Los agoreros están equivocados sobre China

17/12/2015 | David Pilling (Financial Times) – Financial Times Español

Es fácil imaginar el descarrilamiento del tren económico de China. Cuando llegué a Asia hace 14 años, muchas personas en Japón, donde la economía era entonces tres veces el tamaño de la de China en términos nominales, predecía precisamente eso. Seguramente, razonaron, el sistema debe derrumbarse bajo sus propias contradicciones.

Era, después de todo, una economía dirigida por el Estado propensa a una mala asignación de capital y dependiente de inversión derrochadora. Tenía un aparato político represivo que gastaba más en seguridad privada que en la defensa nacional.

El descontento con los funcionarios del partido comunista estaba creciendo, muchos de ellos estaban involucrados en la corrupción y en el acaparamiento de tierras en una escala épica. La economía estaba produciendo un crecimiento asombroso; no obstante, estaba envenenando el aire, el agua y, a veces, hasta a los propios ciudadanos chinos.

El análisis no estaba equivocado. La conclusión, sin embargo, de que las tensiones inherentes llevarían a un caos social que llevaría al sistema a derrumbarse nació de una ilusión.

Esta teoría subestimó los logros del partido comunista en traer mejoras tangibles a las vidas de cientos de millones de personas. Subestimó, también, la fuerza de su mensaje patriótico: después de más de 100 años de humillación, China, por último, en las palabras de Mao Zedong, “se levantó”.

En lugar de derrumbarse, en cierta medida China se ha fortalecido. Su producción es más del doble de la de Japón. En términos de paridad de poder adquisitivo, superó a EEUU el año pasado, por lo que es la mayor economía del mundo. En sólo 15 años, su producto interior bruto per cápita ha pasado de ser el 8 por ciento del nivel de EEUU al 25 por ciento.

En Japón, muchos secretamente esperan que China falle. No sin razón, temen tener a un poderoso vecino vengativo con un libro de historia en la mano. Sin embargo, en América y Europa, también, muchos erróneamente han asumido que es un castillo de naipes.

Los libros que auguran el colapso de China han sido populares durante años. Pero es posible señalar los defectos y las injusticias del sistema autoritario sin predecir su inminente desaparición. En algún momento, el Partido Comunista cederá a otra cosa. Todas las dinastías fallan. Sin embargo, probablemente permanezca en el poder más tiempo del esperado.

El ascenso de China es el evento más importante de nuestra época. En las mentes de muchos occidentales, fue ensombrecido por la amenaza del terrorismo y por una revolución tecnológica que trajo los regalos binarios de oportunidad y destrucción. Sin embargo, las consecuencias de la renovación de una nación que posee una quinta parte de la población mundial serán profundas, moviendo el centro del mundo de occidente a oriente.

Económicamente, ya ha transformado las perspectivas de los productores de materias primas desde Angola hasta Australia, a pesar de la reciente caída de los precios de los productos básicos debido a la desaceleración de China.

Políticamente, ha cambiado los cálculos de casi todas las naciones. EEUU ha girado hacia Asia incluso mientras sus diplomáticos ponderan la continuada viabilidad de las garantías de seguridad incondicionales con Japón y Taiwán. Atraídos por el magnetismo de los negocios y el poder, el Reino Unido ha desafiado a Washington al participar en un banco chino diseñado para desafiar el orden de la posguerra personificado por las instituciones de Bretton Woods.

Hay riesgos en el ascenso de China. Se destacan dos. El primero es la guerra. El récord de la humanidad con respecto al ajuste de las potencias emergentes no es bueno. A medida que gana fuerza, Beijing no aceptará la “Pax Americana”, al menos en lo que considera su área natural de influencia. Las posturas de China y EEUU sobre las islas artificiales en el Mar Meridional de China son una señal de lo que vendrá. También lo son los ataques de nacionalismo airado dirigidos hacia Japón.

El segundo es el medio ambiente. Es comprensible que los chinos aspiren al nivel de vida norteamericano, con los automóviles y frigoríficos de tamaño americano. Lo mismo ocurre con 1,3 mil millones de indios, y cientos de millones más en Asia, África y América Latina. No está claro que el planeta pueda sostener tales ambiciones. Sin avances tecnológicos significativos — plausibles pero no predecibles — alguien tendrá que ceder.

A pesar de todos los riesgos, el ascenso de China debe ser celebrado. El Japón de la posguerra demostró al mundo que la prosperidad y la modernidad no eran del dominio exclusivo de los europeos y americanos. China ha demostrado que el éxito de Japón puede ser emulado, aunque aún no igualado, en una escala mucho más grande.

Este puede parecer un momento extraño para celebrar. ¿No se está derrumbando el modelo chino? El crecimiento ha caído más rápidamente de lo que muchos habían imaginado. Podría caer mucho más todavía. Eso podría precipitar una crisis financiera. La deuda se ha duplicado desde 2009. No fue difícil esconder las grietas en el sistema con un crecimiento de dos dígitos. Con un 3 por ciento, podría no ser tan fácil. Su fuerza laboral se está reduciendo. Su población está envejeciendo rápidamente. En sólo 15 años, casi una cuarta parte de su población tendrá más de 65. ¿No parecen los agoreros adivinos ahora?

En realidad, China no tiene que hacerlo bien para cambiar el mundo. Debido a la magnitud de su población, si su gente alcanza la mitad del nivel de vida de EEUU, su economía sería el doble.

Aquellos que buscan fisuras en el sistema de China las encontrarán en abundancia. Aquellos que creen que “la amenaza china” está a punto de desaparecer se sentirán decepcionados.

 

Celebrate the rise of flawed, febrile China

12/17/2015 | David Pilling (Financial Times) – Financial Times English

It is easy to imagine China’s economic freight train going off the rails. When I came to Asia 14 years ago, many people in Japan, where the economy was then three times the size of China’s in nominal terms, were predicting precisely that. Surely, they reasoned, the system must crumble under its own contradictions.

It was, after all, a state-managed economy prone to misallocation of capital and dependent on wasteful investment. It had a repressive political apparatus that spent more on internal security than on national defence.

Anger was growing at Communist party officials, many of whom were neck deep in corruption and engaged in land grabbing on an epic scale. Crudely measured, the economy was churning out astonishing growth. Yet it was poisoning the air, the water and, not infrequently, China’s own citizens.

None of that analysis was wrong. The conclusion, however, that the inherent stresses would lead to social chaos and bring the system crashing down was born of wishful thinking.

It underestimated the Communist party’sachievements in bringing tangible improvements to the lives of hundreds of millions of people. It underestimated, too, the strength of its patriotic message: that, after more than 100 years of humiliation, China had, finally, in the words of Mao Zedong, “stood up”.

Instead of collapsing, by some measures China has gone from strength to strength. Its output is more than twice the size of Japan’s. In purchasing-power parity terms, it overtook the US last year, making it the world’s biggest economy. In just 15 years, its gross domestic product per capita has jumped from 8 per cent of the US level to 25 per cent.

In Japan, many secretly hope that China will fail. Not without reason, they fear a vengeful, powerful neighbour with history book in hand. Yet in America and Europe, too, some have been guilty of assuming it is a house of cards.

Books with titles such as The Coming Collapse of China have been staples for years. It is possible to point out the flaws and gross injustices of the authoritarian system without predicting its imminent demise. At some point, the Communist party will yield to something else. All dynasties fail. Yet in all likelihood it will stay in power longer than many expect.

China’s rise is the most important event of our epoch. In the minds of many westerners, it is overshadowed by the threat of terrorism and by a technological revolution bearing the binary gifts of opportunity and destruction. Yet the consequences of the rejuvenation of a nation containing one-fifth of the world’s people will be profound, drawing the globe’s centre of gravity from west to east.

Economically, it has already transformed the prospects of raw-material producers from Angola to Australia, notwithstanding the recent fall in commodity prices born of China’s slowdown.

Politically, it has changed the calculations of almost every nation. The US has pivoted to Asia even as its diplomats ponder the continued feasibility of unconditional security guarantees with the likes of Japan and Taiwan. Drawn by the magnet of business and power, the UK has defied Washington by joining a Chinese bank designed to challenge a postwar order epitomised by the Bretton Woods institutions.

There are risks to China’s rise. Two stand out. The first is war. Humanity’s record in adjusting to rising powers is not good. As it grows stronger, Beijing will not accept Pax Americana, at least in what it considers to be its natural sphere of influence. Sino-US posturing around artificial islands in the South China Sea is a sign of things to come. So are bouts of angry nationalism aimed at Japan.

The second is environmental. Understandably, Chinese people aspire to US living standards, with American-sized cars and fridges. So do 1.3bn Indians, and hundreds of millions more in Asia, Africa and Latin America. It is not clear the planet can sustain such ambitions. Without significant technological breakthroughs, plausible but hardly preordained, something might have to give.

For all the risks, China’s rise should be celebrated. Postwar Japan proved to the world that prosperity and modernity were not the preserve of white Europeans and Americans. China has shown that Japan’s success can be emulated, if not yet matched, on a much larger scale.

This might seem an odd time to celebrate. Is the Chinese model not coming apart at the seams? Growth has fallen more quickly than many had imagined. It could slow much further still. That could precipitate a financial crisis. Debt has doubled since 2009. It was not hard to paper over cracks in the system with double-digit growth. At 3 per cent, it might not be so easy. Its labour force is shrinking. Its population isageing rapidly. In just 15 years, nearly a quarter of its people will be over 65. Don’t the doomsayers now look like soothsayers?

In truth, China does not have to do that well to change the world. Because of the scale of its population, if its people attain only half the living standard of the US, its economy would be twice the size.

Those seeking fissures in the system will find them aplenty. Those imagining that “the China threat” is about to disappear will be disappointed.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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