Evítese la soledad de trabajar en casa a largo plazo

12/10/2015 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Financial Times Español

Recientemente, dos de mis viejas amigas le han tomado una fuerte aversión a sus trabajos. Las dos presentan los mismos síntomas: desilusión, apatía y la convicción de que el trabajo carece totalmente de sentido.

Estas dos son parte de un grupo de cuatro de nosotras, todas hemos tenido largas, estables y generalmente felices relaciones con nuestros empresas. Entre las cuatro hemos acumulado alrededor de 110 años de servicio.

¿Por qué será, me pregunto, que estas dos en particular están tan hartas, mientras que las otras dos estamos bien? No parece ser el trabajo mismo. Todas tenemos empleos relativamente estimulantes. Tampoco es la presión. Todas somos veteranas en manejar eso. Lo que creo que les aflige es precisamente lo que se suponía las hubiera liberado: trabajan principalmente desde su casa.

Una tiene un cargo importante en una gran organización que le permite aparecerse en el trabajo apenas una vez al mes. La otra es una editora que va a la oficina aún con menos frecuencia.

Esta libertad las había hecho insoportablemente complacientes cuando comenzaron a trabajar desde su casa hace como una década. Eran flexibles y modernas. Podían jugar al tenis a mitad de la tarde, despachando el trabajo eficientemente cuando les convenía.

Diez años más tarde, el cinismo y la inutilidad que sienten ahora pudiera ser el resultado de haber pasado demasiado tiempo en pantuflas en el estudio de casa. Bajo esas condiciones, todos los empleos con el tiempo comienzan a perder importancia. En contraste, si uno está laborando con personas que hacen lo mismo, se convencen unos a otros que lo que hacen vale la pena. Desde mi silla, rodeada de personas que todas trabajan para el Financial Times, la importancia del periódico luce enorme. Y también, la importancia de quién se ha llevado mi taza de café, y quién será ascendido o despedido. Esas cosas estúpidas no son nada estúpidas. Son lo que nos enlazan en un esfuerzo compartido.

Sin embargo, cuando le sugerí a una de mis amigas que la respuesta era ir a la oficina, me miró como si yo me hubiera vuelto loca. No había forma, me dijo, que iba a soportar la agotadora trivialidad de la vida de oficina.

Posiblemente su hostilidad prueba que estoy equivocada. Pero no lo creo. Creo que prueba lo duro que es regresar. Porque el ritmo del trabajo de oficina es tan poco natural, una vez que uno lo abandona, es casi imposible agarrarlo de nuevo.

A la misma vez que pienso en mis amigas que envejecen, me he estado preocupando por los jóvenes. Hablaba la semana pasada con un recién graduado que había conseguido recientemente un gran puesto de investigador para una compañía de televisión, pero cuando le pregunté cómo le iba, hizo una mueca. El trabajo era bueno, pero no había oficina donde ir, así que pasaba su tiempo en su dormitorio en casa o en los cafés. Casi no conoce a las personas con que trabaja, y con nadie a quien imitar tampoco está aprendiendo mucho.

Cuando hace un par de años Marissa Mayer les dijo a los empleados de Yahoo que renunciaran a sus pantuflas y vinieran al trabajo, el mundo se viró contra ella. Pero no sólo tenía razón, sino que tenía más razón de lo que ella misma pensaba. Ella dijo que las personas tenían que venir a la oficina para poder colaborar y ser innovadoras, pero la verdad es aún mayor que eso. Nos hace falta ir a la oficina por cinco razones más: para convencernos de que lo que hacemos tiene algún propósito, para sentirnos humanos, para ayudarnos a aprender, para darnos un sentido del trabajo como algo diferente del hogar… y para facilitar el flujo del chisme.

Pero a pesar de todo eso, la manía del trabajo en casa sigue creciendo. Sin embargo, la razón pudiera ser no lo que pensamos; no tiene nada que ver con conveniencia, o hasta con ahorrarles dinero a las empresas en alquiler o cuentas de electricidad. Según un estudio publicado en la última edición de la Academy of Management Discoveries, la más poderosa razón por la cual las personas trabajan desde casa no es porque facilita la vida familiar o crea ahorros en viajes a la oficina; es porque otros lo están haciendo.

Los investigadores les preguntaron a empleados en una gran empresa tecnológica estadounidense por qué no venían al trabajo, y encontraron que era porque no les gustaba aparecerse en una oficina en la cual la mitad de sus colegas no estaban allí, por lo cual ellos optaban por no ir tampoco. La conclusión es preocupante: trabajar desde casa parece estar fomentando un insalubre momento propio, creando soledad en las personas sin beneficiar a nadie.

Estoy incómodamente consciente de la ironía de escribir esta columna. Mientras escribo estas palabras, no estoy rodeada de colegas. Estoy sentada en mi casa, sola. Pero eso no es porque no creo en lo que escribo. Es porque tengo una cita en la ciudad y no tiene sentido ir al trabajo primero. El teletrabajo está bien para algunas personas algunas veces. Pero para la mayoría de las personas la mayoría de las veces es la política progresiva más retrógrada que jamás se haya inventado.

 

Spare yourself the loneliness of long-term home workers

10/12/2015 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Financial Times English

Two of my oldest friends have recently taken a strong dislike to their jobs. Both report the same symptoms — disillusionment, apathy and a conviction that the work is entirely pointless.

These two are part of a group of four of us, all of whom have had long, steady and largely happy relationships with our employers. Between us we have notched up about 110 years service.

Why is it, I’ve been wondering, that these particular two are so fed up, while the other two of us are fine? It doesn’t seem to be the work itself. All of us do relatively stimulating jobs. Neither is it the pressure. We are all old hands at dealing with that. What I think is ailing them is the very thing that was meant to set them free: they work largely from home.

One has a senior position in a large organisation that allows her to show up at work barely once a month. The other is an editor who goes in even less often than that.

This freedom made them both unbearably complacent when they started working from home about a decade ago. They were flexible and modern. They could play tennis mid afternoon, efficiently dispatching work when it suited them.

Ten years on, the cynicism and pointlessness they now feel may be a result of having spent too much time in their slippers in the study at home. Under those conditions all work eventually starts to seem meaningless. By contrast, if you are toiling away with people doing the same thing you somehow convince each other that what you do matters. From where I sit, surrounded by people all working for the FT, the importance of the newspaper looks ginormous. So, too, does the importance of who has taken my coffee cup, and who is about to get promoted/shafted. These stupid things are not stupid at all. They are what lock us into a shared enterprise.

Yet when I suggested to one of my friends that the answer was to go to the office, she looked at me as if I had gone mad. There was no way, she said, that she was going to put up with the exhausting trivia of office life.

Possibly her hostility proves I am wrong. But I don’t think so. I think it proves how hard it is to go back. Because the pattern of office work is so unnatural, if you get out of the swing of it, it is almost impossible to pick it up again.

At the same time as thinking about my ageing friends, I have been fretting about my young ones. I was talking last week to a recent graduate who has recently landed a great job as a researcher for a television company, but when I asked him how it was going, he made a face. The work was good, but there was no office to go to, and so he spent his time in his room at home and in cafés. He hardly knows the other people he works with, and with no one to copy he is not learning much either.

When Marissa Mayer told Yahoo workers to renounce their slippers and come to work a couple of years ago the whole world turned on her. But not only was she right, she was even more right than she herself thought. She said people had to come to the office to be collaborative and innovative, but the truth is bigger than that. We need to go to the office for five more reasons: to convince ourselves that what we do has some purpose, to make us feel human, to help us learn, to give us a feeling of work as distinct from home — and to facilitate the flow of gossip.

But despite all this, the work-from-home craze continues to spread. However, the reason may be not what we think — it has nothing to do with convenience, or even with saving our employers money on rent and electricity bills. According to a study published in the current Academy of Management Discoveries, the most powerful reason people work from home is not that it makes family life easier or saves on a commute — it is because others are doing so.

The researchers asked employees of a big US tech company why they did not come to work, and they found that it was because they so disliked turning up to an office in which half their colleagues were not there, that they opted to stay away themselves. The conclusion is a worrying one — working from home seems to be developing an unhealthy momentum of its own, thrusting loneliness on people without it suiting anyone.

I am uncomfortably aware of an irony in writing this column. As I type out these words, I am not surrounded by colleagues, I am sitting alone at home. But that is not because I do not believe what I write. It is because I have an appointment in town and there is no point in going to work first. Teleworking is fine for some of the people some of the time. But for most of the people most of the time it is the most backward progressive policy that has ever been invented.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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