¿Cuánto duran las cosas? Obsolescencia programada

¿Cuánto duran las cosas? Obsolescencia programada

25/01/2013 | FxM – Nacho Sainz-Ezquerra

A quién no le ha pasado que habiendo comprado un producto relativamente nuevo se le ha estropeado o ha dejado de funcionar. Y entonces, ¿qué haces? Porque si estudias la alternativa de repararlo, si es que tiene reparación, resulta que supone un mayor coste que comprarse uno nuevo. Pero ¿qué fue de aquellos productos que duraban años y años? Y si dejaban de funcionar, con un simple arreglo que en ocasiones no suponía un gran desembolso de dinero, volvían a estar como nuevos.

Hoy en día existe la idea de que una gran parte de los productos tecnológicos que se compran vienen condicionados por lo que se llama “obsolescencia programada”, pero ¿realmente es esto cierto? Bien es verdad que la teoría tiene cierta lógica. Póngase en la posición de los fabricantes y vendedores. Piense que usted, o mejor dicho su empresa, ha desarrollado y fabricado un producto con una vida útil limitada muy superior a la del resto de competidores. En un primer momento, este producto sería el preferido, vendiéndose de una manera muy fácil entre todos los clientes. De hecho lo más lógico es que a igualdad de precio, el cliente prefiera un producto que le dure mucho más que el resto. Ahora bien, una vez que todos los clientes dispongan de este producto, el número de potenciales clientes sería muy reducido, ya que en el momento en que se tenga el producto no será necesario comprar uno nuevo. Y si a esto le unimos que apenas se estropea, la empresa ya no venderá más, y lo que en principio fue un éxito en la venta, luego se convertirá en un fracaso por la ausencia de dichas ventas.

Otra cosa es si esta forma de negocio es ética o no.

Toda esta idea tiene su origen a principios del siglo XIX con los fabricantes de bombillas. Ellos mismos se dieron cuenta de que si alargaban la vida útil de las mismas, llegaría un momento en que dejarían de ganar dinero con su venta. Por este motivo, los fabricantes más importantes de bombillas se reunieron el 25 de diciembre de 1924 en Ginebra y establecieron un acuerdo denominado Phoebus, en el que se fijaba que las bombillas no tendrían una vida media superior a las 1.000 horas. Dicho acuerdo fue denunciado años más tarde y, aunque al menos en teoría se dejó de aplicar, existen ciertas dudas de que no se encuentre aún en vigor.

Haciendo un inciso, hay que puntualizar que este tipo de acuerdos sólo son posibles en mercados con un fuerte oligopolio, ya que cuando existen pocas empresas que ofrezcan un determinado producto o servicio es posible que lleguen a alianzas entre las mismas. De hecho, las empresas de fabricación de bombillas no son las únicas sobre las que piensa que existen estos acuerdos, sino que pasa lo mismo con las gasolineras y las distribuidoras de combustibles.

Algunos usuarios y clientes están cansados de que sus productos duren tan poco, por lo que se unen en plataformas de usuarios en contra de esta obsolescencia programada para conseguir información de cómo repararlos, ya que esto supone un menor desembolso y un mayor ahorro que la compra de uno nuevo. En ocasiones, ha sucedido que ciertos fabricantes han estudiado la posibilidad de prolongar la vida útil de los productos, pero lo que en principio podía parecer una gran oportunidad de negocio, ha provocado más problemas de los que pensaban.

Pero este excesivo consumo de los bienes genera, además, ingentes cantidades de basura y residuos. Esto supone un problema a priori, puesto que no se sabe si el planeta será capaz de hacer frente a tal cantidad. Este hecho, puede ser incluso una ventaja, ya que a partir de aquí nace un nuevo concepto de negocio, el reciclaje. El objetivo de las empresas pasaría por la utilización de materiales 100% reciclables. Para ello sería necesario que la industria se redirigiera hacia la creación de empresas centradas en la recolección, clasificación, y demás actividades para poder reutilizar los mismos. Esta corriente que se pretende implantar con la utilización de materiales reciclables adquiere el nombre de “cradle to cradle” (de la cuna a la cuna)

En la actualidad existen emprendedores que están convencidos de que existe otra manera de producir.

En otras ocasiones no es la durabilidad del producto la que obliga a su renovación, si no la continua innovación de los mismos. El cliente percibe que si no posee un producto de último diseño, no posee un producto de calidad. Todo ello influenciado por la publicidad y el marketing. La innovación es otro aspecto que va unido a la propia obsolescencia. Hablar de obsolescencia programada, tal y como dice el profesor Javier Morillas “sería como decir que alguien controla la innovación tecnológica”.

Esa innovación tiene un gran peso en la actualidad en cualquier empresa. Continuamente se investiga y se desarrollan nuevos productos a los que tienen que dar salida los fabricantes. Quizás, esta importancia de la innovación puede provocar que los productos se fabriquen con una vida predeterminada, para que de esta manera los clientes tengan que comprar uno nuevo dentro de unos años.

Uno de los ejemplos que nos puede demostrar la durabilidad que podrían llegar a durar ciertos objetos, es la bombilla de un parque de bomberos, concretamente el de Livermore, que lleva encendida desde 1901 y aún no ha dejado de funcionar. O bien el caso de las sondas Voyager que llevan en funcionamiento desde 1977, cuando fueron lanzadas al exterior.

Toda esta teoría tiene sentido en determinados tipos de bienes, pero en otros, como los de lujo, es impensable. ¿Acaso usted tiene conocimiento de que un Ferrari, un Rolex, o cualquier otro bien parecido haya d
ejado de funcionar tras un breve periodo de tiempo; o bien hayan tenido que tirarlos a la basura porque la reparación de los mismos resulta más costosa que la compra de uno nuevo?

Aún así pueden surgir ciertas dudas… ¿Es ciertamente obsolescencia programada o es simple y llanamente el propio desgaste del uso de las cosas? Veamos varios ejemplos. En el caso del sector textil, determinadas prendas de ropa poseen características predefinidas de antemano, esto es, están fabricadas para aguantar un determinado número de lavados, tras los cuales, la prenda empieza a romperse, o bien perder su color original. Dentro de este sector también podríamos entrar a analizar las propias temporadas (primavera, verano, otoño, invierno). El hecho de que en cada temporada se pongan de moda unas u otras prendas de ropa, colores, etc; provoca que lo vendido en la temporada anterior se quede “fuera del mercado”. Entonces, ¿a esto también lo podríamos llamar obsolescencia programada o acaso es el propio hecho del paso del tiempo? Aunque siempre hay excepciones a estas teorías. Piense en los países o regiones geográficas en las que estas temporadas de ropa, propiamente dicho no existen. Este es el caso de los que se encuentran situados en el Ecuador. Aquí siempre se utiliza el mismo tipo de ropa de verano, y si se tiene alguna prenda de invierno, lo más seguro es que dure muchos años.

Otro ejemplo lo podemos encontrar en la comida envasada, aunque en este caso se llama fecha de caducidad. Cualquier alimento tiene un final programado de su vida. Claro, que en este ámbito estamos hablando de los posibles riesgos para la salud que pueda conllevar el propio hecho de comer un alimento sin las condiciones sanitarias adecuadas.

Volviendo al ámbito de la tecnología, pensemos en el sector del automóvil. En los coches antiguos se podía abrir el capó y arreglar lo que se estropeaba, bien fuera una bombilla de los focos, la batería, etc. Hoy en día es casi imposible realizar esta tarea. El propio hecho de que se utilice tanta tecnología, que normalmente se construye y se monta por paquetes, a veces conlleva que el fallo de cualquier elemento implique la sustitución de un conjunto de piezas. Además se requiere de una tan elevada especialización que es necesario la reparación por parte de un técnico. Por tanto, esto hace que se llegue a otra reflexión: puede que no exista la llamada obsolescencia programada, sino que los fabricantes diseñan sus productos para que la reparación por parte del cliente sea prácticamente imposible, de tal manera que los propios fabricantes destinan parte de sus recursos a la especialización por parte del personal para arreglar los productos.

Dentro de los productos tecnológicos también se puede pensar en los ordenadores, televisiones y dispositivos móviles. Y ahora no reflexiono sobre la rotura y reparación, sino por las actualizaciones de programas. Todos conocemos casos en los que se quiere actualizar un programa o una aplicación y, de repente sale un aviso que dice que ese programa no se puede instalar o actualizar en ese sistema por no reunir las características necesarias para su correcto funcionamiento. Es por ello que te están obligando a comprarte un producto nuevo para que puedas utilizar estos programas.

Tras todos estos ejemplos mostrados, dejo varias preguntas para reflexionar:
– ¿Realmente existe la obsolescencia programada?
– ¿Es la propia innovación la que da lugar a la obsolescencia?
– ¿Estamos hablando de lo mismo que antiguamente se llamaba “rotura por desgaste o uso”?
– ¿Nos obligan los fabricantes a renovarnos o es una necesidad inherente al ser humano?

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