Ser ético en los negocios no es tan fácil como simplemente “hacer lo correcto”

06/11/2013 | John Kay – Financial Times Español

“La honestidad es la mejor política, pero el que se rige por esa lema no es un hombre honesto.” Richard Whately, arzobispo de Dublín, era un teólogo del siglo XIX, pero su observación es muy relevante en el debate moderno sobre la naturaleza de la ética empresarial.

Co-operative Bank acaba de anunciar una reestructuración que elimina todo el valor del patrimonio existente. Durante muchos años, el mensaje de la publicidad del banco ha hablado de las aspiraciones del banco a unos estándares de comportamiento ético más altos que sus competidores. Quizás los abogados del diablo señalen a los problemas financieros del banco como prueba que la honestidad no vale la pena, pero eso no es lo que pasó aquí: Co-op Bank fracasó por las razones normales que los bancos y las empresas fracasan –actividades crediticias equivocadas con los terrenos industriales y una adquisición errónea de otra empresa por parte de un equipo directivo cuya ambición superó a sus capacidades.

Ahora los tenedores de bonos tendrán una participación mayoritaria en el banco. En la práctica, éstos suelen ser los hedge funds que se especializan en la deuda de dudoso cobro, los cuales no son instituciones muy conocidas por su compromiso social ni medioambiental. El antiguo propietario del banco, el mutuo Co-operative Wholesale Society, inyectará capital nuevo y tendrá una participación minoritaria. El Society ha dicho que los estatutos de la reestructurada compañía incluirán un compromiso con el comportamiento ético, aunque no sería buena idea dar mucha importancia a esto: tales tipos de compromisos incluidos en la misión de otras empresas tienen muy poco impacto en lo que hacen en la práctica.

Los clientes preocupados pueden tranquilizarse por el hecho del reconocimiento del banco de que tiene sentido comercial que los nuevos dueños continúen con las políticas del Co-op – apoyar a proyectos medioambientales y evitar proporcionar crédito a traficantes de armas, vendedores de tabaco y otros que hacen negocios supuestamente “inmorales”. Esta postura ética ha sido una ventaja competitiva significativa para atraer el negocio de individuos, organizaciones o políticos locales en áreas del país con ligeras tendencias liberales que están interesados en asuntos sociales. Es probable que los beneficios que surgen de una política que se diferencia de los competidores en este sentido superen los beneficios generados de la otra manera.

El eslogan de que el buen negocio es el negocio rentable es superficial – un intento de hacer disolver los dilemas morales en un baño cálido de buenas intenciones. Cuando hacer lo correcto también sirve en tu interés propio, no necesitas el consejo de filósofos y teólogos. La ética tiene que ver con qué hacer cuando el buen comportamiento y el negocio rentable no son necesariamente la misma cosa.

El arzobispo Whately hizo hincapié en la diferencia entre el hombre honesto y el hombre para quien la honestidad es la mejor política. Cuando tratas con un hombre para quien la honestidad es la mejor política, nunca sabes cuándo va a surgir la ocasión en la cual la honestidad deja de ser la mejor política. Los banqueros, y no arzobispos, dan discursos alabando su integridad personal; el hombre que nos recuerda constantemente lo honesto que es no suele recibir, ni merece, nuestra confianza. La integridad que valoramos es una característica personal u organizacional, no una estrategia empresarial.

Normalmente podemos discernir la diferencia, tanto como podemos distinguir entre el cariño de nuestros amigos y la amabilidad del hombre que nos intenta vender ventanas de doble cámara. Los psicólogos Lara Cosmides y John Tooby han propuesto que hemos desarrollado una capacidad nítida para detectar estas decepciones. Y vivimos en un mundo en el que la mayoría de la gente es honesta la mayor parte del tiempo y la mayoría de la gente confía en la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo. Unos pocos explotan esa situación, y estamos propensos a castigar su mal comportamiento incluso cuando no tenemos un interés propio en hacerlo. Eso es un mejor resultado para todos que uno en que el comportamiento oportunista es lo normal.

El General Robert E. Lee, cuya integridad personal le hizo un comandante eficaz y una figura venerada, hizo eco al arzobispo Whately al observar que el hombre honesto es por convicción honesto, no por política. Paradójicamente, la mejor estrategia comercial a largo plazo para los hedge funds que actualmente controlan al Co-op Bank puede ser la de reclutar a directores cuyo compromiso con su postura ética es completamente genuina, y de facilitar que una organización con valores similares asuma el control otra vez.

Si la honestidad es la mejor política, entonces la mejor política es ser honesto por convicción.

Being ethical in business is not as simple as “doing the right thing”

11/06/2013 | John Kay – Financial Times English

“Honesty is the best policy, but he who is governed by that maxim is not an honest man.” Richard Whately, Archbishop of Dublin, was a 19th-century theologian, but his observation is very relevant to a modern debate about the nature of business ethics.

The Co-operative Bank has just announced a restructuring that wipes out the value of existing equity. Over many years, the message of the bank’s advertising has been its aspiration to higher standards of ethical conduct than its competitors. The devil’s advocates might seize on the bank’s financial problems as evidence that honesty does not pay, but that is not what happened here: the Co-op Bank failed for the usual reasons banks and businesses fail – bad lending on commercial property and the misguided acquisition of another business by a management whose ambitions exceeded its capabilities.

The bond holders will now have a controlling interest in the bank. In practice, these are mainly hedge funds specialising in distressed debt, institutions not renowned for their social and environmental commitment. The former owner of the bank, the mutual Co-operative Wholesale Society, will inject fresh capital and hold a minority stake. The Society has stated that the restructured company’s articles of association will include a commitment to ethical behaviour, but it would be unwise to attach weight to this: such commitments in the mission statements of other organisations have made little impact on what they do in practice.

Worried customers can take more reassurance from the bank’s recognition that it makes hard commercial sense for the new owners to continue the Co-op’s policies – to support environmental projects and eschew lending to arms dealers, tobacco merchants and others engaged in supposedly “immoral” businesses. This ethical stance has been a significant competitive advantage in attracting business from socially concerned individuals, organisations and local authorities in left-leaning areas of the country. It is likely that the profits that arise from a policy of differentiating itself from its competitors in this way exceed the profits otherwise foregone.

The slogan that good business is profitable business is superficial – an attempt to make moral dilemmas dissolve in a warm bath of goodwill. When the right thing to do is also in your own self-interest, you do not need advice from philosophers and theologians. Ethics are about what to do when good behaviour and profitable business are not necessarily the same thing.

Bishop Whately noted the difference between the honest man and the man for whom honesty is the best policy. When you deal with the man for whom honesty is the best policy, you never know when it might be the occasion on which honesty is no longer the best policy. Bankers, not bishops, deliver lectures extolling their own personal integrity; the man who repeatedly reminds us how honest he is rarely acquires, or deserves, our trust. The integrity we value is a personal or organisational characteristic, not a business strategy.

We can usually tell the difference, just as we can distinguish the solicitousness of our friends from the bonhomie of the man trying to sell us double glazing. The psychologists Lara Cosmides and John Tooby have suggested we have evolved a finely honed capacity to detect such deceptions. And so the world we live in is one in which most people are honest most of the time and most people trust most people most of the time. A few exploit that situation, and we are inclined to punish their deviant behaviour even if it is not in our self-interest to do so. That is a better outcome for everyone than one in which opportunistic behaviour is the norm.

General Robert E. Lee, whose personal integrity made him an effective commander and revered figure, echoed Bishop Whately in observing that the honest man is honest from conviction, not policy. Paradoxically, the best long-run commercial strategy for the hedge funds that now own the Co-op Bank may be to recruit managers whose commitment to its ethical stance is entirely genuine, and to facilitate the resumption of control by an organisation with similar values.

If honesty is the best policy then the best policy is to be honest from conviction.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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