Turismo comunista y juegos de guerra

05/08/2014 | Patti Waldmeir – Financial Times Español

Hay algo que decir cuando se toma un descanso de la estresante jornada laboral para apuntar a la cabeza de un colega con una pistola, y contemplar los gloriosos logros del partido comunista de China. O por lo menos es lo que Beijing cree.

El partido ha invertido 9 mil millones de renmimbi (1,5 mil millones de dólares) durante la década pasada en el desarrollo de destinos turísticos donde los trabajadores chinos puedan ir a regocijarse en un campo de batalla de la época revolucionaria con túneles incluidos, o hacerse una foto con alguien que podría ser el doble de Mao Zedong. Se le llama “turismo rojo”, y Beijing espera que les dé a los camaradas de hoy día una mejor comprensión de la historia revolucionaria de la madre patria – y del partido que la hizo grande.

En el pasado, mucho de ese dinero habría sido destinado a la construcción de grises mausoleos llenos de polvorosa memorabilia de las guerras del siglo pasado entre chinos comunistas y nacionalistas, y entre China y Japón. Ahora el partido finalmente está entendiendo que es demasiado fácil aburrir a la gente con patriotismo; la gente aprende mucho mejor las lecciones revolucionarias del “turismo rojo” cuando se está divirtiendo.

Durante un reciente finde, encontramos a un jovial grupo de trabajadoras de una fábrica de pantalones local divirtiéndose en un histórico paintball cerca de los campos de batalla donde el famoso Ejército de la Octava Ruta combatió contra los japoneses desde 1937 hasta 1945.

De los 140 mil habitantes de esa zona 90 mil se unieron a las fuerzas militares. Hemos ido al lugar donde nació el ejército, cerca de Wuxiang, al norte de China, para realizar el tour un “Día en la vida de la guerrilla del Ejército rojo”, el cual incluye dormir en una kang de ladrillo o cama calefactada, comer gachas y viviendo las estrategias de batalla patentadas por Mao, tales como las estrategias “túnel” o “gorrión” (yo vi los túneles pero nunca supe cómo funcionaba eso de los gorriones).

Probablemente la deberían haber llamado “Un día en la vida de Mao Zedong” ya que solo los camaradas líderes del Ejército de la Octava Ruta – comunistas chinos tales como Zhu De y Peng Dehuai – realmente durmieron en una cama de cualquier tipo. Mi propia cama de ladrillo kang estaba cubierta por un grueso quilt para eliminar sus juntas, y venía complementada con una televisión plana, baño privado y aire acondicionado. Creo que el último plan quinquenal para desarrollar el turismo rojo no puso mucho empeño en lograr la autenticidad.

Pero yo siempre he sido una tonta para cualquier clase de formación de equipos que incluyera cualquier tipo de agresión permitida por la compañía en contra de los compañeros de trabajo. Así que mi colega china del FT Zhang Yan y yo nos unimos a las damas de la fábrica de pantalones y nos dividimos en dos equipos (comandados por dos de sus colegas masculinos) para un revolucionario paintball. Yo vestí un uniforme amarillo mostaza de soldado japonés o “guizi” (demonio) y Yan vistió el uniforme de “balu” o soldado del Ejército de la Octava Ruta. El uniforme de balu incluía una gorra tan pequeña que era obvio que muchos guerrilleros fueron adolescentes: la edad promedio de los muertos era de solo 17 años, y los reclutas más jóvenes tenían solo 14 años.

Así fue como me encontré amenazando con matar a una colega en nombre del emperador japonés. Desafortunadamente ella se rindió antes de que pudiera dispararla – porque su comandante de la Octava Ruta le había dado con un defectuoso rifle de aire. No estoy segura del mensaje que envía esto acerca del glorioso liderazgo del partido.

Pero el mensaje del resto del tour era claro. Incluía un drama multimedia de combatientes japoneses contra inocentes civiles chinos; un juego interactivo de combatientes japoneses contra inocentes civiles chinos; y un espectáculo de luz y sonido de combatientes japoneses contra… seguro lo adivinaste. Los dos últimos involucraban a soldados japoneses ya sea utilizando un bebé chino como blanco de prácticas de tiro, o arrojar al bebé dentro de un edificio en llamas antes de ametrallar a su desgraciada madre. Este tipo de cosas vienen que ni mejor cuando Beijing quiere mostrarse beligerante con Tokio por aquellas islas conocidas tanto como Diaoyu o Senkaku.

Invertir en turismo rojo sin duda es un movimiento inteligente para un partido que cada vez más batalla para probar que está en el lado correcto de la historia. Pero Beijing pudiera mirar hacia la preparación del camarada común para jugar mah-jong: en los recientemente concluidos quintos campeonatos europeos abiertos de Mahjong, los japoneses ocuparon cuatro de los primeros cinco lugares, y el mejor jugador chino quedó en el 30º lugar. Se requerirá más que solo paintball para garantizar el futuro del partido comunista en China.

¿Alguien juega Mahjong?

Red tourism and playing at warfare

08/05/2014 | Patti Waldmeir – Financial Times English

There is something to be said for taking a break from the stressful work week to point a gun at a colleague, and contemplate the glorious achievements of the Communist party of China. Or at least Beijing seems to think so.

The party has invested Rmb9bn ($1.5bn) over the past decade in developing tourist sites where the Chinese salaryman can go to indulge in a spot of revolutionary-era tunnel warfare, or have his picture taken with someone who looks uncannily like Mao Zedong. It's called "red tourism", and Beijing hopes it will give today's comrades a better understanding of the revolutionary history of the motherland – and the party that made it great.

In the past, much of that money would have gone into building dreary mausoleums stuffed with dusty memorabilia from the past century's wars between Chinese Communists and Nationalists, and between China and Japan. Now the party is finally getting the point that it's very hard simply to bore people into patriotism; they learn the revolutionary lessons of "red tourism" a lot better when they're having fun.

One recent weekend, we found a jovial group of female workers from a local trouser factory indulging in some historical paintball near the battlefields where China's famous Eighth Route Army fought against the Japanese from 1937-1945.

Of the 140,000 people who lived in the area then, 90,000 joined that fighting force. We had gone to the birthplace of the army, near Wuxiang, northern China, for a "Day in the Life of a Red Army Guerrilla" tour that purported to include sleeping on a brick kang or heated bed, eating millet porridge and experiencing Mao's patented battle strategies such as "tunnel" and "sparrow" warfare (I saw the tunnels for myself, but never worked out how the sparrow thing worked).

They probably should have called it "A Day in the Life of Mao Zedong" since only the comrade leaders of the Eighth Route Army – storied Chinese communists such as Zhu De and Peng Dehuai – actually slept on any kind of bed at all. My own brick kang was covered in a thick quilt to take the edge off the old hipbones, and it came complete with flatscreen television, private loo and air conditioning. I guess the latest five-year plan for red tourism development didn't put too much of a premium on authenticity.

But I've always been a sucker for any form of team building that involves company-sanctioned aggression against workmates. So my Chinese FT colleague Zhang Yan and I joined the ladies from the trouser factory, and split off into two teams (commanded by two of their male colleagues) for revolutionary paintball. I donned the mustard yellow uniform of a Japanese soldier or guizi (devil) and Yan put on the drab grey fatigues of a balu or Eighth Route Army soldier. The balu uniform included a cap so small that it was obvious many guerrillas were teenagers: the average age of the dead was only 17, and the youngest enlistees a mere 14.

So that is how I found myself threatening to kill a colleague on behalf of the Japanese emperor. Unfortunately she surrendered before I got the chance – because her Eighth Route commander had issued her with a defective air rifle. I'm not sure what message that was supposed to send about the glorious leadership of the party.

But the message from the rest of the tour was clear. It included a multimedia drama pitting Japanese soldiers against innocent Chinese civilians; an interactive stage-play pitting Japanese soldiers against innocent Chinese civilians; and an outdoor sound and light show pitting Japanese soldiers against . . . you've guessed it. The latter two involved a Japanese soldier either using a Chinese babe in arms for target practice, or throwing the baby into a burning building before machine-gunning the distraught mother. That kind of thing will come in handy if Beijing wants to get belligerent with Tokyo about those islands known variously as Diaoyu or Senkaku.

Investing in red tourism is doubtless a smart move for a party that increasingly struggles to prove it is on the right side of history. But Beijing might want to look into a spot of mah-jong training for the average comrade too: in the recently concluded Fifth Open European Mahjong championships, Japanese players took four out of the top five slots, and the best Chinese player came 30th. It may take more than paintball to guarantee the future of the Communist party in China.

Mahjong anyone?

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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