La política fiscal en los EE. UU. no está en crisis

La política fiscal en los EE. UU. no está en crisis

25/01/2013 | Martin Wolf

Los EE. UU. afrontan unos retos enormes, en casa y en el exterior. Su posición fiscal no es uno de ellos. Esta es una afirmación muy controversial.

Si uno fuera a juzgarla por el debate en Washington, concluiría que el gobierno federal está al borde de la bancarrota. Esto es falso. Sin embargo, es verdad que los EE. UU. afrontan unos retos fiscales en el largo plazo. Pero esto es debido al aumento sin freno de los costes del sistema sanitario ineficiente. Es verdad que los EE. UU. se encuentran inmersos en un debate feroz sobre las políticas fiscales. Pero esto viene de las disputas filosóficas sobre el papel del Estado. Y es verdad que los EE. UU. han estado creando un déficit fiscal formidable en el corto plazo. Pero esto es resultado de la crisis financiera.

Empecemos, entonces, con las perspectivas en el medio plazo. En una publicación ampliamente citada que ha salido este mes del Centro para las prioridades presupuestarias y políticas (Center on Budget and Policy Priorities), Richard Kogan afirma que “los legisladores pueden estabilizar la deuda pública durante la próxima década … con una reducción adicional en el déficit público de 1,4 billones de dólares. Esta explicación, que mejora las perspectivas en el medio plazo, es una combinación de las medidas políticas para la recuperación económica como, en particular, el Acta de control presupuestario de agosto de 2011 (Budget Control Act, BCA) y el Acta para reducir la carga impositiva al contribuyente (American Taxpayer Relief Act, AFTA) aprobada este mes. Además, dado los ahorros en los pagos interés, los legisladores podrían conseguir esta reducción en el déficit solamente por ahorrar 1,2 billones de dólares adicionales. Esto supondría (una reducción de) tan sólo un 0,6% del PIB esperado, incluso con las previsiones pesimistas que crezca el PIB nominal (calculado con los precios actuales) anual de 4%.

Según estas estimaciones, la ratio de deuda pública al PIB se estabilizaría en alrededor del 73%. ¿Esto sería insoportable? No. Con las tasas de interés reales (con inflación), el coste sería cero. Incluso si las tasas de interés reales aumentaran hasta, por ejemplo, el 3%, el coste fiscal en términos reales sería un mero 2% del PIB. Eso sería perfectamente manejable.

Ahora, consideremos el largo plazo. Sobre este tema la oficina presupuestaria del Congreso (Congressional Budget Office, CBO) anota en su previsión presupuestaria a largo plazo de 2012 que “si las leyes actuales se mantuvieran vigentes, sólo el gasto en los programas sanitarios federales incrementarían más del 5% del PIB de hoy en día, casi del 10% en 2037 y seguirían en alza posteriormente. Se estima que el gasto en la Seguridad Social se incremente con menos fuerza, del 5% del PIB de hoy en día hasta más del 6% en 2030 y en décadas posteriores … Sin aumentos importantes en los ingresos federales, tales incrementos resultarían en la mayor carga de deuda que los EE. UU. haya experimentado nunca”. Para ser exacto, bajo la perspectiva que se mantengan los ingresos a su nivel del 18,5% del PIB (justo por encima de la media de los últimos 40 años), la deuda pública puede llegar al 200% del PIB en 2040.

Así que en el largo plazo, el gobierno federal tendrá que aumentar su recaudación hasta por encima de las medias históricas y detener el aumento de los costes de la sanidad; o, lo que sería más plausible, hacer las dos cosas. Para los no estadounidenses, ninguna de las dos cosas parece difícil.

Pero hay dos características destacables de la economía contemporánea estadounidense que lo ponen difícil: la extrema inequidad de rentas y la ineficiencia sanitaria.

En primer lugar, la CBO ha señalado en otro informe que “el 1% de la población, que concentra las rentas más altas, ha más que duplicado las mismas entre 1979 y 2007, creciendo del casi 10% hasta más del 20%”. La política de cobrarles a este 1% impuestos más altos parece obvia.

Segundo, detrás de estas previsiones sobre el gasto del gobierno está un dramático futuro para el gasto en sanidad, tanto privada como pública, el cual aumentará “desde alrededor de un 17 % del PIB actual (2012) hasta casi un 25 % en 2037”. Hoy en día los EE. UU. gastan una proporción mayor de su PIB que otros países desarrollados. En 2010 el total de su gasto en sanidad fue de 17,6 % de su PIB, el siguiente país desarrollado con un porcentaje similar, Holanda, solo llega al 12 %. Incluso el sector público de los EE. UU. gastan una proporción mayor de su PIB que su similar del Reino Unido; a pesar de lo anterior la esperanza de vida en los EE. UU., solo para tener un punto de comparación, es de solo 78,7 años mientras que en el Reino Unido llega a los 80,6.

Esto nos lleva a la arena del debate filosófico. Por un lado están los que fervientemente apoyan la idea de que los impuestos deben bajar, algunos de ellos alegan incluso que cualquier impuesto es un robo, otros creen que los impuestos destruyen los incentivos, otros más argumentan que cualquier apoyo por parte del estado mina la auto-confianza del ciudadano. Sin embargo, aquellos que están del otro lado del debate creen firmemente en una red que cubra los riesgos relacionados con la salud, el envejecimiento y el desempleo. El presidente Barack Obama defendió esta postura, de manera persuasiva a mi modo de ver, en su discurso de toma de posesión.

En la práctica el equilibrio político tiende a que se incluyan los compromisos en gasto pero no su equivalente en ingreso. A la larga se tendrán que realizar los ajustes necesarios; el resultado no parece que será el crecimiento dramático de la deuda; de hecho lo más factible es que se aumenten los impuestos y se restrinjan los gastos, especialmente en sanidad. Este es el único trato plausible, ya que declararse en suspensión de pagos ahora, para evitar una hipotética quiebra dentro de unas décadas, sería cosa de locos.

Finalmente, ¿qué es lo que se tiene que hacer ahora? La respuesta comienza con reconocer la realidad. Si uno mira hacia atrás, en 2008 y 2009 (antes de que Obama pudiera influir en la política fiscal) verá el incremento dramático en el déficit, en los recortes en ingresos y el elevado aumento en el gasto real, ambos relacionados directamente con la crisis financiera y la subsecuente recesión. Desde 2009 el gasto federal no ha sufrido variaciones; mientras tanto los ingresos han sido altamente cíclicos desde el año 2000 y sin un objetivo fijo. Los inmensos déficits fueron el resultado de una crisis inesperada y de decisiones, tomadas con anterioridad, que sostuvieron un incremento rápido del gasto real a la vez que disminuían los ingresos fiscales.

Otro de los legados de la crisis ha sido un inmenso aumento de los ingresos financieros consolidados del sector privado (el balance entre los ingresos y los gastos como porcentaje del PIB). El déficit fiscal es el reflejo de este incremento de la prudencia del sector privado. El riesgo es que la acelerada restricción en el gasto, en una época con tasas de interés de 0%, deprimirá más la economía antes que incrementar los ingresos fiscales; esto porque los multiplicadores fiscales son particularmente altos en estas circunstancias, tal como lo argumenta el FMI. El momento para apretar la política fiscal será cuando la economía esté en auge.

El gobierno federal no está al borde de la bancarrota, si acaso, se ha apretado el cinturón demasiado y muy rápido. El reto económico más urgente no es la política fiscal, es más importante promover la recuperación de la economía. Los objetivos a largo plazo son elevar los ingresos a la vez que se disminuye el costo sanitario. Mientras tanto … tranquilicémonos.

Este tema es una traducción autorizada por el Financial Times de un artículo de opinión de su columnista Martin Wolf llamado «America’s fiscal policy is not in crisis».

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Traducido por Finanzas para Mortales con la autorización de «Financial Times».

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