurturing enterprise and technology; making timely decisions about new airports and power stations; recognising the imperfections as well as the strengths of markets; understanding that education is about more than rote recital of lists of medieval kings and queens.

The snag here is that such decisions are not always popular and they demand an admission from those in charge that there is no sudden, simple economic fix. They require an admission that real life is complex, and a recognition that the gains of this or that policy choice may not be felt until 10 or 20 years hence. Above all, they demand humility from a Treasury and chancellor never troubled by self-doubt. Given the dismal record of economic mismanagement in recent decades, one might have thought that was not too much to ask. Mr Osborne, like so many of his predecessors, prefers to pretend he has found the holy grail.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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