Dejemos que los niños construyan un mejor sistema educativo para el mañana

22/12/2014 | Stephen Heppell – Financial Times Español

En general, la educación en el mundo es deficiente. Hay alrededor de 2,2 mil millones de niños en el mundo. Para una buena parte de ellos la educación que necesitan para progresar económicamente, o para convertirse en padres y ciudadanos, es elusiva. Por lo menos 55 millones de ellos, probablemente muchos más, no asisten a ninguna escuela.

Además, 114 de 208 países padecen una “significante” falta de profesores. Con 2,6 millones de los que existen a punto de jubilarse (es un trabajo pesado, “siempre ocupado” en todas partes, según parece), hoy en día el mundo necesita muchos más, algunos calculan que 11 millones o más.

En muchas regiones del mundo el mero hecho de asistir a la escuela es peligroso; en algunos países la educación es vista como algo muy “occidental” y amenazante, o no apta para las niñas. El reciente bombardeo y los secuestros en el norte de Nigeria y el horroroso ametrallamiento de la semana pasada en Pakistán son varios indicios de esto, y no están por terminar en un futuro próximo.

Otros niños se ausentan de la escuela para satisfacer necesidades económicas más apremiantes. Esto no es nuevo, el largo descanso estival en países como los EE. UU. y el Reino Unido (RU) a menudo se dice que fue creado por la necesidad de que los niños pudieran unirse como jornaleros agricultores en la temporada de cosecha.

Sin embargo, a pesar de los miles de millones gastados en proveer de educación alrededor del mundo, la brecha de la desigualdad entre los más ricos y los más pobres apenas se ha reducido en los últimos 30 años, incluso en países como los EE. UU. y el RU.

Es hora de que repensemos de manera adecuada la educación. La tecnología debería haber traído una manera completamente fresca de hacer el aprendizaje mejor. Ha transformado nuestra vida diaria de muchas maneras: las tiendas físicas que en su día fueron tan populares han cerrado mientras las compras on line han aumentado explosivamente; cadenas de restaurantes y cafeterías idénticas, con WiFi gratis, están llenas de ejecutivos vestidos igual realizando micro-reuniones; la información personal sobre nuestra salud es recolectada en relojes inteligentes; los ejércitos terrestres se han trasformado en drones aéreos; y los actuales teléfonos móviles superan a los ordenadores de ayer.

En casi cualquier sitio vemos cómo se logra más con un coste menor y menos esfuerzo cuando la tecnología se hace presente. Pero si el sector educativo ha sido pionero en mucha de la actual über-tecnología – desde lo multimedia hasta las comunidades en línea, desde los ordenadores “BBC micro” en cada aula del RU hasta los chips ARM en cada bolsillo – ¿por qué ha cambiado tan poco en la educación?

La simple adición de la extraordinaria tecnología del siglo 21 a los procesos desarrollados en el siglo 20 no ha mejorado el aprendizaje. De cualquier manera, demasiadas prácticas del pasado existentes todavía están totalmente equivocadas.

Por ejemplo, para la mayoría de nosotros, la escuela es la única ocasión en que estamos reunidos con otros de nuestra misma edad. No hacemos esto en nuestras familias, nuestras orquestas, nuestros equipos deportivos, nuestras oficinas. ¿Una fila de asientos en el cine exclusiva para los de 37 años? Jamás.

Algunos niños de 6 años leen tan bien como la mayoría de 11 años, algunos de 9 años tienen capacidades para las matemáticas iguales a uno de 14 años. Pero aunque la tecnología permite a los niños avanzar, lo que los hace esperar son las actuales estructuras de año y grado, que favorecen la desilusión estudiantil. La capacidad, no la edad, debería ser lo más importante.

¿Y alguna vez has visto leer a los niños? Leen acurrucados, en la cama, en el sofá, en el suelo, en tumbonas. Ningún niño elegiría leer en una dura silla. Y las escuelas están llenas de – caras – sillas que se parecen demasiado a un prototipo perfecto de un instrumento anti-lectura.

Y por supuesto tenemos un problema de lectura en el RU, especialmente entre los niños con entornos en desventaja. El solo hecho de agregar tabletas a esas duras sillas no transformará esa desilusión.

Tenemos la fortuna de contar con una variedad de escuelas en el RU – desde las escuelas de oficios (que trabajan de cerca con los empleados para reducir la brecha en habilidades) y universidades tecnológicas hasta las más familiares academias y escuelas libres, con menor control de las autoridades locales que en el pasado y con más capacidad para elegir sus propios currículos.

Esta variedad significa que tenemos medios para innovar. Pero en muchas escuelas (no en todas, y no sólo en el RU) la tecnología a menudo es detenida en la entrada o llevada a seguir las viejas prácticas. Los teléfonos tienen que apagarse, las redes y YouTube se restringen. La pizarra electrónica del profesor puede ser interactiva – pero demasiado a menudo sigue siendo la pizarra del profesor, no de los alumnos.

Lo que se necesita no es ajustar la tecnología a las prácticas existentes, sino innovación real. Empecemos con lo que puede ser posible y lo que debe ser necesario – el equivalente pedagógico al Google Car – y trabajemos hacia ello.

Necesitaría ser mucho más barato, más atractivo, más compartido y conectado, e inmensamente más efectivo. Necesitará contar con el entusiasmo y el reflejo de los niños apoyándose mutuamente en su aprendizaje, mucho más de lo que el actual sistema permite. Como hemos visto en innumerables proyectos, solicitar a los propios niños el investigar cómo puede mejorarse el aprendizaje los lleva a implicarse de manera convincente, proporcionando algunas ideas realmente efectivas y les ayuda a aprender sobre el aprendizaje. Ellos dan sugerencias reflexionadas e inteligentes sobre cómo pudiera mejorarse, y tienen un interés directo en hacerlo realidad. Es lo que ellos hacen, a diario.

No podemos hacer mejoras sin ellos – ya sea para desarrollar protocolos para el uso de teléfonos en clase, u organizando sistemas de turnos para el uso de Skype que están surgiendo en las escuelas de cualquier sitio.

Simplemente no es posible construir un mejor sistema de aprendizaje para dos mil millones de niños. Pero si empezamos con esa meta, utilizando lo mejor de la tecnología que tenemos y evitamos sistemas y prácticas heredadas, podremos crear un mejor, y completamente diferente aprendizaje para esos niños. ¿Por qué no lo intentamos?

Sabemos lo que es posible, tenemos la tecnología, tenemos muchos niños. Es el momento de hacer algo sorprendente con ambos.

El autor asesora a gobiernos y organizaciones alrededor del mundo en proyectos educativos y proyectos de TI. También dirige la Cátedra Felipe Segovia sobre innovación en aprendizaje en la Universidad Camilo José Cela, en Madrid, y dirige la Cátedra de nuevos medios y sus ambientes en el Centro para la Excelencia en la Práctica en los Medios en la Universidad Bournemouth.

Let children build a better education system for tomorrow

12/22/2014 | Stephen Heppell – Financial Times English

Globally, education is rather broken. Around the world we have some 2.2bn children. For a very large number of them the education they need to move forward economically, or to become parents and citizens, is elusive. At least 55m of them, probably a lot more, have no schooling at all.

Additionally, 114 out of 208 countries have a “significant” shortage of teachers. With 2.6m of the existing ones retiring (it is an exhausting, “always full-on” job everywhere, it seems), the world needs many more today, some estimates say 11m or more.

In many parts of the world the mere act of attending a school is dangerous; in some countries, education is seen as too “western” and threatening, or not for girls. The recent bombing and kidnappings in northern Nigeria and last week’s horrific shootings in Pakistan are indicative of this, and they are not about to stop any time soon.

Other children are absent from school in order to meet more urgent economic needs. This isn’t new, the long summer break in countries such as the US and the UK is often said to have been created by the need to allow children to swell the ranks of agricultural workers at harvest time.

Meanwhile, despite the billions spent on provision of education around the world, the equality gap between the wealthiest and the poorest has barely closed in the past 30 years, not even in countries such as the UK and US.

It is time we rethought education properly. Technology ought to have brought an entirely fresh way to make learning better. It has transformed our daily lives in incalculable ways: once-popular high street shops have closed as online selling has boomed; chains of identical restaurants and coffee shops, with free WiFi connections, are full of identically suited reps in micro-meetings; personal health data are collected on smartwatches; armies on the ground have become drones in the air; and today’s mobile phone outperforms yesterday’s supercomputer.

Almost everywhere we see more being achieved for less cost and less effort as technology makes its mark. So, when the education sector has pioneered so much of our current über-technology – from multimedia to online communities, from BBC micros in every UK classroom to the ARM chips in every pocket – why has so little changed in education?

Simply adding the extraordinary technology of the 21st century to processes developed in the 20th century has not made learning better. Too many of the practices of the past that still exist today are just plain wrong in any case.

For example, for most of us, school is the only time when we are corralled together exclusively with others of the same age. We don’t do this in our families, our orchestras, our sports teams, our offices. A cinema row exclusively for 37-year-olds? Never.

Some 6-year-olds read as well as most 11-year-olds, some 9-year-olds have the mathematical capability of a 14-year-old. But even as technology allows children to accelerate, the existing year and grade structures makes them wait, encouraging student disengagement. Stage, not age, should matter most.

And have you ever watched children reading? They read curled up, on beds, on sofas, on the floor, on sunbeds. No child would choose to read on a hard, upright chair. Yet schools are packed – expensively – with chairs that look pretty much like the perfect prototype for an anti-reading device.

And of course, we have a reading problem in the UK, particularly among children from disadvantaged backgrounds. Simply adding smart tablets to those hard chairs alone won’t transform disengagement.

We are blessed with a host of school types in Britain – from studio schools (which work closely with employers to bridge skills gaps) and University technology colleges to the more familiar academies and free schools, freer from local authority control than in the past and more able to select their own curriculums.

This variety means we have the vehicles to innovate. But at many schools (although by no means for all, and not just in the UK) the technology is often stopped at the gates or bent to the old practices. Phones have to be turned off, networks and YouTube restricted. The teachers’ smartboard might now be interactive – but too often it’s still the teachers’ board, not the pupils’.

What is needed is not to fit the technology to the existing practices, but real innovation. Let’s start with what might be possible and what might be needed – the pedagogic equivalent of the Google Car – and work towards that.

It will need to be a lot cheaper, more engaging, more shared and connected, and hugely more effective. It will need to harness the enthusiasm and reflection of children supporting each other in their learning, far more than the current system allows. As we have seen in countless projects, asking the children themselves to research how learning might be improved produces compelling engagement, provides some really effective ideas and helps them to learn about learning. They have wise, reflective suggestions for how it might be better, and they have a vested interest in making it so. It’s what they do, daily.

We can’t make improvements without them – whether it is evolving protocols for the use of phones in lessons, or organising queueing systems for the Skype bars springing up in schools everywhere.

It’s simply not possible to build better learning for two billion children. But if we start with that goal, using the very best technology we have and sidestep legacy systems and practises, we might create better, and completely different learning with those children. Why shouldn’t we try?

We know what is possible, we have the technology, we have a lot of children. It’s time to do something astonishing with both.

The writer advises governments and organisations around the world on education and other IT projects. He is also the Felipe Segovia chair of learning innovation at Universidad Camilo José Cela, Madrid, and chair in new media environments at the Centre for Excellence in Media Practice at Bournemouth University.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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