Historia de la vida en la oficina

Historia de la vida en la oficina

19/07/2013 | Lucy Kellaway – Financial Times Español

Cuando empecé a trabajar en una oficina, a principio de los ochenta, fumábamos en nuestros escritorios, tecleábamos artículos en pesadas máquinas de escribir y, a la hora del almuerzo, íbamos a la cafetería de la oficina o al bar a por un pastel de carne. Todo lo que he escrito desde entonces acerca de la oficina moderna – el lugar con wifi, libre de humo y ruido en el que ahora trabajamosha sido coloreado por mis recuerdos acerca de cómo solían ser las cosas.

Pero ahora encuentro que mi sentido de la historia está sesgado. Acabo de terminar de hacer una serie en la BBC Radio Four acerca de los últimos 250 años de la vida en la oficina, y descubrí que la mitad de las cosas que creí que eran nuevas resultaron no ser nuevas para nada; mientras que otras que creía que eran eternas resultaron ser bastante recientes. Sin embargo hay algunas constantes – como el aburrimiento y la lujuria – así como otras que han desaparecido para siempre. La chica del té no regresará jamás.

La siguiente lista intentará poner las cosas en su sitio

Seis cosas nuevas que no lo son
1. Trabajar desde un café
Esta tendencia tiene 350 años de antigüedad. La primera cafetería londinense fue abierta en 1652, y fue un éxito instantáneo entre los que aseguraban barcos o comerciaban con azúcar o cabello humano. 50 años después ya había cerca de 3 mil de ellas – un ritmo expansivo ante el cual palidece la invasión de Starbucks en Londres. Hay dos diferencias entre aquellas cafeterías y su versión moderna. Entonces su intención era reunir a la gente – ahora es dejarla sola con su portátil. Y la bebida elegida no era un Caramelo Frappuccino con canela extra sino una bebida negra que parecía “sirope de hollín y esencia de zapato viejo”.

2. Trabajar desde casa
La gente siempre ha trabajado desde casa – no porque tuviese internet o para ahorrar combustible – sino porque entonces no había oficinas. En 1762, cuando Barings se estableció en Mincing Lane, el negocio bancario se realizaba en los bajos del edificio, mientras que en los pisos superiores la Sra. Baring criaba a 10 de sus 12 hijos. Era la época del multitrabajo: de los administrativos, que también vivían ahí, se esperaba que a la vez que llevaban las cuentas, hicieran recados y distribuyeran pan y mantequilla a la hora del té.

3. Pagar para realizar prácticas
De los que realizan prácticas hoy en día no solo se espera que trabajen por nada sino que paguen por ese privilegio. Hace 200 años esto era la rutina. Cuando un joven Charles Lamb obtuvo un empleo en el departamento de contabilidad de la Compañía de las Indias Orientales, tuvo que aportar 500 libras para garantizar su buen comportamiento, y encontrar a dos patrocinadores que hicieran lo mismo, y luego trabajar durante dos años sin recibir salario alguno. Eso costaría el equivalente a 140 mil libras, lo que hace de un periodo de prácticas de una semana en Vogueque en una subasta caritativa se vendió el año pasado por 42.500 dólares – algo bastante razonable.

4. Desayunando en tu escritorio
A un joven colega le gusta empezar su día comiendo su tazón de Fruit’n’Fibre sobre su teclado; John Stuart Mill hacía lo mismo 170 años antes que él. Cada día caminaba de su casa en Kensington hacia su oficina en la calle Leadenhall y allí comía un huevo cocido y una taza de té en su escritorio. La diferencia era que el desayuno de Mill le era servido por un sirviente. Mi colega tiene que servirse él mismo su Fruit’n’Fibre.

5. Twitter
Este sitio de microblogging no inventó la brevedad. Ésta ya fue inventada el 24 de mayo de 1844 cuando Samuel Morse envió el primer telegrama: “¿Qué trajo Dios?” Lo que trajo se volvió un gran negocio de hecho, abriendo el camino a internet y llevando a Jack Dorsey a lanzar el primer tuit el 21 de marzo de 2006: “ajustando mi twttr”. No es sorprendente que como pieza de prosa el mensaje de Morse sea bastante superior: los primeros telegramas costaban el equivalente a 25 dólares por mensaje, lo que significaba que no se escribía cualquier cosa.

6. El email destruye la tranquilidad
Nuestros temores de que el email nos estresara son los mismos que se tuvieron hace 100 años con la llegada del teléfono. Un artículo publicado en la revista Telephony en 1913 decía que había gente histérica por estar continuamente disponible al teléfono y atendiendo llamadas que llegaban a un ritmo de menos de una vez al día.

Y era el teléfono, no la BlackBerry, la que desquició las vacaciones. Un anuncio de 1914 decía a la gente de negocios que el teléfono les permitiría, mientras pescaban truchas, estar en contacto con lo que sucedía en la oficina.

Seis cosas que son realmente nuevas
1. Gerentes
Antes del siglo 20 prácticamente no había gerentes. Gran Bretaña pasó la revolución industrial casi sin ninguno en su lugar había dueños, jefes de la mafia y supervisores. La palabra “administración” no fue utilizada en su sentido moderno hasta hace 100 años. Pero ahora hay 5 millones de ellos en el Reino Unido, diez veces más que en 1911. Sin gerentes, la vida en la oficina no existiría tal y como la conocemos: no habría juntas, ni memorandos y no habría necesidad de “apalancar” o “dar soluciones”.

2. Disfrutar del trabajo
La idea de que la gente disfrute del trabajo era desconocida para J. S. Mill, quien tenía un cómodo trabajo en la Compañía de la Indias Orientales, y era más positivo que la mayoría, y aún así lo veía “como un descanso de mis otras ocupaciones mentales que llevo a cabo simultáneamente”. En la época victoriana los administrativos parecían estar permanentemente cansados. Uno de ellos escribió en 1907, al referirse a sus colegas como “unos miserables escribanoscolegas en chaquetas negras con dedos manchados de tinta y brillantes marcas en sus pantalones de estar tanto tiempo sentados”. Se sentaban en altos e incómodos bancos y trabajaban en lugares húmedos, y eran proclives a pillar una tuberculosis o un dolor de espalda.

3. Mujeres
La llegada de las mujeres a las oficinas fueron una innovación a finales del siglo XIX, aceptadas como un experimento para sobrellevar la carga de trabajo, fueron un éxito. Eran económicas, y no necesitaban promociones porque tan pronto se casaban se marchaban, y había reemplazos igual de económicos. Hasta la primera guerra mundial las “chicas oficinistas” tenían entradas, escaleras y comedores separados. A menudo trabajaban tras cortinas y, en algunos casos, bajo llave para asegurar que su moral no se viera manchada.

En Barclays se permitía que estuvieran en el techo durante la hora del almuerzo, donde caminaban y cantaban la canción de la compañía. Había solo una ventaja que disfrutaban entonces y que ahora no existe: se les permitía tejer durante sus descansos.

4. Cualificación
Estar cualificado para tu trabajo es algo relativamente nuevo – por lo menos en el sector público. A mediados del siglo XIX el Servicio Civil estaba lleno de tontos enchufados por parientes. Un estudio del parlamento de 1855 se refería a “los miembros más débiles de las familias que han tenido la fortuna de obtener un puesto, sí, y otros también, ya sea mental o físicamente incapacitados, entran a formar parte del Servicio Civil”. Luego llegaron las reformas de 1870 y la idea revolucionaria de que para obtener un trabajo no bastaba con dejar de hacer el tonto sino que también se tenía que saber algo de matemáticas y latín.

5. Jerga
Cuando el estilo de gestión era orden-y-control no había necesidad de jerga. Para despedir a alguien no se necesitaba “relevarlo”, como el HSBC lo hizo recientemente. William Lever, fundador de la compañía de jabón Lever Hermanos, de hecho escribió en 1920 cómo se deshacía de “hombres ineficientes y demasiado bien pagados, ancianos y hombres que se han quedado desfasados en su trabajo… Estoy confiado en que esto produzca un estado de miedo en las mentes de los que se quedan de manera que si no son eficientes ellos serán los siguientes en ser despedidos”.

6. Ropa casual
El equipo que sacó al mercado la Apple Macintosh en 1984 no solo sorprendió con su producto sino también por su vestimenta: todos ellos usaban sudaderas grises con capucha. Hasta entonces, todo mundo se esmeraba en su vestimenta para ir al trabajo. En los Papeles póstumos del club Pickwick, Charles Dickens describe “Primero, quitarse esa chaqueta negra que dura todo el año, y ponerse la que se utilizó durante el año anterior, y que se guarda en el armario para cuidar la otra”. Hacia 1970 la virtud del vestir inteligente estaba científicamente probada: según el best seller Vestirse para triunfar, las secretarias de hombres que usaban blusas de manga corta ganaban 12 por ciento menos que aquellas que usaban blusas de manga larga.

Seis cosas que son eternas
1. Lujuria
Esto precede a la invención de la chica oficinista. Como Pepys escribe en su diario el 30 de junio de 1662: “Habrá ocasiones, en mi oficina, donde encuentro a la chica Griffen limpiándola, ¡por dios!, lo que viene a mi mente, pero no puedo liarme con ella”.

Cuando las mujeres llegaron a las oficinas se desató lo de liarse con ellas, y a menudo acabó mal por cierto. En 1958 Connie Nichols, secretaria de Eli Lilly, mantenía un largo romance con su jefe pero, cuando se vio sustituida por una modelo más joven, se hizo de una pistola y le disparó.

2. Colegas chismosos
Ridiculizar a compañeros de trabajo parece ser una necesidad básica para los oficinistas. Lamb compuso una copla acerca de un oscuro oficinista llamado Ward: “Lo que sabe Ward, Dios lo sabe; ¡pero Dios sabe lo que Ward sabe!” Aunque la necesidad es constante, la forma de hacerlo ha cambiado – las coplas ingeniosas han sido reemplazadas hace mucho por bromas de mal gusto en las redes sociales.

3. Premiar la belleza
Ser alto, de voz profunda y agradable a la vista siempre ha sido una ventaja. Se ha encontrado que los modernos ejecutivos en los EE. UU. son 2,5 pulgadas más altos que el promedio e innumerables estudios han mostrado que los bien parecidos llegan más lejos. Hace cien años la preferencia por la belleza se hizo explícita: a finales del siglo XIX en el banco de Escocia los oficinistas eran “retirados de la vista del público” debido a “una estatura inferior”, por tener una “voz un poco peculiar”, o por tener “orejas de jarra y ser pelirrojos”.

4. Políticas mezquinas
Durante mi vida laboral algunos de los cambios más impopulares se han centrado en eliminar ventajas menores como las galletas gratis. En 1817 en la Compañía de las Indias Orientales hubo un escándalo cuando la fiesta de Navidadla “fiesta anual” – se eliminó. Peor aún fue la nueva iniciativa que hacía que todos tuvieran que firmar cada 15 minutos durante la jornada laboral. Lo que hace parecer como “laisser faire” a la insistencia de Marisa Mayer en que los empleados de Yahoo se presenten en la oficina a trabajar.

5. Frases motivacionales
En las oficinas centrales de Facebook en San Francisco las paredes están cubierta de anuncios que dicen: “¿Qué harías si no tuvieras miedo?”

En el edificio de la fábrica de jabones Larkin en Buffalo, muy bonito cuando se inauguró en 1907, Frank Lloyd Wright hizo grabar esto en sus muros: “Pensar, sentir, hacer”. Estas frases no probaron ser eficaces: Jabones Larkin quebró.

6. Papel
En 1975 Business Week predicó a los cuatro vientos la oficina libre de papel pero durante los 25 años siguientes el consumo de papel utilizado en las oficinas continuó aumentando. Aunque ahora estamos utilizando un poco menos, el trabajador promedio genera todavía un kilo de papel al día. Yo predigo que la oficina libre de papel no llegará antes que el baño libre de papel.

Seis cosas que nunca más regresarán
1. Libro Mayor
El fin del libro mayor es quizás la mejor noticia que le ha sucedido a la oficina. El sistema de archivar la información cronológicamente en grandes libros significaba que nada podría ser encontrado de nuevo. La invención del archivador en 1868 – que permitió archivar en orden alfabético – fue probablemente un paso más significativo hacia la economía del conoc
imiento que el ordenador.

2. El cementerio del equipamiento
Objetos tales como la pluma de ganso, el papel secante, las máquinas de escribir, las sumadoras, los servidores, los procesadores de texto y las máquinas de fax son cosas del pasado o están por serlo.

3. Ruido
El fin del ruido de las máquinas sumadoras, las máquinas de escribir y los escandalosos teléfonos de bakelita significaron el fin del ruido. Ahora solo hay el suave tecleo sobre los teclados y el educado vibrar de los móviles. El texto ha remplazado a la charla. La ironía es que ante este silencio que es todo menos distractivo ¿qué hemos empezado a hacer? Usar cascos.

4. Tabaco
Esta era la droga perfecta para la oficina – una invitación y lubricante social todo en uno. En la época de Dickens no eran los cigarrillos sino el rapé (tabaco de esnifar): “el oficinista sonrió y a la vez inhaló un poco de rapé con una satisfacción que aparentaba estar compuesta de apego por inhalar y por el disfrute de la paga”. En las oficinas, el disfrute por la paga ha durado más que el apego por el tabaco, que ha sido echado de la oficina, siendo consumido en la acera frente al edificio solamente por una minoría aferrada a él.

5. Privacidad
Los oficinistas comunes siempre han trabajado en un área común mientras los gerentes lo han hecho en sus propias oficinashasta que durante la década de 1960 un movimiento alemán llamado Bürolandschaft tiró las paredes y en su lugar colocó maceteros. Desde entonces el avance del plan abierto ha continuado y, aunque los ejecutivos lograron conservar sus oficinas, las paredes se hicieron de vidrio. Por eso quien quiera mantener una reunión privada se ve forzada a salirse de la pecera e irse a la escalera.

6. La señora del té
En 1666, la esposa del guardián de la Compañía de las Indias Orientales comenzó a preparar té para los directores, y fue entonces cuando nació el rol de la chica del té. Durante los siguientes 300 años fue una figura de culto en la mayoría de las organizaciones con su anuncio de “Carrito”. En 2003, Isa Allan, una chica del Té de una empresa escocesa, obtuvo un MBE de la Reina por ser “alma y corazón” del lugar. Pero aún la Reina no puede detener la marcha de la mecanización, la tercerización y los recortes: la chica del té ha sido remplazada por la cafetera automática, el dispensador de agua y el Pret A Manger – ninguno de los cuales realiza esa labor cercanamente tan bien.

The History of Office Life

19/07/2013 | Lucy Kellaway – Financial Times English

When I started working in an office in the early 1980s, we smoked cigarettes at our desks, banged out articles on heavy typewriters and at lunchtime decamped to the office canteen or the pub for a hotplate of shepherd´s pie. Everything I´ve written since then about modern offices – the wireless, smokeless, noiseless places where we now workhas been coloured by my memory of how things used to
be.

But now I find my sense of history is all skewed. I´ve just finished making a series for Radio Four about the past 250 years of office life, and have discovered half the things I thought of as new fads turn out not to be new at all; while many things I took to be eternal facts of office life are actually rather recent. There are, however, some constants – like lust and boredom – as well as some things that have gone forever. The tea lady isn´t coming back.

The following lists aim to set the record straight.

Six new fads that aren´t new
1. Working from Starbucks
This recent trend is 350 years old. London´s first coffee shop was opened in 1652, and was an instant hit with men insuring ships or trading in sugar or human hair. Within 50 years there were 3,000 of them – an expansion rate that makes Starbucks´ invasion of the UK capital look sluggish. There were two differences between coffee houses and the modern version. The point then was to meet people – now it is to be alone with your laptop. And the drink of choice was not a caramel frappuccino with extra cinnamon but a blackish brew said to resemble «syrup of soot and essence of old shoes».

2. Working from home
People always used to work from home – not because of the internet or to save petrol – but because there weren´t any offices. In 1762, when the Barings set up at their home in Mincing Lane, the banking was done downstairs, while upstairs Mrs Baring raised 10 out of their 12 children. It was a time of multiskilling: clerks, who lived in too, were expected to be equally handy totting up numbers, running errands and handing round bread and butter soldiers at teatime.

3. Paying for internships
Modern interns are expected not only to work for nothing but sometimes have to pay for the privilege. Yet 200 years ago this sort of thing was routine. When a teenage Charles Lamb got a sought-after job in the accounts department at the East India Company, he had to put down a £500 bond against good behaviour, and find two sponsors to do the same, and then worked for two years with no salary at all. That cost the equivalent of £140,000, making a week´s internship at Voguewhich went for $42,500 at a charity auction last year – seem quite reasonable.

4. Eating breakfast at your desk
A young colleague likes to start the day crunching his way through a bowl of Fruit´n´Fibre over his keyboard; John Stuart Mill got there 170 years before him. Every day he walked from his house in Kensington to his office in Leadenhall Street where he had a boiled egg and a cup of tea at his desk. The difference was that Mill´s breakfast was brought to him by a servant. My colleague has to pour out his Fruit´n´Fibre himself.

5. Twitter
The microblogging site did not invent brevity. It was invented on May 24 1844 when Samuel Morse tapped out the first telegraph: «What hath God wrought?» What He wrought turned out to be a very big deal indeed, laying the way for the internet and leading on March 21 2006 to Jack Dorsey tapping out the first tweet: «just setting up my twttr». It´s not surprising that as a piece of prose, Morse´s message was vastly superior: early telegraphs cost the equivalent of $25 a message, which meant you didn´t just write any old thing.

6. Email destroying peace of mind
Our fears about email making us stressed are precisely the same as the ones we had 100 years ago with the telephone. An article published in Telephony magazine in 1913 reported that some people were made hysterical by being endlessly available on the telephone and fielding calls that flooded in at the rate of less than one a day.

And it was the telephone, not the BlackBerry, that destroyed holidays. An advertisement from 1914 advised business people that the telephone would allow them, while on holiday fishing for trout, to stay in touch with what was happening in the office.

Six things that really are new
1. Managers
Until the 20th century there were hardly any managers at all. Britain went through the industrial revolution with hardly anyinstead, there were owners, gang bosses and overseers. The word «management» wasn´t used in its modern sense until a hundred years ago. But now there are 5m of them in the UK, 10 times as many as in 1911. Without managers, office life as we know it simply didn´t exist: there were almost no meetings, no memos and no need for «leveraging» or «delivering solutions».

2. Liking your job
The notion that people enjoyed their work was unheard of. JS Mill, who had a cushy job at the East India Company, was more positive than most but even he viewed it as «an actual rest from the other mental occupations which I have carried on simultaneously». In Victorian times clerks appear to have been permanently wretched. A clerk writing in 1907 referred to his colleagues as «miserable little pen driversfellows in black coats with inky fingers and shiny seats on their trousers». They sat on high, uncomfortable stools and worked in damp places, and were likely to get tuberculosis as well as backache.

3. Women
Women in offices were a late 19th-century innovation, introduced as an experiment to cope with growing workload, but became a huge hit. They were cheap, and didn´t need promoting because as soon as they got married, they left and cheaper replacements could be found. Until the First World War, «lady clerks» had separate entrances, staircases and dining rooms. They often worked behind screens and, in some cases, in cages to ensure their morals weren´t messed with.

At Barclays they were allowed on to the roof at lunchtime, where they marched around and sang the company song. There was only one perk enjoyed by lady clerks not available now: they were allowed to knit in quiet periods.

4. Competence
Being adequate at your job is a relatively new invention – at least in the public sector. In the mid-19th century the Civil Service was stuffed full of drooling idiots put there by relatives. A parliamentary paper from 1855 refers to «the most feeble sons in families which have been so fortunate as to obtain an appointment, yes, and others too, either mentally or physically incapacitated, enter the Service». But then came the reforms of t
he 1870s and the revolutionary idea that to get a job you needed not only to refrain from drooling
but also to know some mathematics and Latin, too.

5. Jargon
When the management style was command-and-control there was no need for jargon. To fire people, you didn´t talk of «demising,» as HSBC did recently. William Lever, founder of the soap company Lever Bros, wrote matter-of-factly of how in the 1920s he had got rid of «inefficient men, and too highly paid men, elderly men and men past their work … I am confident that this has produced a state of fear in the minds of the remainder that if they were not efficient their turn would come next.»

6. Casual clothes
The team that brought Apple Macintosh to market in 1984 didn´t just amaze with their product but with their clothes: they were all clad in grey hoodies. Until then, everyone dressed up for work. In Pickwick Papers Charles Dickens describes: «First, taking off that black coat which lasts the year through, and putting on one which did duty last year, and which he keeps in his desk to save the other.» By the 1970s the virtue of smart dress was scientifically proven: according to the bestseller Dress For Success, secretaries of men who wore short-sleeved shirts were late 12 per cent more than those in long-sleeved ones.

Six things that are eternal
1. Lust
This long predates the invention of the lady clerk. As Pepys writes in his diary on June 30 1662: «Up betimes, and to my office, where I found Griffen´s girl making it clean, but, God forgive me! what a mind I had to her, but did not meddle with her.»

By the time women arrived in offices a great deal of meddling went on, and often ended very badly indeed. In 1958 Connie Nichols, a secretary at Eli Lilly, had a long affair with her boss but when she found she´d been discarded for a younger model, she seized a gun and shot him.

2. Badmouthing colleagues
To ridicule workmates appears to be a basic need for office workers. Lamb composed a couplet about a particularly dim clerk called Ward: «What Ward knows, God knows; But God knows what Ward knows!» While the need is constant, the execution has changed – witty couplets have been long since replaced by playing mean pranks on social networks.

3. Beauty premium
Being tall, low-voiced and easy on the eye has always been an advantage. Modern chief executives in the US have been found to be 2.5in taller than the average man and countless studies have shown that the good looking do better. A hundred years ago the beauty bias was made explicit: at the bank of Scotland in the late 19th century, clerks were «removed from view» due to «diminutive stature», having a «voice a little peculiar», or for «their jug ears and red hair».

4. Petty policies
In my working life some of the most unpopular changes have centred on axing minor perks such as free biscuits. At the East India Company in 1817 there was an outcry when the Christmas partythe «yearly turtle feast» –
was scrapped.
Even worse was a new initiative that had everyone signing in every 15 minutes throughout the day. A policy that makes Marissa Mayer´s insistence that Yahoo staff turn up to work look laisser faire.

5. Motivational slogans
At the cool Facebook headquarters in San Francisco the walls are covered in notices saying: «What would you do if you weren´t afraid?»

At Larkin Soap building in Buffalo, also pretty cool when it was opened in 1907, Frank Lloyd Wright had this carved into the walls: «Thought, feeling, action.» Such slogans didn´t prove terribly successful: Larkin Soap went bust.

6. Paper
In 1975, BusinessWeek famously predicated a paperless office but for the next 25 years the volume of paper used in offices went on rising. Even though we are now weaning ourselves off it a little, the average worker still generates 2lb of paper a day. I still predict the paperless office will arrive no sooner than the paperless toilet.

Six things that will never come back
1. Ledgers
The end of the ledger was possibly the best news the office ever had. The system of entering all information chronologically in vast books meant nothing could ever be found again. The invention of the filing cabinet in 1868 – which allowed things to be filed alphabetically – was probably a bigger step towards the knowledge economy than the computer.

2. A graveyard of equipment
Items such as quill pens, blotting paper, typewriters, adding machines, mainframe computers, word processors, and fax machines are all gone or going.

3. Noise
The end of the clanking adding machines, typewriters and raucous Bakelite telephones meant the end of noise. Now there is only the light tapping on keyboards and politely vibrating mobiles. Text has replaced talk. The irony is that against all that distracting silence, what have we started to do? Wear headphones.

4. Tobacco
This was the perfect office drug – a pick-me-up and social lubricant all in one. In Dickens´ time it wasn´t cigarettes but snuff: «The clerk smiled as he said this, and inhaled the pinch of snuff with a zest which seemed to be compounded of a fondness for snuff and a relish for fees In offices, a relish for fees has outlasted a fondness for tobacco, which has been stamped out from the office, consumed only by a stubborn minority on the pavement outside.

5. Privacy
Lowly workers have always worked open plan while managers had their own officesuntil the 1960s and a German movement called Bürolandschaft took away walls and put in pot plants instead. Since then the onward march of open plan has continued, and even if executives manage to hold on to their offices, the walls are now made of glass. Thus anyone wanting a private meeting is forced out of the goldfish bowl and on to the stairwell.

6. The tea lady
In 1666, the wife of the housekeeper at the East India Company started making tea for the directors, and thus the role of the tea lady was born. For the next 300 years she was a cult figure in most organisations with her welcome cry of «Trolley». In 2003, Isa Allan, a tea lady at Scottish Enterprise, was given an MBE by the Queen for being the «heart and soul» of the place. But even the Queen could not halt the onward march of mechanisation, outsourcing and cost-cutting: the tea lady has been replaced by the coffee machine, the water cooler and Pret A Manger – none of which does the job nearly so well.

Copyright &copy «The Financial Times Limited«.
«FT» and «Financial Times» are trade marks of «The Financial Times Limited».
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of «Financial Times».
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