Economistas: No existe tal cosa llamada "enfoque económico"

Economistas: No existe tal cosa llamada «enfoque económico»

14/01/2014 | John Kay – Financial Times Español

Hace cuarenta años, el economista de Chicago Gary Becker escribió un ensayo describiendo ‘el enfoque económico del comportamiento humano’. Desde su punto de vista, ‘la combinación del comportamiento maximizador, el equilibrio de mercado y las preferencias estables, utilizadas a toda hora, son la base del enfoque económico’. Y agregó: ‘el enfoque económico abarca todo y es aplicable a todos los comportamientos humanos’. Su propio trabajo incluyó un análisis económico de la vida familiar. En 1992 recibió el premio Nobel en economía por ‘haber extendido el área de análisis de la microeconomía a un amplio rango del comportamiento humano’.

La afirmación del profesor Becker puede parecer extremista. Pero el Journal of Political economy publicado en Chicago ha difundido artículos explicando, por ejemplo, que la gente se suicida cuando el valor total presente de su utilidad futura es negativo. (Esto llevó a un futuro gobernador de la Reserva Federal a escribir una exasperada respuesta que trataba de la economía del cepillado de dientes).

La descripción del ‘enfoque económico’ que hace el profesor Becker es una buena caracterización del paradigma dominante en la economía moderna. La cual tiende a desacreditar como análisis ‘no científico’ aquello que no investiga las propiedades de equilibrio que se establecen entre los agentes que hacen elecciones racionales. También es punto de inicio para los críticos de la economía moderna, quienes señalan que la gente no siempre maximiza, las preferencias no son estables y los mercados tienden al desequilibrio. Estas objeciones no están bien fundadas. Nuestras motivaciones son complejas, nuestro comportamiento a veces es impredecible y los mercados a menudo no están en equilibrio. Pero estas críticas superficiales no atinan a identificar el problema real de este enfoque.

Hay muchas situaciones donde los supuestos que el profesor Becker describe proveen conclusiones útiles, aunque la vida familiar y el suicido probablemente no estén entre ellas. Si hay control sobre los alquileres, los arrendatarios continuarán con las mismas preferencias en cuanto a vivienda y los potenciales caseros continuarán buscando obtener ganancias de su inversión. Los arrendatarios que buscan la mejor relación calidad-precio mantendrán o incrementarán la demanda, mientras que los caseros que buscan un mayor beneficio reducirán la oferta. Un nuevo equilibrio en el mercado de alquiler dejará menos viviendas disponibles para alquilar, y una fila de gente queriendo ocupar las viviendas que escaparán a su presupuesto. Y hay bastante evidencia empírica de que esto es lo que ha sucedido.

Por otro lado, aplicar los supuestos del comportamiento maximizador, preferencias estables y equilibrio de mercado a los precios de las acciones lleva al modelo de valoración de activos financieros (CAPM). Este modelo da propuestas contra intuitivas; por ejemplo, que los inversores requieren tasas de ganancias bajas en los proyectos que incluyen riesgos idiosincráticos que son particulares a cada proyecto, como el desarrollo de una nueva tecnología; y altas tasas de ganancia en inversiones al invertir en un portafolio con un amplio abanico de acciones. Este es el tipo de test empírico que buscan los científicos de la tradición falsificadora Popperiana, y el resultado es claro; lo predicho no resulta ser verdadero. Es lo que uno pudiera pensar que llevaría al CAPM al cesto de la basura de la historia científica. Pero no ha sido así; el modelo sigue siendo básico para la economía financiera moderna.

Para entender el por qué, analicemos las extrañas palabras citadas al otorgar el premio Nobel al profesor Becker. Se le otorgó porque: “amplió el dominio del análisis microeconómico”, no porque aportara nuevas soluciones que surgieran de esa ampliación; por la aplicación de la técnica, no por la solución de un problema empírico.

El modelo sigue de moda, no porque sus respuestas sean las correctas sino porque son innegables, y quienes lo apoyan le dan más importancia a la universalidad que a la relevancia. Si uno critica sus aplicaciones será cuestionado acerca de la teoría alterna que propone. Pero no hay obligación para responder. La alternativa no es otra teoría del comportamiento que abarque todo sino la visión pragmática que reconozca que las explicaciones apropiadas son para un contexto específico.

La verdadera debilidad que hay en la afirmación del profesor Becker es decir que hay tal cosa como “el enfoque económico”. La economía no es un método sino un sujeto –uno definido por los problemas a los que se decide enfrentar no por las técnicas que utiliza. A un hombre con un martillo todo le parece un clavo: pero la persona que es práctica y que cuida su casa tiene una caja de herramientas, y selecciona la apropiada para cada tarea. Como decía John Maynard Keynes, utilizar la economía correctamente se parece más a la plomería o a la odontología que a la física.

Economists: there is no such thing as the «economic approach»

01/14/2014 | John Kay – Financial Times English

Forty years ago, Chicago economist Gary Becker wrote an
essay
describing «the economic approach to human behaviour». In his view, «the combined assumptions of maximising behaviour, market equilibrium and stable preferences, used relentlessly and unflinchingly, form the heart of the economic approach». He went on to claim: «The economic approach is a comprehensive one that is applicable to all human behaviour.» His own work included an economic analysis of family life. In 1992, he was awarded the Nobel Prize in economics for «having extended the domain of microeconomic analysis to a wide range of human behaviour».

Professor Becker’s expression may seem somewhat extreme. But the Chicago-published Journal of Political economy has carried articles explaining, for example, that people commit suicide when the net present value of their future utility is negative. (This prompted a future Federal Reserve governor to pen an exasperated response on the economics of brushing teeth.)

Prof Becker’s description of «the economic approach» is a fair characterisation of the dominant paradigm in modern economics. This tends to decry as «unscientific» analysis that does not investigate the properties of equilibria established by agents engaged in rational choice. It is also a starting point for critics of modern economics, who point out that people do not always maximise, preferences are not stable and markets are often out of equilibrium. These objections are well founded. Our motivations are complex, our behaviour sometimes unpredictable and markets rarely achieve equilibrium. Yet such superficial criticism fails to identify the real problem in this approach.

There are many situations where the assumptions Prof Becker describes provide useful conclusions, though family life and suicide are probably not among them. If rents are controlled, tenants still have much the same preferences in housing and potential landlords will still be looking for investment returns. Maximising tenants will maintain or increase demand, while maximising landlords will reduce supply. A new equilibrium in the housing market would leave fewer houses available to let, and a queue of people wanting to occupy houses at prevailing rents but unable to do so. And there is a good deal of empirical evidence that this is indeed what has happened.

On the other hand, applying the assumptions of maximising behaviour, stable preferences and market equilibrium to the prices of stocks leads to the capital asset pricing model. This model yields counter-intuitive propositions; for example, that investors will require lower rates of return for projects involving idiosyncratic risk that is project specific, such as developing a new technology; and higher returns to invest in a broad portfolio of diversified assets. This is just the sort of empirical test that a scientist in the Popperian falsificationist tradition seeks, and the result is clear; the prediction does not appear to be true. That, one might think, would consign the CAPM to the dustbin of scientific history. But it has not; the model remains central to modern financial economics.

To understand why, parse the strange words of the citation for Prof Becker’s Nobel Prize. It was awarded for: «extending the domain of microeconomic analysis», rather than for any new insights that emerged from that extension; for the application of technique, not for the solution to an empirical problem.

The model remains in vogue, not because its answers are right but because they are unequivocal, and supporters attach more importance to universality than to relevance. If you criticise its applications, you will be asked what theory you would use instead. But there is no obligation to answer. The alternative is not some other all-encompassing theory of human behaviour but a pragmatic view recognising that explanations are appropriately context specific.

The real weakness in Prof Becker’s statement, then, is its assertion that there is such a thing as «the economic approach». Economics is not a method but a subject – one defined by the problems it sets out to tackle not the techniques it uses. To a man with a hammer, everything looks like a nail: but the person useful about the house has a toolbox, and selects the implement appropriate to the task. As John Maynard Keynes observed, economics properly conducted is closer to plumbing or dentistry than physics.

Copyright &copy «The Financial Times Limited«.
«FT» and «Financial Times» are trade marks of «The Financial Times Limited».
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