“Porque yo lo valgo”. ¿Y tú?

“Porque yo lo valgo”. ¿Y tú?

13/08/2013 | FxM – Hugo Vázquez

“La moda pasa, el estilo permanece” es una frase de Coco Chanel, reconocida como una mujer emprendedora que triunfó en el mundo del negocio de la moda. Otra de sus frases famosas, acaso más polémica que la anterior, es la siguiente: «Dress shabbily and they remember the dress; dress impeccably and they remember the woman”.

Cuando en 1990 la revista Vogue declaró finalizada la época del traje para mujer (power suit) quizás se pensaba que ya se había alcanzado el reconocimiento de las capacidades de las mujeres para desempeñarse en cualquier puesto laboral y no se requería “uniformarlas” como se hace con los hombres.

La percepción de “lo que viene” y su aplicación al diseño de ropa tiene un poco de “profecía auto cumplida” y otro tanto de innovación; de esta manera la influencia de los diseñadores de la alta moda impulsó el uso del traje femenino como ropa de trabajo.

La industrialización de las economías occidentales durante el siglo XIX favoreció la incorporación de la mujer al mercado laboral retribuido; ya el censo de 1870 realizado en los EE. UU. registraba algunas mujeres (pocas aún) que trabajaban a la par que los hombres en acererías, minas, molinos y refinerías. Podemos recordar la película de 1895 “La salida de la fábrica” de los hermanos Lumière, donde vemos que la mayoría de las personas que salen de esa fábrica son mujeres; casi cien años más tarde en la película “Working girl” vemos que para logar el reconocimiento de la capacidad intelectual de la mujer para los negocios financieros los trajes de la protagonista juegan un papel importante.

A lo largo del siglo XX los cambios sociales y económicos y los conflictos militares dieron impulso a la aceptación de la mujer en casi cualquier ámbito laboral. La llegada de la tecnología a casa (electrodomésticos) y de los productos comestibles procesados y de la ropa producida en serie liberó a la mujer de la “esclavitud” de las tareas del hogar; mayor impulso les ha dado el poder ejercer el control sobre la maternidad y el aumento paulatino en su nivel de estudios (que les ha ido abriendo paso en el mercado laboral).

La década de los años 60 se caracterizó por los movimientos sociales que reclamaban libertad y/o igualdad tanto para alguna minoría como para sociedades enteras que estaban oprimidas; en el caso de la mujer y el aumento de su participación en el mercado laboral, el uso de ropa de corte masculino (pantalones y trajes) ha sido un paso más en su integración en “igualdad de circunstancias” a la sociedad. Percibiendo esta “tendencia”, uno de los diseñadores que ahora son más reconocidos, Giorgio Armani, comenzó a diseñarlos en el año 1973 para su hermana “que necesitaba ropa de trabajo”.

Si bien ya había habido mujeres que habían ocupado jefaturas de estado con gran proyección mediática (Golda Meir en Israel e Indira Gandhi en la India), el uso de la ropa como símbolo de “capacidad intelectual y fuerza” se vio acentuada con el estilo de vestir de Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido durante los años ochenta.

En el siglo XXI en los países perteneciente a la OCDE más de la mitad los estudiantes universitarios son mujeres y su participación en la fuerza laboral retribuida ha aumentado, pasando de aproximadamente un 60 por ciento en el año 2000 a cerca del 65 por ciento del total de mujeres en edad de trabajar en el año 2012. Sin embargo, las mujeres solo son una tercera parte de la fuerza laboral en general, encontrándose en un extremo los países más desarrollados en los que casi se alcanza el equilibrio entre mujeres y hombres, y los países con religión musulmana en que menos del 20 por ciento de las mujeres trabajan fuera del hogar.

En casi cualquier actividad remunerada las mujeres se han topado con esa regla no escrita que dicta que las mujeres perciban un salario menor que los hombres, a pesar de desempeñar la misma labor.

Cuando una mujer quiere ocupar un puesto laboral no solo tiene que vencer los prejuicios sobre su capacidad, sino también suele tener que decidir entre dedicarse a tiempo completo a su trabajo o restarle horas para poder ser madre. Generalmente solo quienes han encontrado apoyo familiar y/o del estado han podido llegar a ocupar puestos de primera línea sin haber tenido que dejar de lado la maternidad, puesto que más que igualdad lo que permite la integración completa de la mujer en cualquier actividad humana es la Equidad: el reconocimiento de la función vital que cumple la mujer para la continuación de la especie humana y el dar facilidades para que realice y satisfaga su parte en las labores “de familia” así como en el trabajo.

Los usos y costumbres que tienen miles de años de antigüedad no se podrán cambiar en unas cuantas décadas. En el año 2013 tenemos varios ejemplos contrastantes de la capacidad de la mujer para realizar cualquier actividad y, algunas de ellas, no han dejado de lado la maternidad:
– Cientos de deportistas que planean sus embarazos en base al ciclo olímpico y algunas de ellas han logrado ganar medallas olímpicas después de haber sido madres;
– Millones de madres solteras que sacan adelante a familias monoparentales;
– Mujeres de reconocida inteligencia que estando en la cima del poder económico o político llevan el apellido de su marido: Merkel, Clinton, Lagarde.

Algunas de las anteriores, además de cumplir con su trabajo y con su labor familiar, también sacan tiempo de donde pueden para esmerarse en su imagen personal, es así que tenemos atletas que imponen records y van con las uñas impecablemente pintadas, trabajadoras de cualquier empresa cuya vestimenta podrá ser low-cost pero está escogida y combinada cuidadosamente y directivas o empresarias que van de la mano del “glamour de Dior”… Porque todas ellas lo valen.

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