El analfabetismo matemático no es algo gracioso

El analfabetismo matemático no es algo gracioso

25/05/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times)

La semana pasada Diane Abbott demostró en la radio, en directo, que ella no podía realizar una simple división, que no entendía el valor posicional y que era totalmente inepta con respecto a las matemáticas.

Cuando le preguntaron cuánto costaría contratar a 10.000 policías más, la primera respuesta de la portavoz de interior de la oposición laborista del Reino Unido fue: “Bueno … eh … alrededor de 300.000 libras”.

Entonces, cuando le hicieron más preguntas, ella dijo: “Lo siento (risa nerviosa). No. Lo siento. (Pausa). Costarán … costarán … (pausa) costará … alrededor de, alrededor de 80 millones de libras”.

El entrevistador hizo una rápida suma mental y observó que eso significaría alrededor de 8.000 libras por policía. Totalmente humillada, La Sra. Abbott comenzó a lanzar cifras al azar, con tanta desesperación que al final estaba balbuciendo incoherentemente sobre un cuarto de millón de policías más en la calle.

Este penoso intercambio fue una evidencia de una tendencia alarmante: es perfectamente posible ser miembro de la clase gobernante británica y ser un analfabeto matemático.

La Sra. Abbott ha recibido una de las mejores educaciones que ofrece el país. Fue a la escuela secundaria en el noroeste de Londres, y de ahí a la Universidad de Cambridge, donde fue discípula de Simon Schama, el historiador. No obstante, dividir 80 millones de libras entre 10.000 estaba totalmente fuera de su alcance.

El mes pasado di una charla en el Festival Literario de Oxford y les pedí a los ampliamente educados individuos en el público de 150 que levantaran la mano si eran inútiles en las matemáticas. Cerca de 70 brazos se levantaron. La única cosa más deprimente, aparte de que todos de ellos se consideraban analfabetos matemáticos, era que a ninguno de ellos les parecía problemático. Además, la expresión en las caras de estos burros matemáticos era de divertida satisfacción, como si ser malo en las matemáticas fuera una peculiaridad adorable, como tener una debilidad por las patatas con sal y vinagre. “Ustedes son una desgracia nacional”, les dije, con lo cual se rieron con complacencia, seguros que lo decía en broma.

Si hubieran sido científicos y yo les hubiera preguntado si eran unos ineptos en leer y escribir, dudo que se hubiera levantado una sola mano. Nadie cree que ser un analfabeto sea algo bueno, sin embargo, la élite británicala mayoría de los cuales no han hecho una suma desde que tenían 16 — creen que su debilidad es graciosa.

No es gracioso. Resulta estúpido, vergonzoso y, si uno tiene cualquier posición de responsabilidad, es peligroso. Sospecho que la inutilidad en las matemáticas entre los poderosos es más común de lo que creemos. Hace tres años, Paul Flowers, entonces director de Co-operative Bank, sobrepasó a la Sra. Abbott cuando dijo que el banco tenía 3 mil millones de libras en activos, pero la cifra verdadera era 47 mil millones de libras. Su analfabetismo matemático había sido ignorado durante 62 años y podría haber seguido así para siempre si no hubiera metido la pata de tal manera que tuvo que presentarse al Parlamento para un interrogatorio.

La mayoría de las personas que no entienden ni los aspectos más básicos de las matemáticas tienden a salirse con la suya. No resulta igual cuando se trata de las palabras. Los empleadores tienen una opinión negativa de aquellos que cometen errores de ortografía en su CV; sin embargo, comúnmente se contratan a personas que casi no saben contar, ya que nunca ponen a prueba esta habilidad.

Hace casi 20 años, Gordon Brown, entonces Ministro de Hacienda, permitió que un montón de chicos le hicieran unas preguntas en televisión. Uno de ellos le hizo una gran pregunta: ¿cuánto es 13 al cuadrado? Con la rapidez de un rayo, el Sr. Brown, para alivio de sus consejeros, dijo 169. En aquel entonces escribí una columna recomendando que todas las empresas le hicieran esta gran pregunta de manera habitual a los candidatos a los empleos, y por eso me causó una gran satisfacción conocer hace un par de meses a un jefe de Recursos Humanos que había estado haciendo esa pregunta desde entonces. ¿Los resultados? Dijo que casi nadie sabe la respuesta en el momento. Pero los que, en silencio, calculan 13 x 13 casi siempre consiguen el puesto. Los que se asustan y fanfarronean y “hacen un Abbott” casi nunca lo consiguen.

Yo he tenido algunos trabajos en los que se requería cierto conocimiento de los números: en el sector bancario, en la columna Lex del Financial Times, y como directora no ejecutiva. Sin embargo, el proceso de selección nunca ha incluido una prueba para determinar si yo soy más hábil con las cifras que la portavoz de interior de la oposición laborista. Mis habilidades sólo han sido puestas a prueba ahora que he estado solicitando empleos de aprendiz de maestra de matemáticas y economía. El proceso ha sido un poco atemorizante. Y también ha sido instructivo. Pero al menos es un comienzo.

There is nothing cute about innumeracy

25/05/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times)

Last week Diane Abbott showed on live radio that she could not do simple division, did not understand place value and was an all-round dunce at maths.

When asked what it would cost to employ an extra 10,000 police officers, the UK shadow home secretary’s first reply was: “Well, um?…?about £300,000.” Then, when queried, she said: “Sorry. (nervous laugh) No. Sorry. (pause) They will cost … they will…(pause) it will cost.. about, about £80m.”

The interviewer did a swift sum in his head and pointed out that would mean £8,000 per copper. Thoroughly humiliated, Ms Abbott started to spew out random numbers with such desperation that by the end she was babbling incoherently about an additional quarter of a million police officers on the streets.

This excruciating exchange was evidence of something troubling: it is perfectly possible to be a member of the British ruling class and be astonishingly rubbish at numbers.

Ms Abbott is in possession of one of the finest educations the country has to offer. She went to a grammar school in north-west London and on to Cambridge university, where she was taught by Simon Schama, the historian. Yet to divide £80m by 10,000 was quite beyond her.

I gave a talk last month at the Oxford Literary Festival and asked the 150 amply educated types in the audience to put up their hands if they were useless at maths. About 70 arms shot up. The only thing more depressing than how many of them considered themselves innumerate was that none saw anything wrong with it. Instead, the looks on the faces of these mathematical dunces were of amused self-indulgence, as if being bad at maths was a loveable quirk, like having a weakness for salt and vinegar crisps. “You’re a national disgrace,” I told them, whereupon they tittered complacently, confident I was joking.

Had they been scientists and I had asked them if they were hopeless at reading and writing, I doubt a single hand would have gone up. No one thinks it is loveable to be illiterate, yet the British intelligentsia, most of whom have not done a sum since they were 16, consider their failing entirely cute.

It is not cute. It is stupid, shameful and, if you have any position of responsibility at all, it is dangerous. I suspect uselessness at maths among the powerful is more common than we fondly believe. Three years ago Paul Flowers, then chairman of Co-operative Bank, outdid Ms Abbott when he said the bank had £3bn in assets, but the real number was £47bn. His innumeracy had gone unheeded for 62 years and might have done so forever had he not screwed things up so royally that he was hauled in front of parliament for questioning.

Most people who do not know the basics of maths tend to get away with it. The same is not true with words. Employers take a dim view of anyone who makes spelling mistakes on a CV, yet they routinely hire people who can hardly count, as they never put the latter skill to the test.

Almost 20 years ago, Gordon Brown, then chancellor of the exchequer, allowed himself to be questioned by a load of kids on television. One of them asked him a great question: what is 13 squared? Quick as a flash, Mr Brown, to the great relief of his advisers, said 169. Back then I wrote a column recommending that all companies routinely ask candidates this most excellent question — and so was delighted when a couple of months ago I met an HR chief of a big company who has been asking just that ever since. The results? He said almost no one knows the answer straight off. But those who quietly work out 13 x 13 in their heads tend to get the job. Those who panic and bluster and “do an Abbott” tend not to.

I have done some jobs that have involved a nodding acquaintance with numbers — in banking, on the Lex column at the FT, and as a non-executive director. Yet never has the selection process involved a test of whether I am any better with figures than the shadow home secretary. It is only now that I have been applying for jobs as a trainee maths and economics teacher that I have been sat down and tested. It was a bit frightening. And a bit sobering. But it is a start.

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