El divorcio puede estimular las carreras profesionales

26/10/2015 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Financial Times Español

Cuando has perdido una parte de tu seguridad financiera cada cheque de tu sueldo se convierte en un motivo de celebración.

La otra noche en una cena con 50 socios de una firma de abogados corporativos le eché un vistazo a la sala y noté algo alarmante. Yo era una de las personas más viejas en la sala.

¿Dónde estaban todos los abogados de 50 o 60 años? Le hice la pregunta al hombre sentado a mi lado, quien me dijo que la mayoría se había jubilado. El problema con el derecho, me explicó, es que abruma, y si uno lo ha estado practicando por 30 años es imposible aferrarse a ningún sentido de urgencia. Cuando se llega a mitad de los cincuenta, generalmente es hora de pensar en irse.

Había sólo una excepción a la regla, continuó, y era con respecto a los abogados de cincuenta años que se acababan de divorciar y estaban comenzando de nuevo con hipotecas y niños pequeños. Tenían toda la experiencia de sus años y todo el empuje de alguien 30 años más joven. Estaban impulsados por la necesidad de ganar una gran cantidad de dinero, pero en vez de tener toda una vida para lograrlo, tenían apenas una década. La combinación de sabiduría extrema y hambre extrema los hacía invencibles.

No creo que el hombre se diera cuenta de lo bien que me estaba cayendo el razonamiento el-divorcio-es-bueno-para-la-carrera. En los últimos seis meses a) me he separado de mi marido, b) he comprado una casa excesivamente cara y c) he sentido más entusiasmo de lo normal por mi trabajo.

Hasta ese momento no se me había ocurrido que estas tres cosas estaban relacionadas, pero ahora vi lo que era perfectamente obvio: a) y b) han causado c).

Todo el mundo dice que el divorcio es una ruina para la carrera profesional. Dicen que te desquicia tanto que no puedes pensar claramente. Hace un par de años el jefe de coberturas Paul Tudor Jones dijo en una conferencia que en cuanto sabe que cualquiera de sus gerentes está pasando por un divorcio los saca de la bolsa. El trastorno emocional los deja demasiado impredecibles para confiarles con el dinero de otros.

Puede que sea así. Pero igual, puede que no. Las personas, los matrimonios y los divorcios vienen en muchas variedades; sin embargo, todos los divorcios tienen algo en común: empobrecen. O por lo menos lo hacen a uno más pobre de lo que era antes. Para profesionales acomodados y de edad media sentirse un poco excasos de fondos puede ser un sobresalto no deseado, y el efecto puede ser, en las circunstancias correctas, agradablemente estimulante.

Para mí, ha querido decir que todo sueño de deslizarme suavemente hacia la jubilación ha volado por la ventana. Y porque sucederá tal cosa, ya no puedo darme el lujo de la leve desilusión. Por contra, me estoy aplicando más a mi trabajo y, para mi sorpresa y deleite, descubro que en vez de sentirme atrapada o sentir lástima por mí misma, más bien lo estoy disfrutando. El trabajo en sí no ha cambiado nada, pero lo estoy haciendo con más convicción.

Esto quizás no afecte a la calidad del producto terminado, pero sí afecta cómo me siento al hacerlo. Cada vez que me ofrecen una pieza adicional de trabajo remunerado, ya no pienso: no me molesten; pienso: ¡allá voy!

No digo que todo el mundo en su sexta década debiera dejar a su cónyuge para darle a su agotada carrera un poco más de chispa. Ni tampoco sugiero que todos los que se divorcien pueden esperar este tipo de dividendo profesional. Algunas personas quedan tan golpeadas por el sufrimiento que apenas pueden arrastrarse a la oficina, mucho menos sentir entusiasmo una vez que llegan.

Al contrario, lo que esto prueba es el vínculo entre el aburrimiento, el dinero y la motivación no es lo que se pensaba. Yo creía que era evidente por qué las personas en sus años cincuenta se sentían sin frescura — era porque 30 años era demasiado tiempo para hacer la misma cosa.

Ahora descubro que es algo más complicado. Las personas que desempeñan trabajos profesionales lo hacen por tres razones: dinero, prestigio e interés por el trabajo propio. La razón por la cual los cincuentones se vuelven lentos no es porque estén perdiendo el juicio, ni porque el trabajo mismo se haya vuelto demasiado monótono. Es porque ni el dinero ni el prestigio los motiva como antes y sólo el interés en el trabajo no es suficiente para seguir adelante.

Habría que ser una persona muy peculiar para quedarse despierto toda la noche sudando tinta sobre un acuerdo de Funciones y Adquisiciones sólo por puro placer. Y aunque podría decirse que el periodismo es más agradable que el derecho corporativo, no es tan fabulosamente divertido que se me ocurriría practicarlo si no tuviera que hacerlo.

Casi todos los estudios científicos dicen que el dinero no motiva. Sin embargo, cuando uno le ha dicho adiós a sus ahorros y perdido parte de la seguridad que uno creía poseer, cada cheque de tu sueldo se convierte en un motivo de celebración — y el viejo trabajito de siempre de pronto parece fresco y lleno de posibilidades.

 

Divorce can galvanise a career as well as ruin it

10/26/2015 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Financial Times English

When you have lost some financial security, every pay cheque becomes a cause of celebration.

At dinner the other night with 50 partners in a corporate law firm, I looked around the room and noticed something alarming. I was one of the oldest people in it.

Where were all the lawyers in their late fifties and early sixties? I put the question to the man sitting next to me, who said they had mostly been eased out. The trouble with the law, he explained, is that it takes its toll on you, and if you’ve been at it for 30 years it is almost impossible to hold on to any sense of urgency. By the time you reach your mid-fifties, it is usually time to start thinking about going.

There was only one exception to this rule, he went on, and that was lawyers in their fifties who had recently been divorced and were starting again with mortgages and young children. They had all the experience of their years — and all the drive of someone 30 years younger. They were propelled by the need to make a vast amount of money but, instead of having a lifetime in which to do it, they had a mere decade. The combination of extreme wisdom and extreme hunger made them unbeatable.

I don’t think the man realised quite how well this divorce-is-great-for-your-career argument was going down with me. In the past six months I have a) separated from my husband, b) bought a wildly expensive house, and c) been feeling more than usually keen at work.

Until that minute it hadn’t occurred to me that the three things were connected, but then I saw what was perfectly obvious: a) and b) have caused c).

Everyone will tell you that divorce is ruinous to a career. It makes you so unhinged that you can’t think straight. A couple of years ago the hedge fund boss Paul Tudor Jones told a conference that as soon as he hears that any of his managers is going through a divorce he stops them trading. The emotional turmoil renders them too unpredictable to be trusted with anyone else’s money.

That may be so. But then again, it may not be. People, marriages and divorces come in many varieties, yet all divorces have one thing in common — they make you poor. Or at least they make you poorer than you were before. To comfortable, middle-aged professionals, feeling a little short of funds can be an unwelcome shock, and the effect of it can, in the right circumstances, be agreeably galvanising.

For me, it has meant that any thought of sloping gently towards retirement is out of the window. And because there is to be no such sloping, I can no longer allow myself the luxury of mild disillusionment. Instead, I am applying myself to the job, and, to my amazement and delight, find that instead of feeling trapped or sorry for myself, I’m rather enjoying it. The work itself has not changed a bit, but I am doing it with more conviction.

This may not alter the quality of the finished product, but it does affect how it feels to be making it. Every time I am offered an additional piece of paid work, I no longer think: I’m not sure I can be bothered; I think: let me at it.

I am not saying that everyone in their sixth decade should ditch their spouse to give their flagging careers a bit more oomph. Neither am I suggesting that everyone who gets divorced can look forward to this kind of professional dividend. Some people are so poleaxed by the misery of it all that they can hardly crawl into the office, let alone feel relatively gung-ho once they get there.

Instead, what this proves is that the link between boredom, money and motivation is not what I thought it was. I used to think it was obvious why people in their fifties felt stale — it was because 30 years was simply too long to be doing the same thing.

I now discover it is more complicated than that. People in professional jobs work for three reasons: money, status and the interest of the work itself. The main reason those in their fifties become sluggish is not that their minds are going, nor that the work itself has become too monotonous. It is that neither money nor status move them as they used to and the interest of the job is not enough to keep them going on its own.

You would have to be a most peculiar person to be prepared to stay up all night doing the legal slog on an M&A deal for the sheer fun of it. And even though journalism is arguably more enjoyable than corporate law, it is not so fabulously entertaining that I would consider doing it if I didn’t have to.

Almost all the scientific studies will tell you that money doesn’t motivate. Yet when you have just parted company with your nest egg and lost some of the financial security you thought you had, every pay cheque becomes a minor cause of celebration — and the same old, same old work suddenly seems as fresh and full of possibility as it ever did.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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