Trump, Putin y el atractivo del hombre fuerte

17/05/2016 | Gideon Rachman (Financial Times) – Financial Times Español

El auge de Donald Trump ha estado acompañado de murmullos predecibles de “sólo en EEUU”. Pero el fenómeno Trump se entiende mejor como parte de una tendencia mundial: el retorno del “hombre fuerte” a la política internacional.

En lugar de encabezar el proceso, EEUU ha llegado tarde a esta fiesta desalentadora. Los historiadores algún día podrían resaltar el año 2012 como el punto de inflexión. En mayo de ese año, Vladimir Putin regresó al Kremlin como presidente de Rusia. Unos meses más tarde, Xi Jinping, se instaló como secretario general del partido comunista chino.

Tanto el Sr. Putin como el Sr. Xi reemplazaron a líderes sin carisma — Dmitry Medvedev y Hu Jintao — y se movieron con rapidez para establecer un nuevo estilo de liderazgo. Los medios de comunicación ayudaron a construir un culto a la personalidad, haciendo hincapié en la fuerza y el patriotismo del nuevo liderazgo.

La tendencia que comenzó en Rusia y China se hizo rápidamente visible en otros países. En julio de 2013 hubo un golpe en Egipto, lo cual resultó en la destitución de la Hermandad Musulmana y la aparición de Abdel Fattah al-Sisi, el ex jefe del Ejército, como el nuevo hombre fuerte del país. Al año siguiente, Recep Tayyip Erdogan, que ya había servido 11 años como primer ministro, fue elegido presidente de Turquía. De inmediato comenzó a fortalecer la presidencia, marginando a otros líderes políticos y reprimiendo a los medios de comunicación.

El fenómeno Erdogan demuestra que las democracias no son inmunes a la tentación del hombre fuerte. El Sr. Erdogan es instintivamente autoritario pero llegó al poder mediante elecciones. Narendra Modi, que fue elegido primer ministro de India en 2014, realizó una campaña en torno a su propia fuerza y dinamismo, con la promesa de revertir los años que el país pasó a la deriva bajo el dócil liderazgo de Manmohan Singh. En Hungría, Viktor Orban, un primer ministro electo, ha demostrado fuertes tendencias autoritarias.

Esta tendencia global se está acelerando. La semana pasada, Filipinas eligió como presidente a un irreverente hombre populista, Rodrigo Duterte — ampliamente conocido como “Duterte Harry” — para sustituir al cauteloso tecnócrata, Benigno Aquino.

Y luego está el Sr. Trump. Los estadounidenses pueden estremecerse ante la idea de que la política de EEUU tenga similitudes con las Filipinas o Rusia. No obstante, el Sr. Trump — quien parece tener asegurada la nominación presidencial republicana — exhibe muchas de las características de los hombres fuertes en poder, entre ellos los señores Putin, Xi, Erdogan, Sisi, Modi, Orban y Duterte.

Todos se han comprometido a iniciar un renacimiento nacional a través de la fuerza de su personalidad y su voluntad de ignorar las sutilezas liberales. En muchos casos, la promesa de un liderazgo decisivo está respaldada por una voluntad — a veces explícita, a veces implícita — de utilizar ilegalmente la violencia en contra de los enemigos del Estado.

“Duterte Harry” hasta ha incrementado sus vínculos con grupos de justicia vigilante. El uso de tácticas brutales del Sr. Putin en la segunda guerra de Chechenia era bien conocido entre los votantes rusos. El presunto rol del Sr. Modi en una masacre de 2002 en su estado natal de Gujarat fue lo suficientemente controvertido para tener como resultado la prohibición de entrar en EEUU durante muchos años. El Sr. Sisi se aseguró su permanencia en el poder con una matanza en las calles de El Cairo. Y, aun en EEUU donde reina el estado de derecho, el Sr. Trump ha prometido torturar a los terroristas y asesinar a los miembros de sus familias.

El liderazgo de los hombres fuertes por lo general va de la mano con la extrema sensibilidad a la crítica. Tanto en las administraciones del Sr. Putin como del Sr. Xi ha habido represión a la libertad de expresión. En Turquía, el Sr. Erdogan ha demandado a casi 2.000 personas por difamación. El Sr. Trump nunca pierde una oportunidad para insultar a los medios de comunicación y ha dicho que le gustaría que fuera más fácil para los políticos poder demandar a la prensa.

Por lo general, el liderazgo de los hombres fuertes gira en torno de inseguridades, miedos y frustraciones. El Sr. Putin y Sr. Erdogan han declarado que Rusia y Turquía están rodeadas de enemigos. El Sr. Sisi se ha comprometido a rescatar a Egipto del terrorismo. El Sr. Xi y el Sr. Modi han sacado provecho de las frustraciones de la gente común con la corrupción y la desigualdad. La campaña del Sr. Trump ha incorporado elementos de todos estos temas, con la promesa de frenar el declive nacional y adoptar una mano dura contra los delincuentes y extranjeros.

En un momento en que Barack Obama, el presidente de EEUU, y Angela Merkel, la canciller alemana, han demostrado ser internacionalistas deliberativos y prudentes, el arriesgado nacionalismo del Sr. Putin ha atraído admiradores en China, el mundo árabe e incluso en occidente.

El Sr. Trump y el Sr. Putin parecen haber formado una especie de sociedad de admiración mutua. Los hombres fuertes a menudo se llevan muy bien, al menos al principio. Pero debido a que sus relaciones se basan en su estilo prepotente compartido, y no en un principio subyacente, a menudo terminan en profundos choques. El Sr. Erdogan solía tener una relación estrecha con el Sr. Putin y con el presidente de Siria, Bashar al-Assad; pero estas relaciones se han convertido en amargas enemistades. Históricamente, el pacto de 1939 entre Hitler y Stalin cedió y se tornó en una guerra entre Alemania y la Unión Soviética en sólo dos años.

La alarmante realidad es que el impacto del liderazgo de los hombres fuertes raramente se limita a las fronteras nacionales. Con demasiada frecuencia, la corriente subyacente de violencia que se introduce en la política interna se derrama en el escenario internacional.

Donald Trump, Vladimir Putin and the lure of the strongman

05/17/2016 | Gideon Rachman (Financial Times) – Financial Times English

The rise of Donald Trump has been accompanied by predictable murmurs of “only in America”. But the Trump phenomenon is better understood as part of a global trend: the return of the “strongman” leader in international politics.

Rather than leading the way, America has arrived late at this dispiriting party. Historians might one day highlight the year 2012 as the turning point. In May of that year Vladimir Putin returned to the Kremlin as president of Russia. A few months later Xi Jinping was installed as general secretary of the Chinese Communist party.

Both Mr Putin and Mr Xi replaced uncharismatic leaders — Dmitry Medvedev and Hu Jintao — and moved swiftly to establish a new style of leadership. Compliant media were encouraged to build up a cult of personality, emphasising the strength and patriotism of the new man at the top.

The trend that began in Russia and China quickly became visible in other countries. In July 2013 there was a coup in Egypt, which resulted in the overthrow of the Muslim Brotherhood and the emergence of Abdel Fattah al-Sisi, the former army chief, as the country’s new strongman leader. The following year Recep Tayyip Erdogan, who had already served 11 years as prime minister, was elected president of Turkey. He immediately moved to strengthen the presidency, marginalised other leading politicians and cracked down on the media.

The Erdogan phenomenon demonstrates thatdemocracies are not immune to the lure of the strongman. Mr Erdogan is an instinctive authoritarian but he won power through elections. Narendra Modi, who was elected prime minister of India in 2014, ran a campaign based around his own strength and dynamism, promising to reverse years of drift under the mild-mannered leadership of Manmohan Singh. In Hungary, Viktor Orban, an elected prime minister, has demonstrated strong authoritarian tendencies.

This global trend is gathering pace. Last week, the Philippines elected as president a populist wild man, Rodrigo Duterte — widely known as Duterte Harry — replacing the cautious technocratic, Benigno Aquino.

And then there is Mr Trump. Americans might flinch at the idea that US politics has anything in common with the Philippines or Russia. But, in fact, Mr Trump — who looks certain to secure the Republican presidential nomination — exhibits many of the characteristics of the current crop of strongman leaders, including Messrs Putin, Xi, Erdogan, Sisi, Modi, Orban and Duterte.

All these men have promised to lead a national revival through the force of their personalities and their willingness to ignore liberal niceties. In many cases, the promise of decisive leadership is backed up by a willingness — sometimes explicit, sometimes implied — to use illegal violence against enemies of the state.

“Duterte Harry” has played up his links with vigilante gangs. Mr Putin’s use of brutal tactics in the second Chechen war was well known to Russian voters. Mr Modi’s alleged role in a 2002 massacre in his home state of Gujarat was sufficiently controversial to get him banned from the US for many years. Mr Sisi secured his grip on power with a massacre on the streets of Cairo. And, even in the law-governed US, Mr Trump has promised to torture terrorists and murder their family members.

Strongman leadership usually goes hand-in-hand with extreme sensitivity to criticism. In both the Putin and Xi presidencies there have been crackdowns on freedom of speech. In Turkey, Mr Erdogan has sued almost 2,000 people for defamation. Mr Trump misses few opportunities to insult the media and has said that he would like to make it easier for politicians to sue the press.

Typically, strongman leaders trade on feelings of insecurity, fear and frustration. Mr Putin and Mr Erdogan have portrayed Russia and Turkey as surrounded by enemies. Mr Sisi has promised to rescue Egypt from terrorism. Mr Xi and Mr Modi have capitalised on ordinary people’s frustrations with corruption and inequality. The Trump campaign has incorporated elements of all these themes, promising to reverse national decline and get tough with criminals and foreigners.

At a time when Barack Obama, the US president, and Angela Merkel, the German chancellor, are both cautious, deliberative internationalists, the risk-taking nationalism of Mr Putin has attracted admirers in China, the Arab world and even the west.

Mr Trump and Mr Putin seem to have formed something of a mutual admiration society. Strongman leaders often get on very well — at least initially. But because their relationships are based on a shared style and swagger, rather than underlying principle, they also often fall out spectacularly. Mr Erdogan used to have close relationships with Mr Putin and with President Bashar al-Assad of Syria but these have turned into bitter enmities. Further back in history, the 1939 pact between Hitler and Stalin gave way within two years to war between Germany and the Soviet Union.

The alarming truth is that the impact of strongman leaders is rarely confined within national borders. All too often, the undercurrent of violence that they introduce into domestic politics spills over on to the international stage.


Copyright &copy “The Financial Times Limited“.

“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.


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