No hay lugar para las propinas en la economía “gig”

19/12/2016 | Izabella Kaminska (Financial Times) – Financial Times Español

Me ha interesado la manera en la que las diferentes culturas abordan el tema de la remuneración de los trabajadores del sector de servicios desde que estuve involucrada en un embarazoso impasse sobre una propina con un taxista durante mi primer viaje a Tokio.

“No propina necesaria, no propina necesaria”, el chofer repetía en inglés chapurreado. Pero yo insistí con obstinación: “No, por favor, por favor, acepte esto”. Mi marido, que estaba observando esta escena que se protagonizó a la entrada del hotel, sacudió la cabeza. Él me había advertido, por supuesto, que esto podría pasar. “¡Te lo dije!”, me dijo con sorna, cuando por fin me di por vencida.

Yo no tenía ni idea de que en Japón dar propinas se considera un insulto. El precio es el precio. Estúpidamente, yo había tratado de forzar unos yenes en la mano del taxista.

¿Entonces por qué se considera esencial la propina en, por ejemplo, EEUU, pero se otorga basado en los méritos del trabajo a discreción del cliente en Europa? Tales diferencias culturales eran algo que yo antes atribuía a peculiaridades o regulaciones locales. Pero una reciente experiencia con la economía “gig”, o de trabajadores independientes, la cual está tratando de eliminar por completo las propinas, me ha hecho caer en la cuenta de que esas diferencias quizás estén más relacionadas con cómo esperamos que sean los trabajadores que trabajan en el sector servicios.

Este año pasé algún tiempo trabajando para Deliveroo, un servicio de entrega de comida del Reino Unido, como parte de la investigación para un artículo que estaba escribiendo para el Financial Times. Quería averiguar cuánto de receptivos tenían que ser los trabajadores para ganar las lucrativas “tarifas dinámicas”, donde se les paga más a los trabajadores cuando sube la demanda. Ya que no se pueden predecir los periodos de tarifas dinámicas, los trabajadores tienen que estar de turno a todas horas.

También quería ver si era posible ganar más en la economía “gig” que el salario nacional mínimo de 7,20 libras a la hora, como alegan con frecuencia las empresas como Deliveroo y Uber.

Descubrí que los periodos de tarifas dinámicas eran demasiado infrecuentes para suplementar las tarifas básicas. Mientras tanto, el único elemento del trabajo de servicio mal pagado que tradicionalmente compensaba las bajas tasas — una propina por un trabajo bien hecho — se había eliminado casi del todo.

En su esfuerzo por acabar con la necesidad de tener efectivo y crear la perfecta experiencia sin roce alguno, los diseñadores de aplicaciones para Deliveroo y otros habían deshumanizado la transacción hasta el punto en que las propinas se habían convertido en un estorbo. Uber hasta incita a los pasajeros a no darles propinas a los conductores.

Frecuentemente, para maximizar el potencial de ganancias, el trabajador de la economía “gig” se ha convertido en “un mil usos”, inscribiéndose en todas las aplicaciones posibles para aprovechar todas las tarifas dinámicas que pueda. Sin embargo, cuando lo logra, socava su propia economía de escala. La multifuncionalidad crea nuevos costes, desde la necesidad de invertir en múltiples herramientas y equipo hasta la carga de tener que cambiar de un oficio a otro.

Lo que hace en realidad la economía “gig” es socavar a los trabajadores de servicios expertos que han aprendido por experiencia que tiene sentido estipular los precios a través de los periodos altos y bajos por el bien del profesionalismo. Los ha reemplazado con aficionados sin ninguna capacidad para planificar, y poco tiempo para dedicarse a su labor con el fin de ganar propinas compensatorias.

En EEUU, los camareros dependen de la bondad discrecional de los extraños para ganar un salario digno. Algunos dirían que eso tiene como resultado trabajadores más capaces y receptivos.

En Europa continental el coste del servicio siempre está incluido en la cuenta. Sí, los críticos alegan que por eso Francia tiene tantos camareros chapuceros y odiosos. Los incentivos importan y los camareros franceses no tienen muchos. Pero también es cierto que en Francia, el trabajo en el sector servicios se considera una carrera legítima y respetable para cualquiera, no sólo estudiantes, inmigrantes y trabajadores ocasionales. En la economía “gig”, donde los trabajadores luchan por ganar el salario mínimo pero no pueden depender de un intercambio de efectivo para generar una oportunidad de obtener propinas, el sistema discrecional simplemente no funciona.

La tradicional industria hostelera estadounidense evita las regulaciones gracias a una peculiaridad local: nadie se atreve a no dar una propina de un mínimo del 20 por ciento de la cuenta. Esto significa una cultura de respeto por el verdadero valor del servicio profesional.

La economía digital tendrá que elaborar la misma cultura si va a evitar la intervención de los reguladores. Si no, el camarero o camarera de carrera pasará a la historia. Eso desataría una amarga carrera hacia los niveles más bajos, socavando todos nuestros estándares de vida.

No room for tips in the gig economy

19/12/2016 | Izabella Kaminska (Financial Times) – Financial Times English

I have been puzzled by the way that different cultures approach service workers’ pay ever since I was involved in an awkward stand-off over a tip with a taxi driver during my first trip to Tokyo.

“No tip necessary, no tip necessary,” the driver kept saying in broken English. But I continued on bullheaded: “No please, please, do take this.” In the background my husband was shaking his head, as a small scene developed at the hotel doorway. He had, of course, warned me this could happen. “I told you so!” he snarked, as I finally conceded.

I was clueless to the fact that in Japan tipping is considered an insult. The price is the price. I had stupidly tried to force some yen into the taxi driver’s hand.

Why is tipping deemed essential in, for example, the US but judged to be merit-based and discretionary in Europe? Such cultural differences I once put down to local quirks or regulations. But a recent experience in the gig economy, which is trying to do away with tips altogether, has made me realise that those differences may be closely tied to how career-minded we expect our service workers to be.

This year I spent time working for Deliveroo, a UK food courier service, for research into a story I was writing for the Financial Times. I wanted to figure out how responsive workers needed to be to earn lucrative “surge rates”, where workers are paid more when demand increases. Because surge rate periods cannot be predicted, workers must be on call all the time.

I also wanted to see if it would be possible in the gig economy to earn more than the minimum national wage of £7.20 per hour, as companies such as Deliveroo and Uber often claim.

I discovered that surge rate periods were too few to supplement the basic rates. Meanwhile, the one element of a low-paid service job that had traditionally compensated for low rates — a tip for a job well done — had largely been done away with.

In their effort to end the necessity for cash and create the perfect, frictionless experience, app developers for Deliveroo and others like it had dehumanised the transaction to such a degree that tips had become inconveniences. Uber even encourages riders not to tip drivers.

To maximise earning potential, gig economy workers often become jacks of all trades, signed up to as many different task apps as possible to capture surge rate opportunities as best they can. Yet when they do so, they undermine their own economies of scale. From the need to invest in multiple tools and equipment to the burden of having to turn your hand from one trade to the next, multitasking introduces new costs.

What the gig economy really does is undercut seasoned service workers who have learnt through experience that it makes sense to smooth prices across low and high peak periods for the sake of professionalism. It has replaced them with amateurs with no capacity to plan ahead — and little time to hustle for compensatory tips.

In the US, waiting staff depend on the discretionary kindness of strangers to make a living wage. Some might say that leads to better and more responsive service workers.

In continental Europe the service cost is always included in the bill. Yes, critics could argue that is why France has so many shoddy and obnoxious waiters. Incentives matter — and French waiters do not have any. But it is also true that in France, service work is considered a legitimate and respectable career choice for everyone — not just students, migrants or casual workers. In the gig economy, where workers struggle to make the minimum wage but cannot rely on a cash exchange to generate a tip-giving opportunity, the discretionary system just does not cut it.

The traditional US restaurant industry bypasses regulation because of a local quirk: no one dares not to tip a minimum 20 per cent of the bill. This amounts to a culture of respecting the true cost of professional service.

The digital economy will have to develop the same culture if it is to avoid intervention by regulators. If not, the career waiter or waitress will be consigned to history. That would unleash a bitter race to the bottom, undermining all our living standards.


Copyright &copy “The Financial Times Limited“.

“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.


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