Los superyates magnifican los peores rasgos de la personalidad de los multimillonarios

24/11/2016 | Andrew Hill (Financial Times) – Financial Times Español

Hace unos días, mientras navegaba en un velero pasé junto al nuevo superyate de Sir Philip Green, el Lionheart, una embarcación de cerca de 3.000 toneladas de flotante grandilocuencia anclada en la isla griega de Skiathos.

Me recordó a la única vez que subí a un barco de este tipo, el cual pertenecía a Robert Maxwell, otro magnate con problemas en asuntos de pensiones. En 1988, viajé con él en avión, junto con otros periodistas, a Córcega para que nos reuniéramos con él en el superyate Lady Ghislaine con el fin de explicarnos, durante el almuerzo, su más reciente incursión en el mundo de la industria editorial. Tres años más tarde, el magnate de los medios desapareció de ese mismo yate, esquivando así las consecuencias personales de su saqueo de los fondos de pensiones del grupo de medios Mirror.

A diferencia del Sr. Maxwell en 1988, Sir Philip — quien fuera recientemente criticado por miembros del parlamento por su mediocre administración de la cadena de tiendas BHS — no estaba en un estado de ánimo comunicativo. (Él no ha sido acusado de ninguna ilegalidad en relación con la falta de financiación de las pensiones en BHS, la cual vendió el año pasado). El minorista no ha respondido a la invitación a compartir una copa que le hice por medio de un texto, y rehusó los intentos de otros periodistas para entrevistarlo.

Pero el Lionheart — que, con 90 metros de longitud, es 35 metros más largo que la embarcación del Sr. Maxwell — me hizo comprender cómo los superyates resumen los defectos y las contradicciones del éxito empresarial.

Los hombres inmensamente ricos (y algunas mujeres ricas) parecen sentir que son los únicos lugares en donde pueden disfrutar del ocio sin ser molestados, viviendo la fantasía interpretada por Julio Verne en “20.000 leguas de viaje submarino”. Su antihéroe, el Capitán Nemo, es capaz de circunnavegar el globo en casi total secreto en el Nautilus, un submarino gigante que cuenta con lo último en tecnología, con una lujosa decoración, con alta cocina y con una biblioteca con libros sobre “ciencia, ética y literatura… pero ni una sola obra sobre economía“.

A diferencia del Nautilus, sin embargo, los superyates son difíciles de ocultar. Cuando están anclados en Mónaco al lado de otros superyates, los multimillonarios y los oligarcas bien pudieran estar viviendo en una casa adosada en cualquiera de los suburbios, aunque con su propio spa, sus propias motos de agua y, en algunas ocasiones, con un pequeño sumergible. Paradójicamente, el “ser visto” a menudo es parte del atractivo de ser dueño de una embarcación de gran tamaño como éstas.

Los yates de gran tamaño tienen el propósito de realzar la reputación de sus propietarios entre sus colegas ultrarricos. Pero cuando las cosas van mal, socavan su imagen. Cuando publiqué una imagen del Lionheart a través de Twitter, varias personas no tardaron en señalar que el solárium de Sir Philip estaba dentro del rango de un tomate podrido.

En su libro, The New New Thing, Michael Lewis narra la obsesión de Jim Clark con el Hyperion, su yate controlado por ordenador, mientras que la burbuja del puntocom se inflaba a finales de 1990. En un momento dado, el cofundador de Netscape se enteró de que alguien estaba construyendo un barco más grande: “En un cierto momento él podía decir, ¿A quién le importa quién es el rico que tenga el mástil más alto?, y de hecho creer cada una de sus palabras. Y en el siguiente momento estaría de pie con el mástil sobresaliendo de él como un enorme falo negro y exclamando sonoramente, el mío tiene sesenta metros. ¿Cuánto mide el tuyo?”.

El Sr. Lewis fue testigo de la “inteligencia y la testosterona… luchando por la hegemonía”. Es fácil ver cómo una sesión de lucha libre pudiera pasar del puente de mando al salón de conferencias, en donde a los líderes corporativos ya les gusta autoimaginarse como dueños de barcos abatidos por impredecibles tormentas.

Existe una buena razón por la cual Nemo excluyó los libros de economía de su biblioteca de a bordo: las consideraciones económicas de construir y mantener dichos buques son aterradoras. Sir Philip (o, posiblemente, su esposa, quien es la dueña del imperio minorista) supuestamente pagó 150 millones de dólares por el Lionheart; el superyate más grande del mundo, el Azzam, de 180 metros, le costó al jeque — que probablemente es el dueño — más del doble.

Towergate Insurance — que el año pasado agrupó una lista de los costes reales de tales botes de exhibición — indicó que solamente el seguro podría alcanzar los 40.000 dólares al año. Los costes operativos ascienden a por lo menos el 10 por ciento del precio de compra. No es de extrañarse que la mayoría de los propietarios se aferren a sus barcos durante sólo tres años, y que J. Pierpont Morgan supuestamente haya pronunciado las siguientes palabras para desanimar a uno de sus contactos en seguir su ejemplo de ser dueño de un yate: “Si tienes que preguntar cuánto cuesta, no puedes pagarlo”.

Puedo ver sólo dos ventajas de ser dueño de grandes barcos. Una de ellas es para disfrutar de un pasatiempo de la niñez a escala real, tal y como lo hace el dedicado marinero Sir Charles Dunstone, el fundador de Carphone Warehouse. Otra ventaja es hacer que hermosas embarcaciones sean nuevamente aptas para navegar, como lo ha hecho el magnate de los electrodomésticos Sir James Dyson al restaurar el Nahlin, un yate de vapor botado por vez primera en 1930. Ésta parece ser una noble asignación de fondos.

Sin embargo, en general, mientras que nada impida que los magnates gasten miles de millones ganados de manera honesta con tan poco gusto y con tanta extravagancia como puedan costear, la mayoría de las compras de superyates reflejan todos sus peores rasgos de personalidad: arrogancia, avaricia personal, una excesiva necesidad de competir y una indiferencia ante la opinión pública. Y, lo que es peor, los superyates les permiten a sus propietarios disfrutar de una ilusión similar a la de Nemo en la que puedan desechar el mundo real, en donde — como el Sr. Maxwell ya descubrió y Sir Philip tal vez esté a punto de descubrir — el juicio puede ser severo, el castigo doloroso y el archienemigo tan difícil de evitar como un arrecife inexplorado.

Superyachts magnify billionaires’ worst traits

24/11/2016 | Andrew Hill (Financial Times) – Financial Times English

A few days ago, I sailed past Sir Philip Green’s new superyacht Lionheart: nearly 3,000 tonnes of floating bombast at anchor off the Greek island of Skiathos.

It reminded me of the only time I boarded such a boat — belonging to another tycoon with pension troubles, Robert Maxwell. In 1988, he flew me and other journalists to Corsica to join him on the Lady Ghislaine so he could explain his latest publishing deal over lunch. Three years later, the media mogul disappeared from the same yacht, thus dodging the personal consequences of his looting of the Mirror media group pension funds.

Unlike Maxwell in 1988, Sir Philip, recently lambasted by MPs for his poor stewardship of retail chain BHS, was not in a forthcoming mood. (He is not accused of any illegality in relation to the underfunding of pensions at BHS, which he sold last year). The retailer did not respond to my text offering to buy him a drink and he declined other reporters’ attempts to interview him.

But seeing Lionheart — which, at 90m, is 35m longer than Maxwell’s vessel — made me realise how superyachts sum up the flaws and contradictions of business success.

Vastly wealthy men (and a few wealthy women) seem to feel they are the only places they can enjoy undisturbed leisure, living out the fantasy portrayed by Jules Verne in 20,000 Leagues Under the Sea. Its anti-hero Captain Nemo is able to circle the globe in near-total secrecy in a giant submarine, Nautilus, complete with the latest technology, luxurious decor, haute cuisine and a library with “books on science, ethics and literature…?(but not) a single work on economics”.

Unlike Nautilus, though, superyachts are hard to hide. When moored in Monaco alongside others, the billionaires and oligarchs may as well be living in an overlooked suburban semi-detached, albeit one with its own spa, jet skis and, occasionally, small submersible. Paradoxically, being seen is often part of the attraction of owning such an oversized vessel.

Large yachts are meant to enhance the reputation of their owners with ultra-rich peers. But when things go wrong, they undermine their image. When I tweeted a picture of Lionheart, a number of people pointed out that Sir Philip’s sundeck was within range of a well-aimed rotten tomato.

In The New New Thing, Michael Lewis chronicles Jim Clark’s obsession with Hyperion, his computer-controlled yacht, as the dotcom bubble inflated in the late 1990s. At one point, Netscape’s co-founder learns someone is building a bigger boat: “One minute he could say, ‘Who cares which rich guy has the tallest mast?’ — and actually believe every word of it. The next minute he would be standing (with) the mast jutting out from him like an enormous black phallus and booming ‘Mine’s sixty metres. How long is yours?’”.

Lewis witnessed “intelligence and testosterone…?wrestling for hegemony”. It is easy to see how such a wrestling match could transfer from the bridge to the boardroom, where corporate leaders already love to picture themselves as masters of ships tossed by unpredictable storms.

There is a good reason why Nemo banned economics books from his on-board library: the economics of building and running such vessels are terrifying. Sir Philip (or possibly his wife, who owns the retail empire) reportedly paid $150m for Lionheart; the world’s biggest superyacht, the 180m Azzam, cost the sheikh who probably owns it well over twice that.

Towergate Insurance, which last year compiled a list of the true costs of such showboats, says cover alone could run to $240,000 annually. Operating costs amount to at least 10 per cent of the purchase price. No wonder most owners hang on to their boats for only three years and that J Pierpont Morgan supposedly uttered the line “if you have to ask the price, you can’t afford it” to warn a contact against following him into yacht ownership.

I can see only two advantages to owning large boats. One is to indulge at scale a childhood hobby, as dedicated sailor Sir Charles Dunstone, the Carphone Warehouse founder, does. Another is making beautiful boats seaworthy again, as household gadget grandee Sir James Dyson has done by restoring Nahlin, a 1930s steam yacht, seems a worthy allocation of funds.

In general, though, while nothing stops magnates spending honestly earned billions with as little taste and as much extravagance as they can afford, most superyacht purchases reflect all their worst traits: hubris, personal greed, an over-aggressive need to compete and a disregard for public opinion. Worse, superyachts allow their owners to indulge a Nemo-like illusion that they can cast off from the real world, where, as Maxwell discovered and Sir Philip may yet, judgment can be harsh, retribution painful and nemesis as hard to avoid as an uncharted reef.


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“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
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