El futuro de las entrevistas de trabajo ya ha llegado

19/12/2018 | Pilita Clark (Financial Times)

 

En los últimos cuatro meses, 2.000 personas que han estado buscando ser contratadas por McKinsey se sentaron frente a una pantalla de ordenador mostrando una imagen de una isla y estas palabras: “Usted es el guardián de una isla donde las plantas y los animales viven en una variedad de ecosistemas diversos”.

Éste es el comienzo de un juego de ordenador que la consultora está probando, conforme intenta atraer a personas inteligentes y conocedoras de tecnología más allá de sus tradicionales búsquedas en las escuelas de negocios Ivy League.

Me enteré de esto hace un par de semanas cuando me encontré con un consultor que conocía el método. Qué extraño, pensé, preguntándome si McKinsey alguna vez me dejaría jugar. El otro día lo hicieron, aunque pronto estaba deseando que no lo hubieran hecho.

Al principio todo iba bien. En la oficina de la firma en Londres, me acompañaron a una habitación que contenía un ordenador portátil y un par de empleados de McKinsey que me explicaron por qué estaban probando el juego. Resulta que incluso una empresa que recibe alrededor de 750.000 solicitantes de empleo al año, y que contrata a menos de 1% de ellos, no es inmune a la disrupción causada por la tecnología. Los clientes de McKinsey están buscando una asesoría para navegar en un mundo de grandes datos y otros avances digitales, por lo que McKinsey necesita contratar a más personas que puedan proporcionar esta ayuda tecnológica, preferiblemente antes de que Google o Facebook se apoderen de ellos.

El problema es que su proceso de entrevista es análogo y arduo. Glassdoor, el sitio web de revisión de trabajos, una vez lo clasificó durante tres años consecutivos como el proceso más difícil del mundo. Eso podría hasta alejar a las mismas personas que quieren contratar, o dificultar el proceso de localizarlos. Así que la empresa decidió agregar el juego de la isla a la serie de obstáculos en su entrevista para ver si la ayudaría a descubrir a los candidatos adecuados.

Pero a medida que el ordenador portátil cobraba vida para que pudiera probar el juego por mí misma, reconocí una sensación familiar de hundimiento. Era una sensación que no había sentido desde la última vez que solicité un trabajo en una nueva empresa hace más de 15 años: el temor a las entrevistas.

Los recuerdos distantes y profundamente reprimidos de mi camino a través de una dolorosa entrevista del periódico se desbordaron mientras la gente de McKinsey me observaba en silencio mientras escribía en el teclado.

El juego no era Grand Theft Auto. Primero, tuve que descubrir cómo construir un arrecife de coral saludable, que es más difícil de lo que parece, incluso cuando te dicen qué peces y corales funcionan mejor en las diferentes profundidades del agua. Luego tuve que salvar una bandada de pájaros de algún virus horrible.

No creo que mi arrecife fuera una vergüenza total. Pero a medida que pasaban los minutos, mientras trataba de calcular las mejores microdosis de vacuna para las aves afectadas, todo lo que parecía estar creando era una pila de diminutos cadáveres.

Alguien cortésmente murmuró que el juego no elimina a ningún candidato. Antes de que pudiera demostrar ampliamente que yo no era una buena candidata para McKinsey, decidí ponerle fin a la entrevista.

Teniendo en cuenta que no soy el público objetivo, no estoy segura qué pensaría un candidato promedio del juego. Sospecho que muchos lo disfrutarían.

Sin embargo, plantea una pregunta más amplia sobre la forma en que los trabajadores pronto podrían ser contratados.

Ya han pasado dos años desde que dos académicos de la London Business School, Lynda Gratton y Andrew Scott, galvanizaron el pensamiento sobre el futuro del trabajo en su libro, “La vida de 100 años”.

Ellos sugirieron que las vidas de las personas ya no estarían gobernadas por las tres etapas de educación, trabajo y jubilación. Más bien, las personas se enfrentarían a la necesidad de seguir trabajando hasta los 80 años de edad en una época de crecientes disrupciones, y probablemente tendrían que tomarse un descanso para volver a entrenarse y reinventarse. Me gusta la idea de que también podrían participar en un tipo de entrevista de trabajo muy diferente.

El juego de la isla de McKinsey fue creado especialmente para la compañía por una empresa estadounidense llamada Imbellus, cuya fundadora hace 20 años, Rebecca Kantar, quiere reformar drásticamente la forma en que medimos las habilidades de las personas. La Sra. Kantar, la cual no terminó sus estudios en Harvard, piensa que en una era de automatización creciente, las personas deben ser evaluadas sobre cómo piensan, no sólo por lo que saben; y que los empleadores deben entender las habilidades que definen la inteligencia humana. Muchas personas influyentes la respaldan. Forbes acaba de calificar a su compañía como una de las empresas de nueva creación de un fundador menor de 30 años con mayor financiación para 2019.

McKinsey tiene razón al poner a prueba sus ideas, pero no debería detenerse allí. Todos necesitamos saber cómo funcionan realmente en la práctica estas teorías.

The job interview of the future is already here

19/12/2018 | Pilita Clark (Financial Times)

 

Over the past four months, 2,000 people trying to get hired by McKinsey have been plonked in front of a computer screen showing a picture of an island and these words: “You are the caretaker of an island where plants and animals live in a variety of diverse ecosystems.”

This is the start of a computer game the consultancy is testing as it tries to lure clever, tech-savvy people from beyond its traditional Ivy League business school hunting grounds.

I learnt this a couple of weeks ago when I bumped into a consultant who knew about it. How odd, I thought, wondering if McKinsey would ever let me have a play. The other day, they did, though I was soon wishing they had not.

At first, all went well. At the firm’s London office, I was ushered into a room that contained a laptop and a couple of McKinseyites who explained why they were trying out the game. It turns out that even an outfit that gets about 750,000 job applicants a year — and hires fewer than 1 per cent of them — is not immune from tech disruption. McKinsey’s clients want help navigating a world of big data and other digital advances, so McKinsey needs to hire more people to do the helping, preferably before they get snapped up by Google or Facebook.

The trouble is, its interviewing process is analogue and arduous. The Glassdoor job review website once ranked it the toughest in the world three years in a row. That might be putting off the very people they want to hire, or making it harder to spot them. So the firm decided to try to see if adding the island game to its battery of interviewing hurdles would unearth suitable candidates.

But as the laptop whirred to life so I could try it for myself, a familiar sinking feeling formed. It was a sensation I had not felt since I last applied for a job at a new company more than 15 years ago: interview dread.

Distant, deeply repressed memories of spluttering my way through a painful newspaper interview came flooding back as the McKinsey people silently watched me peck away at the keyboard.

The game was no Grand Theft Auto. First, I had to figure out how to build a healthy coral reef, which is harder than it sounds, even when you are told which fish and corals do best at what water depths. Then I had to save a flock of birds from some hideous virus.

I don’t think my reef was a total embarrassment. But as the minutes ticked by while I tried to calculate the best vaccine microdoses for the stricken birds, all I seemed to be creating was a pile of tiny corpses.

Someone politely muttered that no candidate would be ruled out by the game. Before I could comprehensively demonstrate I was not McKinsey material, I decided to call it a day.

Allowing for the fact that I am not the target audience, I’m not sure what the average candidate would make of the game. I suspect a lot would enjoy it.

Yet it raises a wider question about the way workers might soon be hired.

It is now two years since two London business School academics, Lynda Gratton and Andrew Scott, galvanised thinking about the future of work in their book, The 100-Year Life.

They suggested people’s lives would no longer be ruled by the three stages of education, work and retirement. Faced with the need to keep hobbling in to work into their 80s in an age of rising disruption, they would probably have to take a break to retrain and reinvent themselves. I like the idea they might do a very different type of job interview as well.

McKinsey’s island game was built for the firm by a US start-up called Imbellus whose 20-something founder, Rebecca Kantar, wants to drastically reshape the way we measure people’s abilities. Ms Kantar is a Harvard dropout who thinks that in an age of rising automation, people should be tested on how they think, not just what they know and employers need to understand the skills that define human intelligence. A lot of influential people are backing her. Forbes has just ranked her company one of the highest funded start-ups for 2019 by a founder under the age of 30.

McKinsey is right to be testing her ideas but it should not stop there. We all need to know how these theories really work in practice.

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