Sexy y soso: el nuevo uniforme de la oficina

30/03/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Europa Press Español

La vestimenta de los empleados en los bancos de inversión, las asesorías de administración y los principales bufetes de abogados es ridícula. Al igual que su forma de hablar.

Me di cuenta de esto la semana pasada cuando estaba viendo la película “Toni Erdmann”, una comedia alemana en la cual una joven asesora de administración recibe una visita de su padre, quien se aparece sin ser invitado, con una peluca marrón enmarañada, un traje brilloso y una dentadura de tienda de bromas.

Al ver cómo su vasta y desaliñada figura atravesaba la reluciente oficina, se me ocurrió que el personaje absurdo no era el padre, quien apenas podía hablar debido a su boca llena de dientes desparejos. Los más absurdos eran los asesores, todos radiantes y relucientes, y todos iguales.

En la última década, la apariencia de las personas en los trabajos mejor pagados se ha vuelto más uniforme y más extrema. Existe un código no escrito que todo el mundo tiene que seguir y dice así: 1. Nada es demasiado caro; 2. Nada está demasiado bien definido; 3. Nada es demasiado soso.

Nadie se atreve a lucir su individualidad. La única forma de destacarse es lucir más impecable y más rico que los demás. Estas reglas se aplican tanto a hombres como a mujeres, sólo que las mujeres tienen que saltar una barrera adicional. Las mujeres tienen que lucir lo más sexy posible sin caer en el mal gusto. Sheryl Sandberg lo tiene claro. Kim Kardashian, no.

La joven asesora de administración en “Toni Erdmann” tenía el uniforme perfecto. Sus tacones eran altos y la tela de sus trajes oscuros mostraba el atractivo contorno de su trasero y sus vestidos sin mangas exhibían la firmeza de sus brazos.

Así sucede en la vida real. Hace poco di una charla en un importante bufete de abogados estadounidense a las 11 de la mañana. Había ocho abogadas en el salón, cinco de las cuales tenían el “look” de Sandberg con ajustados e implacables vestidos de colores lisos y tacones imponentes y peligrosos. No sé exactamente en qué momento el trabajo se convirtió en esto — un rígido cóctel sin los cócteles — pero es vagamente preocupante. Con buena razón protestamos cuando las recepcionistas llevan tacones altos porque sus jefes lo exigen, pero no lo hacemos cuando se trata de las mujeres que se sienten obligadas a vestirse así porque lo exigen sus colegas.

Estas industrias emplean a personas ambiciosas y competitivas y no es sorprendente que la ropa se vuelva tan competitiva como todo lo demás. Los edificios donde trabajan empeoran la cosa. Las empresas financieras y de asesoría compiten entre sí para ser las más relucientes, las más a la moda, las más insípidamente ostentosas y animan a la gente que trabajan en ellas a hacer lo mismo. Al volverse más excesivos los arreglos florales, los espacios de piedra, el arte moderno, lo mismo sucede con los zapatos, las carteras y los trajes de las personas que trabajan en estos establecimientos.

La forma de vestir de las personas desenmascara dos de las grandes mentiras de la vida corporativa: la diversidad y la autenticidad. Hace poco asistí a un congreso de mujeres en Asia, patrocinado por un banco de inversión global. En la pantalla, las palabras “El Poder de la Autenticidad” eran enormes, y mirándolas se encontraban 700 mujeres perfectamente vestidas y con tacones altos, tragándose una serie de clichés sin cuestionar sobre cómo ser auténticas. La única diversidad en evidencia era que mientras algunas llevaban Miu Miu, otras vestían atuendos de Diane Von Furstenberg y Burberry.

La semana pasada me presenté en una reunión de un banco de inversiones en botas de tacón bajo y un vestido sencillo de pana azul marino de Uniqlo que costaba 29,99 libras. Era más o menos la talla correcta, bastante nuevo y limpio. La única piel en exhibición eran las manos, el cuello y la cara. Era práctico, modesto y cómodo.

Al mirar a los demás, hombres en trajes de corte fabuloso y mujeres con chaquetas entalladas y discretos aretes de oro, me sentí tan extravagante como Toni Erdmann. Yo estaba en clara desventaja. Yo era un espécimen raro, un mendigo y claramente inferior.

No estoy segura de quién se beneficia de este código de vestir súper reluciente, súper insípido. Posiblemente los clientes van a confiar más en consejeros que se visten como profesionales, pero sólo hasta cierto punto. A los clientes no les puede gustar sentirse sistemáticamente peor vestidos.

O tal vez el punto sea que, al humillar sutilmente a sus clientes, los banqueros, abogados y asesores los pueden dominar más fácilmente, reduciendo la probabilidad de que los clientes se quejen de los honorarios que permiten que tales atuendos tan extravagantes sean posibles.

Sexy and super bland: the rise of the office uniform

30/03/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Europa Press English

What people wear to work at investment banks, management consultancies and top law firms is ridiculous. So is how they talk.

This hit me last weekend when watching Toni Erdmann, a German comedy film in which a youngish management consultant is visited at work by her father, who turns up uninvited wearing a shaggy brown wig, a shiny suit and a set of joke-shop teeth.

As his vast unkempt figure lumbered through the gleaming office, it occurred to me the absurd one was not him, barely able to speak through his mouthful of snaggly gnashers. It was the consultants, all shiny and beautiful and looking the same as one another.

In the past decade, what people in the best paid jobs look like has got more uniform and more extreme. There is an unwritten dress code that everyone has to follow and which goes like this: 1. There is no such thing as too expensive; 2. There is no such thing as too toned; 3. There is no such thing as too bland.

No one dares look individual. The only way of standing out is by looking even sleeker and richer than everyone else. These rules apply equally to men and women, only the latter have an additional hurdle to clear. Women must look as sexy as possible without looking tasteless. Sheryl Sandberg has nailed it. Kim Kardashian has not.

The youngish management consultant in Toni Erdmann wore her uniform well. Her heels were high and the fabric of her dark suits showed the pleasing contour of her bottom, while her sleeveless dresses displayed the firmness of her arms.

This is exactly as it is in real life. Not long ago I gave a talk to a top US law firm at 11 in the morning. There were eight women lawyers in the room, five of whom were slavishly doing a Sandberg in tight, unforgiving dresses in block colours and crippling, towering heels. I am not sure at what point work became like this — a rigid cocktail party minus the cocktails — but it is vaguely troubling. We rightly make a fuss when receptionists wear heels because their employers demand it, but not about the women who feel obliged to dress this way because their colleagues do.

These industries employ ambitious, competitive people — and it is no surprise if dress becomes as competitive as everything else. The buildings they work in make it worse. Banking and consulting offices are competing with each other to be the shiniest, the smartest, the most blandly ostentatious — encouraging the people in them to do likewise. As the floral displays, the expanses of limestone, the modern art get more excessive, so do the shoes, the handbags and the tailoring of the people who work there.

The way people dress exposes two of the great lies of corporate life: diversity and authenticity. Not long ago I attended a women’s conference in Asia, sponsored by a global investment bank. On the screen, the words “The Power of Authenticity” were enormous, and staring at them sat 700 immaculate, high-heeled women swallowing unquestioningly a series of platitudes about the importance of being themselves. The only diversity in evidence was that while some were wearing Miu Miu, others were in Diane Von Furstenberg and Burberry.

Last week I turned up to a meeting at an investment bank in flat boots and a navy blue corduroy shirt-dress that came from Uniqlo and cost £29.99. It was more or less the right size, newish and cleanish. The only flesh on display was hands, neck and face. It was practical, demure and comfortable.

As I looked around at the other people, men in fabulously tailored suits and women in shapely jackets and discreet gold earrings, I felt as outlandish as Toni Erdmann. I was at a distinct disadvantage. I was a weirdo, a pauper, distinctly inferior.

I am not sure who benefits from the extravagant, super-sleek, super-bland dress code. Possibly clients are more likely to trust advisers who dress professionally, but only up to a point. Customers cannot enjoy being systematically out-dressed.

Unless the point is that by subtly humiliating their clients, those bankers, lawyers and consultants find it easier to lord it over them, making them less likely to protest at being charged the fees that make such extravagant wardrobes possible.


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