Las economías son demasiado resistentes para que el Estado Islámico las destruya

Las economías son demasiado resistentes para que el Estado Islámico las destruya

19/11/2015 | John Gapper (Financial Times) – Financial Times Español

Pocos días después de los ataques en París, es difícil nombrar los negocios que fueron escogidos por los terroristas. Los lugares públicos — el teatro Bataclan y el Stade de France — son memorables. Los cafés y bares del este de París — Le Carillon, Comptoir Voltaire, La Belle Equipe — no eran, en sí, simbólicos. Eran simplemente lugares para que las personas se reunieran.

A pesar del terrible derramamiento de sangre, los ataques tampoco tuvieron un impacto físico profundo en la estructura de la ciudad. Hay ventanas rotas y algunos daños ocasionados por las bombas, pero París sobrevive, en gran parte, como antes. Desde el punto de vista de los trastornos ocasionados en la infraestructura física o en la economía — los suministros de energía, las comunicaciones y las cadenas de suministro de Francia — el Estado Islámico (EI) podría haberse evitado la molestia.

El modelo de funcionamiento transnacional de Al Qaeda se ha comparado con el de una franquicia global: su marca la adoptan grupos semiindependientes que se organizan y llevan a cabo sus propios ataques.

A juzgar por París, el EI prefiere subcontratar. Desde su cadena de suministro de armas de calidad militar hasta la planificación transfronteriza de las explosiones, funciona como una multinacional. «Diseñado en Siria. Fabricado en Bélgica» podría ser su eslogan. Sin embargo, el impacto económico de los terroristas islamistas — quienes están obsesionados con ocasionar tantas muertes como les sea posible — suele ser mínimo, aparte del que tiene sobre el turismo y los viajes. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 tuvieron poco efecto a largo plazo después de los 90 mil millones de dólares iniciales en daños. La crisis financiera de 2008 y el terremoto de Japón de 2011, los cuales interrumpieron las cadenas de suministro globales, fueron más poderosos.

El número de personas fallecidas en París fue alto, pero el impacto financiero fue menor incluso que el de una explosión accidental en una planta química alemana en 2012. Este accidente ocasionó la muerte de dos trabajadores y detuvo la producción de una resina utilizada en partes de frenos y combustible, lo cual a su vez causó la escasez de suministros para los fabricantes de automóviles estadounidenses y europeos.

Sólo por esta razón, el discurso del presidente francés François Hollande acerca de la guerra contra el EI es erróneo. El EI ha formado un estado dentro de Siria e Irak mediante el control de la industria petrolera en el interior de sus territorios, pero su “marca” transfronteriza de terrorismo no es bélica. Matar seres humanos es terrible, pero no es suficiente en una guerra: hay que destruir la infraestructura y deteriorar los suministros, como hicieron los nazis en la década de 1940 al bombardear los muelles al este de Londres.

El terrorismo islamista — que a mediados de la década de 1990 sobrepasó las tendencias de insurrección izquierdistas en las que las industrias y los líderes empresariales a menudo eran los objetivos primarios — no hace eso. Más bien trata de provocar un choque de civilizaciones fomentando el terror. Más allá de la mordaz retórica sobre «atacar la capital de la prostitución y el vicio» en París, el EI reconoce una realidad: que desearía destruir la economía francesa, pero no puede.

Como declaró el profesor Todd Sandler de la Universidad de Texas, quien estudia los efectos económicos del terrorismo: «Ellos pueden asustarnos a morir, pero no parecen tener mucho impacto económico».

Es en parte una cuestión de escala. La mayoría de los ataques terroristas, incluso los de París, son a pequeña escala y localizados: si no estás cerca de donde ocurren en el momento preciso, no corres peligro. También es un reflejo de la capacidad de recuperación de las economías modernas diversificadas. Existen algunos “cuellos de botella” en la infraestructura de energía y comunicaciones, pero la mayoría están bien vigilados; los blancos terroristas fáciles son menos importantes económicamente.

Con el fin de crear daños a largo plazo, el terrorismo tiene que ser sostenido, concentrado y dirigido hacia un área pequeña. Se calcula que la producción de la región vasca de España se redujo en 10 puntos porcentuales debido a una campaña separatista de 20 años, la cual fue dirigida en gran parte — a diferencia del terrorismo islamista — a objetivos industriales.

Los ataques de París pueden mellar la economía de Francia y la de otros países de Europa si los gobiernos responden — como amenazan algunos — restableciendo los controles fronterizos y debilitando el acuerdo de Schengen que permite la libre circulación de personas y mercancía. Ciertos economistas de Citigroup advirtieron esta semana acerca de «una creciente reacción en contra de un elemento clave de la globalización».

Al EI le agradaría este resultado como un efecto económico secundario de su ofensiva religiosa, pero no es un hecho. Los ataques como el del World Trade Center y los atentados con bombas contra los trenes en Madrid en 2004 no redujeron el crecimiento en el comercio mundial. La disminución del crecimiento comercial — el cual se redujo a 3 por ciento en 2013 en comparación con un promedio de 7,1 por ciento de crecimiento entre 1987 y 2007 — tiene otras causas.

La causa más significativa, según un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI), es una nivelación en la fragmentación de la cadena de suministro y en el «ir y venir» de los componentes industriales después de un crecimiento prolongado en la subcontratación de fabricación por parte de EEUU y Europea a China y Asia. La globalización no se detuvo a causa del terrorismo o del proteccionismo comercial, sino porque había alcanzado su límite.

El terrorismo tiene su propia lógica; fomenta un miedo excesivo que no iguala el peligro que representa y es una campaña de mercadotecnia para los reclutas. Hace lo que sus planificadores desean. Pero en comparación con fenómenos naturales como terremotos, y con las fluctuaciones de la industria y el comercio, incluso los ataques de gran magnitud son económicamente menores.

Es difícil recordar esto cuando nos enfrentamos a atrocidades, pero es la realidad. Numerosos parisinos cayeron, pero París sigue en pie.

 

Economies are too tough for Isis to destroy

11/19/2015 | John Gapper (Financial Times) – Financial Times English

A few days after the assault on Paris, it is hard to name the businesses that were singled out by the terrorists. The public venues — the Bataclan theatre and the Stade de France — are memorable. The cafés and bars of eastern Paris — Le Carillon, Comptoir Voltaire, La Belle Equipe — were not symbolic in themselves. They were simply places for people to gather.

Nor, despite the terrible bloodshed, have the attacks had a deep physical impact on the fabric of the city. There are broken windows and some bomb damage but Paris otherwise survives largely as before. In terms of disrupting physical infrastructure or the economy — the energy supplies, communications and supply chains of France — Isis might as well not have bothered.

Al-Qaeda’s transnational operating model has been compared with global franchising: its brand is adopted by semi-independent groups that organise and carry out their own attacks.

To judge by Paris, Isis prefers to outsource. From its supply chain of military-grade weapons to cross-border planning of explosions, it is a multinational. “Designed in Syria. Manufactured in Belgium” could be its slogan. Yet the economic impact of Islamist terrorists, who are obsessed with causing as many deaths as possible, is usually minimal apart from on tourism and travel. The attacks of September 11 2001 had little long-term effect after the initial $90bn of damage. The 2008 financial crisis and the 2011 Japanese earthquake, whic
h disrupted global supply chains, were more powerful.

The Paris death toll was high but its financial reach was less even than an accidental explosion at a German chemical plant in 2012. That killed two workers and halted the production of a resin used in brake and fuel parts, which in turn inflicted supply shortages on US and European carmakers.

For this reason alone, French President François Hollande’s talk of war on Isis is misguided. Isis has formed a state within Syria and Iraq by controlling the oil industry inside its territories, but its cross-border brand of terrorism is not warlike. Killing people is terrifying but is insufficient in war: you must destroy infrastructure and degrade supplies, as the Nazis did in the 1940s by bombing the east London docks.

Islamist terrorism, which in the mid-1990s overtook leftist forms of insurrection in which industries and business leaders were often primary targets, does not do that. It attempts to encourage a clash of civilisations by fomenting terror in what Isis calls “the grey zone” — the millions of people who do not want to be trapped in a caliphate and prefer to enjoy their liberty elsewhere. Beneath the scathing rhetoric about “targeting the capital of prostitution and vice” in Paris, Isis recognises a reality: that it would like to destroy the French economy but it cannot.

As Todd Sandler, a professor at the University of Texas who studies the economic effects of terrorism, says: “They can scare the heck out of us but they do not seem to have much economic impact.”

It is partly a matter of scale. Most terrorist attacks, even those in Paris, are small and localised: if you do not happen to be nearby at the time, you are not in danger. It also reflects the resilience of diversified modern economies. There are some choke points in power and communications infrastructure but most are well guarded — the soft terrorist targets are less financially critical.

Companies may suffer but industries as a whole are very robust,” says Yossi Sheffi, professor at the Massachusetts Institute of Technology. In order to create long-term damage, terrorism has to be sustained, focused and targeted at a small area. The output of Spain’s Basque region was estimated to have been reduced by 10 percentage points by a 20-year separatist campaign — much of it, unlike with Islamist terrorism, aimed at industrial targets.

The Paris attacks may dent France’s economy and those of other European countries if governments respondas some are threatening to — by reinstating border controls and weakening the Schengen agreement that allows free movement of people and goods. Citigroup economists warned this week of “a growing backlash against a key element of globalisation”.

Isis would welcome it as an economic side effect of its religious offensive but it is not a given. Attacks such as that on the World Trade Center and the Madrid train bombings of 2004 did not curtail growth in global trade. The damping of trade growth, which dropped to 3 per cent in 2013 compared with an average of 7.1 per cent growth between 1987 and 2007, has other causes.

The most significant, according to one International Monetary Fund study, is a levelling in supply chain fragmentation and the “back and forth” of industrial components after a prolonged growth in outsourcing of US and European manufacturing to China and Asia. Globalisation paused not because of terrorism or trade protectionism but because it had reached limits.

Terrorism has its own logic. It fosters fear far in excess of the danger it presents and is a marketing campaign for recruits. It does what its planners want. But set against natural events such as earthquakes, and the ebb and flow of industry and trade, even large attacks are economically minor.

It is hard to keep in mind when faced with atrocities but it is the reality. Many Parisians fell but Paris stands.

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«FT» and «Financial Times» are trade marks of «The Financial Times Limited».
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of «Financial Times».
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