En busca de los desaparecidos de las oficinas: los cincuentones

En busca de los desaparecidos de las oficinas: los cincuentones

30/05/2016 | Lucy Kellaway – Financial Times Español

El otro día di una charla a un grupo de banqueros de inversión. Hice lo que siempre hago cuando estoy en frente de una audiencia compuesta de empresarios: reviso el público y trato de calcular cuántos hombres hay por cada mujer. Si son abogados jóvenes de la City de Londres, las cifras son más o menos iguales, mientras que cuando se trata de banqueros y asesores financieros de mayor edad, la proporción puede ser de 20 a una.

En aquella tarde la proporción era algo mejor de lo habitual — como 4:1 — pero al mirar a mi alrededor se me ocurrió que no estaba evaluando el tema correcto. La minoría más pequeña no eran las mujeres. Ni siquiera eran las minorías étnicas, ya que se trataba de un congreso global. Eran las personas de más de cincuenta años.

De 200 banqueros sólo pude ver a uno que parecía ser de mi edad — y ése era el jefe ejecutivo. Al caminar de regreso por la City, me fijé en la gente que iba a casa: un mar de viajeros del trabajo de veinte, treinta y cuarenta años. Sólo ocasionalmente pude detectar a un contemporáneo, pasando cabizbajo. Me emocioné por un instante cuando vi a dos personas que parecían tener cerca de 60 años, pero al mirar más de cerca a sus abrigos de colores brillantes y las maletas que arrastraban sobre ruedas supe que eran turistas.

La desaparición de los cincuentones de las oficinas de Londres puede que no sea nada nuevo, pero yo he tardado en notarlo. Eso quizás se deba a que todavía es posible tener más de 55 años y ser periodista en el Financial Times sin sentirse demasiado estrafalario. Es difícil sentirse demasiado expuesto cuando el mejor y más valioso columnista del FT tiene 10 años más que yo.

Lo mismo no es cierto en otros sectores de nuestro negocio. La semana pasada hubo una alarma de fuego en la oficina y me fijé en la serpiente humana de los departamentos comerciales que descendía por las escaleras. El número de personas de mi edad: cero.

Posiblemente es un caso parecido al de los estudiantes que cada vez lucen más jóvenes, pero no lo creo. Un par de colegas de cincuenta años me aseguran que son las personas de más edad en los trenes que viajan a la City cada mañana desde St Albans y Muswell Hill.

Un amigo que está por cumplir 50 años en una gran empresa de productos de consumo se mantiene callado sobre su edad y espera que nadie se dé cuenta. Cuando fue contratado hace 20 años había muchas personas cerca de los 60 años de edad, a menudo con un asistente personal de su misma edad o mayor. Ahora no ya no hay más asistentes de ninguna edad y los administradores mayormente se jubilan cuando cumplen cuarenta años, después de recibir un cheque gordo por hacerlo.

Los pocos que se aferran a los trabajos corporativos caen en dos campos diminutos: los de más alto nivel, que son jefes ejecutivos o esperan serlo; y los de más bajo nivel, que han logrado hacerse invisibles y han evitado todas las purgas por redundancia.

La eliminación de la vasta montaña de cincuentones de las oficinas de Londres contradice lo que se supone que esté sucediendo: que las personas están trabajando más años, no sólo hasta la edad normal de jubilación pero más allá. En los últimos 10 años o algo así, según las estadísticas, el número de personas en el Reino Unido que trabajan más allá de los 64 años se ha duplicado.

Si los banqueros de inversión, los abogados y los contables son una excepción, no es ni misterioso ni preocupante. Antes de los cincuenta han ganado tanto dinero que no necesitan más, y después de trabajar 25 años a todas horas en ambientes disfuncionales generalmente están hartos. No son víctimas de discriminación por edad sino un producto de cómo funciona el sistema. Han hecho lo más difícil y ahora pueden dedicarse a algo más agradable; o no hacer nada, o un poco de asesoría, o una nueva vida en la fotografía o en el diseño de parques y jardines.

Pero para los del nivel inferior, esto es totalmente desconcertante. ¿Dónde están los cincuentones que antes desempeñaban los trabajos corporativos normales en recursos humanos, o mercadeo, o eventos? ¿Quién los emplea? ¿Recibieron suficiente compensación por redundancia — y tienen suficiente capital en propiedad — para sobrevivir haciendo un poco extra de esto y lo otro?

Hagan lo que hagan, el patrón está a punto de dar marcha atrás, por razones que todos conocemos: las pensiones son peores, la salud es mejor. Si vivimos hasta los 100 años y tenemos que trabajar hasta los 75 para sobrevivir, las grandes empresas tendrán que comenzar a aceptarnos de nuevo. Los cincuentones y sesentones se aferrarán a su trabajo como a su propia vida; o si lo pierden, saldrán a buscar otro — posiblemente por un sueldo más bajo — así que las empresas no tendrán más pretextos por causa de edad para no contratarlos.

Dentro de poco, los departamentos de recursos humanos se estarán riendo del lío que han armado sobre el no problema de cómo satisfacer a la mimada generación del milenio.

¿Motivar a los cincuentones que ya se han hartado de las tonterías de la vida corporativa pero todavía tienen que seguir en la faena por 15 años más? Ésa será la tarea administrativa más difícil que se haya inventado hasta ahora.

In search of the missing office minority — the over-fifties

30/05/2016 | Lucy Kellaway – Financial Times English

The other day I gave a talk to a group of investment bankers. I did what I always do when I’m in front of a business audience: scan the crowd and try to work out how many men there are to every woman. If they are young City of London lawyers, the numbers are usually roughly even, while for senior bankers and financial advisers it can be as bad as one to 20.

On this particular afternoon the ratio was a bit better than usual — about 1:4 — but as I looked around it occurred to me that I was counting the wrong thing. The tiniest minority was not women. It was not even people from ethnic minorities, this being a global conference. It was the over-fifties.

In about 200 bankers I could see only one person who seemed to be my age — and that was the chief executive. As I walked back through the City, I stared at the people going home: a sea of commuters in their twenties, thirties and forties. Only occasionally did I spot a contemporary, sidling past with head down. I briefly got excited when I saw two people who looked about 60, but on closer inspection their brightly coloured anoraks and the suitcases they were wheeling revealed them to be tourists.

The disappearance of fiftysomethings from offices in London may not be new, but I have been slow to notice it. That’s probably because it is still possible to be over 55 and a journalist on the Financial Times without feeling too outlandish. It is hard to feel too exposed when the finest and most valuable columnist on the FT has a good 10 years on you.

The same is not true in other parts of our business. Last week there was a fire alarm in the office and I looked at the human snake of colleagues from the commercial departments shuffling down the stairs. Number of people my age: zero.

Possibly it is just a case of the policemen getting younger, but I don’t think so. A couple of fellow journalists in their fifties assure me that they are the oldest people on their commuter trains from St Albans and Muswell Hill arriving in the City every morning.

A friend who is about to turn 50 in a large consumer products company is keeping quiet about his age and hoping that no one notices him. When he joined 20 years ago there were plenty of people in their late fifties, often with a PA of the same age or older. Now there are no more PAs of any age and the managers mostly slope off in their late forties, having been handed a fat cheque to do so.

The few who hang on in mainstream corporate jobs fall into two tiny camps: the highest flyers, who are either a chief executive or hoping to become one; and the lowest flyers, who have succeeded in making themselves invisible and avoided all rounds of redundancy.

This elimination of the vast rump of fiftysomethings from London’s office spaces is at odds with what is supposed to be happening, which is that people are working longer, not just to a normal retirement age but beyond. In the past 10 years or so, the stats show, the number of people in the UK working beyond 64 years of age has doubled.

If investment bankers, lawyers and accountants are an exception, that is neither puzzling nor worrying. By their late forties they have earned so much money to have no need for more, and after 25 years of working all hours in dysfunctional environments they have generally had enough. They are less victims of ageism than a product of how the system works. They have done the hard graft and can now do something more pleasant with their time — either nothing at all, or a bit of consultancy, or be born again as a photographer or landscape gardener.

But for the next slice down it is utterly baffling. Where are all the fiftysomethings who used to do standard corporate jobs in human resources, or marketing, or events? Who employs them? Did they receive generous enough redundancy payments — and have enough money in property — to get by earning a bit extra here and there?

Whatever they are up to, the pattern must be about to go into reverse, for reasons we all know: pensions are worse, health is better. If we live to 100 and have to work until we are 75 to support ourselves, big companies will have to start taking us back. Fifty- and sixtysomethings will cling to their office jobs for dear life or, if they lose one, will go searching for another — possibly on a lower wage — so that employers will have to stop thinking of ageist excuses not to hire them.

HR departments of large employers will soon laugh at the fuss they have made about the non-problem of how to keep spoilt millennials happy.
Motivating fiftysomethings who have already tired of the nonsense of corporate life but still have to slog on for another 15 years? That is going to be the hardest management task yet invented.


Copyright &copy «The Financial Times Limited«.
«FT» and «Financial Times» are trade marks of «The Financial Times Limited».
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of «Financial Times».

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