Por qué somos más groseros en la oficina que en la calle

27/06/2016 | Lucy Kellaway – Financial Times Español

La semana pasada de camino al trabajo, mientras esperaba cruzar una calle, a una señora de edad madura se le cayeron unas monedas en la acera. Seis personas se agacharon para recogérselas. Un hombre con un elegante traje azul marino buscó a tientas un penique que le logró entregar. La única persona que no la ayudó fui yo, y eso fue porque estaba aguantando mi bicicleta.

A pesar de eso, le dije al grupo que lo que yo acababa de presenciar me hacía sentir feliz de ser londinense. Todo el mundo tenía prisa por llegar al trabajo. No obstante, todo el mundo instintivamente hizo una pausa para hacerle bien a una extraña que había perdido menos de una libra esterlina en pequeñas monedas. Los buenos samaritanos me miraron con recelo. Ser bondadoso es una cosa; hablar con extraños es algo muy diferente. Tan pronto como cambó el semáforo se apresuraron a sus oficinas en la City de Londres. Yo me dirigí hacia la mía.

Cuando llegué fui directamente a mi escritorio, pasando a varios colegas enfrascados en sus pantallas, algunos de los cuales llevaban auriculares. No saludé a ninguno. Eché la taza de té sucia en el fregadero y tomé una taza limpia de la despensa. Me senté, miré mis correos electrónicos y decidí no contestar ninguno. Me fui a la cafetería, compré un pastelito grasiento que me comí en el escritorio, desparramando las migajas a mi alrededor.

Ésta es mi rutina de todas las mañanas en la oficina; no me habría sorprendido si algunos de los samaritanos estuvieran haciendo algo parecido en las suyas. El comportamiento de los empleados en las oficinas no es nada agradable. Somos mucho más considerados con perfectos extraños en la calle que con nuestros colegas en la oficina. En el trabajo no le hacemos caso a la gente, apestamos su espacio con nuestros almuerzos y llegamos tarde a las reuniones. Hablamos en alta voz cuando otros están tratando de trabajar, o los distraemos con susurros cuando no queremos que nadie nos escuche.

Los expertos en gestión denominan este comportamiento como “incivilizados en el lugar de trabajo”, que definen como “comportamiento desviado de baja intensidad” que no intenta dañar a su objetivo pero lo hace de todas maneras. Yo no me propuse ser incivilizado con mis colegas al no saludarlos o no prestar atención a sus correos electrónicos. Esto es simplemente en lo que se ha convertido la vida de oficina.

Las investigaciones sugieren que este tipo de hostilidad se ha generalizado y hace verdadero daño. Provoca que la gente odie su trabajo, nos vuelve menos creativos y más estresados. Tal vez (aunque tengo mis dudas) nos vuelva más propensos a sufrir infartos.

No es obvio, a primera vista, saber por qué las oficinas se están volviendo menos civiles. La naturaleza humana no ha cambiado mucho. Por mi experiencia, cuando algo importante va verdaderamente mal en la oficina, la gente es muy atenta en realidad. Pero seis cosas han cambiado que pueden habernos vuelto más groseros cuando se trata de pequeñeces.

El primero es el correo electrónico. Ya que hay más correos de los que podemos contestar, hemos aprendido a no hacerlo o a enviar respuestas bruscas de una sola palabra; ambas son reacciones groseras. Y habiendo dominado el arte de ignorar a los correos electrónicos ahora estamos aprendiendo a ignorar todo lo que no queremos hacer. Contestar el teléfono en el trabajo se está convirtiendo en algo opcional, lo cual es descortés no sólo con la persona al otro lado de la línea sino con los colegas sometidos al interminable timbre.

La segunda incitación al incivismo es el teléfono inteligente, que nos ha convencido que dar la impresión de escuchar cuando alguien habla — hasta ahora un pilar de los buenos modales — ya no es necesario. Este mes estuve en una conferencia donde no sólo tres cuartos del público (yo incluida) estaban mirando sus móviles, sino que la mitad de las personas en la mesa estaban enviando tuiteando o ‘whatsappeando’ mientras que el hombre detrás del atril hablaba monótonamente.

Las oficinas abiertas también fueron hechas para causar que seamos incívicos. Ahora que hemos sido llevados en manada a espacios públicos, lo que hubiera estado bien en oficinas privadas (comer ruidosamente, hablar por teléfono en alta voz, etcétera) ya no es aceptable. Gracias a las oficinas abiertas, tenemos el invento de oficina más descortés de todos: los auriculares. Éstos proclaman a gritos: Aquí estoy, pero preferiría no estar.

Los “escritorios compartidos” y las horas flexibles han empeorado las cosas aún más. Cuando no te sientas con la misma gente todos los días y ni siquiera conoces a la persona que está a tu lado, no hay incentivo para ser particularmente agradable ya que no los vas a ver mañana.

Probablemente peor que todo esto es el culto de estar ocupado, el cual ha hecho que la rudeza sea no sólo aceptable sino admirable. Si es admirable estar ocupado, entonces es bueno hacer que la gente espere, bueno llegar tarde a las reuniones y bueno estar tan preocupados que ya no vemos a las personas en el pasillo.
Todo esto es bastante fundamental, y no está claro cómo recobrar el civismo.

Una forma — que es en sí descortés — es hacer vídeos en secreto de la gente que se porta mal y enviárselos, o compartirlos más ampliamente. Casi cualquiera es decente en realidad. A pocas personas les gusta considerarse groseras. Un vídeo de 10 segundos de alguien ignorando a un colega como si estuviera muerto o comiendo de manera asquerosa podría tener un efecto agradablemente correctivo.

Why we are ruder at work than we are in the street

27/06/2016 | Lucy Kellaway – Financial Times English

Last Tuesday on my way to work I was waiting to cross a road when a middle-aged woman next to me dropped some coins on to the pavement. Six people bent down to retrieve them for her. A man in a smart navy suit fumbled in the gutter to find a 1p piece, which he proceeded to hand over. The only person nearby who didn’t help was me — but that was because I was holding on to my bicycle.

Instead, I found myself telling the group that what I’d witnessed made me pleased to be a Londoner. Everyone was in a hurry to get to work. Yet everyone instinctively paused to be nice to a stranger who had lost less than a quid in small change. The good Samaritans looked at me doubtfully. Being kind was one thing; talking to strangers quite another. As soon as the lights changed they bustled off to their City offices. I bustled off to mine.

When I arrived I walked to my desk straight past various colleagues staring at screens, some of whom were wearing headphones. I didn’t greet any of them. I dumped the previous day’s dirty tea cup in the communal sink and took a clean one from the cupboard. I sat down, looked at my emails and resolved not to reply to any of them. I went up to the canteen, bought myself a greasy pastry, which I ate at my desk, scattering crumbs all round me.

This is my routine every morning at the office; I wouldn’t have been at all surprised if some of the Samaritans were doing something similar at theirs. How people behave at work isn’t all that nice. We are more thoughtful to perfect strangers in the street than we are to our colleagues in the office. At work we ignore people, we stink them out with our lunches, we arrive late to meetings. We talk loudly when others are trying to work, or we whisper distractingly when we don’t want everyone to hear.

Management experts call this “workplace incivility”, which they define as “low intensity deviant behaviour” that is not necessarily intended to harm its target, but does so anyway. I didn’t set out to be uncivil to my colleagues by not saying hello or by ignoring so many emails. This is just how office life has become.

Research suggests such rudeness is rampant and doingreal harm. It makes people hate their jobs, it makes them less creative and more stressed. It might even (though I’m doubtful) make us more prone to heart attacks.

It isn’t immediately obvious why offices are becoming less civil. Human nature hasn’t changed much. In my experience, when something big goes wrong in the office, people are very nice indeed. But six things have changed that may have made us all ruder in little ways.

The first is email. As there is far too much of it to reply to we’ve learnt not to — or to send terse one word answers — both of which are rude. And having mastered the art of ignoring emails we are now learning to ignore anything we don’t feel like doing. Answering the phone at work is becoming optional — which is rude not only to the person on the other end, but to the colleagues subjected to endless ringing.

The second invitation to incivility is the smartphone, which has made appearing to listen when someone else is talking — hitherto a mainstay of good manners — no longer required. This month I was at a conference at which not only was three-quarters of the audience (me included) staring at their phones, but half the people on the panel were openly tweeting or Whatsapping as the man at the lectern droned on.

Open plan offices are also made for incivility. Now that we are herded together in public spaces, what would have been fine in private offices (eating noisily, talking loudly on the phone etc) becomes less so. It is thanks to open plan offices that we have the rudest office invention of the lot — headphones. These shout: I’m here, but I wish I wasn’t.

Hot desking and flexible working have made things worse still. When you are not sitting with the same people every day, and may not even know the person who dumps themselves down next to you, there is no incentive to be particularly nice as you won’t see them tomorrow.

Possibly worse than any of this is the cult of busyness, which has made rudeness not just acceptable but admirable. If it is impressive to be busy, then it is good to keep people waiting, good to turn up late to meetings and good to be so preoccupied that you end up blanking people in the corridor.

All this is pretty fundamental, and it isn’t clear how to get civility back.

The only way that might work is rude in itself: it is secretly to video people behaving badly and send it to them, or share more widely. Almost everyone is decent really. Few people like to think of themselves as rude. A 10-second video of someone cutting a colleague dead or eating disgustingly might have an agreeably corrective effect.


Copyright &copy “The Financial Times Limited“.

“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.


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