Los ricos en Venezuela crean su propio oasis

18/10/2016 | Andres Schipani – Financial Times Español

Conforme empeora la escasez de alimentos, se extiende la cola de compradores alrededor de un supermercado en la sección arbolada de Altamira al este de Caracas. Si cruzas la calle verás un escenario muy diferente: el Hotel Cayena, cuyos costes de producción alcanzaron 40 millones de dólares, se ha convertido en un refugio para los venezolanos que pueden pagar 1.000 dólares por una botella de champán La Grande Année de Bollinger.

Ese precio equivale a 40 veces el salario mínimo mensual en Venezuela. Mientras tanto, los bienes básicos como el aceite de cocina, azúcar, arroz y harina de maíz se vuelven cada vez más escasos y sus precios siguen subiendo.

El anterior gobierno socialista aprovechó los elevados precios del petróleo para establecer programas para ayudar a los pobres, intentando reparar las enormes diferencias que aún siguen existiendo en Caracas.

Ahora la economía se ha colapsado, sumiendo a Venezuela — que tiene reservas petroleras aún más grandes que Arabia Saudita — en una de las peores crisis en los 200 años de su historia.

La escasez de alimentos y la inflación no son fenómenos nuevos, pero se han ido empeorando. Hace tres décadas, Venezuela tenía los estándares de vida más altos en América Latina. Caracas era la envidia de las ciudades vecinas con sus museos y galerías que exhibían las más preciadas colecciones de arte moderno en la región.

Actualmente, 17 años después del inicio de la revolución socialista, no hay papel higiénico en las tiendas y los venezolanos se han hartado. “No hay” es la respuesta que se escucha cuando les preguntas a los comerciantes si tienen bienes básicos disponibles.

Pero no es así en el Hotel Cayena. “Éste es un oasis en medio del caos; todo funciona y puedes encontrar de todo”, dice un inversor del hotel mientras mezcla un poco del queso italiano Grana Padano en su risotto de setas. “La riqueza que existía antes de que asumiera el poder Hugo Chávez sigue existiendo, pero más reducida”.

Por ahora, el negocio del inversor, que desea permanecer anónimo, se ha escapado de la llamada a la guerra que alguna vez resonó a través del país. “Qué tiemblen los oligarcas” era el mantra del Presidente Chávez cuando inició su revolución socialista en Venezuela. Las amenazas de expropiaciones provocaron el éxodo de los venezolanos ricos a Miami.

De hecho, la “Revolución Bolivariana” iniciada por el Sr. Chávez, que sigue intentando mantener su sucesor Nicolás Maduro, prometió quitarles el poder a los venezolanos pudientes. Estos individuos llamados “escuálidos” y “pelucones”, han sido criticados por los funcionarios durante muchos años, sin embargo, muchos han resistido a los intentos de confiscar su riqueza.

El elegante Caracas Country Club, fundado hace casi 100 años, tiene 3.000 miembros que disfrutan de bellos jardines, habitaciones llenas de antigüedades y un campo de golf de 18 hoyos. “Siempre está lleno, porque aquí la gente se siente segura”, dice un empresario miembro del club.

Tiene razón en decirlo. Caracas es una de las ciudades más mortíferas en el mundo, la seguridad es considerada el problema principal para todos los venezolanos, ricos y pobres. “La situación es totalmente trágica”, dice un empresario respetado, quien es uno de los 240 vecinos pudientes que viven en la zona que rodea el club.

Recientemente uno de sus vecinos fue secuestrado cerca de algunas de las residencias diplomáticas que se encuentran en la zona. Al igual que muchos de sus amistades, él recibe suficientes ingresos de las operaciones locales de su compañía para contratar a un chofer y un coche blindado, pero no para pagar las matrículas de las universidades estadounidenses de sus hijos.

A pesar de sus quejas, la mayoría de los ricos en el país viven sus vidas en dólares. Ya que la moneda local ha bajado, permanecer en Venezuela se ha vuelto mucho más asequible.

Sin embargo, en este ambiente es difícil percibir que el país está en medio de una crisis económica. A finales del año pasado, se inauguró una franquicia del reconocido Buddha-Bar en Caracas. En la fiesta de inauguración fluyó el champán Taittinger, los invitados disfrutaron de los malabarismos de acróbatas y los percusionistas proporcionaron el ritmo para la celebridad de la noche, DJ Ravin. “Sigue habiendo gente bella con dinero que quiere disfrutar de la vida aquí”, dice el dueño venezolano de ascendencia libanesa quien abrió el bar.

Y eso es verdad. Durante los fines de semana alquilan barcos o aviones privados para visitar las playas vírgenes de Los Roques, un archipiélago venezolano que queda a 130 km de la costa, el cual era muy popular entre los turistas europeos y latinoamericanos antes de la crisis. Las aguas cristalinas son uno de los pocos lujos que quedan en la costa caribeña de Venezuela, gran parte de la cual está cubierta de latas de cerveza vacías.

Sin embargo, muchos piensan que los problemas del país son la culpa de los “enchufados” del gobierno. Los malos manejos han llegado a niveles tan altos que la comisión de finanzas de la legislatura dice que durante los 17 años del Chavismo han desaparecido cerca de 425 mil millones de dólares del fondo público.

Mientras tanto, las ventas de automóviles de lujo están en el nivel más alto que se ha visto en años: cerca del Hotel Cayena, hay un Ferrari color rojo de 1960 a la venta por tan sólo 300.000 dólares.

Entonces parece ser que para más que unos pocos, no existe una crisis económica. “Para muchos, la situación en el país no es tan difícil”, dice el gerente de un concesionario de automóviles mientras señala un Porsche 911 Targa que cuesta 210.000 dólares.

“Incluso en la situación actual los ricos son más ricos y ahora hay muchos nuevos ricos que pueden pagarlo”.

Venezuela’s wealthy build their own oasis

18/10/2016 | Andres Schipani – Financial Times English

As food shortages bite, a queue of angry shoppers stretches for blocks around a supermarket in the leafy quarter of Altamira in eastern Caracas. Across the road, though, is a different picture: the Hotel Cayena, built at a cost of $40m, has become a refuge for those who can afford to drink Bollinger’s La Grande Année champagne costing more than $1,000 a bottle.

The price is equivalent to 40 times Venezuela’s minimum monthly wage. Meanwhile, food staples such as cooking oil, sugar, rice and maize flour are increasingly scarce and prices are rising fast.

Buoyed by high oil prices, the previous socialist government established programmes to help the poor, in an attempt to damp the gross inequalities that still exist in Caracas.

Now the economy has collapsed, plunging Venezuela, which has larger oil reserves than Saudi Arabia, into one of the worst crises in its 200-year history.

Food shortages and inflation are hardly new phenomena but have been worsening steadily. Three decades ago, Venezuela boasted some of Latin America’s highest living standards. During its golden age, Caracas was the envy of neighbouring cities, with its museums and galleries holding the best collections of modern art in the region.

Today, after 17 years of socialist revolution, there is not even toilet paper in the shops and the people are fed up. “No hay” (“there isn’t any” in Spanish) is a commonplace refrain from shopkeepers asked if they have basic items in stock.

But not at the Hotel Cayena. “This is an oasis in the middle of chaos; everything works and you can find everything,” one hotel investor adds, stirring Italian Grana Padano cheese into his mushroom risotto.

“The wealth that was around here before Hugo Chávez came to power is still around but much diminished”.

For now, the business of the investor, who wishes to remain anonymous, has escaped the war cry that once resounded across the land. “Oligarchs, tremble” became the mantra of the late President Chávez on launching his socialist revolution in Venezuela. The threat of expropriations led to an exodus of the wealthy to Miami.

Indeed, the “Bolivarian revolution” begun by Chávez, and now pursued by his embattled successor Nicolás Maduro, vowed to take power away from the wealthy. Dubbed escuálidos (squalid) and pelucones (bigwig conservatives), they have been derided by officials for years, yet many have resisted attempts to seize their wealth.

The elegant Caracas Country Club, founded almost a century ago, has 3,000 members, who enjoy manicured lawns, antique chairs and an 18-hole golf course. “It is always full because people feel safe here,” says a veteran member and businessman.

Understandably so. Caracas is one of the world’s deadliest cities; security is frequently rated the top concern for Venezuelans both rich and poor. “The situation is absolutely dramatic,” says a respected Ivy League-educated businessman, who is one of the 240 wealthy neighbours who live in the area surrounding the club’s grounds.

Recently one of his neighbours was kidnapped not far from the many diplomatic residences that dot the area. Like many of his peers, with the money he earns from his company’s local operations he has enough to be chauffeured in an armoured car but not enough to pay for his children’s US university fees.

Despite their grumbles, most of the country’s wealthy live their lives in dollars. As the local currency has plummeted, remaining in Venezuela has become much more affordable.

Yet it is difficult to feel as if you are in the middle of an economic crisis. Late last year, a franchise of the fashionable Buddha-Bar opened in Caracas. At the opening-night party, acrobats tumbled and drummers provided the beat for celebrity DJ Ravin as Taittinger champagne flowed in the packed two-storey restaurant and club. “There are still beautiful people with money who want to enjoy life here,” says the heavily accented Lebanese-Venezuelan businessman who opened the bar.

And indeed there are. At weekends they charter private boats or jets to the white, unspoilt beaches of Los Roques, a Venezuelan archipelago about 130km off the coast that was popular with high-end tourists from Latin America and Europe before the crisis hit. The crystal-clear waters are one of the few luxuries on Venezuela’s Caribbean coastline, much of which is littered with empty beer cans.

Yet for many, the blame for some of the country’s woes should be laid at the feet of the so-called government enchufados (plugged-ins). Maladministration has reached such levels that the legislature’s finance commission says that 17 years of Chavismo have led to some $425bn of public money going missing.

Meanwhile, high-end car sales in Venezuela are at their highest level for years: close to the Hotel Cayena, a red 1960 Ferrari is on sale for a mere $300,000.

For more than a few, then, it seems there is no economic crisis. “To many, things are not going that badly here,” says the manager of the car dealership, running his hand over a grey Porsche 911 Targa (price: $210,000).

“Even in the current situation the rich are richer, and there are many newer rich who can afford this.”


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“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.


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