Arthur Lewis – Premio Nobel de Economía de 1979

El Nobel de 1979 fue compartido por Arthur Lewis y Theodore Schultz, ambos estudiosos de los problemas de los países en vías de desarrollo y con un especial interés por el análisis del sector agrario.

Lewis era natural de Santa Lucía, una pequeña isla caribeña que accedió a la independencia de la Mancomunidad Británica de Naciones asociadas con el Reino Unido en 1979, el mismo año en el que concedieron el Nobel a su ilustre ciudadano. La población actual de este pequeño país asociado a la Commonwealth es de 170.000 habitantes y tiene el prestigioso récord de tener el mayor número de premios Nobel por kilómetro cuadrado del mundo. Tres lustros antes, en 1963, la reina Isabel II de Inglaterra le nombró caballero, con apenas 48 años, algo también insólito, por tratarse uno de sus súbditos de raza negra.

Según decía el propio Lewis, él había sido el primero en muchas cosas. El primer alumno negro becado por la London School of Economics, el primer profesor negro de la Universidad de Manchester y el primer, y hasta ahora el único, Nobel de Economía de raza negra.

El modelo centro-periferia

Lewis desarrolló un esquema que tuvo en su día una enorme repercusión y encumbró su nombre hasta lo más alto de la profesión. Cuarenta años más tarde el modelo no despierta tanto entusiasmo, pero la elegancia de su planteamiento fascinó a los economistas de la época, que adoptaron la fórmula de la economía dual como la mejor explicación para justificar el escaso desarrollo de algunas naciones.

El modelo que establece Lewis divide el mundo en dos grupos de países, los dinámicos, con un rápido crecimiento y una creciente acumulación de riqueza, que constituyen el centro del sistema, y la periferia, formada por el resto de las naciones, que viven en un régimen de economía cercano al de subsistencia, con la mayoría de su población empleada en la agricultura y anclada en un estancamiento secular. Es como si existiesen dos economías que funcionaban cada una por su cuenta, una que se había subido al ascensor- la metáfora es del propio Lewis- mientras la otra se hubiese quedado abajo y sin saber siquiera para qué sirve un ascensor.

Sin embargo, ambos tipos de sociedades no forman compartimentos estancos, pues el modelo supone que la abundante población de la periferia ofrecerá una oferta ilimitada de trabajo al centro, que éste aprovechará para que los salarios no suban dentro de su área de actuación. Esta aportación continua de trabajo con estabilidad de precios, hace que aumente la producción del centro, así como la renta y los beneficios de sus empresas, con lo que se produce un círculo virtuoso de crecimiento y bienestar en dichos países, que aumenta cada vez más la brecha que les separa de los periféricos.

La emigración hacia la economía urbana forma parte de la sangría y el desarraigo que produce esta economía dual, consolidando una explotación que es difícil de reconvertir en una colaboración de mutua conveniencia. Se supone que esta dinámica podría atemperarse si los países ricos ayudasen a los pobres a través del comercio internacional, es decir, si les comprasen sus productos, casi todos agrarios, a unos precios convenientes, en lugar de defender sus sectores primarios con aranceles y subvenciones. Sin embargo, el panorama se entristece aún más cuando se contempla el segundo fenómeno que denuncia Lewis como causa de la perpetuación del esquema dual. Se refiere a la desfavorable RRI (Relación Real de Intercambio) que sufren los países pobres.

La relación real de intercambio

El hecho de que los productos agrarios, que son los únicos que pueden exportar los países pobres, sean ofrecidos por demasiados productores y en demasiadas cantidades, hace que sus precios permanezcan bajos, mientras que los productos sofisticados, fruto del desarrollo tecnológico y de la intensa capitalización que requiere su fabricación, son cada vez más apetecidos e incrementan relativamente su precio, es decir, la relación de intercambio real, no disfrazada por manipulaciones monetarias, actúa en contra de los países más necesitados. Dicho de otra manera, se produce demasiado café y demasiados plátanos baratos, mientras que se fabrican pocas máquinas caras, porque los bananeros que las necesitarían para modificar su estatus no las pueden comprar.

Debido a estos factores, concluye Lewis, el comercio internacional ofrece pocas esperanzas a los países en vías de desarrollo. Proponía en consecuencia que fuese el sector público el que abordase la modernización del país. Su receta señalaba que mientras los economistas del siglo XIX proponían que los mercados solucionasen las imperfecciones del gobierno, los del siglo XX aconsejen a estos países retrasados que sean los gobiernos los que corrijan las “injusticias” de los mercados. Una propuesta heterodoxa en favor de la intervención del sector público como motor y desatascador del círculo vicioso del subdesarrollo.

En sus últimos escritos reconocía que sus bienintencionadas recomendaciones chocaban demasiadas veces con los intereses de las élites dominantes, que frenaban activamente la modernización de sus países por miedo a perder el control del poder.

Para conocer un poco más a fondo sobre cada uno de los galardonados recuerda que puedes consultarlo todo en el libro ‘Una corona de laurel naranja’ o entrando al siguiente blog.

José Carlos Gómez Borrero

Disfruta de más contenido 

Actualiza tu navegador

Esta versión de tu navegador no permite visualizar correctamente la página. Para que tengas una buena experiencia y mejor seguridad, por favor descarga cualquiera de los siguientes navegadores: Chrome, Edge, Mozilla Firefox