Una guerra inútil contra las drogas que desperdicia dinero y rompe vidas

06/05/2014 | George Soros – Financial Times Español

La guerra contra las drogas ha sido un fracaso de un billón de dólares. Durante más de cuatro décadas, gobiernos alrededor del mundo han metido enormes cantidades de dinero en sus inefectivos y represivos esfuerzos contra las drogas. Esto ha sido a costa del gasto en programas que sí funcionan en la realidad, como el intercambio de jeringuillas y la terapia de sustitución. Esto no solo es desperdicio de dinero, también es contraproducente.

La London School of Economics (LSE) recién ha completado el que hasta la fecha quizás sea el estudio más completo de la guerra contra las drogas. La conclusión respaldada por cinco premios Nobel es: Ha hecho más daño que bien.

La prohibición ha creado un inmenso mercado negro, valorado por algunos en 300 mil millones de dólares. Esto lleva la carga del “control de drogas” a los países productores y de tránsito como Afganistán y México. Este enfoque también falla en captar una verdad básica: los mercados de droga son altamente adaptables. La represión del negocio en un país hace que surja en otra parte.

Veamos a Colombia. Cuando los organismos que hacen cumplir la ley progresan en la destrucción del mercado de cocaína de este país, mucho del negocio criminal y la violencia que conlleva se traslada a México. El informe de la LSE estima que desde 2007, las políticas de prohibición en Colombia son responsables del aumento de más de un 20 por ciento de la tasa de asesinatos en México.

Bogotá tenía mucho caos para exportar. La explosión del mercado de drogas ilegales entre 1994 y 2008 “explica alrededor del 25 por ciento de la actual tasa de homicidios en Colombia. Esto se traduce en cerca de un aumento de 3.800 homicidios anuales en promedio que están asociados con los mercados de drogas ilegales y la guerra contra las drogas”, según el informe. Este tipo de violencia conlleva una masiva cuota económica; las corporaciones se marchan del país, las inversiones extranjeras se desvanecen, la industria decrece y los ciudadanos emigran.

Los costes no se limitan a los países productores; los países consumidores también sufren.

Esto ocurre especialmente en los EE. UU., que tienen menos del cinco por ciento de la población mundial pero sus cárceles albergan al 25 por ciento de la población encarcelada en el mundo. La mayoría por delitos asociados con las drogas y otros crímenes no violentos para quienes los tratamientos de rehabilitación y otras alternativas al encarcelamiento probablemente serían más económicas y efectivas en reducir la recaída y protegerían a la sociedad. Alrededor del mundo, el 40 por ciento de los 9 millones de personas que están encarceladas lo son por delitos relacionados con las drogas – y este número probablemente crezca, los arrestos por drogas en Asia, América Latina y el oeste de África aumentan constantemente.

A pesar de la escala épica del naufragio, los servicios que podrían salvar vidas y reducen el coste para la sociedad sufren recortes en sus fondos o no consiguen fondos.

Durante años, mi Open Society Foundations han apoyado a los programas de reducción de daños como el de intercambio de jeringuillas – una manera probada y económica de prevenir la transmisión del VIH. Un país encontró que por cada dólar invertido en el intercambio de jeringuillas se obtenía un ahorro de 27 dólares. Esto no es nada banal si se consideran los miles de millones de dólares que se gastan en el tratamiento del VIH. Similares beneficios se obtienen al invertir en salas de inyección supervisadas y tratamientos con asistencia médica para la adicción a los opiáceos. Pero a pesar de estos beneficios el Congreso de los EE. UU. continúa bloqueando los fondos federales para el intercambio de jeringuillas. Varios gobiernos alrededor del mundo luchan por acallar cualquier mención de la reducción del riesgo en los foros internacionales, porque chocaría con la ideología predominante de la lucha contra las drogas.

Pero un cambio aún es posible. En 2016 la asamblea general de la ONU revisará el actual estado del sistema de control de drogas. Durante mucho tiempo la ONU ha trabajado para reforzar el modelo “una talla para todos” alrededor del mundo, basado en la creencia de que solo las políticas prohibicionistas resolverán el problema global de las drogas.

El informe de la LSE, que se publicará mañana, recomienda que los gobiernos den la máxima prioridad a políticas de salud pública comprobadas, enfocándose en minimizar el daño en los mercados ilícitos, y ordenando “políticas rigurosamente supervisadas y comprobar la efectividad de las regulaciones”. Yo coincido con esto.

Los gobiernos alrededor del mundo necesitan sopesar los costes y beneficios de las políticas actuales, y ser proclives a redirigir recursos hacia programas que funcionen. Esto salvará vidas – y a la larga ahorrará dinero. Nuestra generación tiene la oportunidad única de arreglar el descompuesto marco global para tratar con la crisis de las drogas. El coste de no hacer nada es demasiado grande para pagarlo.

El autor es director del Soros Fund Management y filántropo.

A futile war on drugs that wastes money and wrecks lives

05/06/2014 | George Soros – Financial Times English

The war on drugs has been a $1tn failure. For more than four decades, governments around the world have pumped huge sums of money into ineffective and repressive anti-drug efforts. These have come at the expense of programmes that actually work such as needle exchanges and substitution therapy. This is not just a waste of money, it is counterproductive.

The London School of Economics has just completed perhaps the most thorough account of the war on drugs done to date. The conclusion, backed by five Nobel Prize-winning economists: it has done more harm than good.

Drug prohibition has created an immense black market, valued by some at $300bn. It shifts the burden of “drug control” on to producer and transit countries such as Afghanistan and Mexico. This approach also fails to grapple with a basic truth: drug markets are highly adaptive. Repress the business in one country and it springs up elsewhere.

Consider Colombia. When its law enforcement agencies made progress cracking down on the country’s cocaine trade, much of the criminal business and the violence that goes with it moved to Mexico. The LSE report estimates that after 2007, Colombia’s interdiction policies accounted for more than 20 per cent of the rise in Mexico’s murder rate.

Bogotá had a lot of mayhem to export. The explosion of the illegal drug market between 1994 and 2008 “explains roughly 25 per cent of the current homicide rate in Colombia. That translates into about 3,800 more homicides per year on average that are associated with illegal drug markets and the war on drugs”, according to the report. This type of violence takes a massive economic toll; corporations relocate, foreign investment dries up, industries decline and citizens flee.

The costs are not limited to producer countries; consumer nations suffer as well.

This is especially so in the US, which has less than 5 per cent of the world’s people but almost 25 per cent of the planet’s incarcerated population. Most are drug and other non-violent offenders for whom drug treatment and other alternatives to incarceration would probably prove cheaper and more effective in reducing recidivism and protecting society. Worldwide, 40 per cent of the 9m people who are incarcerated are behind bars for drug-related offences – and that figure is only likely to rise, as arrests of drug offenders in Asia, Latin America and west Africa are increasing steadily.

Despite the epic scale of human wreckage, services that could save lives and cut down on the costs to society go underfunded, or not funded at all.

For years, my Open Society Foundations have supported harm-reduction programmes such as needle exchanges – a proved, cost-effective way to prevent HIV transmission. One country found that for every $1 invested in needle exchange, $27 is returned in cost savings. That is no small matter, considering the billions of dollars spent treating HIV. We have seen similar returns on investment with supervised drug injection rooms and medication-assisted treatment of opiate addiction. Yet despite these benefits, the US Congress continues to block federal funding for needle exchanges. Several governments around the globe fight to prevent any mention of harm reduction in international forums, lest it clash with the predominant drug war ideology.

Yet change is still possible. In 2016 the UN General Assembly will review the current state of the drug- control system. For too long the UN has worked to enforce a “one-size-fits-all” model around the world, based on a belief that prohibitionist policies alone would solve the global drug problem.

The LSE report, to be released tomorrow, recommends that governments give top priority to proved public health policies, moving to minimise harm in illicit markets, and mandating “rigorously monitored policy and regulatory experimentation”. I heartily concur.

Governments the world over need to weigh the costs and benefits of their current policies, and be willing to redirect resources towards programmes that work. This will save lives – and save money along the way. We have a once-in-a-generation opportunity to fix a broken global framework for coping with the drug crisis. The costs of doing nothing are too great to bear.

The writer is chairman of Soros Fund Management and a philanthropist.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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