¿Es bueno que suba el salario mínimo interprofesional?

Despedimos 2017 con una buena noticia: el 29 de diciembre, el Consejo de Ministros aprobó un Real Decreto por el que se fijó la cuantía del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) para el nuevo año: 735,9 euros mensuales, en 14 pagas. Total: 10.302,6 euros al año.

La cantidad supone un incremento del 4% y es fruto del Acuerdo Social sobre SMI 2018-2020 firmado días antes por el Gobierno, los sindicatos y la patronal. En ese mismo acuerdo se contempla un aumento del 5% para 2019 y del 10% para 2020, siempre que se cumplan dos condiciones: que el PIB crezca por encima del 2,5% y que el número de afiliados a la Seguridad Social llegue a las 450.000 personas.

Para determinar la cuantía del SMI se tienen en cuenta, por tanto, no solo el IPC y el incremento de la participación del trabajo en la renta nacional, sino también la coyuntura económica anual y la productividad nacional. Parece lógico.

Teniendo en cuenta que en 2002, el SMI era de 442,20 euros mensuales y que en 2008 llegamos a los 600, los 735,9 aprobados para 2018 parecen una prueba de que España se recupera. El mismo incremento del 4% también se dio en 2009 y, junto al 8% de 2017, suponen las subidas más relevantes en la última década, donde padecimos la congelación (0%) en 2012 y en 2014. El resto de años, el incremento giraba en torno al 0,5 y al 1% como medida de austeridad para luchar contra la crisis económica haciendo más competentes a las empresas nacionales a costa de los salarios mínimos más bajos de Europa y la consiguiente pérdida de poder adquisitivo de los ciudadanos.

El estancamiento sufrido durante los años de la crisis nos situó a la cola del continente. Según la Oficina Estadística Comunitaria (Eurostat), Luxemburgo, Bélgica, Irlanda, Francia o Gran Bretaña cuentan con SMI superiores a los 1.500 euros mensuales. En el lado contrario, y por debajo de España, se sitúan países como Grecia, Portugal, Polonia, Rumanía y Bulgaria.

Si bien es cierto que el número de pagas (12 ó 14), las horas de trabajo o los días de vacaciones son diferentes según qué países, la cuantía del SMI parece estar relacionada con el coste de la vida. Después de más de un lustro de lucha, el año pasado Suiza aprobó, por primera vez en su historia, un sueldo mínimo interprofesional que supera los 3.000 euros (3.480 francos), el doble de la media europea. Claro que es una excepción.

La conveniencia de subir o no el Salario Mínimo Interprofesional, en términos de costes y beneficios, genera discrepancias y supone un arma arrojadiza a nivel político. En España, lo cobran cerca del 1% de los trabajadores, es decir, unas 200.000 personas. Para unos pocos, subir el SMI tiene riesgos alcistas para la inflación y contribuye a fomentar el paro; para la mayoría, supone un colchón a los más desfavorecidos y sube el listón, mejorando el resto de salarios (según el Ministerio de Hacienda, el 47% de los trabajadores españoles cobra menos de 1.000 euros, pero más que el SMI). Para ser justos, lo que debería mover la subida de los sueldos no es la cuantía del SMI sino el hecho de que aumente la calidad de los puestos de trabajo.

Autora: Elvira Calvo (24 enero 2018)

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