¿Por qué tiene hijos la gente?

16/07/2014 | Sister Y. (Traducido por FxM)

Antes de la transición democrática e industrial, los hijos eran esencialmente propiedad de sus padres. Su mano de obra podría ser utilizada en bien de los padres, y estaban acostumbrados a un trato estricto y austero. Los padres no solo tenían derecho sobre el producto del trabajo de sus hijos durante la infancia, sino también de su patrimonio en su edad adulta. Para ponerlo claro, tomar una esposa significaba comprar una fábrica de esclavos, y los hijos eran esclavos valiosos.

Los siglos XIX y XX se caracterizaron por un declive masivo en la fertilidad, empezando en los países ricos de occidente y expandiéndose al resto del mundo. Es una transformación que hoy en día se está llevando a cabo en los países pobres.

La declinación de la fertilidad a los niveles actuales es particularmente una respuesta económica al cambio en el valor de los hijos, y al cambio del valor económico de la relación entre padres e hijos. La transformación económica no es espontánea, sino el producto de una transformación cultural a través de la educación.

La industrialización afectó negativamente a la productividad femenina (antes que a la masculina) al usurpar el papel tradicional de la mujer en los telares y la producción de alimentos. El declive del valor económico de la mujer y los hijos necesitó que se les otorgara un valor simbólico. El “culto a la maternidad” empezó a partir de 1820 en Inglaterra y fue la respuesta a esto –otorgando un estatus especial a la maternidad como trabajo de tiempo completo, como un trabajo que satisfacía al dedicarse a él. De la misma manera, al disminuir el valor de los hijos, su valor sagrado se incrementó. Ambas transformaciones no ocurren espontáneamente, sino que son transmitidas culturalmente; y el vector para su transformación es la educación masiva al estilo occidental. La Literatura para las masas, desde los panfletos de 1820 hasta la televisión, también ha desempeñado un papel principal.

La transformación de los países predominantemente agrícolas en urbanos redujo el valor de los hijos, especialmente cuando el trabajo infantil fue prohibido. El trabajo infantil era una contribución valiosa para la granja o la industria artesanal familiar, pero en una urbe los hijos empezaron a tener un valor económico negativo. De hecho el declive en la fertilidad se correlaciona de alguna manera – aunque no perfectamente – con la transformación de la vida agraria en urbana.

Durante muchas décadas anteriores a los años 70 del siglo pasado, el valor de un adulto (en términos de su productividad y salarios reales) aumentó; pero el valor económico de un adulto ha decrecido en las décadas recientes, como pueden confirmar los salarios reales. La tendencia de la fertilidad no sigue el valor económico de un ser humano, como podría esperarse si los padres pudiesen monetizar una parte del valor de sus hijos. La tendencia de la fertilidad solo puede responder a la parte del valor de la persona que “el productor de hijos” puede recuperar – y la transformación mimética ocasionada por la educación masiva esencialmente ha eliminado esta parte.

Pero el declive de la fertilidad no es solo el resultado de un cambio en el precio – la gente tiene menos hijos porque los hijos cuestan más. Los hijos no son bienes comunes (o incluso bienes de calidad inferior, como pudiese concluirse por la baja fertilidad entre los grupos con ingresos más altos): se han convertido en bienes sin valor alguno, de hecho son una carga para sus padres. Esta transformación es un cambio cultural controlado en dirección del flujo de recursos. Antes del declive de la fertilidad, los recursos fluían de los hijos a los padres (incluso hacia los abuelos y el resto de la familia); después de esta transformación, los recursos fluyen de los padres a los hijos.

Pero en la presente situación los hijos no son exactamente dueños de ellos mismos: el gobierno tiene derechos sobre sus futuros ingresos, a través de impuestos y otros pagos obligatorios (y, en aumento, de los préstamos educativos). En esencia, la educación masiva es una transformación comunista: los “bienes” de posesión individual (hijos) son convertidos en posesión nacional, y los ingresos de los hijos fluyen hacia el país en su conjunto (a través de programas fiscales), en lugar de pasar de manera individual a sus anteriores “dueños”. Cuando las granjas son de posesión comunal la producción disminuye y surgen hambrunas; cuando los hijos son una propiedad “comunal”, la fertilidad declina. Los programas de seguridad social reflejan esto: el gobierno provee (a menudo con baja calidad) asistencia a los ancianos en lugar de que lo hagan los hijos, mientras mengua los derechos sobre sus hijos para que los asistan en la vejez.

El eje de esta transformación cultural ha sido la educación masiva. Se ha reemplazado la “moralidad familiar”, en la cual se espera que los hijos “trabajen duro, demanden poco, y respeten la autoridad de los mayores”, por una “moral comunitaria”, en la cual los hijos dependen de sus padres para convertirse en futuros ciudadanos productivos (quizás hasta progresen en la escala social) para el bien del país.

Así que ¿Por qué la gente solía tener hijos? Para nosotros es difícil imaginarlo, pero los hijos solían tener un valor – ellos solían ser algo así como esclavos o animales de granja, siendo ambos muy valiosos. También solían ser tratados más como esclavos… Una esposa no solo era una valiosa Muñeca-Real, sino también una valiosa fábrica de esclavos. Fabricar una nueva “persona” – sobre la cual el Estado tiene derechos, pero tú no, y hacia la cual tú tienes obligaciones (según la clase) – es una proposición económicamente menos atractiva que fabricar un nuevo esclavo.

Artículo traducido y resumido por el equipo de FxM, procedente del artículo publicado en el blog “The view from hell”, el domingo 6 de julio de 2014. Escrito por Sister Y.

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