¿Para qué trabajamos?

15/02/2014 | Simon Kuper – Financial Times Español

“Ahora tanto los hombres como las mujeres quieren combinar el trabajo con criar niños. Esto significa que nadie puede estar en la oficina todo el tiempo”.

Siempre hay un “coco” extranjero para asustar a los norteamericanos, y el de hoy es el niño asiático. Los muy trabajadores niños asiáticos “se comerán nuestro almuerzo”, predice Thomas Friedman, el vocero que articula las ansiedades de la mayoría de los norteamericanos. Los resultados del Test Pisa del año pasado, que mostraban cómo los niños asiáticos ampliaban su ventaja sobre los niños occidentales, ayudaron a extender esta particular ansiedad por todo el Occidente. El nuevo libro “El paquete triple”, de Amy Chua y Jed Rubenfeld, a quienes entrevistó el FT, describe a los inmigrantes asiáticos y de otras zonas superando a los norteamericanos de toda la vida.

El consenso creciente es: nosotros los endebles occidentales debemos ser como los niños sudcoreanos, empollones en la hagwon (academia) hasta medianoche.

Afortunadamente, esto no es cierto. No necesitamos trabajar más duro. En su lugar, los occidentales deberemos continuar con nuestra tendencia a trabajar menos, y los asiáticos ya están comenzando a seguirnos.

El trabajar duro no es un antiguo “valor asiático”. Los occidentales también solían trabajar duro. Durante la revolución industrial los trabajadores de las fábricas curraban siete días a la semana. Los franceses solo obtuvieron vacaciones pagadas hasta 1936. Muchas escuelas europeas solían ser tan exigentes como cualquiera hagwon. La obra de teatro Spring Awakening, de Frank Wedekind, describe una escuela llena de alumnos presionados poco diferente al liceo europeo al que yo asistí en los 1980. Hasta la caída de Saigón en 1975, por generaciones el occidente vio al oriente como “indolente, decadente, hedonista y pasivo”, dice Ian Buruma en The Missionary and the Libertine.

En la actualidad los chinos y los coreanos trabajan duro no porque tengan valores asiáticos. Es porque la gente tiende a trabajar duro cuando son pobres y de repente entran a un sistema que les permite hacerse ricos a través del trabajo duro. Eso fue lo que pasó en Alemania y Japón durante la posguerra, en Corea después de su guerra, en China después de Mao, y a los innumerables inmigrantes en los EE. UU. Sin embargo, una vez que la gente tiene algo de dinero, baja su ritmo. En la trayectoria típica de un inmigrante la primera generación tiene un tienda, la segunda generación es dentista y la tercera generación trabaja medio tiempo en una tienda de aromaterapia en Santa Fe. Como dicen Chua y Rubenfeld: “El éxito grupal en los EE. UU. a menudo tiende a disiparse después de dos generaciones”.

Los asiáticos en Asia también comienzan a bajar su ritmo. Habiéndose convertido en clase media, se están hartando del trabajo extra. Los estudiantes de Corea del Sur encabezan el ranking del test Pisa pero en el mundo desarrollado son los últimos en el de felicidad en la escuela. El ministro de educación coreano, Seo Nam-soo, dijo a la BBC: “Creo que ningún país ha logrado en medio siglo crecer tan rápido como lo ha hecho Corea. Y naturalmente, debido a eso, enfatizamos los logros en las escuelas y en la sociedad, de manera que los estudiantes y los adultos sufren mucho estrés, y eso conduce a una alta tasa de suicidio… Nuestras metas ahora son cómo hacer más feliz a nuestra gente”. Ahora, el gobierno coreano cierra las hagwons a las 10pm, y cierra las escuelas y oficinas los sábados. China y Tailandia también están limitando los deberes escolares. Los profesores tailandeses que sobrecarguen con deberes a los estudiantes pueden ser reportados.

Japón, el “coco” del mundo occidental durante los años 1980, ya se ha relajado. Las horas dedicadas al trabajo han disminuido después de 20 años de estancamiento económico y de regulaciones gubernamentales. El país puede ahora ser más feliz que durante su boom económico. En Bending Adversity, el nuevo libro de mi colega David Pilling sobre Japón, el joven japonés Yoshi Ishikawa dice: “Nuestros padres no nos parecían felices. Ellos trabajaban largas jornadas. Ellos ganaban dinero, pero en ese entonces las familias llevaban vidas separadas. Quizás nosotros nos preguntamos “¿Para qué trabajamos?””

Esa es la pregunta a la que se enfrenta quien tiene lo suficiente para vivir – que es el caso de cada vez más gente, a pesar de la crisis económica. Si tiene éxito el Obamacare, todos los países desarrollados tendrán asegurada la sanidad. La vida cesa entonces de ser una batalla por la supervivencia. Los capitalistas extremistas pueden lamentar esto pero es un hecho que tiene consecuencias para las horas laborales. Jonathan Portes, director del National Institute for Economic and Social Research del Reino Unido, dice que mientras la tecnología mejore “se podría suponer que si las horas laborales no disminuyen, entonces algo va mal”. La gente elegiría más ocio.

Otro factor que debería acortar la jornada laboral en los países desarrollados sería: compartir el cuidado de los hijos. Tanto hombres como mujeres ahora quieren combinar el trabajo con el cuidado de los hijos. Esto significa que nadie puede quedarse horas extras en la oficina. La directora ejecutiva de Facebook, Sheryl Sandberg, apremia a las mujeres a “enfocarse” en el trabajo. Pero mi generación de padres está cada vez más “desenfocándose” del trabajo: no aspirando por los trabajos en la cúspide porque ello significaría no estar en casa a tiempo para la hora de la ducha de los críos. De hecho, la misma Sandberg cita la encuesta Pew Research de 2012, que encontró que los norteamericanos de entre 18 y 34 años, menos hombres (59 por ciento) que mujeres (66 por ciento) dijeron que “el éxito en una carrera o profesión era importante en sus vidas”.

Los occidentales que elijan pasar su vida en la oficina se volverán un grupo reducido y autoselecto. El año pasado el alboroto después de la muerte de un joven en prácticas en el Bank of America de Londres, posiblemente debido al exceso de trabajo, refleja el amplio deseo de ver culpables de muerte a los banqueros. Pero también es reflejo de la creciente aversión a la adicción al trabajo.

Competidores como Friedman, Chua y Sandberg quieren ver a todos competir. Pero ahora las sociedades de occidente y oriente están buscando algo diferente: ese difícil equilibrio entre la oficina, el hogar, y divertirse viendo YouTube.

What are we working for?

02/15/2014 | Simon Kuper – Financial Times English

Both men and women now want to combine work with raising kids. That means nobody can stay in the office all hours”.

There’s always some foreign bogeyman out to get Americans, and today that bogeyman is an Asian child. Hard-working Asian kids will “eat our lunch”, predicts Thomas Friedman, the pundit who exists to articulate mainstream American anxieties. Last year’s Pisa test scores, which showed Asian kids extending their lead over western children, helped spread this particular anxiety across the west. Now the new book The Triple Package by Amy Chua and Jed Rubenfeld (interviewed on FT.com) depicts Asians and other immigrants outworking regular Americans.

The growing consensus: we feckless westerners need to become like South Korean kids, swotting in the hagwon crammer till midnight.

Thankfully, it’s not true. We don’t need to work harder. Instead, westerners will continue our trend of working less, and Asians are already starting to follow us.

Working hard isn’t some ancient “Asian value”. Westerners used to work hard too. Factory workers in the industrial revolution put in seven-day weeks. The French only got paid holidays in 1936. Many European schools used to be as tough as any hagwon. Frank Wedekind’s 1891 German play Spring Awakening describes a school full of beaten-down pupils not totally unlike the European lyceum I attended in the 1980s. For generations until Saigon fell in 1975, “west” viewed “east” as “indolent, decadent, pleasure-loving, passive”, writes Ian Buruma in The Missionary and the Libertine.

Today’s Chinese and Koreans work hard not because of Asian values. Rather, people tend to work hard when they are poor and then suddenly enter a system that lets them get richer through hard work. That’s what happened in postwar Germany and Japan, in Korea after its war, in China after Mao, and to countless immigrants in the US. However, once people have some money, they want to chill. In the typical immigrant trajectory, the first generation runs a corner shop, the second generation is a dentist and the third works part-time in an aromatherapy shop in Santa Fe. As Chua and Rubenfeld say: “Group success in America often tends to dissipate after two generations.”

Asians in Asia are starting to chill too. Having become middle class, they are getting fed up with overwork. South Korean students topped the Pisa test rankings but ranked bottom in the developed world for happiness at school. Korean education minister Seo Nam-soo told the BBC: “I think no other country has achieved such rapid growth within a half century as Korea. And naturally, due to that, we emphasised achievement within schools and in society, so that students and adults were under a lot of stress, and that led to high suicide rates… Our goals now are about how to make our people happier.” Nowadays, Korea’s government closes hagwons at 10pm, and shuts schools and workplaces on Saturdays. China and Thailand are limiting homework too. Thai teachers who overburden pupils can be reported.

Japan, the west’s lunch-eating bogeyman of the 1980s, has already slackened off. Working hours have dropped after 20 years of economic stagnation plus government regulation. The country may now be happier than in its boom years. In Bending Adversity, my colleague David Pilling’s new book on Japan, the young Japanese Yoshi Ishikawa says: “Our fathers didn’t look so happy to us. They worked such long hours. They earned money, but families in those days led separate lives. Maybe we are asking ourselves, ‘What are we working for?’ ”

That’s the question facing everyone who has enough to live on – as ever more people do, despite the economic crisis. If Obamacare succeeds, all developed countries will have guaranteed healthcare. Life then ceases to be a battle for survival. Extreme capitalists may regret this but it’s a fact that has consequences for working hours. Jonathan Portes, director of the UK’s National Institute for Economic and Social Research, says that as technology improves, “you could argue that if working hours don’t go down, there’s something wrong”. People will choose more leisure.

One other factor should keep cutting working hours in developed countries: shared childcare. Both men and women now want to combine work with raising kids. That means nobody can stay in the office all hours any more. Facebook’s chief executive Sheryl Sandberg urges women to “lean in” at work. But my generation of fathers is increasingly “leaning out”: not shooting for top jobs because those would mean never being home for bath time. Indeed, Sandberg herself quotes a Pew Research survey from 2012, which found that among Americans aged 18 to 34, fewer men (59 per cent) than women (66 per cent) said “success in a high-paying career or profession” was important to their lives.

Westerners who choose to spend life in the office will become a shrinking self-selected group. The uproar after a Bank of America intern died in London last year, possibly from overwork, reflects the widespread desire to find bankers guilty of murder. But it also reflects growing aversion to workaholism.

Strivers such as Friedman, Chua and Sandberg like to see everyone striving. But societies in west and east are now seeking something else: that awkward balance between office, home, and messing around on YouTube.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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