Antonio Basagoiti Arteta

Biografía

La trayectoria de Antonio Basagoiti Arteta, el principal promotor del Banco Hispano Americano, es un paradigma de las carreras de los “indianos” que triunfaron en México.

Un caso de inmigración en cadena fue el de Antonio Basagoiti Arteta, hijo de marino, nacido en Algorta (Gecho, Vizcaya) el 22 de octubre de 1849, que emigró a México en 1864 tras haber cursado estudios en la Escuela de Comercio de Cádiz, ciudad donde eran frecuentes los embarques hacia América. Su esposa, Francisca Ruiz Ibáñez, con la que se casó en Colombres (Asturias) el 18 de septiembre de 1885, y que le daría trece hijos, estaba emparentada con la poderosa familia Ibáñez. En dicha familia destacaba Manuel Ibáñez Posada —tío de la esposa de Basagoiti—, uno de los principales empresarios españoles en México, quien había llegado al país americano a mediados del siglo XIX para trabajar como dependiente en la casa de su paisano Faustino Sobrino. Posteriormente se independizó y forjó un pequeño imperio textil, aunque también poseyó haciendas y explotaciones mineras.

El camino de Basagoiti fue parecido en sus inicios al de Manuel Ibáñez. Empezó trabajando para diversos empresarios de origen español, emigrados con anterioridad, entre los que destacaron los Zaldo y los Aragón. Los hermanos Zaldo provenían de Pradoluengo (Burgos) —un lugar donde abundan los apellidos vascos—. Quien más destacó fue Bruno Zaldo Rivera, el primogénito, nacido en 1836, impulsor en Veracruz de las casas Zaldo Hermanos (1857) y Zaldo Hermanos y Cía. (1868), quien ya era rico cuando se casó en 1869 con su paisana Victoria Arana Villar. El centro del negocio de los Zaldo se situó en el antiguo convento de Santo Domingo, que era considerado el edificio más hermoso de Veracruz. Se trataba de un gran almacén de ropa de todas clases y procedencias. Además, poseían la Fábrica de Hilados y Tejidos de Algodón San Bruno, en las orillas del río de Jalapa, y eran consignatarios de la naviera Pinillos Izquierdo y Cía., de Barcelona. En Veracruz, Basagoiti también entró en contacto con Julián Aragón, natural de Vinuesa (Soria), quien también fue otro de los fundadores del Banco Hispano Americano. Aragón permaneció en Veracruz entre 1876 y 1895, dedicado a la importación de ropa y al giro sobre España y las principales plazas europeas. Julián trabajó solo, luego asociado con su hermano Gregorio y, finalmente, con su sobrino. Su mayor creación fue un gran almacén de ropa ubicado en el antiguo convento de San Agustín. Los hermanos Benjamín y José Oncíns Aragón llevaron la gestión cuando Julián volvió a España.

Tras emparentar con la familia Ibáñez, Basagoiti decidió volcarse en los negocios textiles y, en 1886, se vinculó a Bernardo Roves y Cía., empresa dedicada a la venta de confecciones textiles y propietaria de un almacén de ropa y bonetería conocido como El Nuevo Mundo, en la calle Capuchinas, de la capital, donde se abastecían también otros comerciantes de la provincia. Asociado a Roves, Basagoiti se inició como empresario y fue, sin duda, en la industria textil donde estableció los cimientos de su fortuna en México. Su mayor realización en este campo sería la creación en 1892 de la Compañía Industrial de Hilados, Tejidos y Estampados San Antonio Abad, en la capital, donde tuvo como socios, entre otros, al célebre asturiano de Colombres Íñigo Noriega Laso, junto a sus hermanos, y que pronto llegaría a ser una de las mayores firmas de México; Basagoiti alcanzaría su presidencia en 1899.

Las inversiones de Basagoiti en el textil fueron muy numerosas. Con el mismo grupo que poseía El Nuevo Mundo crearía durante la década de 1890 varias empresas textiles más; entre ellas, La Virgen (1895), establecida en Ciudad de México, con factorías en Michoacán y plantaciones algodoneras en Coahuila. Basagoiti fue consejero de esta sociedad desde sus comienzos, y en 1898 se convirtió en su mayor accionista. Del mismo modo, fue fundador y mayor accionista de la sociedad textil El Salvador (1897), algodonera radicada en Ciudad de México, y de otras denominadas El Príncipe y El Progreso Industrial (inicialmente, una papelera). Asimismo, invirtió en la gran empresa textil lanera La Victoria, y en fábricas de lino en Tajimoroa (Michoacán). Gracias al prestigio conseguido, Manuel Ibáñez Posada y Bernardo Roves terminaron por confiar a Basagoiti la administración de su fortuna, una vez que regresaron a España, y el liderazgo de Basagoiti fue decisivo para aglutinar a los empresarios españoles en torno a la Compañía Industrial de Atlixco (CIASA), fundada en 1899 y propietaria de la “gigante fábrica de Metepec”, la mayor empresa textil del estado de Puebla y una de las mayores del país, con la que pretendieron enfrentarse al poderoso conglomerado textil, de capital franco-mexicano, conocido como Compañía Industrial de Orizaba (CIDOSA).

La diversificación era característica de los empresarios españoles en México. Así, Basagoiti invertiría en La Velocitan, empresa dedicada a trabajar el cuero, y en especial a producir correas transmisoras, tan empleadas entonces en las fábricas movidas a vapor; de esta empresa también fue presidente. Otra empresa en que tomó parte muy activa fue la negociación Agrícola de Xico y Cía., explotación agrícola creada en 1897 en Chalco, al sur de Ciudad de México, la desecación de cuyo lago habían llevado a cabo los hermanos Noriega. También participó Basagoiti en otra empresa de los Noriega, el Ferrocarril México-Puebla, que uniría la mayor parte de las empresas del grupo, ya que pasaba por Chalco y Metepec. En 1899, Basagoiti se uniría a los Zaldo para fundar la Tabacalera Mexicana, fruto de la fusión de otras empresas más pequeñas. Por último, sabemos también que Basagoiti participó en la Compañía Minera La Azteca y, sobre todo, el 5 de mayo de 1900, en la creación de la importante compañía siderúrgica Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey (Fundidora Monterrey), cuyo capital fue de 10 millones de pesos, de los cuales Basagoiti aportó el mayor porcentaje —21,5%—, siendo el resto invertido por capitalistas de procedencias muy diversas, entre los que sobresalían León Signoret, Eugenio Kelly, Patricio Milmo y Vicente Ferrara junto a su familia. Fundidora sería la más grande siderurgia existente en América Latina hasta los años Cuarenta del siglo XX.

Pero, además de comerciante e industrial, Basagoiti fue también banquero, algo que, por otra parte, era frecuente en la colonia española. Sabemos que tuvo casa de banca en su propio domicilio mexicano (calle Capuchinas, 2 1/2), Antonio Basagoiti y Cía., que se inició como sucesora de Manuel Ibáñez y Cía., y que en 1898-1899 pasó a denominarse Basagoiti, Zaldo y Cía. En ese momento, la casa Zaldo ya no estaba bajo el control de Bruno Zaldo, sino de su sobrino Anselmo Román Zaldo, pues en 1892 así lo había decidido el patriarca al sentir que con 56 años había llegado el momento de regresar a su añorada patria. Román Zaldo cumplió bien su cometido y fue uno de los principales impulsores del Banco Mercantil de Veracruz (1897). Por su parte, Bruno Zaldo se instaló en Madrid, ciudad donde ya había participado en negocios con anterioridad, como los de La Cerámica Madrileña o los de Cárcel Modelo, con la que empezó la reforma penal en España, ambos iniciados en 1877. En Madrid, Bruno Zaldo habitaría los palacios que le construyó el célebre arquitecto Eduardo Adaro en el exclusivo barrio de los Jerónimos, pero no olvidó hacer cuantiosas donaciones a su lugar natal, Pradoluengo, como fueron las importantes ayudas concedidas al Hospital-Asilo de San Dionisio.

En 1886, Antonio Basagoiti fue nombrado suplente en el consejo de administración del Banco Nacional de México. Este banco, donde sin duda Basagoiti obtuvo gran parte de su formación como banquero, fue el resultado de la fusión, en 1884, del Banco Nacional Mexicano y el Banco Mercantil Mexicano. Ambos bancos, que habían nacido dos años antes, tenían un fuerte contingente de accionistas extranjeros, mayoritariamente franceses en el Nacional Mexicano y españoles en el Mercantil. En este último figuraban personas y entidades estrechamente relacionadas con Basagoiti. La agencia del Banco Mercantil en Morelia (Michoacán) estaba desempeñada por J. Basagoiti y Cía., la sociedad de Juan Basagoiti, propietario de la empresa textil michoacana La Unión y pariente de Antonio Basagoiti. En el primer consejo de administración del Banco Mercantil o entre sus mayores accionistas figuraron o estuvieron representadas estas y otras personas también afines a Basagoiti, como los Zaldo o los Noriega.

Nada tiene de extraño, por tanto, que Basagoiti entrara pronto como consejero suplente en el consejo de administración del Banco Nacional de México, que entre 1889 y 1909 fuera ya consejero propietario, y que contara con algunos de sus socios de México, como los Ibáñez o los Zaldo, a la hora de constituir el consejo de administración del Banco Hispano Americano. Por las actas del consejo de administración del Banco Nacional de México sabemos que viajó frecuentemente a España en el período inmediatamente anterior a la fundación del Hispano. La última ausencia de México, de más de un año, debió emplearse en planear este asunto. La reunión definitiva para la creación de la nueva entidad tuvo lugar en el domicilio de Basagoiti en Madrid el 16 de junio de 1900.

Una vez firmada la escritura de constitución del Banco Hispano Americano, el 25 de octubre de 1900, y designado el consejo de administración, cuya presidencia ocupaba y cuya vicepresidencia recaía en su amigo y socio de tantos años, Bruno Zaldo, Antonio Basagoiti consideró cumplida su misión fundacional. Zaldo quedaba en Madrid para ejercer la presidencia en funciones —era hombre de prestigio como lo prueba el que en 1904 participara en la creación de Unión Alcoholera Española y fuera elegido diputado por el Partido Liberal en 1905 y 1907, pasando ese año a ser senador a la vez que recibía la Gran Cruz de Isabel la Católica— y la mayoría del consejo de administración era de su confianza. Basagoiti podía, con justificada tranquilidad, volver a ocuparse de sus numerosos asuntos de México mientras sus compañeros del consejo de administración preparaban la inauguración oficial del Banco Hispano Americano, que tuvo lugar el 2 de enero de 1901.

Con lo dicho hasta ahora, no debe sorprender que Basagoiti haya sido considerado el banquero privado e industrial más destacado en México a fines del siglo XIX. Se dice que, durante muchos años, el ritmo de trabajo que se impuso a sí mismo le llevó a dormir dos horas diarias: sentado en una butaca, sujetaba un cigarro puro encendido y dormía hasta que éste se consumía y le quemaba la mano. Un artículo publicado el 30 de diciembre de 1899 en la Revista Teatral, Literaria, Científica, de Bellas Artes y Espectáculos, de Cádiz, puso de manifiesto cómo había conseguido su influencia a través de la canalización de inversiones realizada con su casa de banca, es decir, actuando como banquero de negocios (investment banker): “Bien puede decirse que la casa de banca que allí, en la tierra de Moctezuma, ocupa el primer puesto es la suya, debido principalmente a lo extenso de sus relaciones, a las garantías que ofrece y a la prontitud con que efectúa todas sus operaciones”. Su prestigio y popularidad le llevaron a presidir el Casino Español en Ciudad de México. Esta institución, que poseía una hermosa sede en la calle del Espíritu Santo, era la más antigua de las sociedades de recreo y contribuyó mucho a fomentar las relaciones con España, demostrando en diferentes ocasiones su generosidad. Por ejemplo, durante la crisis colonial de 1898 allí se recaudó dinero para construir un cañonero, que se terminó finalmente en los astilleros de Cádiz. Como reconocimiento por esta labor, la regente María Cristina concedió a Basagoiti el título de marqués de Algorta, pero éste lo rechazó aduciendo que se había tratado de un acto colectivo (en Algorta, sin embargo, la calle Mayor se llama desde 1897 Avenida Antonio Basagoiti, en agradecimiento por las gestiones que éste realizó ante el Gobierno para impedir una catástrofe urbanística que se avecinaba).

En cierto sentido, Basagoiti tenía razón: el éxito empresarial de los españoles en América Latina, dada la importancia de las relaciones y el parentesco, fue siempre un acto colectivo. Además, aún le quedaba por delante a Basagoiti una importante singladura empresarial en España, como era la promoción del Banco Hispano Americano al liderazgo del sistema bancario, algo a lo que dedicaría el resto de su vida y que expondremos a continuación. La dedicación a esta empresa hizo que en 1903-1904 se traspasara su casa de banca mexicana a los asturianos Joaquín Ibáñez y Adolfo Prieto, quienes la continuarían como Ibáñez y Prieto, Sucesores de A. Basagoiti. Cuando dicha casa de banca desapareció, en 1914, poseía la mitad del capital de Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey. El motivo de la desaparición de la casa es que el prestigio de Antonio Basagoiti en México empezaba a resentirse y sólo completamente independizado Adolfo Prieto podría seguir al frente de Fundidora. La revolución supuso grandes problemas para los españoles —entre ellos, de forma destacada, para Bruno Zaldo que moriría en 1916 con su patrimonio muy menguado— que habían prosperado bajo el Porfiriato y se equivocaron al apoyar al general Victoriano Huerta frente a Francisco Madero. La española fue la única colonia extranjera rápidamente identificada con la contrarrevolución. Afortunadamente para Basagoiti, sus principales negocios estaban para entonces en la otra orilla del Atlántico; desde julio de 1909 no había vuelto a pisar la tierra que hizo posible el despertar de sus capacidades empresariales.

La fundación del Banco Hispano Americano en el Madrid de 1900 constituyó un hito muy importante en la historia financiera española. Fue la primera entidad privada creada con capital enteramente español que surgió con voluntad de ser un moderno banco de depósitos extendido por todo el territorio nacional. Los primeros estatutos, y hasta la misma denominación del banco, hacen referencia a las preocupaciones de los fundadores, vascos y asturianos que habían demostrado sus capacidades empresariales en México y Cuba y consideraban que, tras la crisis colonial de 1898, había llegado el momento de la repatriación, por más que se resistieran a romper los lazos que les unían con el otro lado del Atlántico. La temprana apertura de la sucursal de Barcelona hay que entenderla en este contexto, pero la decisión de abrir otras en Málaga (diciembre de 1905) y, luego, en Granada, Zaragoza, Sevilla y La Coruña pone de manifiesto cómo Antonio Basagoiti y sus colaboradores pronto descubrieron las enormes posibilidades que encerraba el mercado bancario español, que se encontraba casi virgen en regiones tan populosas e importantes como Andalucía. Los datos disponibles nos llevan a pensar que, con esta expansión, el objeto del banco era desarrollar el negocio a nivel local, sin pretender todavía la recolocación interregional de los recursos recibidos.

A nivel organizativo, el Banco Hispano Americano en esta etapa fue conducido como una empresa familiar. Las comisiones delegadas del consejo de administración asumieron todos los poderes, y el director gerente quedó reducido a mero intermediario entre los directivos de las oficinas y las citadas comisiones. Un temprano intento de descentralización en la sucursal de Barcelona fracasó y disuadió al consejo de administración de nuevos experimentos en este sentido. Los únicos rasgos de modernidad residían en el sistema de contabilidad interna y en la retribución en función de resultados que se aplicaba a directores y apoderados.

Poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, el Banco Hispano Americano tuvo que soportar una crisis de confianza, provocada por rumores malintencionados que hablaban de su excesiva implicación en los asuntos de México, país sacudido desde 1910 por una revolución. El problema pudo resolverse gracias a la intervención del Banco de España que ejerció, por primera vez en su historia, como prestamista de último recurso, aunque tarde (la crisis se había iniciado el 10 de diciembre de 1913, con una retirada masiva de depósitos, y hasta el 8 de enero de 1914 no se hizo efectiva la ayuda del banco central) y exigiendo garantías desproporcionadas (el aval solidario de todos los consejeros, titulares y suplentes). La rápida y feliz recuperación del Banco Hispano Americano demostró que la entidad se encontraba sana y con fuerzas para encarar su desarrollo a largo plazo.

La entidad de crédito salió reforzada de la crisis de 1913, que tuvo dos consecuencias positivas: indujo a practicar una política conservadora que fue muy útil para mantener al banco, durante el auge de la economía española en la Primera Guerra Mundial, al margen de las operaciones excesivamente arriesgadas que emprendieron otras entidades; y abrió el camino a una reorganización que otorgó mayores competencias a los directivos profesionales. En 1929, con el nombramiento de Andrés Moreno García como director general, el Banco Hispano Americano se convirtió en una “empresa moderna”, es decir, gerencial y descentralizada, tal como caracterizó Alfred D. Chandler a este tipo de empresas. Antonio Basagoiti Arteta, que fallecería el 8 de mayo de 1933, sabía que eso limitaría las atribuciones de los propietarios del banco, pero resultaba inevitable si éste quería perpetuarse y prolongar la ardua tarea que él y sus colaboradores habían emprendido con el inicio del siglo.

En la Memoria de 1933 se dice expresamente que la labor de Basagoiti había sido uno de los “más sólidos cimientos” de la institución cuya presidencia había ocupado ininterrumpidamente desde el principio. Para sustituirle en el cargo fue nombrado otro ilustre fundador, Luis Ibáñez Posada, que venía ocupando el cargo de vicepresidente, quien falleció poco después, el 17 de enero de 1935. En la Memoria del Banco Hispano Americano de 1934 se indica que con él se iba para siempre el último de los cuatro principales fundadores del banco (los otros habían sido Antonio Basagoiti, Bruno Zaldo y el asturiano Florencio Rodríguez, fundador también del Banco de Gijón, fallecido en 1906). A todos ellos se dedicó un sentido recuerdo, pues “sus valiosas enseñanzas han sido y serán en lo futuro la mejor guía de nuestra actuación”. En 1933 se instituyó el Premio Antonio Basagoiti, que sería llamado desde 1935 Premio de los Fundadores, para distinguir a los alumnos más aplicados de la academia que había creado el banco, en 1932, para facilitar el trasvase del escalafón de empleados al de jefes o funcionarios, ofreciendo posibilidades formativas en la profesión bancaria imposibles de encontrar en ninguna otra institución pública o privada del momento.

José Luis García Ruiz (Universidad Complutense de Madrid), miembro de la Asociación Española de Historia Económica.

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