Europa debería dejar quebrar las causas perdidas

Europa debería dejar quebrar las causas perdidas

30/07/2013 | Martin Sandbu – Financial Times Español

La bancarrota de la alguna vez gran ciudad de Detroit llega sólo pocos años después de la de General Motors, el legendario fabricante de automóviles de la Ciudad del Motor. Ambos colapsos cristalizan décadas de fallos acumulados, incluyendo el error de no ver la realidad cuando la tuvieron enfrente.

También simbolizan la gran ventaja de los EE. UU. sobre Europa: su mayor disposición para dejar morir las causas perdidas de manera que las actividades más exitosas tengan espacio para crecer. La habilidad de dejar morir empresas condenadas es un signo de fortaleza, no de debilidad. Si Europa – especialmente la eurozona – quiere salir de la crisis, debería adoptar el estilo de amor rudo de los EE. UU.

Es natural temblar cuando los gigantes se doblegan. Las deudas restructuradas de GM alcanzaron los 172 mil millones de dólares. Su ciudad base enfrenta posibles deudas por 20 mil millones de dólares, según Kevin Orr, el gerente de emergencia de Detroit. La mayoría de esta deuda representa pérdidas que asumirá gente que estaba segura que sus derechos serían respetados. Esto es, sin duda, injusto; y uno no puede culpar a los acreedores defraudados por hacer lo posible por salvar a otros, como intentan ahora los sindicatos de Detroit que haga el gobierno federal.

En general, sin embargo, los EE. UU. están preparados para dejar que ocurra lo que tiene que ocurrir; más aún que Europa. No siempre fue así – la tristemente célebre frase (que en realidad nunca dijo) del presidente Gerald Ford: “que caiga muerta”, refiriéndose a la Nueva York en 1975, terminó de todas maneras con préstamos de rescate. Pero en los últimos años, los EE. UU. han señalado a bancos (Lehman Brothers y otros más pequeños), algunas corporaciones sistémicas (la industria automotriz) y muchos gobiernos municipales, la ruta hacia el juzgado de bancarrotas más cercano.

Los EE. UU. unen a esta rudeza el amor. En los EE. UU., tomar un riesgo y fracasar no es el fin: hay honor en volver a levantarse. La bancarrota ofrece una nueva oportunidad, y la respuesta culturalmente favorecida es seguir luchando. El dinamismo económico estadounidense le debe mucho a esta actitud de perdonar el asumir riesgos.

Los europeos miran la insolvencia con un tinte moral de un tono mucho más lúgubre. Declararse en bancarrota tradicionalmente se ha calificado como no ser digno de confianza – una vergüenza a esconder dejando los negocios para siempre, incluso en una época acabando con la propia vida. Esto todavía sale a relucir en reglas arcaicas como la irlandesa del periodo de 12 años de bancarrota (las cuales finalmente están siendo reformadas).

Paradójicamente, esta alergia cultural a fracasar lleva no sólo a tomar menos riesgos, sino a políticas de rescate de aquellos que toman grandes riesgos y pierden. Europa encuentra tan intolerable la idea de la suspensión de pagos que, en la presente crisis, ha preferido cubrir la deuda de los que están en bancarrota; con el consecuente sufrimiento como resultado.

Esta estaba claro en el caso de Grecia. Los países acreedores insistieron en que un rescate era inaceptable. Pero la idea de que un estado europeo soberano no pudiera hacer frente a sus deudas era más inaceptable aún. Así que los préstamos de la eurozona – e incluso el fondo monetario internacional presionó para participar – fueron gastados para posponer la hora de la verdad.

Lo mismo ha sucedido con los bancos. En 2010 el gobierno irlandés hizo todo lo posible para llenar con dinero de los contribuyentes todos los agujeros en los balances de los bancos en lugar de declararlos insolventes, proteger a los pequeños depositantes y dejar a los acreedores quedarse con lo que quedaba. Cuando Dublín se dio cuenta de que no tenía suficientes fondos de sus contribuyentes para realizar este movimiento, sus socios de la eurozona la forzaron a aceptar un préstamo para poder continuar el rescate. La aversión a la bancarrota desfiguró la política hacia los bancos en España y también en otros países.

La realidad ha forzado a los europeos a cambiar de opinión, como al final suele suceder. La deuda soberana de Grecia eventualmente fue restructurada – pero no sin antes haber perdido muchas de las ventajas de esa restructuración, y no sin haber pretendido que era algo voluntario para los tenedores de bonos. En Chipre, aunque las cantidades eran pequeñas, la posibilidad de rescatar a depositantes rusos era demasiado para que lo pudiera digerir la Europa del norte.

Incluso estas lecciones tardan en ser asimiladas. En 2010 los EE. UU. se otorgaron el poder de reducir el tamaño de los grandes bancos, e imponer pérdidas a sus acreedores. La mayoría de los gobiernos de la UE todavía no han aprobado esta legislación crucial. Pasarán años antes de que sean forzados por Bruselas a hacerlo, aunque en principio se esté de acuerdo en la necesidad de un “rescate desde dentro”.

Es incierto cuánto se podría haber salvado la eurozona si desde el inicio de la crisis se hubiera aplicado de manera pragmática la política de restructuración de la deuda. Pero años de crecimiento perdidos – en relación con la modesta pero decente salida de la crisis de los EE. UU. – se deben en parte a la carga de la deuda pendiente de Europa. Al disminuir de manera notable el coste de la deuda en los EE. UU., la gente ha comenzado a gastar de nuevo. Europa se relega porque los bancos hacen equilibrios sobre cojines de capital que son muy delgados– el resultado de una negación de convertir deuda en patrimonio cuando otras fuentes de capital se agotan.

Europa puede contestar que la peor bancarrota de todas – la de Lehman – mostró el daño que trajo la disposición de los EE. UU. para dejar hacer. Esta observación es justa. Pero también europeos y norteamericanos sacan diferentes lecciones de esto. Los EE. UU. han tratado de terminar con el “Demasiado grande para quebrar” (pero aún les falta mucho). Antes de Chipre, Europa hizo lo contrario, tratando incluso a los bancos más pequeños como si su bancarrota fuera a ser tan devastadora como la de Lehman.

F. Scott Fitzgerald escribió: “Antes pensaba que en la vida de los estadounidenses no había segundos actos, pero es seguro que habrá uno para los días de prosperidad de Nueva York”. Fitzgerald tenía en mente el crack de 1929 que puso fin a los alocados 1920s. Europa debe aprender de la lección que los EE. UU ha dado muchas veces: permitir que haya un segundo acto, y un tercero llegará en su debido momento, así fue para GM, y seguramente lo será para Detroit.

Europe ought to let hopeless causes go bankrupt

30/07/2013 | Martin Sandbu – Financial Times English

The bankruptcy of the once great city of Detroit comes just a few years after that of General Motors, Motown´s legendary car manufacturer. Both collapses crystallise decades of accumulated failures, including a failure to look reality in the eye sooner.

They also symbolise the US´s big advantage over Europe: its greater willingness to let go of hopeless causes so that more successful activities have room to grow. The ability to let doomed ventures die is a sign of strength, not weakness. If Europe – especially the eurozone – wants out of the crisis, it should adopt American-style tough love.

It is natural to be rattled when giants buckle. The liabilities restructured by GM amounted to $172bn. Its host city faces debts of possibly $20bn, according to Detroit´s emergency manager Kevyn Orr. Much of this represents losses borne by people who were sure their claims would be honoured. That is no doubt unfair; and one cannot fault burned creditors for doing what they can to get others to make them whole, as Detroit unions now want the federal government to do.

By and large, however, the US is prepared to let the chips fall where they may; more so, anyway, than Europe. It was not always so – president Gerald Ford´s infamous “drop dead” to New York City (which he never really said) in 1975 ended with rescue loans anyway. But in the past few years, the US has pointed banks (Lehman Brothers and many smaller ones), other systemic corporations (the car industry) and many municipal governments to the nearest bankruptcy court.

America matches this toughness with love. In the US, taking a risk and failing is not the end: there is honour in getting back up. bankruptcy offers a new chance, and the culturally favoured response is to keep fighting. American economic dynamism owes much to this forgiving attitude to risk-taking.

Europeans regard insolvency with a much darker moral taint. To go bankrupt has traditionally been to be branded untrustworthy – a shame to hide by leaving business for ever, even (once upon a time) by taking leave of one´s life. This still shows up in such archaic rules as Ireland´s 12-year bankruptcy period (which is finally being reformed).

Paradoxically, this cultural allergy to failure leads not just to less risk-taking, but to policies that bail out those that do take big risks and lose. Europe finds the idea of default so intolerable that, in the current crisis, it has preferred to cover the debts of the bankrupt. It suffers as a result.

This was clear in the case of Greece. Creditor states insisted that a bailout was unacceptable. But the thought that a sovereign European state might not pay its debts proved more unacceptable still. So loans from the eurozone – and an international monetary fund bullied into participating – were spent to postpone the reckoning.

The same has happened with banks. In 2010, the Irish government did all it could to fill the holes in its banks´ balance sheets with taxpayer money rather than declare them insolvent, protect retail depositors and let creditors pick up the pieces. When Dublin realised it did not have enough taxpayer funds to do the job, its eurozone partners strong-armed it into borrowing from them to keep the bailout going. The aversion to bankruptcy disfigured policy towards banks in Spain and elsewhere, too.

Reality has forced Europeans to change their minds, as it usually does in the end. Greece´s sovereign debt was eventually restructured – but not before much of the benefit of restructuring had been lost, and not without the pretence that it was voluntary for bondholders. In Cyprus, although the amounts were small, the prospect of bailing out Russian depositors was too much to stomach for northern Europe.

Even these lessons are taking time to sink in. The US gave itself the power to wind down big banks, and impose losses on their creditors, in 2010. Most EU governments have still not got around to passing this crucial legislation. It will be years before they are forced to do so by Brussels, even though the need for a “bail-in” is agreed in principle.

How much the eurozone could have saved itself by embracing debt restructuring as a pragmatic policy from the start of the crisis is unknown. But years of missing growth – relative to the US´s modest but decent trot out of the crisis – is partly due to Europe´s remaining debt overhang. As debt balances in the US economy have come down steeply, people are spending again. Europe is held back by banks wobbling on top of capital cushions that are all too thin – the result of a refusal to convert debt into equity when other sources of capital dry up.

Europe can retort that the worst bankruptcy of them all – Lehman´s – showed the damage wrought by US willingness to let go. A fair point. But Americans and Europeans drew different lessons from this too. The US has worked to end “too big to fail” (but still has a way to go). Until Cyprus, Europe did the opposite, treating even the smallest banks as if their bankruptcy would be as devastating as that of Lehman.

F. Scott Fitzgerald wrote: “I once thought that there were no second acts in American lives, but there was certainly to be a second act to New York´s boom days.” Fitzgerald had in mind the 1929 crash that silenced the roaring Twenties. Europe must learn from the lesson America has shown many times: allow the second act to take place, and a third can follow in due course, as it did for GM, and as it is surely will for Detroit.

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