Ayudante a las puertas

Ayudante a las puertas

01/02/2013 | Helen Warrell – Financial Times Español

“Estábamos muy entusiasmados con la globalización y no nos quejábamos de su precio, esta fue la frase utilizada por Ed Miliband el pasado junio al referirse a la política de los Laboristas sobre inmigración durante los 13 años en el poder de Tony Blair y Gordon Brown.

El mea culpa del líder del partido Laborista no solo cambió la percepción de su partido sobre los efectos de la migración en la economía del Reino Unido, sino que también alteró el debate nacional sobre el tema.

A pesar de ser un tema que causaba discusiones acaloradas entre las fuerzas políticas había una idea que se mantenía siempre firme: aunque los británicos se preocupaban de los efectos sociales y culturales de la inmigración, coincidían en que tenía un efecto positivo en la economía en general.

Cuando Gordon Brown, el anterior primer ministro, fue cuestionado por su posición pro-inmigración respondió que los inmigrantes habían contribuido con 6 mil millones de libras a la economía. Por su parte los conservadores, entonces en la oposición, tenían problemas para rebatir las repetidas valoraciones de los efectos de la inmigración, que era que más inmigrantes tendían a un mayor crecimiento del PIB.

Pero este argumento, fácil de sostener en épocas de crecimiento, se ha vuelto difícil de defender durante la crisis. A mediados de la década pasada, cuando la entrada a la unión europea de 10 países implicó una migración al Reino Unido de alrededor de 700 mil personas, los laboristas sostuvieron que esto era benéfico porque proveería nueva mano de obra para los puestos de trabajo creados durante la época de crecimiento.

Es ahora, cuando la crisis financiera ha detenido la creación de empleo, que los argumentos anti-inmigración de algunos grupos y el escepticismo de los políticos han ganado relevancia.

Aún antes de la “disculpa” incluida en el discurso del Sr. Miliband, esta tendencia ya estaba en marcha. Cuando la coalición gobernante tomó posesión, dos años después de haber estallado la crisis financiera, inmediatamente los Tories comenzaron a poner medidas para reducir la inmigración de alrededor de 250 mil a menos de 100 mil, de acuerdo con su propuesta electoral.

Su programa político tomó nuevo impulso cuando un grupo de consejeros independientes del gobierno informó que el uso del PIB en el cálculo del efecto que la inmigración producía, daba la “conclusión errónea” de que más inmigración significaba automáticamente algo bueno.

Los economistas también sugirieron que tomar como referencia el PIB per cápita era erróneo, a menos que se excluyera a los mismos inmigrantes de su cálculo, ya que tendían a ganar más que los residentes nativos.

A los pocos meses de hacerse pública esta investigación, el líder laborista decidió que era el momento para que su partido reflejara el cambio de percepción de la gente sobre la inmigración. El Sr. Miliband dijo en una reunión en Londres: “Enfocándonos demasiado en el efecto en el crecimiento de la economía como resultado de la globalización y la inmigración, nos olvidamos de quiénes eran los que se beneficiaban de ese crecimiento, y quiénes salían perdiendo”, y agregó “a aquellos perjudicados, los laboristas les decía ‘tómenlo o déjenlo’”.

Según Martin Ruhs, ex-director del Observatorio sobre Migración de Oxford, y miembro del Comité de consejeros sobre Migración del gobierno, este cambio de perspectiva refleja una comprensión más amplia de que los intentos anteriores de cuantificar los efectos de la inmigración han sido simplistas.

Y agrega, “La mayoría de los análisis internacionales sugieren que los efectos de la inmigración tienden a ser positivos pero pequeños… El problema con la mayor parte del impacto medido por los análisis es que es incompleto, especialmente en el Reino Unido no ha habido investigaciones que midan el efecto de la inmigración en la innovación y el incremento de la productividad. A la vez que se argumenta que la inmigración produce ‘una congestión’ en áreas como el transporte y los servicios públicos”.

Una de las principales revelaciones del Comité es que la presión de los inmigrantes en los servicios públicos debería de alguna manera ser “monetizada” y agregada al cálculo de su efecto en la economía.

Sin embargo, Jonathan Portes, director del Instituto Nacional de Investigación Social y Económica, dice que la evidencia no muestra que los inmigrantes causen una sobrecarga en servicios como salud, educación y vivienda, lo que preocupa a los votantes y, por extensión, a los políticos.

Portes añade, “Sabemos que la respuesta para la pregunta clave es: los inmigrantes pagan más de lo que obtienen… No tenemos que educarlos ni, necesariamente, se quedarán aquí cuando se jubilen”.

También descarta la sugerencia de que el flujo más concentrado de inmigrantes contribuye a congestionar los centros urbanos, donde los residentes nativos sienten que compiten por los mismos recursos. Y continúa, “La congestión urbana acarrea todo tipo de problemas, pero es mejor que la otra alternativa” refiriéndose a las dificultades que enfrentan países como Letonia, cuya población urbana está disminuyendo.

Visto el cambio de las circunstancias económicas, y el contexto político más de centro-derecha, parece ser que estos argumentos no han sido tomados tan en serio como deberían. Ahora que el gobierno está limitando la inmigración e intentando impulsar el crecimiento en medio de un clima de austeridad, la pregunta es si las actuales políticas, que pondrán un límite a los inmigrantes cualificados, dañan la frágil recuperación económica del Reino Unido.

De acuerdo con los dirigentes empresariales, la respuesta es un definitivo SÍ. Estos dirigentes normalmente se preocupan menos del impacto social de la inmigración que del peligro que tiene el Reino Unido de seguir perdiendo competitividad en un mercado global más competitivo.

Neil Carberry, director del área de empleo y capacitación de la Confederación de la Industria Británica, sabe que permitir a las empresas importar o exportar mano de obra y expertos extranjeros de manera rápida y flexible, es ahora una “demanda crucial”.

Y opina, “Quizás no sea totalmente positivo para el Reino Unido, pero es vital si los británicos quieren seguir siendo vistos como un centro de negocios mundial”.

Aunque sea políticamente incorrecto, es algo a lo que los Laboristas y los Torys se tendrán que enfrentar conforme se acerquen las próximas elecciones. El consenso sobre la inmigración y su nexo con el crecimiento, después de la crisis de 2008, está ahora fuera del campo de los intereses empresariales. Pero podría regresar en 2015 o más adelante.

 

Helper at the gates

01/02/2013 | Helen Warrell – Financial Times English

«We were too dazzled by globalisation and too sanguine about its price.» This was the verdict Ed Miliband gave last June on Labour’s controversial immigration record during its 13 years in power under Tony Blair and Gordon Brown.

The party leader’s mea culpa has not only overturned his party’s perceptions of the effects of migration on the UK economy, but also altered the national debate.

Throughout the heated and often resentful discussions between political parties on this issue, one central assumption has always held firm: even if the British public is concerned about the social or cultural effects of immigration, it has always been thought to have a positive effect on the economy overall.

When Gordon Brown, the former Labour prime minister, was challenged on his pro-immigration stance, he replied that immigrants had contributed £6bn to the economy. Meanwhile the Conservatives, then in opposition, struggled to argue against repeated assessments of the effects of immigration, which found that more migrants tend to mean more GDP growth.

But while this orthodoxy held in the good times, it has been far harder to defend in the bad. Even in the mid-2000s, when the accession of 10 new countries to the European Union led to a surge of roughly 700,000 people moving to the UK, Labour argued that this was a benefit to Britain, providing a new workforce to fill the jobs created in the boom years.

It is only recently that, as the financial crisis has choked the creation of jobs, the arguments of sceptical politicians and anti-immigration campaigners have begun to gain traction.

As a result, even before Mr Miliband made his apologetic speech, the wheels were already in motion. As the coalition took office, two years after the financial crisis first hit, the Tories immediately began a radical series of measures to reduce net migration from more than a quarter of a million to fewer than 100,000, in line with their election pledge.

Their political rationale gained a significant boost when the government’s independent advisers reported that the use of GDP in calculations of the effect of migration produced the «odd conclusion» that more immigration is automatically a good thing.

The economists also suggested that even looking at GDP per capita was misleading unless you excluded the immigrants themselves from this sum, as they tend to gain more from coming to the UK than the country’s existing residents.

Within a few months of this research being published, the Labour leader decided it was time his party reflected the changing public mood. «By focusing too much on globalisation and migration’s impact on growth, we lost sight of who was benefiting from that growthand the people who were being squeezed», Mr Miliband told an audience in central London, adding: «To those who lost out, Labour was too quick to say, ‘like it or lump it’.»

According to Martin Ruhs, former director of the Oxford-based Migration Observatory, and a member of the government’s Migration Advisory Committee, this change of outlook reflects a wider understanding that previous attempts to quantify the effects of migration have been simplistic.

«Most of the international analysis suggests the effects of immigration tend to be positive but fairly small,» he says. «The problem with much of the impact analysis is that it is incomplete – in particular in the UK there hasn’t been any research into how immigration affects innovation and productivity growth. At the same time, there is the argument that immigration produces ‘congestion’ effects in areas such as transport and public services.»

One of the committee’s key findings was that the pressure that immigrants put on public services should somehow be «monetised» and added into the calculation of their effect on the economy.

However Jonathan Portes, director of the National Institute of Economic and Social Research, says the evidence does not show that immigrants cause the sort of drain on services such as health, education and housing about which voters and, by extension, politicians, are anxious.
«We know the answer to the basic question here: that immigrants pay in more than they get out,» Mr Portes says. «For the most part, we don’t have to educate them or necessarily deal with them in retirement.»

He also dismisses the suggestion that heavy migrant inflows contribute to crowded urban centres, where native residents feel they are competing for resources. «Congestion brings all sorts of problems, but it’s better than the alternative,» he says, citing the difficulties faced by countries such as Latvia, where urban populations are falling.

Given the change in economic circumstances, and the right-of-centre political backdrop, these arguments are not likely to be taken as seriously as they once would have been. The question nowas the government is cutting immigration and attempting to kindle growth in a climate of austerity is whether the current policies, including a cap on skilled immigrants, are damaging the UK’s fragile recovery.

The answer, according to business leaders, is most definitely yes. Company bosses are predictably less concerned by the social impacts of immigration than the danger that the UK risks losing out in an increasingly competitive global marketplace.

Neil Carberry, director for employment and skills at the Confederation of British Industry, knows that allowing companies to bring employees or foreign experts in and out of the country quickly and flexibly is now a «critical demand».

«Maybe that isn’t a net positive to the UK, but it is vital if Britain is to be seen as a global business hub,» Mr Carberry says.

Politically unpalatable as this may be, it is something that both Labour and the Tories will have to grapple with as they approach the next election. The consensus on immigration and its link to growth swung away from business’s interests in the aftermath of the 2008 crisis. It could well swing back in 2015 or beyond.

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«FT» and «Financial Times» are trade marks of «The Financial Times Limited».
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of «Financial Times».
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