Economía conductual y políticas públicas (Parte I)

21/03/2014 | Tim Harford – Financial Times Español

La década pasada ha sido de triunfo para la economía conductual, la mezcla de moda de psicología y economía. Primero se le otorgó el Nobel de Economía 2002 al psicólogo Daniel Kahneman – el hombre que prácticamente creó el campo de estudio de la economía conductual. Se publicaron libros con gran éxito de ventas, el más notable escrito por el mismo Kahneman (Pensar rápido, pensar despacio, 2011) y por su amigo Richard Thaler, coautor de Nudge (2008). La economía conductual parece mucho más atractiva que la economía a secas: cuando el año pasado se otorgó el Nobel a tres economistas, fue Robert Shiller, quien estudia la economía conductual, el que acaparó los titulares.

La economía conductual es una de las ideas más candentes en política pública. El Behavioural Insights Team (BIT) del gobierno británico utiliza esta disciplina para diseñar mejores políticas, y en febrero se semiprivatizó con la misión de aconsejar a gobiernos extranjeros alrededor del mundo. La Casa Blanca anunció el verano pasado la creación de su propio equipo de trabajo sobre economía conductual.

Tan popular es el campo de la economía conductual que ahora es utilizado inadecuadamente como un término para referirse a todo lo que está de moda en las ciencias sociales, desde la narrativa de Malcolm Gladwell, autor de The Tipping Point (2000), hasta las investigaciones empíricas de Steven Levitt, coautor de Freakonomics (2005).

Pero, como con cualquier historia de éxito, las consecuencias negativas han llegado. Los críticos argumentan que este campo está sobredimensionado, es trivial, poco confiable, es una cortina de humo para políticas equivocadas, un callejón sin salida intelectual o quizás todo lo anterior. ¿Será que la economía conductual está lastrada al reflejar las limitaciones de sus progenitores intelectuales, la psicología y la economía? ¿O puede apoyarse en sus fortalezas y ofrecer una poderosa serie de herramientas tanto a los políticos como a los académicos?

Un experimento reciente, diseñado por el BIT, resalta tanto las ventajas como las limitaciones de la nueva disciplina. La prueba estaba diseñada para animar a la gente a apuntarse al registro de donación de órganos. Era algo muy grande; más de un millón de personas que utilizan la página web de la Agencia de licencias para conductores y vehículos eran invitadas a convertirse en donantes de órganos. De ocho mensajes diferentes, se les mostraba aleatoriamente uno. Uno era minimalista, otro hablaba del número de personas que morían mientras esperaban la donación de un órgano, y otro hacía un llamamiento a la reciprocidad – ¿si tú necesitaras un órgano, no querrías que alguien te donara ese órgano?

El BIT ponía especial atención a la idea llamada “prueba social”, hecha famosa hace 30 años por el psicólogo Robert Cialdini en su libro Influencia. Si uno se siente tentado a decir “Si muy poca gente dona sus órganos, necesitamos de manera desesperada tu ayuda para cambiar esto”, la teoría de la prueba social dice que esta es precisamente la manera equivocada de llevarla a cabo. En su lugar, un mensaje persuasivo sugeriría: “Cada día, miles de personas se convierten en donantes de órganos, por favor únete a ellas”. La prueba social describe nuestra tendencia a seguir a la manada; ¿por qué otra razón se marca a los libros como “superventas”?

Esperando que la prueba social fuera efectiva, el experimento del BIT utilizó tres variantes diferentes de un mensaje tipo prueba social, una con un logo, otra con una foto de gente sonriendo, y otra sin imagen. Ninguna de estas tres resultó ser la mejor de las alternativas para persuadir a la gente a convertirse en donante. El mensaje con la fotografía – donde el equipo tenía grandes esperanzas – fue un fracaso, siendo peor que no haber intentado persuadir a nadie.

Señalemos tres cosas aquí. La primera es que es por esto que hacer experimentos es una excelente idea: si no se hubieran probado las otras opciones en un experimento, hubiera sido fácil para los bien intencionados servidores públicos aconsejar aprovechando su autoridad y causar serios daños. El experimento era barato, y ahora se utiliza el mensaje más persuasivo (“¿Si tú necesitases un trasplante de órganos, te lo harías? Si respondes sí, por favor ayuda a otros”), alrededor de 100 mil personas más se espera que se adhieran anualmente al registro de donantes.

La segunda es que hay algo descorazonador acerca de una disciplina en la cual nuestros descubrimientos acerca del pasado no se generalizan fácilmente hacia el futuro. La prueba social es una idea ampliamente aceptada en psicología, pero como demuestra el experimento de donación, no siempre funciona y puede ser difícil de predecir cuándo o por qué.

Este mosaico de resultados sicológicos, en ocasiones frágiles, no invalida a todo el campo de estudio pero complica la labor de convertirlo en políticas prácticas. Hay la percepción de que la economía conductual es solo economía más sentido común – pero como la psicología tampoco es solo sentido común, aplicar psicología a la economía no es una labor sencilla.

La tercera es que el experimento de donantes de órganos tiene poco o nada que ver con la economía conductual, definido de manera estricta. Dice Daniel Kahneman que “Es ampliamente percibido que el Behavioural Insights Team realiza investigaciones de economía conductual”, cuando “En realidad lo que hacen es psicología social”.

 

Behavioural economics and Public Policy (Part I)

03/21/2014 | Tim Harford – Financial Times English

The past decade has been a triumph for behavioural economics, the fashionable cross-breed of psychology and economics. First there was the award in 2002 of the Nobel Memorial Prize in economics to a psychologist, Daniel Kahneman – the man who did as much as anything to create the field of behavioural economics. Bestselling books were launched, most notably by Kahneman himself (Thinking, Fast and Slow , 2011) and by his friend Richard Thaler, co-author of Nudge (2008). behavioural economics seems far sexier than the ordinary sort, too: when last year’s Nobel was shared three ways, it was the behavioural economist Robert Shiller who grabbed all the headlines.

Behavioural economics is one of the hottest ideas in public policy. The UK government’s Behavioural Insights Team (BIT) uses the discipline to craft better policies, and in February was part-privatised with a mission to advise governments around the world. The White House announced its own behavioural insights team last summer.

So popular is the field that behavioural economics is now often misapplied as a catch-all term to refer to almost anything that’s cool in popular social science, from the storycraft of Malcolm Gladwell, author of The Tipping Point (2000), to the empirical investigations of Steven Levitt, co-author of Freakonomics (2005).

Yet, as with any success story, the backlash has begun. Critics argue that the field is overhyped, trivial, unreliable, a smokescreen for bad policy, an intellectual dead-end – or possibly all of the above. Is behavioural economics doomed to reflect the limitations of its intellectual parents, psychology and economics? Or can it build on their strengths and offer a powerful set of tools for policy makers and academics alike?

A recent experiment designed by BIT highlights both the opportunity and the limitations of the new discipline. The trial was designed to encourage people to sign up for the Organ Donor Register. It was huge; more than a million people using the Driver and Vehicle Licensing Agency website were shown a webpage inviting them to become an organ donor. One of eight different messages was displayed at random. One was minimalist, another spoke of the number of people who die while awaiting donations, yet another appealed to the idea of reciprocity – if you needed an organ, wouldn’t you want someone to donate an organ to you?

BIT devoted particular attention to an idea called “social proof”, made famous 30 years ago by psychologist Robert Cialdini’s book Influence. While one might be tempted to say, “Too few people are donating their organs, we desperately need your help to change that”, the theory of social proof says that’s precisely the wrong thing to do. Instead, the persuasive message will suggest: “Every day, thousands of people sign up to be donors, please join them.” Social proof describes our tendency to run with the herd; why else are books marketed as “bestsellers”?

Expecting social proof to be effective, the BIT trial used three different variants of a social proof message, one with a logo, one with a photo of smiling people, and one unadorned. None of these approaches was as successful as the best alternatives at persuading people to sign up as donors. The message with the photograph – for which the teams had high hopes – was a flop, proving worse than no attempt at persuasion at all.

Three points should be made here. The first is that this is exactly why running trials is an excellent idea: had the rival approaches not been tested with an experiment, it would have been easy for well-meaning civil servants acting on authoritative advice to have done serious harm. The trial was inexpensive, and now that the most persuasive message is in use (“If you needed an organ transplant, would you have one? If so, please help others”), roughly 100,000 additional people can be expected to sign up for the donor register each year.

The second point is that there is something unnerving about a discipline in which our discoveries about the past do not easily generalise to the future. Social proof is a widely accepted idea in psychology but, as the donor experiment shows, it does not always apply and it can be hard to predict when or why.

This patchwork of sometimes-fragile psychological results hardly invalidates the whole field but complicates the business of making practical policy. There is a sense that behavioural economics is just regular economics plus common sense – but since psychology isn’t mere common sense either, applying psychological lessons to economics is not a simple task.

The third point is that the organ donor experiment has little or nothing to do with behavioural economics, strictly defined. “The Behavioural Insights Team is widely perceived as doing behavioural economics,” says Daniel Kahneman. “They are actually doing social psychology.”

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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